Síguenos

Naturaleza

Calor, nutrientes y corrientes: por qué se llenan de algas algunas playas

Una alfombra de algas en la arena puede empezar lejos, en un mar alterado por nutrientes, calor y corrientes.

Publicado

el

Por qué llegan algas a algunas playas en masa: limpieza de algas acumuladas en una playa

Las acumulaciones de algas que cubren algunas playas en verano no responden a una causa única. Suelen coincidir un crecimiento abundante en el mar y unas condiciones que empujan esa biomasa hacia la costa: nutrientes disponibles, agua cálida, corrientes y vientos favorables. Después, la forma del litoral determina si el material se dispersa o queda atrapado en una bahía, una cala o una playa poco profunda.

El aspecto puede ser parecido, pero no siempre se trata del mismo fenómeno. En el Caribe destacan las arribazones de sargazo flotante, mientras que en el litoral gaditano y otras zonas de Andalucía se han registrado acumulaciones de Rugulopteryx okamurae, un alga parda invasora que se desprende de los fondos y puede viajar fragmentada. Distinguir entre esas situaciones importa: explica por qué unas playas reciben mantos llegados de mar abierto y otras se cubren tras cambios de viento y oleaje cerca de la costa.

Del crecimiento en el mar a la acumulación en la arena

Para que una playa aparezca cubierta de algas deben encadenarse varios procesos. Primero crece o se desprende una cantidad considerable de biomasa en el agua. Luego, las corrientes y el viento la desplazan. Al llegar a la costa, el oleaje y la geografía local pueden concentrarla en una franja estrecha, donde se mezcla con arena, restos de vegetación y otros materiales. La llegada masiva no significa necesariamente que las algas hayan crecido en esa misma playa.

El sargazo del Atlántico permite ver con claridad esa diferencia entre origen y destino. En mar abierto, estas algas pardas flotantes forman parte del hábitat de peces, crustáceos y tortugas, pues ofrecen alimento y refugio. Cuando su cantidad aumenta mucho y las corrientes las conducen hacia tierra, ese ecosistema móvil puede convertirse en una acumulación pesada y difícil de retirar. El problema, por tanto, no es que haya algas en el océano, sino el volumen, el lugar y el momento en que se concentran.

Una vez varado, el material queda expuesto al sol y al calor de la arena. La biomasa se rompe, pierde frescura y empieza a descomponerse; el olor y el cambio de color hacen entonces muy visible un proceso que quizá llevaba semanas desarrollándose mar adentro. La playa funciona como un punto de llegada y concentración, no como el origen de todo el episodio. Lo que parece una alfombra repentina puede ser la última etapa de un viaje oceánico mucho más largo.

Por qué los nutrientes pueden disparar el crecimiento

Las algas necesitan nutrientes para crecer, en particular nitrógeno y fósforo. Esos elementos están presentes de forma natural en el mar, pero también pueden llegar desde fertilizantes agrícolas, aguas residuales, escorrentía urbana y descargas industriales. Los ríos transportan parte de esa carga hacia el océano; entre los que se citan en relación con estas proliferaciones están el Amazonas, el Congo y el Níger. Cuando el aporte supera la capacidad del ecosistema para procesarlo, el agua puede recibir un exceso de fertilización.

Ese enriquecimiento excesivo se conoce como eutrofización. No toda entrada de nutrientes provoca una proliferación, ni todas las especies responden igual, pero una oferta abundante puede favorecer crecimientos rápidos cuando coincide con temperaturas y condiciones de luz apropiadas. El fenómeno no equivale a que cualquier alga sea dañina: muchas cumplen funciones normales en los ecosistemas marinos. El desequilibrio aparece cuando la producción de biomasa crece más deprisa de lo que el entorno puede sostener o descomponer sin consecuencias.

Los nutrientes tampoco tienen por qué proceder de una descarga cercana a la playa afectada. Pueden desplazarse por ríos, corrientes o por la atmósfera antes de incorporarse al agua. El polvo del Sahara, por ejemplo, transporta minerales y compuestos que pueden enriquecer las aguas superficiales bajo ciertas condiciones. Esa combinación de aportes lejanos y locales ayuda a explicar por qué el fenómeno no se resuelve mirando solo el tramo de costa donde aparecen las algas. La cadena de causas puede atravesar cuencas y regiones enteras.

El calor acelera algunos procesos, pero no explica todo

La temperatura influye tanto en el crecimiento de las algas como en la cantidad de oxígeno que puede permanecer disuelto en el agua. Algunas especies proliferan mejor dentro de determinados rangos térmicos; para el sargazo, la información de referencia sitúa las condiciones favorables entre 18 y 30 grados Celsius, junto con salinidad alta y nutrientes adecuados. Ese intervalo describe un contexto propicio, no una garantía de que vaya a producirse una arribazón. El calor es una pieza del mecanismo, no una explicación completa.

El cambio climático puede amplificar ciertas condiciones al calentar el océano y alterar patrones de viento, circulación y mezcla de las aguas. El afloramiento, el movimiento que lleva agua profunda con nutrientes hacia la superficie, es un proceso natural; sus variaciones pueden modificar la disponibilidad de alimento para las algas. Sin embargo, atribuir cada episodio concreto al calentamiento global sería simplificar una dinámica en la que intervienen también la química del agua, las corrientes y la actividad humana. La relación es de múltiples factores y no funciona como una causa automática.

El calentamiento también agrava lo que ocurre después de la llegada. El agua cálida retiene menos oxígeno que el agua fría y, cuando grandes cantidades de materia orgánica se descomponen, las bacterias consumen parte del oxígeno disponible. Así pueden aumentar las condiciones de estrés para peces y otros organismos. La misma ola de calor que favorece ciertas proliferaciones puede, por tanto, hacer más difícil que el ecosistema absorba sus consecuencias. El riesgo se construye tanto durante el crecimiento como durante la descomposición.

El sargazo del Caribe no es lo mismo que el alga invasora de Cádiz

La palabra sargazo suele utilizarse de forma amplia para describir algas pardas, pero no todas las acumulaciones pertenecen a la misma especie ni tienen el mismo origen. En el Atlántico tropical, el sargazo flotante asociado a las grandes arribazones incluye especies como Sargassum natans y Sargassum fluitans. Sus vesículas llenas de aire les permiten mantenerse en la superficie y formar esteras que pueden desplazarse durante semanas o meses. En alta mar cumplen una función ecológica; el impacto cambia cuando llegan en cantidades enormes a la costa.

En las playas de Cádiz y otros puntos de Andalucía, una parte de los episodios descritos corresponde a Rugulopteryx okamurae. Esta alga parda invasora, originaria del Pacífico noroccidental, fue detectada en el entorno del Estrecho de Gibraltar hace algo más de una década y se extendió por distintos tramos del litoral. A diferencia del sargazo que flota formando grandes mantos oceánicos, fragmentos de esta especie pueden desprenderse de superficies rocosas y seguir desplazándose con las corrientes. Una playa cubierta no permite identificar por sí sola la especie ni el mecanismo que la llevó hasta allí.

En Cádiz, los cambios de viento ayudan a explicar algunas llegadas. Tras periodos de Levante, la entrada de Poniente puede empujar fragmentos y masas de algas hacia playas expuestas al oeste o al suroeste. La orientación de la costa y los fondos locales también cuentan: en lugares con rocas, poca profundidad y pozas que quedan al descubierto con la bajamar, el material se retiene y resulta más visible. En estos casos, la meteorología ordena la llegada de biomasa que ya está en el entorno costero.

Por qué una playa se cubre y la de al lado no

La forma de la costa puede cambiar por completo el resultado. Una bahía semicerrada, una cala protegida o una playa de poca profundidad pueden actuar como trampas naturales para el material flotante. En una playa abierta, en cambio, el oleaje puede dispersarlo y devolver parte al mar. También influye la orientación del litoral respecto a los vientos dominantes, así como la presencia de rocas, arrecifes o manglares que retengan algas. Dos playas separadas por pocos kilómetros pueden recibir cantidades muy distintas.

El tiempo atmosférico puede alterar rápidamente esa distribución. Un cambio de viento modifica la dirección en que viaja la biomasa; una marejada puede arrancar algas de los fondos, fragmentarlas o redistribuirlas por la costa. Que el material desaparezca de una playa no significa que el fenómeno haya terminado: a veces solo se desplaza a otro tramo o permanece mar adentro hasta que cambian las condiciones. La dispersión no siempre equivale a una solución.

También conviene no confundir lo que se ve desde la arena con la cantidad total presente en el mar. Las manchas flotantes pueden extenderse lejos de la costa y las imágenes satelitales ayudan a seguirlas, pero la biomasa que finalmente llega a cada playa depende de la ruta que trazan las corrientes y el viento. En 2025, estimaciones difundidas para el Atlántico tropical situaron en mayo la presencia de sargazo en torno a 37,5 millones de toneladas, con proyecciones que apuntaban a unos 40 millones. Son estimaciones de biomasa oceánica, no el peso recogido en una playa concreta.

Qué ocurre cuando las algas se descomponen

Una acumulación reciente puede ser muy distinta de otra que lleva días bajo el sol. Al descomponerse, las algas liberan gases y compuestos que producen olores intensos; el sulfuro de hidrógeno se asocia al olor a huevo podrido, y también pueden intervenir el amoníaco y otros compuestos irritantes. En zonas con grandes cantidades y exposición prolongada, algunas personas pueden notar molestias en los ojos o las vías respiratorias, además de malestar. La intensidad del efecto depende de la acumulación y de cuánto tiempo permanece allí.

La presencia de algas en la orilla no significa automáticamente que el agua sea tóxica. Algunas floraciones nocivas sí producen toxinas que afectan a la fauna marina y, en determinadas circunstancias, pueden repercutir en las personas a través de mariscos contaminados. Otras mortandades se explican por la falta de oxígeno y no por un veneno directo. Por eso una marea roja y una llegada de sargazo no deben tratarse como si fueran el mismo fenómeno. El color, el olor o la cantidad de algas no bastan para determinar por sí solos un riesgo sanitario.

Cuando los restos orgánicos se degradan, las bacterias consumen oxígeno disuelto. Si este cae a niveles bajos se habla de hipoxia; si casi desaparece, de anoxia. En esas condiciones, los organismos más sensibles pueden escapar hacia aguas mejor oxigenadas, reducir su actividad o morir si no encuentran salida. Los peces jóvenes y otras especies vulnerables pueden verse especialmente afectados, mientras que los efectos en la cadena alimentaria pueden prolongarse más allá de los días en que la playa permanece cubierta. La parte más dañina del episodio puede ocurrir bajo el agua y pasar inadvertida desde la orilla.

El coste para la costa no es solo estético

El impacto más inmediato suele sentirse en el turismo. Una playa con agua turbia, restos acumulados y olor desagradable pierde atractivo, y esa imagen puede repercutir en hoteles, restaurantes, excursiones y actividades náuticas. Para las localidades que dependen de la temporada de verano, limpiar no es solo una cuestión de apariencia: también supone mantener accesibles espacios de uso público. La acumulación transforma un proceso ecológico en un problema económico local.

Retirar la biomasa requiere maquinaria, transporte y personal, y la operación se complica si hay que proteger dunas, fondos sensibles o zonas de anidación. Tampoco siempre resulta sencillo decidir dónde depositar el material. Puede llegar mezclado con arena, sal, plásticos y otras materias, y en algunos casos arrastrar contaminantes acumulados durante su recorrido. Se han estudiado usos posteriores, como compostaje, biogás o materiales, pero la composición irregular y la logística limitan su aprovechamiento. Lo recogido en la playa no es necesariamente una materia prima limpia y uniforme.

La pesca puede verse afectada cuando las masas dificultan el acceso a muelles o caladeros, ensucian redes y complican la navegación de embarcaciones pequeñas. En ecosistemas costeros, las algas pueden cubrir fondos y vegetación, alterar hábitats y añadir presión sobre arrecifes y otras comunidades marinas. Las instalaciones de bombeo o desalación también pueden sufrir obstrucciones. El alcance depende del lugar y de la duración, pero las consecuencias van más allá del paisaje.

Satélites, muestreos y una respuesta que empieza lejos de la orilla

Las imágenes satelitales permiten localizar manchas extensas de algas flotantes y seguir sus desplazamientos. Para interpretar lo que muestran se combinan modelos de corrientes, observaciones meteorológicas, boyas e inspecciones desde el aire o desde embarcaciones. Los muestreos de laboratorio ayudan a identificar especies y a evaluar su estado o posible toxicidad. Ninguna herramienta elimina la incertidumbre, pero juntas permiten anticipar mejor dónde puede concentrarse la biomasa. La vigilancia es más útil cuando conecta la detección en alta mar con lo que ocurre en la costa.

El momento de la llegada también cambia la dificultad de la gestión. Las algas recién arribadas, todavía intactas, no son iguales a los restos degradados que llevan tiempo acumulados y desprenden gases. La respuesta puede variar según la composición, el volumen y el entorno: retirar material de una playa urbana no plantea los mismos retos que intervenir junto a un arrecife o una zona sensible. Por eso los datos sobre el tipo de alga y las condiciones locales son tan importantes como la imagen de la acumulación. Una única estrategia no sirve para todos los litorales ni para todos los episodios.

La limpieza, sin embargo, actúa sobre el síntoma cuando las causas se originan mar adentro o en cuencas terrestres. Reducir el exceso de nutrientes, mejorar el tratamiento de aguas residuales y vigilar las descargas son medidas relacionadas con una parte del problema; entender las corrientes y el calentamiento ayuda a anticipar otra. Ninguna playa puede controlar por sí sola el polvo que cruza el océano, los grandes ríos o la circulación marina. La gestión local necesita apoyarse en una comprensión regional del sistema.

Cuando el verano deja una franja marrón sobre la arena, la escena condensa procesos que no empezaron allí: nutrientes que alimentan el crecimiento, aguas cálidas que modifican sus condiciones, vientos y corrientes que transportan la biomasa y una costa que la retiene. En algunos lugares la protagonista será el sargazo flotante; en otros, una especie invasora desprendida del fondo. Entender qué alga ha llegado y cómo viajó permite ver que no existe una sola marea de algas, sino varias dinámicas que coinciden en la orilla.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído