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Armas nucleares: ¿cuántas hay en el mundo y dónde están?
Mapa nuclear global: 12.241 ojivas, quién las tiene, qué cambia tras el fin de New START y por qué España no tiene bomba y Europa sí, datos.

Mapa nuclear global: 12.241 ojivas, quién las tiene, qué cambia tras el fin de New START y por qué España no tiene bomba y Europa sí, datos.
La foto más clara, hoy, es simple y brutal: nueve países concentran el club nuclear y, entre todos, suman alrededor de 12.241 armas nucleares; de ese total, unas 9.614 se consideraban potencialmente operativas según las estimaciones más citadas a comienzos de 2025, y más de 3.900 estarían desplegadas en fuerzas listas para usarse. Europa, sí: Francia y Reino Unido tienen arsenal propio; España, no: España no tiene ojivas ni un programa nuclear militar activo.
El contexto que lo enciende todo es el calendario, porque el New START (también llamado START III), el último gran tratado de desarme estratégico entre Estados Unidos y Rusia, ha llegado a su fin tras su prórroga de 2021. Con él se iba algo muy concreto: el marco que ponía límites verificables —con números, inspecciones, notificaciones— al arsenal estratégico desplegado de las dos potencias que guardan la mayor parte del “metal” nuclear del planeta. Cuando ese candado se oxida, no es que aparezcan bombas nuevas de la noche a la mañana; es que se vuelve más difícil saber, con precisión fría, qué hay exactamente detrás de cada puerta.
Se apaga New START y vuelve el ruido de fondo
New START no era un tratado romántico, era contabilidad con colmillos. Nació en 2010 y se aplicó durante la década siguiente como un sistema de reglas para lo más delicado: ojivas estratégicas (las pensadas para golpear a larga distancia) y sus vectores (misiles y bombarderos). Su cifra estrella era conocida incluso fuera de los despachos: 1.550 ojivas estratégicas desplegadas como máximo por cada parte, más límites a los lanzadores y a los sistemas balísticos en tierra, mar o aire. No impedía que existieran otras armas fuera del perímetro, pero sí imponía una disciplina mínima al corazón del arsenal.
Lo que se pierde con el final del tratado no es solo un número en un papel, sino el mecanismo que obligaba a enseñar cartas. En el mundo nuclear, verificar es casi tan importante como limitar, porque la disuasión vive de percepciones: si no se sabe cuántas cabezas están listas, cuántas están guardadas y cuántas son chatarra pendiente de desguace, el debate se llena de niebla y la niebla suele acabar convertida en presupuesto, en doctrinas más agresivas, en mensajes más duros.
Además, el final llega después de años de clima enrarecido. Hubo periodos con inspecciones ralentizadas, tensiones políticas crecientes y, sobre todo, una sensación sostenida de que el control de armas se había quedado sin gasolina. En ese escenario, cada frase pública cuenta, cada declaración oficial se lee como se lee un parte meteorológico antes de salir: no solo por lo que dice, sino por lo que insinúa. Y lo que insinúa ahora es que el tablero vuelve a ser más imprevisible.
Aquí aparece un matiz clave, que suele perderse: que New START caduque no significa automáticamente que alguien vaya a “duplicar” su arsenal mañana. Los arsenales estratégicos son monstruos industriales, no impresoras domésticas. Pero también es verdad que, sin límites vigentes, se abre margen para subir techos, para mover piezas y, sobre todo, para hacerlo con menos obligación de explicarse. En un mundo donde el error es más peligroso que la maldad —un cálculo mal hecho, una alarma falsa, un malentendido—, esa pérdida de transparencia pesa.
El inventario mundial, contado sin trampas semánticas
El número total —esas 12.241 armas nucleares— impresiona, sí, pero el periodismo serio no se queda ahí. Importa cómo se reparten en categorías: porque no es lo mismo una ojiva que duerme en un almacén, envuelta en protocolos y candados, que otra que está asignada a un misil y puede salir del silo con una cadena de órdenes muy corta. Por eso se habla de inventario total, de arsenal militar, de desplegadas, de reserva, de retiradas. Suena técnico, pero en realidad es puro sentido común: cajones distintos, riesgos distintos.
En la misma fotografía se repite un dato que lo explica casi todo: Estados Unidos y Rusia concentran alrededor del 87% de las armas nucleares del mundo. Es decir, aunque el club tenga nueve miembros —Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel—, el peso real sigue descansando en dos hombros. El resto importa, y mucho, pero juega en otra escala: regional, doctrinal, tecnológica, política… y a veces simbólica.
Desplegadas, almacenadas, retiradas: tres cajones
Cuando se habla de armas desplegadas, se está hablando de un estado de disponibilidad. Son ojivas que, por decirlo sin adornos, están más cerca del botón: asignadas a misiles balísticos intercontinentales, a misiles lanzados desde submarinos o a aviones estratégicos. Las almacenadas están en depósitos centrales, fuera de la primera línea; existen, se mantienen, se custodian, pero no están “montadas” en el sistema operativo del día a día. Y las retiradas son otro mundo: ojivas fuera de servicio, que siguen contando en inventarios totales hasta su desmontaje definitivo.
Este vocabulario es importante porque algunos debates mezclan categorías como quien mezcla litros, kilos y grados en la misma frase. Se oyen cifras enormes y se da por hecho que todas están a punto de despegar. No. Parte del arsenal está en una especie de limbo técnico, otra parte está en reserva, otra parte está operativa y, dentro de lo operativo, solo una fracción está en posición de respuesta inmediata. El miedo cambia de forma cuando se entiende esto; deja de ser abstracto y se vuelve más concreto, casi mecánico.
Alta alerta: la cifra que vive en minutos
En las estimaciones más citadas, unas 2.100 ojivas se mantenían en estado de alerta asociadas a misiles balísticos. Ese dato no es literatura: significa que hay sistemas diseñados para responder rápido, con procedimientos que se miden en minutos. En la práctica, esa alta alerta ha estado vinculada sobre todo a las fuerzas estratégicas de las dos superpotencias, porque son las que mantienen el volumen de misiles y submarinos capaz de sostener esa postura.
Aquí aparece el corazón de la disuasión moderna: la idea de que, aunque se reciba un golpe, siempre queda capacidad de respuesta. Los submarinos, por ejemplo, son la pieza más silenciosa y más estable de esa lógica: una ciudad bajo el mar, con tripulación, protocolos, rutas, y misiles que no necesitan exhibirse para existir. Y esa sola existencia, paradójicamente, está pensada para evitar el uso real.
Dos potencias, casi todo el arsenal: Estados Unidos y Rusia
Estados Unidos y Rusia no solo tienen más armas; tienen la arquitectura completa. Ambos conservan tríadas estratégicas —tierra, mar y aire— y una cultura de planificación nuclear con décadas de inercia. En cifras globales de inventario, se suele situar a Rusia por delante, con un total que supera las 4.000 armas en inventario militar, y a Estados Unidos muy cerca, con varios miles también. Si se suman ojivas retiradas pendientes de desmantelamiento, los números crecen aún más. Dicho sin maquillaje: hay mucho material que no desaparece porque una firma lo ordene; desaparece cuando se desmonta, pieza a pieza.
En el debate reciente han circulado, además, estimaciones sobre ojivas desplegadas que colocan a Estados Unidos en torno a 1.770 y a Rusia cerca de 1.718. Conviene entender qué significa aquí “desplegadas”, porque estas cifras no son la misma cosa que la cifra “contabilizada” bajo un tratado como New START, que tiene reglas propias para contar ojivas y vectores. En el lenguaje de los analistas, una cifra puede incluir ojivas asignadas a fuerzas operativas más allá de la contabilidad estricta del tratado. Y aun así, el mensaje de fondo no cambia: los dos arsenales siguen siendo enormes y siguen estando, por volumen y por estructura, por encima del resto.
En lo histórico, también son los dos países que convierten el siglo XX en un laboratorio nuclear. Estados Unidos realizó más de mil pruebas desde 1945 y es el único país que ha usado la bomba atómica en guerra, en Hiroshima y Nagasaki en 1945, con un saldo humano que sigue helando la conversación cuando se dan cifras. La entonces Unión Soviética y después Rusia acumularon centenares de ensayos y construyeron, durante la Guerra Fría, una industria entera alrededor del átomo militar. La competición no era solo armamentística; era psicológica, tecnológica, propagandística.
También hay un dato que explica por qué los tratados eran valiosos: desde los años setenta, Washington y Moscú (antes, Washington y la URSS) abrieron ciclos de negociación para limitar armas estratégicas, empezando por acuerdos como SALT I en 1972. No era pacifismo; era administración del riesgo. Con el tiempo llegaron más tratados, más recortes, más verificación, y también retrocesos. New START era el último gran bloque que quedaba en pie con ese espíritu de “cuento lo que tengo y tú cuentas lo tuyo”.
Si se mira la tríada, Estados Unidos mantiene misiles en silos terrestres, submarinos con misiles balísticos y bombarderos estratégicos, además de un arsenal no estratégico más reducido que el ruso pero existente. Rusia sostiene su propia tríada, con una tradición fuerte en fuerzas de misiles estratégicos, una flota de submarinos nucleares y aviación de largo alcance. En ambos casos, detrás del mapa hay una cadena logística enorme: mantenimiento, modernización, seguridad física, mando y control, comunicaciones endurecidas, simulacros, doctrinas. No es una caja con bombas; es un sistema.
Europa sí tiene bomba, pero no en todas las manos
Europa tiene armas nucleares propias en dos capitales: París y Londres. Francia mantiene alrededor de 290 ojivas en total, con una parte desplegada y otra en reserva, y basa su disuasión sobre todo en submarinos y en una componente aérea asociada a misiles. Es, hoy, el único país de la Unión Europea con arsenal nuclear propio. Su historia nuclear empieza con aquella primera explosión de 1960 en el Sáhara —el famoso “Gerboise Bleue”, que aún resuena en la memoria colonial— y termina en el terreno de las pruebas en 1996, antes de sumarse a la arquitectura de prohibición de ensayos.
Reino Unido, por su parte, mantiene un arsenal estimado en torno a 225 ojivas y apoya su disuasión casi por completo en submarinos con misiles Trident, ligados a una doctrina de “presencia continua en el mar”. Es una manera de decir que, incluso si la tierra tiembla, hay una parte del arsenal que sigue viva bajo el agua, fuera del alcance inmediato. Londres fue el tercer país en realizar pruebas nucleares, con ensayos que arrancan en 1952 en las islas Monte Bello y pasan por la etapa de la bomba de hidrógeno en 1957 en las Islas Christmas. En los años noventa se cerró la etapa de pruebas.
Y luego está el tercer nivel, el más delicado políticamente: la presencia de armas nucleares estadounidenses en suelo europeo bajo el esquema de compartición nuclear de la OTAN. Se habla desde hace años de un total aproximado que ronda el centenar de bombas en varias bases repartidas por países aliados. No son armas “de” esos países; son de Estados Unidos, custodiadas bajo su control, con procedimientos compartidos para escenarios extremos. En esa lista suelen aparecer Bélgica, Alemania, Italia, Países Bajos y Turquía, con bases concretas que llevan décadas formando parte de ese mapa discreto.
Esto tiene una consecuencia práctica: en Europa hay disuasión nuclear nacional (Francia y Reino Unido) y disuasión nuclear extendida (el paraguas estadounidense y la OTAN), pero no es lo mismo en términos de soberanía, debate interno y percepción exterior. Y como la política internacional vive de símbolos, esa diferencia pesa. París, por ejemplo, ha insistido históricamente en la independencia de su fuerza de disuasión; Londres mantiene un vínculo estrecho con tecnología y sistemas asociados a Estados Unidos; y los países anfitriones del “sharing” viven, de cuando en cuando, sus propias discusiones internas sobre si esa presencia aumenta o disminuye su seguridad.
En este contexto, España suele entrar en la conversación por contraste. España es miembro de la OTAN, participa en la defensa colectiva y, por tanto, está bajo el paraguas de la disuasión aliada, pero no tiene armas nucleares propias ni forma parte del grupo de países europeos en los que se estima que haya bombas estadounidenses almacenadas. Es una diferencia que conviene dejar clara, porque la confusión es frecuente: pertenecer a una alianza nuclear no equivale a poseer armas nucleares.
China y el resto del club: expansión, ambigüedad y región
China es la pieza que más ha cambiado el ritmo del tablero en los últimos años. Se le atribuye un arsenal en crecimiento, con estimaciones que la sitúan alrededor de 600 armas nucleares, con una parte muy pequeña desplegada y una gran mayoría almacenada según algunas lecturas recientes del balance global. Pekín combina modernización tecnológica, expansión de vectores y una estrategia comunicativa prudente: muestra lo justo, sugiere lo necesario, evita la transparencia completa. Además, carga con un historial de acusaciones occidentales sobre transferencia de tecnología o asistencia indirecta en el ecosistema nuclear de otros países, especialmente en Asia, aunque cada caso tiene su propio barro diplomático.
La India y Pakistán forman una pareja estratégica inseparable, un espejo tenso en el sur de Asia. Se suele estimar que la India tiene alrededor de 180 ojivas y Pakistán unas 170, cifras relativamente cercanas que, en su región, pesan como plomo. Sus doctrinas no son idénticas, y su historia está marcada por crisis, escaladas y una geografía que aprieta: fronteras calientes, disputas territoriales, pulsos políticos internos. A diferencia de las potencias reconocidas como nucleares dentro del régimen clásico de no proliferación, ni India ni Pakistán se sumaron al Tratado de No Proliferación como estados no nucleares; eso condiciona su relación con inspecciones y con el marco internacional.
Israel es, en muchos sentidos, el caso más singular por su política de ambigüedad: no confirma ni niega oficialmente su arsenal, pero gran parte de los analistas lo incluyen en el club nuclear con estimaciones que rondan las 90 ojivas. Esa ambigüedad es una herramienta estratégica en sí misma: permite disuadir sin declararlo, mantener margen diplomático, no poner cifras oficiales sobre la mesa. Y, al mismo tiempo, alimenta un debate permanente sobre el equilibrio en Oriente Medio.
Corea del Norte representa otra lógica: la del programa nuclear como seguro de vida del régimen y como palanca de negociación, con estimaciones que la sitúan alrededor de 50 ojivas. Pyongyang se sumó al Tratado de No Proliferación en los años ochenta y se retiró en 2003, y desde entonces su programa ha sido un eje central de sanciones, rondas diplomáticas fallidas y ciclos de pruebas y declaraciones. En su caso, además, la incertidumbre sobre capacidades exactas —miniaturización, fiabilidad, vectores— ha sido parte de la historia.
En este grupo de cinco (China, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte) hay un patrón común: la dimensión regional lo domina todo. Sus arsenales son más pequeños que los de Washington y Moscú, pero su influencia puede ser enorme porque operan en entornos con menos “colchón” estratégico, menos tradición de control de armas, menos mecanismos de transparencia, más fricción directa. Y cuando los grandes tratados entre superpotencias se debilitan, ese mundo regional tiende a copiar el tono general: si el techo global se rompe, las habitaciones pequeñas también se recalientan.
España en el mapa nuclear: cero ojivas, impacto real
La pregunta “¿España tiene?” se responde rápido: no. España no posee armas nucleares, no mantiene un arsenal propio y no se la considera un país nuclear en el sentido militar. Su relación con lo nuclear está en el terreno civil —energía, regulación, seguridad— y en el terreno político-estratégico como aliado dentro de estructuras de defensa colectiva. En otras palabras: la palabra “nuclear” aparece, pero no en forma de ojivas en inventario nacional.
Dicho esto, España no está fuera de la historia nuclear por completo, porque el país arrastra un episodio que todavía suena a hierro y sal: Palomares, 1966. Aquel accidente, con bombas termonucleares estadounidenses implicadas tras una colisión aérea, dejó contaminación y un rastro diplomático y técnico que se ha prolongado durante décadas. Es una forma muy concreta de entender lo que significa convivir con armas nucleares aunque no sean propias: basta un incidente para que una costa tranquila se convierta en un nombre citado en informes, negociaciones y debates sobre limpieza y responsabilidades.
En el marco europeo, la ausencia de arsenal español no impide que España se vea afectada por el clima de la disuasión. Si el último gran tratado entre Estados Unidos y Rusia desaparece, lo que cambia es el entorno: crece la incertidumbre, se endurece el lenguaje estratégico, se discuten con más intensidad la modernización y la credibilidad del paraguas aliado. Y ese debate se filtra, inevitablemente, en decisiones sobre defensa, sobre postura de la OTAN, sobre equilibrios dentro de Europa, sobre cómo se interpreta la seguridad en un continente que, a la vez, tiene dos arsenales propios y bombas estadounidenses almacenadas en varios puntos.
Así queda el mapa, con sus datos y su incómoda claridad: el mundo mantiene alrededor de doce mil armas nucleares, con más de tres mil novecientas en condiciones de despliegue operativo y unas dos mil cien asociadas a estados de alerta; el club es de nueve países; Estados Unidos y Rusia sostienen el peso mayoritario; Francia y Reino Unido son la Europa nuclear “propia”; y España sigue en el terreno de la alianza y la geopolítica, no en el de las ojivas. El final de New START no crea bombas nuevas por arte de magia, pero sí deja la sensación de que se ha apagado el cuadro de mandos que, durante años, obligaba a medir y a mostrar. Y en materia nuclear, cuando se deja de medir, casi siempre se acaba discutiendo a gritos.

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