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¿Abascal fuerza a Feijóo a censurar a Sánchez por la guerra?

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Rompe Abascal la baraja con el PP

Abascal exige a Feijóo una moción contra Sánchez tras el ‘no a la guerra’ por Irán; PP mide riesgos y Vox marca el paso.

Santiago Abascal ha pedido a Alberto Núñez Feijóo que impulse una moción de censura contra Pedro Sánchez tras el “no a la guerra” proclamado por el presidente del Gobierno ante la escalada bélica en Oriente Medio y los ataques contra Irán. Abascal lo ha verbalizado este miércoles, 4 de marzo de 2026, en Villablino (León), en plena campaña de Castilla y León, y ha descrito a Sánchez como un dirigente “disfrazado de pacifista”, una etiqueta pensada para quedarse pegada a la solapa, no para debatir matices.

El choque llega con el país mirando a la vez hacia Washington y hacia el Congreso. Donald Trump ha amenazado con “cortar” el comercio con España después de que el Gobierno rechazara que Estados Unidos utilizara las bases de Rota y Morón en operaciones vinculadas a los ataques contra Irán; Sánchez ha respondido reivindicando la legalidad internacional y repitiendo el lema “no a la guerra”, con un tono deliberadamente reconocible en la memoria política española. En ese ruido, Vox aprieta al PP: si Feijóo cree que Sánchez es un problema de Estado, que lo demuestre llevando una moción al hemiciclo, aunque no salgan los números.

La frase “disfrazado de pacifista” y el instante exacto

Abascal no ha escogido cualquier día ni cualquier escenario. En Villablino, con Castilla y León como telón de fondo —esa comunidad donde PP y Vox han convivido a trompicones, con pactos, reproches y rupturas que todavía escuecen—, el líder de Vox ha desempolvado una idea que ya había insinuado otras veces y la ha conectado a un detonante inmediato: la posición de Sánchez ante la guerra y su negativa a facilitar el uso de bases conjuntas para ataques sobre Irán. Lo esencial no es solo la crítica, sino el gesto: exigir una votación que retrate a todos y, de paso, obligar al PP a mojarse en el mismo charco en el que Vox se siente cómodo.

La expresión “disfrazado” funciona como una acusación política con doble filo, porque no señala un error, señala una pose. En la lógica de Abascal, Sánchez no está equivocado: está actuando. Y por eso ha añadido frases de trazo grueso —que “miente como siempre”, que “quiere todas las guerras pasadas, presentes y futuras”— mezclando guerra, corrupción y moralina en una sola frase larga, casi sin respiración, como quien lanza un cubo de pintura a la pared y luego decide qué forma ve en la mancha. La palabra “pacifista”, en su boca, no es virtud: es careta.

La operación de Vox tiene también un punto de dramaturgia parlamentaria. En España, una moción de censura no es un simple trámite: es un escaparate. Obliga a fijar candidato, a exponer programa, a colocar cada voto en su sitio y a dejar acta. Abascal sabe que el PP no quiere regalarle ese escenario a un rival que vive bien en el conflicto frontal; por eso se lo exige en público, para que la negativa —si llega— suene a excusa y no a estrategia.

La moción como palanca: más presión sobre el PP que sobre Sánchez

Una moción de censura, tal y como está diseñada en España, no es un misil teledirigido: es un ariete que solo abre si tienes fuerza suficiente. Y Vox lo sabe. El dato frío es que, hoy por hoy, sacar adelante una moción contra Sánchez es prácticamente imposible sin una suma que el PP no tiene asegurada. Justo por eso, la jugada de Abascal se entiende mejor si se mira al PP y no al PSOE: la moción se convierte en una prueba de pureza, un examen público de determinación que Feijóo difícilmente puede aprobar sin pagar un precio.

Vox también busca otra cosa: romper el marco de “oposición responsable” en el que el PP intenta moverse, empujándolo a una lógica de choque permanente. Si Feijóo acepta, Vox se presenta como el partido que marca el ritmo y obliga al PP a seguirle; si Feijóo rechaza, Vox vende el “no” como falta de coraje, como comodidad, como cálculo electoral. Es un dilema diseñado para dejar cicatriz en la derecha: el PP, atado a su imagen de alternativa de gobierno; Vox, libre para incendiar el debate y recoger el calor.

Hay además un elemento de memoria reciente que planea sobre el asunto. La moción con Ramón Tamames, aquella foto insólita de un economista veterano convertido en candidato parlamentario, dejó una enseñanza muy simple: la moción puede no tumbar a nadie, pero sí sirve para colocar relatos, airear alianzas y medir fuerzas. Abascal vuelve a reclamar esa herramienta ahora porque la coyuntura internacional le ofrece un combustible perfecto: guerra, soberanía, bases militares, Trump, Europa… palabras que, en política, siempre suenan más grandes que cualquier discusión doméstica, aunque al final se vuelvan domésticas igual, con sus votos y sus escaños.

El antecedente incómodo: cuando la moción no suma, pero deja huella

Feijóo ya sabe cómo funciona este mecanismo porque lo ha visto desde dentro y desde fuera. Cuando Vox presentó su moción anterior, el PP se distanció: votó en contra y dejó claro que no pensaba acompañar un movimiento que consideraba condenado al fracaso. Aquel episodio reforzó la idea de que el PP no quiere ser comparsa de Vox, pero también dejó a Vox la posibilidad de repetir el argumento: “si de verdad quieres echar a Sánchez, ¿por qué no lo intentas?”. La moción, aun perdiendo, crea un rastro. Y Abascal está apostando por un rastro nuevo, con un contexto nuevo y un adversario nuevo al otro lado del Atlántico.

Feijóo, atrapado entre el cálculo y la escena

Alberto Núñez Feijóo tiene un problema tan clásico que ya casi parece parte del mobiliario político: necesita desgastar al Gobierno sin darle a Vox un megáfono extra. En esta crisis, además, el PP ha quedado situado en un espacio delicado. Por un lado, critica a Sánchez por la negativa a permitir el uso de las bases y le reprocha que su postura pueda perjudicar la relación con Estados Unidos; por otro, tampoco puede aparecer como un partido que aplaude ataques sin cobertura internacional o que abraza, sin filtros, la amenaza comercial de Trump. Es una cuerda floja con viento.

Si Feijóo aceptara la moción, entraría en un terreno donde Vox se mueve con soltura: la polarización total, el pulso identitario, la política convertida en ring. Y Feijóo, aunque ha endurecido el tono muchas veces, intenta construir una imagen distinta: la de presidente posible, institucional, capaz de hablar con Bruselas y con los mercados sin que le tiemble la voz. Una moción lo obligaría a presentar candidato, a exhibir un plan, a enfrentar una votación perdida de antemano y, encima, a gestionar el relato posterior: “lo intenté y no pude”. Eso en política se vende mal, porque la derrota siempre deja olor, aunque sea una derrota “digna”.

Si Feijóo la rechaza, el coste es otro: Vox lo acusará de ser tibio y de usar a Sánchez como espantajo electoral sin atreverse a empujar de verdad. Y esa crítica tiene un público concreto: votantes de derechas que viven la política como un combate de intensidad, no como un tablero de ajedrez. Abascal está hablando a ese público cuando pronuncia “disfrazado de pacifista” y cuando pide “moción”: son palabras que suenan a acción, a martillo, a algo que se puede contar en una frase.

Feijóo también mira, inevitablemente, a su propio partido. Dentro del PP conviven sensibilidades: quienes quieren un choque frontal permanente y quienes temen que ese choque beneficie a Vox y asuste al centro. En ese equilibrio, una moción es gasolina. Porque obligaría a todos los barones a posicionarse, a justificarlo en sus territorios, a dar explicaciones sobre un movimiento que, al final, se decide en Madrid pero se paga en toda España.

Sánchez, el “no a la guerra” y el pulso con Trump

Pedro Sánchez ha querido que su respuesta tenga una forma reconocible: un “no a la guerra” que evoca una época política muy concreta y que, al mismo tiempo, pretende ser una posición de Estado ante la escalada. El presidente ha defendido la vía diplomática, ha insistido en que “no se puede responder a una ilegalidad con otra” y ha arremetido contra lo que describió como seguidismo “ciego y servil” hacia decisiones ajenas. No es solo política exterior: es un mensaje doméstico, dirigido a su base, a socios parlamentarios y a una opinión pública que en España suele reaccionar con recelo a los conflictos armados, sobre todo cuando huelen a intervención sin paraguas internacional.

La variable Trump lo altera todo, porque añade una dimensión económica inmediata. La amenaza de cortar el comercio no es un simple exabrupto: es un golpe retórico que busca humillar y doblar el brazo. España, además, no negocia sola en materia comercial; lo hace la Unión Europea, y ahí aparece otro tablero. Sánchez puede presentarse como el presidente que planta cara a una presión externa y que se refugia en la legalidad europea; el PP puede acusarlo de poner en riesgo relaciones estratégicas; Vox puede decir que todo es un teatro y que Sánchez utiliza el conflicto para tapar sus problemas internos. Cada uno encuentra su espejo.

En este contexto, la negativa a facilitar el uso de Rota y Morón se convierte en símbolo. Para el Gobierno, es soberanía y legalidad. Para la oposición, puede ser imprudencia o propaganda. Para Vox, es la excusa perfecta para afirmar que Sánchez juega a pacifista mientras, según su discurso, “celebra cada bomba” o se alimenta del ruido de la guerra para esconder escándalos. La guerra exterior se vuelve, otra vez, guerra interior. Y la política española, que tantas veces se ha alimentado de símbolos, encuentra aquí uno enorme: bases militares, aliados, amenaza comercial y un lema que suena a pasado y a presente a la vez.

El papel de Albares, Rota y Morón como nombres propios

En medio de todo, el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ha quedado como uno de los rostros operativos de la respuesta del Gobierno. La posición oficial se ha apoyado en una idea repetida: España actúa conforme al derecho internacional y las bases conjuntas no se han utilizado para esos ataques. Rota y Morón, dos nombres que en la vida cotidiana suenan casi a geografía tranquila, pasan de pronto a ser titulares, discusión de tertulia y munición parlamentaria. Y cuando eso ocurre, la política se llena de detalles técnicos —acuerdos bilaterales, condiciones de uso, coordinación militar— que luego se simplifican en una frase de campaña. Abascal simplifica; Sánchez simboliza; Feijóo calcula. Cada cual juega su papel.

Aritmética del Congreso: por qué la moción es improbable y aun así importa

La moción de censura en España exige mayoría absoluta. Ese dato, frío, es el candado. El PSOE y sus socios parlamentarios sostienen al Gobierno en un equilibrio a veces frágil, a veces sorprendentemente resistente. Para que una moción prosperara, tendría que romperse ese bloque, y hoy no hay señales claras de que vaya a hacerlo por una disputa sobre política exterior, por más intensa que sea. Los socios habituales del Gobierno, además, tienden a rechazar cualquier movimiento que pueda terminar colocando a la derecha en La Moncloa. Y Vox, como promotor indirecto del empuje, complica todavía más cualquier geometría posible.

Entonces, ¿por qué insistir? Porque la moción es un instrumento de exposición. Obliga a que cada partido explique su voto en un debate con foco máximo, con minutos de televisión, con titulares asegurados y con la posibilidad de que los discursos se recorten en clips de diez segundos, que es donde hoy se decide medio relato político. Vox no necesita ganar para obtener rendimiento; le basta con volver a situarse como el partido que “hace”, frente a un PP que “dice”. Es una competición por la identidad de la oposición.

Para Sánchez, paradójicamente, una moción también puede ser útil si la gestiona bien: le permite presentarse como presidente asediado por la derecha, reforzar su relato de resistencia y unir a los socios en torno a un “no pasarán” parlamentario, aunque nadie lo diga así. Las mociones, incluso cuando se pierden, ordenan bandos. Y Sánchez lleva años viviendo de ordenar bandos, con habilidad, con desgaste, con golpes de suerte… y con una intuición muy afinada para convertir ataques en escudos.

Feijóo lo sabe y por eso duda. Porque una moción fallida puede acabar siendo un regalo a Sánchez: un debate en el que el presidente se luce, se victimiza, se apoya en Europa, señala a Trump como amenaza, retrata a Vox como extremismo y coloca al PP en un sitio incómodo. Si además Vox consigue arrastrar al PP, el Gobierno tendría el marco perfecto: “la derecha y la ultraderecha juntas en el Congreso”. Un marco que el PSOE explota con facilidad y que suele funcionar, sobre todo en momentos de tensión internacional.

Castilla y León: campaña, pactos y el subtexto que no se dice

Abascal ha hecho el anuncio en campaña, y eso no es un decorado: es parte del mensaje. Castilla y León ha sido en los últimos años un laboratorio de pactos entre PP y Vox, con momentos de estabilidad y episodios de choque. En campaña, todo se exagera un poco, incluso cuando se habla de guerra. Y Vox utiliza esa campaña para lanzar una idea que atraviesa Madrid y vuelve al territorio: el PP solo gobierna donde Vox le deja, y el PP solo lidera la oposición si Vox le empuja. Es una forma de recordarle a Feijóo que su partido puede ser grande, sí, pero no siempre manda el ritmo.

El PP, en cambio, intenta que la campaña se centre en gestión, economía, desgaste del Gobierno central y promesas de estabilidad. Pero Vox introduce un elemento de máxima tensión que desplaza el debate. La guerra exterior se convierte en guerra electoral. Y en ese cruce, el PP corre el riesgo de quedar como partido reactivo: respondiendo a Vox en lugar de marcar agenda. Abascal no solo busca votos; busca autoridad simbólica dentro de la derecha.

También hay un detalle que se cuela entre frases: Abascal mezcla la guerra con la corrupción y con episodios internos que él considera escándalos del Gobierno. Es una técnica conocida: unir todo en una misma cuerda para que, cuando tires, se mueva el conjunto. Si el tema del día es Irán, se habla de Irán; pero en la misma frase entran “crímenes”, “corrupciones”, “dinero de los españoles”. Así, cualquier debate termina desembocando en la idea central de Vox: Sánchez es ilegítimo, moralmente corrupto, y debe ser expulsado del poder por cualquier vía parlamentaria disponible. La moción, entonces, no es solo por la guerra: es por el relato completo.

Un país mirando a Bruselas y al mismo tiempo al hemiciclo

Mientras los partidos se lanzan frases como piedras, el componente internacional se impone por pura gravedad. España forma parte de la UE, y la política comercial no se decide en Moncloa sino en Bruselas. Eso introduce una realidad que complica el dramatismo de Trump: no es tan sencillo “cortar” comercio con un Estado miembro sin entrar en choque con acuerdos y marcos legales europeos. Aun así, la amenaza tiene efecto político inmediato porque convierte la decisión del Gobierno sobre Rota y Morón en una cuestión de coste económico, aunque ese coste sea, de momento, más hipotético que real.

La UE, además, aparece como paraguas y como límite. Para Sánchez, es una protección: “no estamos solos”. Para el PP, también puede serlo, pero con un matiz: el PP quiere que España esté alineada con socios estratégicos sin parecer sumisa. Para Vox, Europa suele ser un actor incómodo, así que el partido prefiere hablar de soberanía nacional en términos propios, pero al mismo tiempo necesita usar la crisis para acusar al Gobierno de debilitar a España. Es un juego de equilibrios contradictorios, típico de las crisis internacionales cuando se traducen en política doméstica.

En paralelo, el debate sobre gasto en defensa vuelve a asomar. Trump ha utilizado la cifra como arma política, reprochando a España no cumplir objetivos. Ese reproche se convierte en munición para la oposición, aunque el PP tampoco quiera quedar pegado a un discurso que suena a regaño extranjero. El Gobierno responde señalando compromisos, misiones, aportaciones, y, sobre todo, insistiendo en que una escalada militar no se corrige con más escalada. Aquí cada parte encuentra su frase favorita: “seguridad”, “legalidad”, “alianzas”, “soberanía”. Y en medio queda la sensación, bastante española, de que el mundo puede estar ardiendo y aun así el debate termina girando alrededor de quién gana el siguiente titular.

La derecha se reordena a golpes de moción

Lo que deja este episodio, por encima de todo, es un intento claro de Vox por reordenar la derecha a su favor. Abascal no solo critica a Sánchez: coloca a Feijóo frente a un espejo y le pregunta, sin formularlo como pregunta, si está dispuesto a hacer lo que Vox considera “lo coherente”. La moción, aun imposible, se convierte en un marcador moral. Si Feijóo no la presenta, Vox dirá que no quiere echar a Sánchez; si la presenta y fracasa, Vox dirá que el PP ha demostrado que sin Vox no puede. La trampa está en el diseño: siempre hay un argumento disponible para que Vox salga reforzado.

Feijóo, mientras tanto, intenta moverse con cuidado, porque su objetivo no es ganar una votación perdida sino llegar a ser alternativa de gobierno en unas generales. Y Sánchez, a su manera, juega otra partida: convertir la presión en cohesión interna, presentarse como dirigente que no se deja amedrentar por Trump y que defiende una postura anti-escalada. Cada uno actúa para su público, pero el choque es real y tiene efectos: marca agenda, endurece discursos, eleva el tono y vuelve a demostrar que, en España, la política exterior rara vez se queda fuera de la pelea doméstica.

Y en el centro, como un foco que no se apaga, queda el Congreso: ese lugar donde las grandes palabras —guerra, paz, alianzas, soberanía, censura— terminan siendo votos. Abascal quiere ese escenario porque sabe que es donde mejor se escuchan las frases cortas y rotundas. Feijóo preferiría otro terreno, más de desgaste paciente, menos de salto al vacío. Sánchez, por su parte, ya está instalado en la idea de resistir. La moción, exista o no, ya ha cumplido una función: ha puesto a la derecha a discutir sobre cómo oponerse, no solo sobre a qué oponerse. Y eso, en política, es una victoria silenciosa para quien logra imponer el marco.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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