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Naturaleza

¿Por qué AEMET teme lluvias catastróficas en media España?

Leonardo aprieta: AEMET avisa de lluvias persistentes, viento y mala mar, con suelos saturados y riesgo de crecidas en Andalucía y Estrecho.

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AEMET teme lluvias catastróficas en media España

Leonardo aprieta: AEMET avisa de lluvias persistentes, viento y mala mar, con suelos saturados y riesgo de crecidas en Andalucía y Estrecho.

La Agencia Estatal de Meteorología ha activado un aviso especial que, dicho sin rodeos, apunta a un escenario de lluvias intensas y extraordinariamente persistentes justo cuando el terreno llega a febrero con la barriga llena: suelo saturado, cauces sensibles y muy poco margen para “tragar” más agua. El episodio se encuadra en la llegada de la borrasca Leonardo, con comienzo el miércoles 4 de febrero y duración, al menos, hasta el jueves 5, y coloca el foco en el tercio sur peninsular y algunos puntos del oeste, con el detalle decisivo de que las acumulaciones más bestias se esperan en zonas de sierra a barlovento, donde el aire húmedo se exprime contra la montaña como una esponja apretada. En ese mapa, la meteorología deja nombres propios muy concretos: Grazalema, la Serranía de Ronda y el entorno del Estrecho de Gibraltar, con posibilidad de superar localmente los 200–250 mm en 24 horas, además de viento muy fuerte y temporal marítimo serio en el mar de Alborán, con olas significativas de 4 a 5 metros.

El texto que más ha circulado en las últimas horas lo resumía con una frase con colmillo: “los impactos más altos del mundo”. Lo publicó Xataka en un análisis firmado por Javier Jiménez, abriendo con un guiño a Kevin Killeen: febrero como “el peor mes”, sí, pero “un mes honesto”. Honesto, en este caso, porque viene sin maquillaje: la combinación de una corriente en chorro muy activa, borrascas encadenadas y un aporte de humedad muy alto llega cuando ya ha llovido mucho y lo fácil —la lluvia beneficiosa— se convierte en lo complicado: llover sobre mojado, pero de verdad, con el sistema al límite y el barro empezando a contar su propia historia.

Febrero se pone serio: el aviso que marca el tono

En meteorología, un “aviso especial” no es una pegatina más en el parte. Es una señal de que lo que viene tiene entidad suficiente para desordenar la normalidad durante horas o días, y no solo por un chaparrón puntual: por la persistencia. El documento emitido el lunes 2 de febrero por la agencia habla de un patrón que lleva semanas instalado sobre el Atlántico, casi estacionario, con una circulación potente que ha obligado a las borrascas a transitar por latitudes medias y a pasar cerca de la Península una detrás de otra. Es la sensación de invierno atlántico que no se mueve de la puerta: viento del oeste, frentes, mar alterado… y vuelta a empezar. Lo diferente ahora es el salto de intensidad a partir del miércoles, con Leonardo quedándose plantada al noroeste de Galicia y alimentando, en su flanco sur, una entrada de aire de origen tropical cargado de humedad, “anómala para la época”, en palabras del propio aviso. El matiz importa: cuando el aire trae tanta agua disponible, la lluvia no llega a ráfagas, llega con continuidad, como si alguien dejara el grifo medio abierto durante horas.

El miércoles aparece marcado como el día más adverso. No porque después “se arregle”, sino porque ese es el momento en el que coinciden la masa templada y húmeda con los primeros sistemas frontales asociados, grandes, extendidos, y con una disposición que favorece lo peor para un territorio ya empapado: frentes paralelos al flujo de niveles bajos, es decir, bandas de precipitación que pueden insistir sobre la misma franja. A la vez, el aviso añade dos ingredientes que multiplican impacto sin hacer ruido en los titulares de lluvia: rachas muy fuertes de viento, capaces de tumbar ramas y árboles, y un temporal marítimo bastante generalizado, con especial dureza en el Alborán. Lluvia que cae, viento que empuja, mar que golpea: el triángulo clásico de los episodios que dejan incidencias por todas partes, desde carreteras a suministros, pasando por la costa.

Zonas más expuestas: del Golfo de Cádiz al Estrecho

La geografía no es un decorado, aquí manda. En el sur, la combinación de sierras cercanas al mar, valles que canalizan el flujo y suelos ya cargados convierte ciertos puntos en auténticos embudos. El aviso meteorológico insiste en que las acumulaciones más importantes se darán en zonas montañosas a barlovento del oeste, con impacto hidrológico aguas abajo tanto en la vertiente atlántica andaluza como en la mediterránea. Dicho de calle: donde la montaña fuerza al aire a subir, llueve más; y todo ese agua, después, baja. Baja por arroyos que parecen inofensivos en verano, baja por ramblas que se despiertan de golpe, baja por ríos que pasan de oficio tranquilo a pulso rápido.

En las últimas horas se han activado niveles de aviso especialmente altos en puntos de Andalucía, con el rojo —peligro extraordinario— sobre la mesa en áreas como Ronda y Grazalema, y con estimaciones que, según los partes difundidos, pueden moverse en rangos que ya no son anecdóticos: 150 litros en 12 horas y más de 200 litros en 24 horas en zonas concretas, además de avisos por fenómenos costeros en tramos del litoral malagueño. La respuesta institucional también ha sido visible, con suspensión de clases en buena parte del territorio andaluz en la jornada señalada como más adversa, un termómetro práctico de cómo se está leyendo el riesgo sobre el terreno.

Grazalema, Ronda y Campo de Gibraltar

La Serranía de Ronda y el entorno de Estrecho de Gibraltar comparten una cualidad que en días normales se celebra —paisaje abrupto, pasos de viento, contrastes— y en días como este complica la ecuación: el relieve trabaja como una mano que aprieta la nube. Jimena de la Frontera aparece también en el radar de avisos altos, y no es casualidad: es zona de transición, de laderas, de cauces que responden con rapidez cuando el suelo ya no admite más. En estos episodios, el riesgo no se limita al agua que cae desde arriba; está el agua que reaparece por abajo, manando de un terreno saturado, y está la que corre por superficie buscando el punto más bajo, a veces un cruce, a veces un paso subterráneo, a veces un tramo de carretera con drenaje insuficiente.

El viento del Estrecho, además, no es un simple acompañante. Cuando las rachas se acercan a cifras de tres dígitos —se ha hablado de picos en torno a 100 km/h en el área— el paisaje cambia: el agua ya no cae recta, golpea en diagonal, se cuela por huecos, azota fachadas, y el arbolado urbano y periurbano se convierte en un factor de riesgo por caída de ramas. A eso se suma el Alborán encrespado, con poniente fuerte y oleaje significativo que, sin necesidad de dramatizar, complica operaciones en costa, puertos y paseos marítimos. Es una meteorología que se siente en la cara: sal en el aire, rugido constante, y esa vibración de persianas cuando el viento encuentra el ángulo exacto.

Leonardo y el carril atlántico de humedad

Leonardo, según la descripción oficial, se mantendrá estacionaria al noroeste de Galicia hasta el fin de semana. Ese “estacionaria” es una palabra pequeña con efectos grandes: significa que el sistema no pasa de largo, se queda lo suficiente como para organizar una entrada sostenida de humedad. La circulación en su flanco meridional arrastra aire tropical con un contenido de agua precipitable especialmente alto para la época y lo dirige hacia el sur peninsular. El resultado probable no es una tormenta aislada; es un patrón de precipitación que puede repetirse en bandas, con intensidades localmente fuertes pero, sobre todo, con el rasgo que más preocupa cuando el suelo está empapado: duración.

En el propio aviso se dibuja también la expansión del episodio al resto del país. El miércoles, mientras el sur se lleva la peor parte, la precipitación se extiende con intensidades moderadas a buena parte de la Península y Baleares. Y aparece un detalle muy de invierno real, de ese que descoloca cuando se mira por la ventana a primera hora: la cota de nieve en torno a 800 metros en puntos de la mitad norte durante la madrugada, subiendo rápido después. Eso abre la puerta a nevadas en sistemas montañosos y, además, en el norte y este de Castilla y León durante las primeras horas. Nieve al amanecer, agua al mediodía: la frontera térmica moviéndose como una cortina.

El jueves, la historia se desplaza sin marcharse. Persisten las precipitaciones generalizadas durante la primera mitad del día y, con el flujo húmedo del oeste a suroeste, las acumulaciones más significativas pueden trasladarse a la vertiente atlántica gallega y al sur del Sistema Central occidental, con posibilidad de superar 80 mm en 12 horas. Y aquí está la frase que se clava como una chincheta: en puntos de las Béticas que ya habrían recibido mucha precipitación el día anterior, se contempla la posibilidad de recoger localmente hasta 400 mm a lo largo de ambos días. No es un número para coleccionar; es un número que, en un terreno saturado, se traduce en escorrentía continua, cauces tensos y laderas blandas. Luego entra un frente frío recorriendo oeste y sur, con chubascos fuertes más probables en Extremadura, el oeste de Castilla-La Mancha y Andalucía, mientras el aire tropical se va reemplazando por otro más frío. Lluvia distinta, el mismo problema: el agua ya está dentro del sistema.

Suelo saturado, ríos rápidos y laderas blandas

La alarma hidrológica de fondo tiene un antecedente muy concreto: enero terminó con cifras de lluvia que no se ven todos los años, ni mucho menos. Se ha hablado de un enero con un 85% más de precipitación que lo normal, con una media de 119,3 litros por metro cuadrado en la España peninsular, situándolo entre los eneros más lluviosos desde que hay registros comparables y dejando, sobre todo, un mapa de suelos saturados en casi toda la Península. Ese contexto cambia la lectura de cualquier borrasca posterior: la misma intensidad de lluvia produce más escorrentía, y la respuesta de ríos y arroyos se acelera. También cambia la gestión de embalses, que siguen llenándose y, en algunos puntos, obligan a desembalses controlados para mantener márgenes de seguridad.

Con el suelo saturado, el agua se comporta de manera distinta: corre por superficie, arrastra sedimento, colmata drenajes, y transforma pequeñas vaguadas en canales improvisados. Es la “lluvia útil” volviéndose problemática por acumulación. En cuencas con valles amplios y suelos arcillosos —se ha mencionado mucho el entorno del valle del Guadalquivir, por su extensión y por la poca infiltración cuando la arcilla está sellada— el riesgo no se concentra solo en el punto donde llueve más, sino en la suma de aportes que llega después a un cauce principal. Y ahí aparecen los episodios que dejan imágenes repetidas: arroyos que en dos horas cambian de color, caminos rurales convertidos en regueros, márgenes que ceden sin estruendo, y el barro como protagonista de segunda fila, pegándose a ruedas, a botas, a motores, a todo.

El aviso especial de la agencia es muy explícito en ese “impacto hidrológico aguas abajo”. No es una manera elegante de decir inundaciones a secas; es una advertencia técnica con traducción inmediata: si las acumulaciones importantes se dan en las sierras, el agua baja. Baja rápido. Baja cargada. Y cuando baja sobre un sistema ya lleno, la curva de respuesta se empina. A veces el problema no es el máximo de una hora, sino la persistencia durante diez, doce, quince horas, con el terreno sin capacidad de amortiguar. El temporal, entonces, se convierte en una carrera de resistencia para infraestructuras: carreteras secundarias, puentes de poco gálibo, drenajes urbanos, taludes que aguantan… hasta que no aguantan.

La lluvia que dispara deslizamientos

Hay un riesgo que siempre aparece en los avisos, pero que se entiende de verdad cuando se ve: el deslizamiento de tierra. No hace falta un derrumbe espectacular para que el daño sea serio; basta con que una ladera se mueva unos centímetros para abrir una grieta en un tramo de carretera, deformar un muro de contención o atascar una cuneta. La física es sencilla y cruel: el agua se infiltra, aumenta el peso del terreno y reduce su resistencia interna, como si lubricara planos de deslizamiento en suelos ya debilitados. En zonas de materiales arcillosos o margosos, muy presentes en algunas áreas del sur, esa pérdida de cohesión puede ocurrir con rapidez cuando la lluvia insiste.

El propio aviso oficial habla de “probables deslizamientos de tierra”, y ahí la palabra “probables” pesa. No significa inevitables en cada ladera; significa que el cóctel meteorológico y el estado previo del suelo elevan el riesgo de manera clara. Se suma, además, el viento, que puede tumbar árboles y alterar raíces que estabilizan taludes, y el agua que circula por superficie excavando pequeñas cárcavas que, con horas de lluvia, terminan siendo surcos profundos. Son procesos silenciosos, sin sirena, pero con efectos de los que luego se tarda días en salir: maquinaria, cortes, limpieza, barro en interiores, reparación de firme, y la sensación de que el terreno, literalmente, ha cambiado de sitio.

La resaca del temporal, incluso cuando afloja

La meteorología tiene una costumbre: no termina cuando deja de llover. A veces ahí empieza lo más delicado, porque el agua tarda en salir del sistema. El aviso especial ya apunta a que, aunque Leonardo tendería a rellenarse lentamente, es probable que continúen rachas localmente muy fuertes, temporal marítimo y persistencia de precipitaciones en el tercio sur, en la vertiente atlántica gallega y al sur del Sistema Central occidental durante viernes y sábado, con recomendación de seguimiento exhaustivo del pronóstico. Y, en paralelo, la Dirección General de Protección Civil y Emergencias ha mantenido la alerta por temporal atlántico en gran parte de la Península al menos hasta el sábado 7 de febrero, un marco temporal que encaja con esa idea de episodio largo, no de susto breve.

La resaca es hidrológica y es material. Ríos que siguen altos cuando ya no llueve con la misma fuerza, laderas que han quedado empapadas y tardan en estabilizarse, embalses que ajustan caudales, infraestructuras que acumulan pequeñas heridas: un desprendimiento aquí, una vía secundaria anegada allá, un paseo marítimo castigado por el oleaje, una urbanización con garajes encharcados. Y, sobre todo, un paisaje que cambia de textura: el campo con charcos persistentes, los caminos con roderas profundas, el aire con olor a tierra removida, y esa luz gris de invierno atlántico que no se va a la primera. Febrero, decía aquella frase, es un mes honesto; cuando llega con una borrasca estacionaria y un suelo al límite, esa honestidad se parece demasiado a un parte serio y a una semana de impactos que no caben en una sola palabra, ni siquiera en “catastrófico”.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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