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Naturaleza

La lluvia dispara las reservas de agua en España

El agua almacenada marca máximos de varias décadas, pero la recuperación no ha llegado por igual a todas las cuencas.

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embalses dan el mayor salto desde 1988

España ha vivido en pocas semanas un giro extraordinario en sus reservas de agua. El 3 de marzo de 2026, los embalses almacenaban 46.495 hectómetros cúbicos, el 83% de su capacidad, el nivel más alto registrado a comienzos de marzo desde que existen datos semanales, en 1988. El salto más intenso llegó antes: entre los boletines de principios de febrero se contabilizó una subida de 5.634 hectómetros cúbicos en una semana, un máximo de la serie.

La abundancia, sin embargo, no significa que el agua se haya repartido de forma uniforme ni que la sequía haya desaparecido de todo el país. Las borrascas atlánticas llenaron con especial fuerza las cuencas del oeste, el norte y el centro, mientras que el Segura y el Júcar siguieron claramente por debajo de la media nacional. El récord cuenta una historia de lluvias persistentes, suelos saturados y ríos crecidos; también deja a la vista los límites de una cifra única para describir realidades hidrológicas distintas.

Un récord de velocidad y un nivel excepcional para marzo

A finales de enero, la reserva hídrica se situaba en torno al 57% de la capacidad, con 32.056 hectómetros cúbicos. Era una situación cercana a la normal para la época: la media de los diez años anteriores rondaba el 53,5%. En los primeros días de febrero, la sucesión de lluvias cambió el panorama con rapidez. El boletín con datos a 11 de febrero registró 43.341 hectómetros cúbicos, equivalentes al 77,3% del total.

La cifra más llamativa fue el incremento de 5.634 hectómetros cúbicos en una sola semana, el mayor desde que el Ministerio para la Transición Ecológica empezó a recopilar registros semanales en 1988. En el periodo de dos semanas descrito por esos boletines, la ganancia acumulada alcanzó los 10.135 hectómetros cúbicos. No se trató solo de una subida llamativa en términos absolutos: el nivel alcanzado también quedó muy por encima de lo habitual para esas fechas.

La recuperación continuó durante las semanas siguientes. El 3 de marzo, los embalses sumaban 46.495 hectómetros cúbicos y se situaban en el 83% de capacidad. Para la novena semana del año, era el valor más alto de la serie disponible; los registros citados para 2014, 2011 y 1998 fueron inferiores, con un 82,5%, un 79,5% y un 78,2%, respectivamente. El récord semanal de subida y el máximo de nivel para comienzos de marzo son hitos distintos, aunque ambos describen la excepcionalidad del episodio.

La cadena de borrascas convirtió la lluvia en escorrentía

El motor de la subida fue una secuencia de temporales atlánticos que cruzó la Península desde enero. En el periodo descrito en los boletines de febrero se sucedieron seis borrascas con nombre: Goretti, Harry, Ingrid, Joseph, Leonardo y Marta. La primera semana de febrero dejó más de 190 litros por metro cuadrado de media, mientras que en Grazalema se superaron los 2.000 litros por metro cuadrado en dos semanas.

La lluvia caída no se transforma automáticamente en agua embalsada. Parte se evapora, otra se infiltra y alimenta el suelo y los acuíferos, y otra circula por arroyos y ríos. En este episodio, las precipitaciones persistentes fueron dejando el terreno cada vez más húmedo, hasta que muchos suelos tuvieron menos capacidad para absorber nuevas aportaciones. Cuando el suelo está saturado, una proporción mayor de la lluvia fluye hacia los cauces y puede llegar con rapidez a los embalses.

Ese mecanismo ayuda a explicar por qué el mismo temporal puede aportar reservas y, al mismo tiempo, agravar las crecidas. El agua que ya no encuentra espacio en el terreno circula por la superficie y concentra caudal en los ríos. No implica que toda la lluvia terminase en los pantanos, ni que la saturación fuese idéntica en cada zona, pero sí aclara por qué las precipitaciones intensas y repetidas produjeron una respuesta hidrológica tan rápida.

La otra cara se vio en las inundaciones y las evacuaciones registradas en Andalucía. Durante la borrasca Marta, las crecidas obligaron a evacuar a más de 11.000 personas en Cádiz y Córdoba. El llenado acelerado y el riesgo de inundación no son fenómenos opuestos: pueden aparecer juntos cuando llegan grandes aportaciones a cuencas ya húmedas y los ríos bajan cargados.

Un mapa de reservas desigual de norte a sureste

Los datos del 3 de marzo muestran una mayoría de cuencas por encima del 80%, pero también diferencias importantes. Las cuencas internas del País Vasco alcanzaban el 95,2%; las internas de Cataluña, el 92%; Galicia Costa y el Cantábrico Oriental, el 91,8% cada una. Tinto, Odiel y Piedras se situaba en el 91,7%, Guadalete-Barbate en el 91,6% y Miño-Sil en el 89,5%.

En otros sistemas, los niveles también eran elevados, aunque algo menores: el Cantábrico Occidental rondaba el 86,1%; Guadiana, el 85,6%; Duero, el 85,5%; Ebro, el 84,4%; Tajo, el 83%; y Guadalquivir, el 82,6%. La cuenca mediterránea andaluza estaba en el 73,9%. Frente a ese panorama, el Júcar registraba un 64,7% y el Segura, un 47,4%. La distancia entre cuencas es decisiva: un porcentaje nacional alto no garantiza la misma seguridad de suministro en cada territorio.

La geografía explica parte del contraste. Las borrascas atlánticas suelen entrar por el oeste y descargar buena parte de su humedad al avanzar hacia el interior y encontrarse con las grandes cordilleras. Cuando algunos frentes alcanzan el Levante, pueden haber perdido fuerza o humedad. El relieve y la trayectoria de los temporales hacen que las lluvias atlánticas beneficien más a unas cuencas que a otras; el sureste depende también de episodios mediterráneos, con patrones diferentes.

La fotografía de febrero permite medir la rapidez del cambio. A 11 de febrero, el Guadalquivir estaba al 74,4%, el Guadiana al 71,4%, el Júcar al 57,3% y el Segura al 39,4%. En Cataluña, las cuencas internas habían pasado de una situación muy comprometida, en torno al 27% poco más de un año antes, a un 92,2%. La mejora ha sido notable, pero una recuperación rápida no borra la vulnerabilidad que dejó la etapa de escasez, ni sustituye a una gestión sostenida del recurso.

Embalses llenos: reserva útil, pero no depósitos infinitos

El boletín del 11 de febrero contabilizó 30 embalses al 100% de su capacidad y 126 por encima del 90%, de un total de 374. La mayoría de los que alcanzaron el máximo se concentraba en las cuencas del Guadiana y el Guadalquivir. En el Guadiana había diez pantanos completamente llenos, más que en cualquier otra cuenca según los datos difundidos entonces; en el Guadalquivir, seis habían llegado al límite.

Que un embalse alcance su capacidad máxima es una señal de abundancia, pero no significa que pueda seguir guardando indefinidamente cualquier entrada de agua. La gestión debe considerar tanto las reservas como el caudal que llega y el margen necesario para amortiguar nuevas avenidas. Las confederaciones hidrográficas pueden desembalsar para mantener condiciones de seguridad y controlar la salida del agua. Un pantano es una infraestructura regulada, no un recipiente sin límite.

En una crecida, su función puede ser laminar la avenida: retener parte del caudal y evitar que todo baje de golpe río abajo. Si las aportaciones continúan y el nivel obliga a liberar agua, el desembalse puede coincidir con ríos ya crecidos y suelos saturados. Eso no demuestra por sí mismo que la presa haya fallado; describe una situación en la que la gestión debe equilibrar almacenamiento y seguridad. La presencia de compuertas abiertas, por tanto, no basta para juzgar el funcionamiento de un embalse sin conocer las condiciones de entrada y salida.

El temporal también recuerda que el riesgo no depende solo del porcentaje de llenado. Importan la intensidad y duración de la lluvia, la humedad previa del terreno, el estado de los cauces y la ubicación de las poblaciones aguas abajo. Un nivel alto puede ser una buena noticia para las reservas y exigir, a la vez, vigilancia frente a las crecidas. La abundancia no elimina la necesidad de gestionar el agua con prudencia.

La sequía no se mide con una sola cifra

En el conjunto de España, los datos de comienzos de marzo dibujaban una situación muy favorable en comparación con años recientes. El 83% era el valor más alto para ese momento del año desde 1988, y la mayoría de las cuencas superaba el 70%. Pero responder que la sequía ha terminado requiere precisar de qué territorio y de qué indicador se habla. La reserva de los embalses es una fotografía del agua almacenada, no una evaluación completa de todos los recursos hídricos.

El porcentaje nacional puede ocultar déficits locales. El Segura, con un 47,4% el 3 de marzo, y el Júcar, con un 64,7%, estaban por debajo de la media estatal. Además, las necesidades, las aportaciones y la capacidad de cada sistema varían. Una cuenca puede beneficiarse de lluvias abundantes mientras otra continúa dependiendo de precipitaciones que no han llegado. Por eso, el dato agregado no permite deducir que toda España haya salido de la escasez con la misma intensidad.

También conviene distinguir entre un buen año hidrológico y la desaparición de un problema estructural. España consume más de 30.000 hectómetros cúbicos de agua al año, según los datos recogidos en la información de referencia: alrededor del 81% se destina a agricultura y ganadería, el 15% al uso urbano y el 4% a la industria. El volumen acumulado en los pantanos no resuelve por sí solo cómo se reparte y se utiliza el agua, ni elimina las diferencias entre las regiones húmedas y las más secas.

La alternancia entre periodos de escasez y episodios de lluvia extrema hace especialmente relevante la planificación. Una reserva abundante ofrece margen para atender usos y afrontar meses menos lluviosos, pero su duración dependerá de las aportaciones futuras, las demandas y las decisiones de gestión. El episodio actual mejora la posición de partida; no permite asegurar cuánto durará esa ventaja. Un invierno lluvioso puede aliviar la sequía sin cancelar la vulnerabilidad a largo plazo.

Qué dicen las lluvias sobre las próximas semanas

El parte del 3 de marzo señalaba que las precipitaciones de los siete días anteriores habían sido escasas en la vertiente atlántica y prácticamente nulas en la mediterránea. El máximo comunicado fue de 25 litros por metro cuadrado en Santander. La subida de los embalses, por tanto, no depende únicamente de que llueva mucho durante la semana del boletín: los niveles reflejan aportaciones acumuladas y pueden seguir altos aunque las precipitaciones recientes se reduzcan.

Los datos de las últimas semanas tampoco permiten anticipar con certeza la evolución inmediata de cada cuenca. Las reservas pueden estabilizarse, aumentar con nuevas lluvias o recibir aportaciones posteriores procedentes del deshielo; el resultado dependerá de las condiciones meteorológicas y de cómo se distribuya el agua. En zonas que ya están muy llenas, una nueva sucesión de temporales plantea retos distintos de los que afrontan cuencas todavía deficitarias. La misma precipitación no tiene el mismo efecto en todos los sistemas.

El boletín hidrológico semanal del Ministerio para la Transición Ecológica permite seguir el volumen embalsado y comparar las cuencas. Sus datos se actualizan cada semana, habitualmente los martes, y ofrecen una referencia más útil que una cifra nacional aislada. La comparación con la misma época de años anteriores ayuda a poner en contexto las subidas y bajadas, porque el nivel de un embalse también responde a su funcionamiento y a la época del año. La tendencia local y la comparación histórica completan la lectura del porcentaje.

Una abundancia que no cambia las reglas del agua

El salto de febrero y el 83% registrado a comienzos de marzo son una señal excepcional de recuperación tras semanas de lluvias persistentes. La magnitud del incremento semanal no tenía precedentes en la serie iniciada en 1988, y el nivel nacional superó los registros comparables de comienzos de marzo. Son datos que explican por qué el episodio ha llamado la atención: en poco tiempo, una reserva cercana a la normalidad pasó a situarse en valores extraordinariamente altos.

Pero la historia no termina en el récord. El contraste entre el norte y el oeste, por un lado, y el sureste, por otro, muestra que España no tiene una única situación hídrica. Las inundaciones recuerdan que el agua abundante también puede convertirse en un riesgo, mientras que la persistencia de niveles más bajos en el Segura y el Júcar evidencia que algunos territorios siguen expuestos a la falta de lluvias adecuadas. La cifra nacional es histórica; la gestión del agua continúa siendo un problema de territorio, tiempo y equilibrio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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