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¿Qué amenaza militar supone el nuevo lanzamiento de Corea del Norte?

Un nuevo lanzamiento norcoreano vuelve a tensar Asia y pone cifras a la capacidad de sus misiles, su artillería y su creciente arsenal nuclear.

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un misil de corea del norte desfilando

Foto: Stefan Krasowski / Wikimedia Commons — Flickr, CC BY 2.0.

Resumen

  • Corea del Norte ha lanzado un nuevo proyectil hacia el mar de Japón
  • Seúl aún no ha identificado el arma ni ha precisado alcance o trayectoria
  • El mayor peligro probado sigue concentrado en Corea del Sur y Japón

Corea del Norte ha efectuado un nuevo lanzamiento hacia el mar de Japón, denominado Mar del Este por las dos Coreas. El Estado Mayor Conjunto surcoreano detectó el disparo en las primeras horas del sábado en la península, aunque al conocerse la noticia todavía no había identificado públicamente qué tipo de proyectil era, su alcance, la altura alcanzada ni el lugar exacto de caída. Conviene empezar por ahí: hablar ya de un determinado misil sería adelantarse a los datos.

La otra parte de la historia admite bastante menos incertidumbre. Corea del Norte sí posee capacidad militar para causar daños muy graves, particularmente a Corea del Sur y Japón, incluso sin recurrir al arma nuclear. Su combinación de artillería, lanzacohetes de gran calibre, misiles balísticos de corto y medio alcance y armas de crucero permite amenazar ciudades, aeródromos, puertos y bases militares de la región. Y por encima de esa capacidad aparece el arsenal nuclear: las estimaciones abiertas de 2026 sitúan en torno a 60 las ojivas ensambladas, aunque existen cálculos surcoreanos considerablemente más altos. La horquilla es enorme porque nadie fuera del régimen puede hacer inventario entrando por la puerta.

Corea del Norte vuelve a disparar hacia el mar de Japón

El lanzamiento conocido este 11 de septiembre llega después de un verano especialmente activo y justo cuando Corea del Sur, Estados Unidos y Japón terminaban sus maniobras trilaterales Freedom Edge, desarrolladas entre el 7 y el 11 de septiembre. La coincidencia no prueba por sí sola la intención política del disparo, pero encaja con una costumbre bastante asentada de Pyongyang: acompañar ejercicios militares aliados, visitas diplomáticas y momentos de negociación con demostraciones de fuerza.

La información inicial difundida desde Seúl es, de momento, escueta. El ejército surcoreano confirmó que había detectado un proyectil no identificado dirigido hacia las aguas orientales de la península. No hay base suficiente, por ahora, para convertir ese término en “misil balístico”, “hipersónico” o “intercontinental” simplemente porque resulte más espectacular. Corea del Norte dispone de programas de todos esos tipos en distinto grado de madurez; otra cosa es saber qué salió esta vez de la plataforma.

El contexto inmediato tampoco es menor. Apenas cinco días antes, Kim Jong-un había presentado el nuevo destructor Kang Kon, de unas 5.000 toneladas, como parte del sistema de respuesta nuclear norcoreano. Pyongyang quiere que sus armas estratégicas dejen de ser únicamente una amenaza asentada en tierra y puedan dispersarse también por el mar. No posee todavía una fuerza naval comparable a las grandes marinas regionales —ni de lejos—, pero la dirección resulta bastante clara.

Los lanzamientos de Corea del Norte en 2026

La sucesión de pruebas permite medir mejor el peligro que cualquier desfile de misiles impecablemente pintados. Durante 2026, Pyongyang ha probado sistemas muy diferentes: balísticos, cohetes de 600 milímetros que rozan la frontera conceptual entre artillería y misil, armas de crucero lanzadas desde buques y proyectiles tácticos presentados como aptos para misiones nucleares.

De enero a abril: de los 900 kilómetros al fuego en salvas

El 4 de enero, Corea del Norte abrió el año lanzando varios misiles balísticos desde la zona de Pyongyang hacia el mar de Japón. Las mediciones surcoreanas situaron los vuelos alrededor de los 900 kilómetros, mientras Japón calculó para algunos proyectiles distancias de aproximadamente 900 y 950 kilómetros. Pyongyang afirmó después haber probado un sistema hipersónico que alcanzó alrededor de 1.000 kilómetros.

El 27 de enero llegaron nuevos proyectiles desde las proximidades de Pyongyang. Corea del Sur los clasificó como misiles balísticos de corto alcance y calculó vuelos de unos 350 kilómetros. La información publicada posteriormente por Corea del Norte permitió relacionar aquella actividad con una prueba de su lanzacohetes múltiple pesado de 600 milímetros: cuatro proyectiles impactaron, según Pyongyang, a unos 358,5 kilómetros. Es un buen ejemplo de por qué las etiquetas importan menos que la capacidad: un arma puede llamarse oficialmente “cohete de artillería” y comportarse, a efectos militares, casi como un misil balístico de corto alcance.

Marzo trajo una dimensión distinta. El 4 de marzo, Kim supervisó el lanzamiento de misiles de crucero estratégicos desde el destructor Choe Hyon; hubo otra prueba del mismo tipo el 10 de marzo. El 14 de marzo, en plena maniobra conjunta entre Estados Unidos y Corea del Sur, Pyongyang disparó alrededor de diez proyectiles de corto alcance correspondientes al sistema KN-25 de 600 milímetros, con vuelos próximos a los 350 kilómetros.

Los destructores entran en el tablero

No se trata simplemente de poner misiles sobre un barco para que la fotografía quede más marcial. Los ensayos desde el Choe Hyon muestran un intento de diversificar las plataformas desde las que Corea del Norte podría lanzar armas convencionales o potencialmente nucleares. Una fuerza dispersa entre vehículos terrestres móviles, emplazamientos fortificados y buques resulta más difícil de localizar y neutralizar en un primer ataque.

Abril fue todavía más movido. El 7 de abril se detectó un lanzamiento desde la zona de Pyongyang que mostró un comportamiento anómalo y aparentemente falló. El 8 de abril, Corea del Norte realizó dos tandas más: varios misiles de corto alcance desde Wonsan volaron unos 240 kilómetros por la mañana y otro lanzamiento efectuado después superó los 700 kilómetros. Pyongyang explicó posteriormente que aquellas pruebas incluían misiles con ojivas de submuniciones.

El 12 de abril volvieron los ensayos navales: dos misiles de crucero estratégicos y tres antibuque fueron disparados desde el Choe Hyon. Una semana después, el 19 de abril, Corea del Norte lanzó varios misiles balísticos de corto alcance desde Sinpho. Volaron alrededor de 140 kilómetros y Pyongyang los identificó posteriormente como Hwasong-11 Ra, un sistema táctico superficie-superficie.

De mayo a septiembre: armas tácticas, salvas y nuevos buques

El 26 de mayo, desde Chongju, fueron detectados varios proyectiles dirigidos hacia el mar Amarillo, incluido al menos un misil balístico de corto alcance que recorrió aproximadamente 80 kilómetros. Corea del Norte presentó aquella actividad como una prueba combinada de misiles balísticos tácticos, cohetes de artillería y misiles de crucero de precisión con un sistema de guiado terminal al que atribuyó funciones de inteligencia artificial. La etiqueta “IA”, naturalmente, no convierte por magia el arma en infalible; la sofisticación real del sistema de reconocimiento de objetivos sigue sin poder verificarse desde fuera.

El 25 de junio, Kim supervisó otra demostración que incluyó el Hwasong-11D, presentado por el régimen como un misil táctico susceptible de portar carga nuclear y concebido para atacar objetivos surcoreanos como aeródromos, puertos o instalaciones energéticas. El ensayo incluyó también lanzacohetes de 240 milímetros y una nueva pieza autopropulsada de 155 milímetros. El mensaje era bastante transparente: combinar cantidad, movilidad y potencia de fuego en distancias relativamente cortas.

El 3 de julio, el nuevo destructor Kang Kon participó en pruebas de armas que incluyeron misiles de crucero. Las imágenes difundidas por los medios norcoreanos mostraron alrededor de una decena de lanzamientos sucesivos. El interés militar es evidente: Pyongyang intenta trasladar parte de su capacidad de ataque a plataformas navales y complicar así la defensa enemiga.

Agosto aceleró otra vez el ritmo. El 6 de agosto, Corea del Norte disparó desde Wonsan un misil balístico de corto alcance hacia el mar de Japón. El 12 de agosto, desde la misma zona, lanzó otro proyectil que recorrió aproximadamente 700 kilómetros. Según las evaluaciones surcoreanas disponibles entonces, aquella era ya una larga cadena de pruebas balísticas en lo que iba de año, contando como eventos separados las distintas tandas de abril.

El 20 de agosto llegó una salva mucho más visible: alrededor de diez misiles balísticos de corto alcance salieron de la zona de Pyongyang y recorrieron unos 300-320 kilómetros, alcanzando aproximadamente 90 kilómetros de altura antes de caer fuera de la zona económica exclusiva japonesa. El episodio ocurrió durante las maniobras Ulchi Freedom Shield y en un momento en que Donald Trump había vuelto a expresar su intención de reunirse con Kim Jong-un.

El disparo conocido este 11 de septiembre prolonga esa secuencia, pero todavía no puede añadirse con rigor a la cuenta de pruebas balísticas hasta que se conozca la naturaleza del proyectil. Ahí está la diferencia entre llevar un marcador y contar lo que realmente se sabe: por ahora existe un lanzamiento confirmado, pero no una identificación definitiva del arma.

¿Puede Corea del Norte causar daños militares realmente graves?

Sí. Y no hace falta imaginar inmediatamente un misil nuclear atravesando medio planeta. El escenario más peligroso está mucho más cerca. Corea del Norte dispone de medios capaces de golpear objetivos surcoreanos desde distancias relativamente reducidas, con tiempos de reacción mínimos y mediante ataques simultáneos que podrían intentar saturar las defensas.

Corea del Sur comparte frontera terrestre con el Norte y su enorme área metropolitana se encuentra a escasa distancia de la zona desmilitarizada. Pyongyang conserva una cantidad formidable de artillería convencional y lanzacohetes; diferentes estudios militares llevan años advirtiendo de los miles de sistemas norcoreanos capaces de amenazar objetivos surcoreanos. Parte de ese material es antiguo, y las fuerzas surcoreanas y estadounidenses disponen de una superioridad tecnológica clara, pero “antiguo” no significa inofensivo cuando se habla de miles de piezas disparando sobre un territorio densamente poblado.

A esa masa de fuego se suman los KN-23, KN-25 y otras familias de misiles tácticos. Un proyectil de 300, 500 o 700 kilómetros no necesita alcanzar Washington para constituir una amenaza estratégica. En esas distancias caben buena parte de Corea del Sur, bases aéreas, puertos, centros logísticos y fuerzas estadounidenses desplegadas en la península.

Japón se encuentra en otro escalón de riesgo. Corea del Norte posee sistemas de medio e intermedio alcance capaces de cubrir territorio japonés, además de misiles concebidos para distancias muy superiores. El Hwasong-18, de combustible sólido, tiene un alcance estimado de hasta unos 15.000 kilómetros. Sobre el papel, eso coloca gran parte del territorio continental estadounidense dentro de su radio potencial.

Ahí, sin embargo, aparecen los matices que desaparecen cuando los misiles desfilan bajo los focos. Corea del Norte ha demostrado motores potentes, grandes altitudes, combustible sólido y vuelos que, extrapolados a una trayectoria normal, ofrecen alcance intercontinental. No ha demostrado con la misma claridad una cadena completa y repetidamente fiable de ataque nuclear intercontinental, incluida la supervivencia de una ojiva durante una reentrada extrema, la precisión final y, para los diseños más ambiciosos, tecnologías avanzadas de múltiples cabezas independientes.

Es decir: pensar que los ICBM norcoreanos son decorado propagandístico sería temerario; afirmar que Pyongyang posee una fuerza intercontinental tan madura y fiable como la estadounidense, rusa o china también sería excesivo. El Hwasong-18 está considerado un sistema operacional, mientras otros desarrollos de mayor tamaño y carga potencial continúan rodeados de incógnitas sobre su madurez militar efectiva.

La dimensión nuclear multiplica el peligro. Las estimaciones internacionales más recientes sitúan alrededor de 60 armas nucleares ensambladas en Corea del Norte y consideran que el país dispone de material fisible suficiente para producir más. Son cálculos, no una auditoría: Corea del Norte mantiene bajo tierra buena parte de su infraestructura y el Organismo Internacional de Energía Atómica lleva años sin inspectores dentro del país. En septiembre, además, volvió a conocerse una ampliación de la capacidad de enriquecimiento de uranio en instalaciones norcoreanas.

Tampoco todo favorece a Kim. Corea del Sur, Estados Unidos y Japón disponen de sensores, aviación avanzada, defensas antimisiles y una capacidad industrial y tecnológica muy superior. Washington mantiene decenas de miles de militares en Corea del Sur y Seúl está protegido por la disuasión extendida estadounidense. En una guerra convencional prolongada, la diferencia cualitativa entre los dos bloques pesa muchísimo. El objetivo del arsenal norcoreano es precisamente compensarla: conseguir que cualquier adversario sepa que una victoria militar podría llegar después de sufrir un coste descomunal.

Hay otro elemento incómodo. Las armas norcoreanas ya no existen únicamente dentro de polígonos cuidadosamente preparados. Misiles de la familia KN han sido suministrados a Rusia y utilizados contra objetivos en Ucrania, proporcionando a Pyongyang algo que durante décadas apenas tuvo: información sobre cómo funcionan sus sistemas bajo condiciones reales de combate, sometidos a interferencias electrónicas, defensas antiaéreas y errores que una prueba doméstica puede esconder. Esa experiencia no convierte de repente al ejército norcoreano en una máquina perfecta, pero permite detectar y corregir defectos. Y eso cuenta.

La amenaza de Kim está más cerca de Seúl que de Washington

Corea del Norte no es una superpotencia militar comparable con Estados Unidos, China o Rusia. Su aviación conserva mucho material envejecido, su economía limita una guerra convencional prolongada y una parte de las capacidades que exhibe el régimen resulta difícil de verificar. La inferioridad convencional frente a la alianza entre Corea del Sur y Estados Unidos sigue siendo clara.

Pero de ahí no se desprende que Kim Jong-un esté jugando con fuegos artificiales caros. La fotografía es más incómoda. Corea del Norte posee misiles capaces de cubrir toda Corea del Sur y Japón, sistemas de alcance mucho mayor, ICBM con alcance teórico suficiente para llegar al territorio continental estadounidense y un arsenal nuclear que continúa creciendo. A eso suma miles de piezas de artillería y cohetes situados cerca de una de las zonas urbanas más densas de Asia.

Su mayor capacidad destructiva creíble, inmediata y probada está por tanto en la península de Corea y el noreste asiático. Allí no necesita resolver las últimas dudas sobre una ojiva que reentra desde el espacio. Puede causar daños enormes mediante armas mucho más sencillas, numerosas y próximas a sus objetivos.

El lanzamiento de septiembre no cambia por sí mismo el equilibrio militar. Tal vez termine siendo una prueba relativamente rutinaria; tal vez revele otro sistema. Eso dependerá de los datos de trayectoria y de la identificación definitiva. Lo que sí confirma es una tendencia que lleva años endureciéndose: Pyongyang dispara más tipos de armas, desde más plataformas y con una combinación cada vez más deliberada de capacidad convencional y nuclear. La amenaza de Kim es real, aunque su propaganda la pinte todavía más grande. Y precisamente por eso conviene medirla con kilómetros, sistemas y capacidades comprobadas, no con el volumen de los altavoces.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.