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¿Por qué Modi y Putin refuerzan su alianza antes de la cumbre BRICS?
India y Rusia refuerzan su relación antes de la cumbre BRICS, con el petróleo, los pagos internacionales y el pulso con Occidente en el centro.

Foto: Prime Minister's Office, Government of India / Wikimedia Commons — Government Open Data License - India (GODL).
Resumen
- Modi y Putin refuerzan la alianza estratégica entre India y Rusia
- Los BRICS buscan más comercio, pagos propios y margen frente a Occidente
- India mantiene el petróleo ruso sin romper sus vínculos con Washington
Narendra Modi y Vladimir Putin han aprovechado su encuentro en Nueva Delhi para reforzar la relación estratégica entre India y Rusia justo cuando los BRICS buscan ganar peso económico y político en un mundo cada vez más fragmentado. El petróleo ruso, el comercio bilateral, la seguridad de las rutas marítimas y la construcción de sistemas de pago menos dependientes de Occidente forman parte de una relación que ambos gobiernos quieren llevar un peldaño más arriba.
Pero hay un matiz decisivo. India no está cambiando Washington por Moscú ni abrazando sin reservas el discurso ruso contra Occidente. Nueva Delhi practica algo bastante más complejo: mantener abierta la puerta de Estados Unidos, comprar energía a Rusia, conservar vínculos con Irán e Israel y cultivar a las monarquías del Golfo. Autonomía estratégica, lo llama la diplomacia india. Traducido al lenguaje de la calle: sentarse en varias mesas sin dejar que nadie elija el menú.
La reunión de Modi y Putin este viernes 11 de septiembre se produjo en vísperas de la cumbre de los BRICS en Nueva Delhi, una cita especialmente delicada por las guerras que sacuden Ucrania y Oriente Próximo y por sus efectos directos sobre el petróleo, el transporte marítimo y las cadenas internacionales de suministro.
Putin llegó con una tesis mucho más frontal. El presidente ruso sostiene que los países occidentales están recurriendo a sanciones, restricciones comerciales y presiones sobre las rutas logísticas para conservar una posición dominante que, a juicio del Kremlin, el auge de las economías emergentes está erosionando.
Moscú quiere que los BRICS dejen de ser únicamente un foro diplomático y empiecen a funcionar como una red económica más tangible: empresas conectadas entre sí, nuevas infraestructuras, mecanismos financieros propios y sistemas de pago capaces de operar incluso cuando las sanciones occidentales cierran los canales tradicionales.
Rusia quiere convertir los BRICS en algo más que una foto de familia
El mensaje de Putin ante el foro empresarial de los BRICS fue deliberadamente áspero. Acusó a los competidores occidentales de intentar recuperar su antigua primacía mediante prácticas que, según el presidente ruso, incluyen sanciones, obstáculos al transporte internacional y presiones económicas. También habló de ataques contra instalaciones industriales y logísticas y de intentos de bloquear corredores comerciales y apoderarse de buques, aunque no detalló episodios concretos.
El Kremlin presenta así los BRICS como una especie de andamiaje económico alternativo. No necesariamente una economía mundial paralela —eso sigue quedando bastante lejos—, pero sí una estructura capaz de reducir la vulnerabilidad de sus miembros frente al dólar, las sanciones financieras y determinadas decisiones adoptadas en Washington o Bruselas.
La diferencia parece semántica hasta que aparece el dinero. Rusia lleva años buscando vías para cobrar exportaciones, financiar inversiones y comerciar con países socios al margen de los canales financieros occidentales. La guerra de Ucrania y las sucesivas sanciones han convertido esa necesidad en una prioridad económica del Kremlin.
Kirill Dmitriev, enviado especial de Putin, ha definido esta evolución como el paso desde una agrupación esencialmente geopolítica hacia una cooperación económica práctica, con empresas tecnológicas, inversores, infraestructuras y mecanismos de pago en primer plano.
Los pagos internacionales entran en el centro del debate
Los ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales del bloque también han reclamado cambios en las instituciones financieras internacionales y sistemas que permitan realizar pagos transfronterizos más rápidos, baratos y seguros. En paralelo, han expresado su rechazo a medidas comerciales y financieras unilaterales que, según los BRICS, distorsionan el comercio internacional.
India llega a la cumbre con interés particular en mejorar la interoperabilidad entre sistemas nacionales e incluso explorar conexiones entre monedas digitales emitidas por bancos centrales. Conviene bajar un poco el volumen del tambor: eso no significa que los BRICS estén a punto de sustituir el dólar por una moneda común.
No existe, por ahora, algo parecido a un euro de los BRICS. Las economías del grupo son demasiado distintas, sus intereses a menudo chocan y algunos de sus integrantes mantienen relaciones políticas bastante poco cordiales entre sí. Construir una moneda común entre semejante colección de vecinos sería una obra de ingeniería financiera considerable.
Menos dólar no significa necesariamente una moneda BRICS
Lo que sí puede avanzar es algo bastante menos espectacular y, quizá por eso, más realista: comerciar mediante monedas nacionales, conectar determinadas plataformas de pago y reducir el número de operaciones que necesariamente tienen que pasar por dólares.
Para Rusia supone una vía de escape frente a las sanciones. Para India puede significar transacciones más baratas y mayor autonomía financiera. Para China encaja con su interés por internacionalizar gradualmente el yuan. Coinciden en el destino general; otra cosa es que quieran viajar exactamente en el mismo vagón.
El petróleo mantiene unidos a India y Rusia
Debajo de los grandes discursos sobre el nuevo orden mundial hay un elemento mucho más prosaico: barriles de crudo.
India se ha convertido, junto con China, en uno de los mayores compradores de petróleo ruso desde que Moscú lanzó la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 y las sanciones occidentales alteraron los flujos internacionales de energía.
Para Rusia esas ventas proporcionan ingresos esenciales. Para India ofrecen acceso a suministros que considera necesarios para abastecer una población enorme y una economía en expansión.
Nueva Delhi ha defendido repetidamente esa política con un argumento sencillo: necesita energía segura, fiable y asequible. Las presiones exteriores, sostiene el Gobierno indio, no pueden ignorar las necesidades energéticas del país.
Washington, sin embargo, ha aumentado la presión sobre los grandes compradores de hidrocarburos rusos y ha llegado a amenazar con fuertes aranceles adicionales a los países que mantengan determinadas compras de petróleo y gas de Rusia.
Ahí aparece una de las contradicciones más interesantes de la política exterior india. Modi mantiene una relación cada vez más importante con Estados Unidos y, al mismo tiempo, se niega a entregar a Washington la llave de su política energética.
India y Rusia quieren llevar su comercio a 100.000 millones
El vínculo tampoco se limita al crudo. Nueva Delhi y Moscú se han fijado como objetivo elevar el comercio bilateral hasta los 100.000 millones de dólares en 2030, frente a los casi 70.000 millones registrados en el ejercicio 2024-2025.
La cifra revela tanto el éxito como el problema de la relación. El intercambio comercial ha aumentado con enorme rapidez, pero presenta un fuerte desequilibrio porque India compra grandes cantidades de energía rusa mientras sus exportaciones hacia Rusia son mucho menores.
Ambos gobiernos necesitan, por tanto, diversificar. Fertilizantes, industria, productos farmacéuticos, tecnología, transporte, infraestructuras y cooperación energética aparecen entre las áreas con mayor recorrido.
También sigue pesando la cooperación militar entre India y Rusia, una relación construida durante décadas. Nueva Delhi ha diversificado sus proveedores de defensa y se ha acercado a Estados Unidos y otros socios occidentales, pero el material militar de origen ruso continúa ocupando un lugar importante en sus Fuerzas Armadas.
La consecuencia es una relación difícil de reducir a los viejos esquemas de aliados y adversarios. India compra armas y tecnología a Occidente, mantiene cooperación militar con Rusia y compite estratégicamente con China mientras comparte con ambas potencias la misma mesa de los BRICS. La geometría ya no es precisamente euclidiana.
Las guerras convierten las rutas marítimas en otra prioridad
Modi y Putin también abordaron los conflictos en Oriente Próximo y la región del mar Negro, especialmente por sus repercusiones sobre el comercio marítimo y la seguridad de los marineros indios.
Para India no es una cuestión abstracta. Una parte sustancial de sus importaciones energéticas y de su comercio exterior depende de rutas que atraviesan zonas cada vez más expuestas a tensiones militares, ataques contra buques y alteraciones logísticas.
Las perturbaciones en el estrecho de Ormuz, el mar Rojo o el mar Negro pueden acabar recorriendo miles de kilómetros hasta aparecer en una factura energética, en el coste de transportar mercancías o en los márgenes de una empresa india.
Modi ha insistido precisamente en la libertad de navegación y en la protección de las tripulaciones. Es uno de esos asuntos donde la elevada geopolítica termina chocando con algo muy concreto: un carguero debe poder atravesar el mar sin convertirse en objetivo militar.
La preocupación ayuda también a entender por qué Nueva Delhi mantiene canales abiertos con actores tan enfrentados como Estados Unidos, Rusia, Irán, Israel y los países árabes del Golfo. Para una potencia comercial dependiente de las importaciones de energía, romper relaciones por afinidades ideológicas puede resultar bastante caro.
Los BRICS crecen, pero sus contradicciones también
El bloque llega a esta cumbre con un tamaño muy superior al de sus primeros años. La ampliación ha reforzado su peso demográfico y económico, pero ha introducido intereses nacionales todavía más diversos.
Dentro de los BRICS conviven China e India, dos gigantes asiáticos que cooperan y compiten al mismo tiempo; Rusia, enfrentada directamente con Occidente por Ucrania; Irán, sometido a fuertes tensiones con Estados Unidos e Israel; y países del Golfo que mantienen profundas relaciones económicas y de seguridad con Washington.
De ahí que resulte simplificador describir al grupo únicamente como una alianza antioccidental. Rusia puede querer empujarlo en esa dirección. China ve ventajas en un orden internacional menos dominado por Estados Unidos. India, en cambio, procura que los BRICS no se conviertan en una alianza política cerrada contra Washington.
Nueva Delhi prefiere hablar de reforma de la gobernanza mundial, mayor representación de las economías emergentes y defensa del llamado Sur Global. Parece una diferencia diplomática menor. No lo es.
Para Modi, los BRICS son útiles precisamente mientras amplían el margen de maniobra de India, no si obligan al país a escoger un bloque.
Nueva Delhi juega en varias mesas a la vez
La reunión entre Modi y Putin deja así dos movimientos superpuestos. Rusia busca aliados económicos frente a la presión occidental y quiere transformar los BRICS en una estructura capaz de resistir sanciones y restricciones financieras. India acepta profundizar la cooperación, pero preservando su propia libertad de movimiento.
Eso explica la aparente paradoja: Modi puede estrechar la mano de Putin, comprar petróleo ruso, recibir a Xi Jinping y mantener al mismo tiempo una relación estratégica con Estados Unidos.
No es neutralidad en el sentido clásico. Tampoco alineamiento. Es una política exterior diseñada para un mundo donde las grandes potencias vuelven a competir por mercados, rutas comerciales, tecnología, energía y sistemas financieros.
Los BRICS ofrecen a India un escenario especialmente útil para practicarla. A Rusia, en cambio, le ofrecen algo distinto: la posibilidad de demostrar que las sanciones occidentales no han conseguido aislarla del resto de las grandes economías emergentes.
Por eso el encuentro de Nueva Delhi importa más allá de la cordialidad entre Modi y Putin. La batalla no consiste únicamente en quién comercia con quién, sino en quién escribe las reglas, por qué moneda circula el dinero y qué países pueden seguir haciendo negocios cuando una gran potencia decide cerrarles una puerta.
En ese terreno empieza a disputarse buena parte del nuevo equilibrio internacional. Y los BRICS, todavía llenos de contradicciones, quieren dejar de mirar el partido desde la grada.

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