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¿Por qué Alaska y Groenlandia desarman la tesis sobre Ceuta y Melilla?
Alaska y Groenlandia desmontan la tesis territorial sobre Ceuta y Melilla y exponen las contradicciones del discurso político internacional.

La comparación entre Alaska, Groenlandia y Ceuta ha regresado al debate político por una razón bastante concreta: sirve para desmontar la idea de que un territorio deja de pertenecer a un Estado cuando está separado de su núcleo continental o se encuentra geográficamente en otro continente. No se ha producido ningún acontecimiento nuevo y separado en Alaska ni en Groenlandia. Ambos nombres funcionan aquí como ejemplos, como dos alfileres clavados sobre el mapamundi para poner a prueba un argumento sobre la soberanía española.
El origen inmediato está en unas declaraciones del congresista republicano estadounidense Mario Díaz-Balart, publicadas en abril de 2026, en las que sostuvo que Ceuta y Melilla no se encuentran en el «territorio geográfico» de España, sino en Marruecos. La reciente crisis fronteriza de Ceuta ha devuelto esas palabras al primer plano. Y la respuesta resulta incómodamente sencilla: la geografía física no determina por sí sola la soberanía política. Alaska pertenece a Estados Unidos aunque Canadá se interponga entre ella y los otros estados contiguos; Groenlandia está situada en América del Norte y forma parte del Reino de Dinamarca; Ceuta está en África y forma parte de España.
La geografía no decide la soberanía
Los mapas escolares pintan los países con colores compactos, como piezas ordenadas de un rompecabezas. La realidad, menos obediente, está llena de islas, territorios autónomos, ciudades separadas, fronteras heredadas y Estados distribuidos por varios continentes. El planeta político no es una lámina limpia: tiene costuras.
La pertenencia de un territorio se determina mediante constituciones, tratados, leyes, ciudadanía e instituciones efectivas. La continuidad terrestre puede resultar cómoda para viajar en coche, pero no constituye un requisito jurídico para formar parte de un Estado. Portugal conserva Madeira y las Azores; Francia incluye territorios en América del Sur y el Caribe; España comprende Canarias, Ceuta y Melilla. Nadie supone que el océano actúe como unas tijeras constitucionales.
Ceuta, de hecho, aparece expresamente en el ordenamiento español. Tiene representación en las Cortes Generales, instituciones propias y un Estatuto de Autonomía. También forma parte de la Unión Europea como territorio español, aunque disfruta de singularidades fiscales y aduaneras. Una excepción tributaria no es una grieta en la soberanía; del mismo modo, una tienda libre de impuestos no se convierte por ello en una república independiente.
Alaska: separada por Canadá, pero plenamente estadounidense
Alaska ofrece la comparación más visual. Entre su frontera oriental y el resto de Estados Unidos se extiende Canadá, con miles de kilómetros de carreteras, bosques y montañas. Un ciudadano que conduzca desde Seattle hasta Anchorage debe cruzar territorio canadiense. Aun así, Alaska es uno de los estados de Estados Unidos, con gobernador, Parlamento estatal, senadores y representación federal.
Su incorporación como estado se produjo en 1959, tras décadas como territorio estadounidense. La distancia respecto al territorio continental contiguo nunca ha rebajado su condición política ni ha convertido a Canadá en propietario natural del lugar. La frontera no sigue una supuesta lógica de cercanía; sigue una historia jurídica y política.
El ejemplo tiene una fuerza casi cómica frente al argumento geográfico. Aplicado con coherencia, habría que afirmar que Alaska pertenece a Canadá porque está pegada a Canadá y separada del grueso de Estados Unidos. Washington consideraría semejante razonamiento no solo absurdo, sino una impugnación de su integridad territorial. Con razón.
Groenlandia: americana en el mapa, danesa en el Reino
Groenlandia introduce un caso distinto y más complejo. Geográficamente pertenece a América del Norte, pero políticamente forma parte del Reino de Dinamarca, junto con las Islas Feroe. Dispone de un amplio autogobierno, Parlamento e instituciones propias, y el pueblo groenlandés posee derecho de autodeterminación.
No es, por tanto, una provincia danesa comparable sin matices a Alaska ni una ciudad autónoma como Ceuta. El paralelismo no consiste en fingir que los tres territorios tienen idéntico régimen jurídico. Consiste en demostrar algo más elemental: estar situado en un continente no obliga a pertenecer a un determinado país de ese continente.
Groenlandia puede decidir democráticamente sobre su futuro conforme a su marco de autogobierno. Mientras ese futuro no cambie, sigue formando parte del Reino de Dinamarca. Ni la proximidad a Canadá ni su ubicación sobre la placa norteamericana transfieren automáticamente la soberanía. El hielo, por muy grueso que sea, tampoco redacta tratados.
Ceuta y Melilla: ciudades españolas en el norte de África
Ceuta y Melilla se encuentran en la costa norteafricana y limitan con Marruecos. Ese dato es indiscutible. También lo es que son ciudades autónomas españolas, integradas en el sistema constitucional, electoral, judicial y administrativo de España. Sus habitantes son ciudadanos españoles y europeos, votan en las elecciones nacionales y están sujetos a las mismas instituciones básicas del Estado.
Marruecos reivindica ambas ciudades y rechaza la soberanía española. España, por el contrario, considera que no existe una cuestión territorial pendiente de negociación. Ahí aparece la controversia política real, que no debe ocultarse tras un juego de atlas: dos Estados mantienen posiciones opuestas, aunque solo uno ejerce actualmente la soberanía y la administración efectiva.
La comparación con Alaska y Groenlandia no resuelve todos los elementos históricos de esa disputa. Sí invalida el argumento más endeble: que Ceuta debería ser marroquí simplemente por encontrarse en África y junto a Marruecos. La cercanía geográfica puede alimentar una reclamación, pero no la convierte en derecho consumado. De ser así, media Europa tendría que desempolvar mapas imperiales, y mejor no abrir ese armario.
El matiz de la OTAN no cambia la soberanía
El debate suele mezclarse con otra cuestión: la protección de Ceuta y Melilla bajo la defensa colectiva de la OTAN. El Tratado del Atlántico Norte establece límites geográficos para la aplicación de sus garantías y menciona los territorios de los aliados en Europa y América del Norte, además de determinadas islas y espacios marítimos. Ceuta y Melilla no aparecen citadas expresamente.
Esa ausencia ha generado interpretaciones distintas sobre el grado de automaticidad de una eventual respuesta aliada. Sin embargo, el ámbito defensivo de un tratado no determina a quién pertenece un territorio. Que una zona quede fuera, dentro o en una franja jurídicamente discutida de una alianza militar no modifica su soberanía nacional.
Confundir ambas cuestiones sería como sostener que una vivienda deja de pertenecer a su dueño porque el seguro no cubre el garaje. Puede existir un problema de cobertura defensiva, y quizá uno serio, pero las escrituras siguen siendo las mismas.
La frase de Díaz-Balart y su alcance político
Mario Díaz-Balart no se limitó a describir la ubicación física de Ceuta y Melilla. Al afirmar que no están en el territorio geográfico español, sino en Marruecos, introdujo una conclusión política favorable a la posición de Rabat. Meses después, un informe de la Comisión de Asignaciones de la Cámara de Representantes utilizó una fórmula igualmente polémica: calificó ambas ciudades como administradas por España, pero situadas en territorio marroquí, y respaldó contactos diplomáticos sobre su futuro estatus.
La redacción tiene peso político porque aparece en un documento parlamentario estadounidense y refleja la influencia alcanzada por las tesis marroquíes en determinados sectores de Washington. Pero no es una sentencia internacional, un tratado ni una transferencia de soberanía. Tampoco convierte automáticamente esa posición en política vinculante de todo Estados Unidos.
El Gobierno español rechazó ese planteamiento y reafirmó que Ceuta y Melilla forman parte integral del país. La crisis fronteriza ha dado a la controversia un tono menos académico y más áspero: cuando decenas de miles de personas atraviesan una frontera en muy poco tiempo, las palabras sobre el territorio dejan de sonar a seminario diplomático. Adquieren filo.
Un mapa no firma tratados
Alaska y Groenlandia aparecen en esta discusión porque muestran, de dos maneras distintas, la fragilidad del razonamiento puramente geográfico. Alaska está separada del resto de Estados Unidos y continúa siendo estadounidense. Groenlandia se encuentra en América y continúa dentro del Reino de Dinamarca. Ceuta está en África y continúa siendo española.
Las tres realidades poseen historias y modelos institucionales diferentes. No son piezas intercambiables. Pero comparten una evidencia: los Estados no terminan necesariamente donde cambia el continente, comienza el mar o se interpone otro país. La soberanía se construye con derecho, historia, ciudadanía y poder político efectivo; no con una regla escolar trazada alrededor de la masa continental más cercana.
La reclamación marroquí existe y merece ser descrita sin caricaturas. También existe la soberanía española, sostenida por instituciones plenamente operativas y por un marco constitucional inequívoco. Entre ambos hechos hay una controversia diplomática. Lo que no hay es una ley natural según la cual África deba pertenecer solo a Estados africanos, América solo a Estados americanos y cada isla al vecino que aparezca más cerca en el mapa. La geopolítica es bastante más complicada. A veces, también bastante más hipócrita.

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