Actualidad
¿Cómo golpeó Irán las bases de EE.UU. y vació parte de sus arsenales?
El Pentágono admite daños en cientos de estructuras y decenas de aeronaves, mientras reponer misiles Patriot y THAAD llevará varios años más.

Foto: U.S. Navy / Arlo K. Abrahamson / Wikimedia Commons — Dominio público.
Resumen
- Los ataques iraníes dañaron cientos de estructuras de EE.UU. en ocho países
- Decenas de aeronaves y drones quedaron destruidos o dañados en la campaña
- Reponer Patriot, THAAD y otros misiles puede exigir tres años o más
El balance oficial empieza a poner números donde durante meses hubo partes militares, declaraciones políticas y una enorme nube de guerra. Los ataques iraníes dañaron o destruyeron cientos de edificios y otras estructuras estadounidenses repartidas por bases de Kuwait, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Irak, Omán y Jordania. Decenas de aeronaves y drones también quedaron destruidos o dañados. No es una estimación de Teherán: aparece en el primer informe del inspector general estadounidense dedicado a la Operación Epic Fury, publicado el 14 de septiembre de 2026.
El problema para Washington va bastante más allá del cemento roto. La campaña contra Irán ha consumido más de 22.000 millones de dólares en munición y ha provocado carencias en inventarios considerados estratégicos, precisamente en misiles e interceptores que no pueden salir de una fábrica como latas de conserva. Algunas categorías, entre ellas Patriot y THAAD, necesitarían tres años o más para recuperar los niveles anteriores a la guerra con los actuales ritmos de producción.
Cientos de edificios dañados en ocho países
El documento del inspector general ofrece la fotografía oficial más amplia publicada hasta ahora sobre el impacto de la guerra en las instalaciones estadounidenses de Oriente Medio. Los daños se extienden por ocho países que albergan posiciones militares de Estados Unidos: Kuwait, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Irak, Omán y Jordania. No se trata, por tanto, de un golpe aislado contra una instalación concreta, sino de una presión distribuida sobre toda una arquitectura regional construida durante décadas.
Esa dispersión importa. Las bases estadounidenses en el Golfo y sus alrededores funcionan como aeródromos, almacenes, centros de mando, nodos de inteligencia y puntos de apoyo logístico. Un edificio destruido puede ser perfectamente reemplazable; una sucesión de ataques contra pistas, hangares, depósitos, comunicaciones y alojamientos obliga, en cambio, a mover personal y equipos, duplicar rutas y gastar recursos simplemente para seguir funcionando.
El balance tampoco significa que Irán haya dejado inoperativa la presencia militar estadounidense en la región. Las defensas interceptaron una parte muy elevada de los ataques. Pero interceptar mucho no equivale a interceptarlo todo, y ahí aparece una de las lecciones menos cómodas del conflicto: basta con que una fracción de una gran oleada atraviese el escudo para causar daños caros, especialmente cuando los objetivos son instalaciones fijas y conocidas. Los análisis disponibles coinciden en que la defensa fue muy eficaz, aunque no perfecta, y que los proyectiles que consiguieron penetrarla provocaron bajas y daños significativos.
Aeronaves y drones: pérdidas que cuestan millones
El informe reconoce igualmente la destrucción o deterioro de decenas de aeronaves estadounidenses. Entre las pérdidas comunicadas figuran hasta 30 drones MQ-9 Reaper, plataformas de vigilancia y ataque cuyo coste ronda los 30 millones de dólares por unidad, y siete aviones cisterna KC-135 dañados o destruidos.
El MQ-9 Reaper no es un simple dron con cámara. Puede permanecer durante horas sobre una zona, recoger inteligencia y emplear armamento de precisión. Perder una treintena —si se confirma el extremo superior de la cifra— supone un golpe económico cercano a los 900 millones de dólares solo en ese modelo, sin contar sensores, equipos asociados, infraestructura ni sustitución de capacidad operativa.
Los KC-135 tienen otra función menos vistosa, pero esencial: repostar aviones en vuelo. Sin cisternas suficientes, cazas y bombarderos tienen menor alcance efectivo, necesitan utilizar más bases avanzadas y la planificación de cada operación se vuelve más complicada. La guerra moderna tiene estas paradojas: a veces un avión que nunca dispara decide hasta dónde puede llegar el que sí lo hace.
El inspector general situó en unos 3.700 millones de dólares las pérdidas de equipos acumuladas durante el periodo analizado. La Operación Epic Fury, iniciada el 28 de febrero, había supuesto unos 33.400 millones de dólares hasta finales de junio según el mismo balance.
El agujero de 22.300 millones de dólares en municiones
La cifra quizá más relevante del informe no está en los edificios ni en las aeronaves. Estados Unidos gastó aproximadamente 22.300 millones de dólares en municiones durante los primeros meses de la campaña. El consumo fue suficientemente elevado para generar carencias estratégicas de inventario y para dejar al descubierto cuellos de botella en la industria encargada de reponer las armas.
Es un matiz importante. Tener misiles disponibles para continuar una campaña no significa que el arsenal conserve el mismo margen que antes de empezarla. El problema aparece cuando Washington debe calcular simultáneamente lo que necesita en Oriente Medio, lo que entrega a aliados y lo que tendría que reservar ante una crisis distinta, sobre todo en el Indo-Pacífico.
Las estimaciones difundidas durante el verano situaban los inventarios de Patriot por debajo de las 1.000 unidades y los de THAAD alrededor de 250. Unas reservas menores pueden obligar a aceptar más riesgos al decidir qué amenazas interceptar y cuáles no. Dicho de otra manera: el dilema no consiste únicamente en tener misiles, sino en decidir cuándo merece la pena gastarlos.
Por qué no basta con fabricar más misiles
El cuello de botella no se arregla poniendo otro turno nocturno en una fábrica. Los interceptores modernos incorporan motores de combustible sólido, sistemas de guiado, electrónica sofisticada, explosivos específicos y componentes producidos por cadenas industriales muy especializadas. Falta capacidad fabril, pero también propelentes, explosivos de alta calidad y personal cualificado.
Por eso la reposición se mide en años. Las estimaciones manejadas por especialistas calculan tres años o más para recuperar los inventarios previos de Patriot, THAAD y misiles de crucero Tomahawk, mientras que determinados misiles navales necesitarían alrededor de dos años. Otros sistemas pueden reemplazarse en meses, aunque no cumplen exactamente la misma misión.
Los Patriot y THAAD son especialmente delicados porque están concebidos para derribar amenazas rápidas y complejas, incluidos misiles balísticos. No existe una alternativa barata que pueda sustituirlos automáticamente. Fabricar un interceptor exige integrar sensores, ordenadores, software, propulsión y sistemas de control capaces de corregir su trayectoria mientras persiguen un blanco que también se desplaza a enorme velocidad.
Algunos ciclos industriales superan ampliamente esos plazos. La incómoda realidad es bastante sencilla: un interceptor puede consumirse en segundos; construir su sustituto lleva meses. Esa diferencia entre la velocidad de la guerra y la velocidad de la fábrica es uno de los grandes problemas que el conflicto ha dejado al descubierto.
Baréin, Diego García y una logística que tuvo que moverse
Los ataques también alteraron la manera en que Estados Unidos abastece sus fuerzas. La infraestructura naval estadounidense en Baréin, pieza central de su presencia en el Golfo, sufrió daños que afectaron a actividades logísticas. El Mando Central tuvo que trasladar personal, material y almacenamiento y recurrir en algunos casos a instalaciones más alejadas, incluida Diego García, en el océano Índico.
Sobre un mapa parece un simple cambio de punto. Para unas fuerzas armadas significa más kilómetros de vuelo y navegación, tiempos de respuesta mayores, consumo adicional de combustible y cadenas de suministro más largas. La distancia vuelve a convertirse en lo que siempre fue: dinero, tiempo y riesgo.
También hubo daños fuera de las bases puramente militares. Las instalaciones diplomáticas estadounidenses en Irak, Kuwait, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos acumularon alrededor de 184 millones de dólares en desperfectos. El Departamento de Estado cifró además en unos 113 millones sus costes derivados de la respuesta a la crisis, incluidas evacuaciones y otras medidas de emergencia. Aproximadamente 9.000 ciudadanos estadounidenses fueron evacuados desde distintos puntos de Oriente Medio y Europa durante los meses posteriores al inicio de la guerra.
Y la factura siguió subiendo después del periodo examinado por el inspector general. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, declaró ante el Senado el 21 de julio que el coste estimado de la guerra había alcanzado 37.500 millones de dólares, una cifra que incluía determinados gastos previstos hasta el cierre del ejercicio fiscal. La reconstrucción de las bases dañadas no estaba plenamente incluida en aquel cálculo.
Una guerra que también se libra dentro de las fábricas
El informe no demuestra que Estados Unidos haya perdido su superioridad militar en Oriente Medio. Sí revela algo más concreto y, probablemente, más útil para entender el conflicto: una potencia puede mantener una enorme capacidad de combate y al mismo tiempo sufrir pérdidas importantes, desgaste de arsenales y problemas industriales para reemplazarlos.
La Administración Trump ha rechazado la idea de que Estados Unidos carezca de las armas necesarias. El presidente sostuvo tras conocerse el informe que las fábricas estadounidenses estaban produciendo armamento a gran ritmo y suministrándolo diariamente a las fuerzas desplegadas. El propio Pentágono ha defendido durante meses que dispone de munición suficiente para combatir.
Eso no contradice necesariamente cada dato del inspector general. Una fuerza puede tener municiones suficientes para las operaciones inmediatas y, al mismo tiempo, haber reducido sus reservas estratégicas. Son dos escalas distintas. El debate empieza precisamente ahí: cuánto puede consumir Estados Unidos en una guerra prolongada sin comprometer su capacidad para afrontar otra crisis importante.
La cuestión pesa especialmente sobre el Pacífico. Patriot, THAAD, Tomahawk y otros misiles empleados contra Irán forman también parte de los cálculos estadounidenses ante un posible conflicto de alta intensidad con China. La reducción de inventarios abre una ventana de vulnerabilidad a corto y medio plazo en ese escenario.
El verdadero coste aparece en los almacenes
Durante décadas, buena parte del poder militar estadounidense se ha medido por portaaviones, cazas furtivos, submarinos y presupuestos gigantescos. La guerra con Irán está colocando otra medida encima de la mesa, bastante menos cinematográfica: cuántos misiles quedan realmente en el almacén y cuántos puede fabricar la industria cada mes.
Los cientos de edificios dañados llaman la atención y las aeronaves perdidas engordan rápidamente la factura. Pero el dato con mayor recorrido puede ser otro: el tiempo necesario para reconstruir los arsenales. Tres años son una eternidad para una fábrica y apenas un instante en geopolítica. Ahí, entre una línea de producción que avanza despacio y un misil que desaparece en segundos, se está midiendo parte del coste real de esta guerra.












