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¿Qué ofreció EE.UU. a Cuba a cambio de sacar a Díaz-Canel del poder?
El pacto explorado entre Washington y La Habana incluía petróleo e inversiones, pero también privatizar Cupet y apartar a Díaz-Canel del poder

Foto: Duma.gov.ru / Wikimedia Commons — CC BY 4.0.
Resumen
- EE.UU. planteó petróleo e inversiones a cambio de privatizar Cupet
- La propuesta incluía la salida de Miguel Díaz-Canel del poder cubano
- El pacto no prosperó y la relación volvió a endurecerse
Estados Unidos llegó a plantear a Cuba un acuerdo de enorme alcance: petróleo estadounidense e inversiones para aliviar la crisis energética de la isla a cambio de privatizar la petrolera estatal Cupet y de la salida del presidente Miguel Díaz-Canel. La propuesta no prosperó. La resistencia dentro del poder cubano y la presión de dirigentes cubanoamericanos en Florida terminaron cerrando una negociación que, de haber salido adelante, habría alterado como pocas veces en décadas la relación entre Washington y La Habana.
Hay una precisión importante. No estamos ante un acuerdo firmado ni reconocido oficialmente por los dos gobiernos. Los detalles proceden de una investigación publicada el 10 de septiembre por el Miami Herald, basada en una fuente con conocimiento directo de las conversaciones. Sí están acreditados, sin embargo, los contactos entre ambos países durante 2026, la participación en ese acercamiento de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, y el brusco deterioro de la situación energética cubana.
El acuerdo que pudo cambiar la relación entre Cuba y EE.UU.
La operación era bastante más ambiciosa que enviar unos cuantos petroleros a La Habana. Según las informaciones publicadas, Washington pretendía convertirse en una fuente estable de combustible para Cuba y facilitar inversiones estadounidenses en unas infraestructuras energéticas castigadas por años de escasez, falta de mantenimiento y averías.
A cambio esperaba algo de mucho mayor calado: transformar la estructura del sector petrolero cubano. El punto central era Cupet, la empresa estatal que domina la exploración, producción, refinado, almacenamiento y distribución de hidrocarburos. La propuesta contemplaba su privatización y la entrada de inversores estadounidenses, lo que habría reducido el control directo del Estado sobre uno de los sectores más sensibles de la economía de la isla.
Pero la negociación llevaba incorporada otra condición, y ahí estaba la dinamita política: Miguel Díaz-Canel debía abandonar el poder, según la reconstrucción publicada sobre las conversaciones. Para La Habana aquello dejaba de parecer un mero acuerdo energético. Rozaba directamente la arquitectura del régimen.
Petróleo a cambio de una transformación política
El momento explica por qué semejante conversación pudo siquiera ponerse sobre la mesa. Cuba atraviesa durante 2026 una de sus crisis energéticas más graves de las últimas décadas. El corte de buena parte del suministro venezolano y la presión estadounidense contra los países que abastecen de crudo a la isla estrecharon aún más un sistema que ya llegaba con las costuras rotas.
Cuba produce aproximadamente el 40% del petróleo que consume, según los datos recogidos en las informaciones sobre las negociaciones. El resto depende de importaciones. A ese déficit se suma una red eléctrica envejecida, con centrales que sufren averías frecuentes y una infraestructura incapaz de garantizar un suministro regular. El resultado se mide menos en estadísticas que en oscuridad: apagones prolongados, transporte limitado, problemas para conservar alimentos y servicios públicos trabajando al límite.
La geopolítica, cuando entra por el depósito de combustible, suele perder toda poesía. Washington tenía precisamente la mercancía que más necesitaba La Habana y aspiraba a convertir esa necesidad en una palanca de transformación política y económica.
Cupet, mucho más que una petrolera
Cupet no es una empresa cualquiera dentro del engranaje cubano. Gestiona una parte esencial de la cadena de hidrocarburos y ocupa una posición estratégica en un país donde el suministro de combustible determina desde el funcionamiento de las centrales eléctricas hasta el transporte.
Por eso su privatización habría supuesto una ruptura notable con el modelo económico tradicional cubano. No se trataba únicamente de permitir inversiones privadas en una actividad concreta. La propuesta abría la puerta a que capital estadounidense adquiriera una influencia sustancial sobre una infraestructura considerada estratégica por el Estado.
El camino político terminó tomando precisamente la dirección contraria. En junio, Estados Unidos sancionó a Unión Cuba-Petróleo, Cupet, y la incorporó a la lista de entidades sometidas a restricciones de la Oficina de Control de Activos Extranjeros. Washington justificó la medida por su vinculación con el Gobierno cubano y por activos que considera relacionados con propiedades estadounidenses expropiadas después de la Revolución.
Aquella decisión mostraba hasta qué punto se había enfriado el intento de aproximación. Lo que meses antes podía imaginarse como objeto de inversión estadounidense acabó convertido en objetivo directo de la política de sanciones.
El nieto de Raúl Castro apareció como interlocutor
Uno de los aspectos más llamativos de las conversaciones fue el papel atribuido a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y conocido en Cuba como “El Cangrejo”. No ocupa públicamente uno de los grandes cargos institucionales del Estado, pero su cercanía al histórico dirigente cubano le ha situado durante 2026 en el centro de numerosos movimientos diplomáticos.
Según las informaciones sobre la negociación, Rodríguez Castro mantuvo en febrero contactos en San Cristóbal y Nieves con representantes estadounidenses próximos al secretario de Estado Marco Rubio, coincidiendo con una cumbre de la Comunidad del Caribe. Más tarde, su presencia comenzó a hacerse visible incluso en actos políticos relevantes del Gobierno cubano.
Su posición reflejaba una paradoja bastante cubana: un interlocutor sin el escaparate de un gran cargo oficial, pero conectado con el núcleo histórico del poder. Meses después llegó incluso a declarar públicamente que estaba dispuesto a negociar con Estados Unidos.
Por qué se hundió el pacto secreto
El proyecto tropezó desde los dos lados del estrecho de Florida. En La Habana, el límite parecía bastante claro. Podían estudiarse reformas económicas, inversiones o cambios empresariales; permitir que Washington determinara quién debía dirigir políticamente Cuba era otra historia.
Rodríguez Castro habría trasladado precisamente esa frontera: Estados Unidos podía negociar cuestiones económicas, pero no imponer desde fuera el gobierno del país. La exigencia relacionada con Díaz-Canel convirtió una negociación sobre petróleo en una discusión sobre soberanía y continuidad política.
En Estados Unidos tampoco había precisamente una alfombra roja. Figuras republicanas de Florida como María Elvira Salazar, Carlos Giménez y Mario Díaz-Balart mostraron fuertes reservas ante cualquier entendimiento que pudiera proporcionar oxígeno económico al sistema cubano sin provocar una transformación política mucho más profunda.
El temor entre esos sectores era repetir una fórmula en la que Washington obtuviera concesiones económicas mientras la estructura gobernante permanecía esencialmente intacta. El acuerdo quedó así atrapado entre dos líneas rojas difíciles de reconciliar: Washington quería cambios que La Habana interpretaba como una intromisión directa en su sistema político; los sectores más duros de la política estadounidense, entretanto, consideraban insuficiente cualquier pacto que pudiera estabilizar al Gobierno cubano.
De las conversaciones a una nueva escalada
Los contactos entre Washington y La Habana no son una invención posterior a la filtración. En marzo, Díaz-Canel reconoció públicamente conversaciones con Estados Unidos y explicó que buscaban soluciones mediante el diálogo a las diferencias bilaterales. Para entonces, los apagones y la falta de combustible habían elevado considerablemente la presión sobre el Gobierno cubano.
Durante los meses siguientes todavía hubo movimientos extraordinarios. El director de la CIA, John Ratcliffe, llegó a visitar Cuba en mayo y mantuvo reuniones con responsables cubanos y con Rodríguez Castro. Pero la ventana diplomática fue estrechándose. Llegaron las sanciones contra empresas estatales, después contra Cupet y otros sectores estratégicos.
El 7 de septiembre, apenas tres días antes de conocerse la investigación sobre el acuerdo frustrado, el ministro cubano de Exteriores, Bruno Rodríguez, aseguró que no existían negociaciones en curso ni una agenda para nuevas conversaciones, aunque señaló que los canales de comunicación seguían abiertos. La fotografía del momento es, por tanto, bastante distinta a la de la primavera.
Cuba vuelve al punto más difícil: energía, poder y soberanía
La importancia de la revelación no está únicamente en saber que Estados Unidos pudo ofrecer petróleo a Cuba. El verdadero alcance aparece en el precio político asociado a ese combustible. Privatizar Cupet, incorporar capital estadounidense y apartar a Díaz-Canel habría supuesto una alteración profunda del equilibrio construido durante décadas alrededor del Estado cubano.
También muestra cómo ha cambiado el tablero regional. La pérdida del tradicional respaldo energético venezolano dejó a La Habana mucho más expuesta y concedió a Washington una herramienta de presión excepcional. El petróleo pasó de ser un problema económico a convertirse en una moneda diplomática.
El acuerdo murió antes de convertirse en acuerdo. Quedaron los contactos, las condiciones que ninguna de las partes quiso aceptar y, sobre todo, la crisis que los había hecho posibles. Cuba continúa necesitando combustible y una modernización profunda de su sistema eléctrico; Estados Unidos mantiene una estrategia de fuerte presión política y económica. Entre ambos, a apenas 150 kilómetros de Florida, permanece abierta una relación en la que hasta un barril de petróleo puede terminar discutiendo quién gobierna un país.












