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La condena al médico de Matthew Perry: qué ocurrió y por qué
La condena distingue entre suministrar ketamina ilegalmente y causar la dosis que acabó con la vida del actor.

Salvador Plasencia fue condenado en Estados Unidos a 30 meses de prisión por distribuir ilegalmente ketamina a Matthew Perry en las semanas anteriores a la muerte del actor. La pena, dictada en Los Ángeles el 3 de diciembre de 2025, incluye además dos años de libertad supervisada y una multa de 5.600 dólares. El médico se declaró culpable de cuatro cargos relacionados con la distribución de la sustancia y entregó su licencia para ejercer en California en septiembre de ese año.
La sentencia no lo condena por provocar directamente la muerte de Perry ni establece que la ketamina que suministró fuera la dosis fatal. El tribunal castigó otra conducta: mantener un suministro al margen de un tratamiento médico legítimo, con entregas repetidas y sin supervisión adecuada. Esa diferencia explica tanto la duración de la pena como el alcance del caso, que forma parte de una investigación más amplia sobre una red de cinco personas vinculada al acceso del actor a la droga.
La condena se basa en el suministro ilegal, no en la dosis mortal
Plasencia admitió su responsabilidad por cuatro delitos federales de distribución de ketamina. La acusación se centró en las entregas realizadas a Perry y a su asistente personal, Kenneth Iwamasa, durante los meses previos al fallecimiento. Los fiscales sostuvieron que el médico conocía la vulnerabilidad del actor y, aun así, facilitó el acceso a la sustancia fuera de un entorno clínico controlado. La jueza consideró que no se trataba de un episodio aislado, sino de una conducta repetida que quebró la confianza propia de la relación médica.
El límite jurídico importa. La investigación sobre la muerte de Perry estableció que falleció por los efectos agudos de la ketamina, pero la condena de Plasencia no afirma que él le proporcionara la cantidad consumida en el momento final. Tampoco es una sentencia por homicidio. Su culpabilidad reconocida corresponde a la distribución ilegal, y el castigo responde a esos cargos, al patrón de suministro y a las circunstancias que los rodearon.
La autopsia del condado de Los Ángeles, publicada el 15 de diciembre de 2023, señaló los efectos agudos de la ketamina como causa de la muerte, con otros factores contribuyentes, entre ellos la sumersión, una enfermedad coronaria y la buprenorfina, un medicamento utilizado habitualmente para tratar el trastorno por consumo de opioides. La manera de la muerte quedó clasificada como accidental. Ese dictamen describe el desenlace médico; no identifica por sí solo a la persona que entregó cada dosis ni sustituye las pruebas necesarias para atribuir responsabilidades penales individuales.
Qué hizo Plasencia y por qué el tribunal vio un patrón
La investigación reconstruyó una cadena de entregas que comenzó a finales de septiembre de 2023. Plasencia, propietario de una clínica de urgencias en Calabasas, fue presentado a Perry el 30 de septiembre. Según los datos recogidos en el artículo original y en el proceso, el médico obtuvo ketamina, comprimidos y material para inyectar la sustancia, y acudió a la vivienda del actor. También dejó viales al cuidado de Iwamasa, que no tenía formación sanitaria para administrar el fármaco.
En las dos semanas siguientes hubo nuevas compras y entregas. Plasencia administró ketamina en algunas ocasiones y dejó más dosis para que el asistente las utilizara sin supervisión médica. Entre el 30 de septiembre y el 12 de octubre, los fiscales documentaron la distribución de 20 viales, además de pastillas y jeringas. La investigación vinculó esas entregas con pagos que alcanzaron los 57.000 dólares, una cifra que contribuyó a presentar el suministro como un negocio y no como una atención terapéutica correctamente controlada.
Uno de los episodios que dio peso a la acusación ocurrió durante una administración en la que Perry sufrió una subida de la presión arterial y una rigidez que le impidió moverse momentáneamente. Pese a esa reacción, según los documentos del caso, se dejaron más viales en la vivienda. En otra ocasión, Plasencia administró la sustancia en el asiento trasero de un coche aparcado en Long Beach. Para la jueza, estos detalles reflejaban una pérdida de las salvaguardas que deberían acompañar a un medicamento potente, especialmente cuando el paciente presentaba antecedentes de adicción.
Los fiscales también señalaron que el médico se había comunicado con un coacusado en mensajes que mostraban interés por el dinero que podía obtener del actor. La víspera de la muerte, Plasencia habría dejado suministros con una enfermera para que Perry pudiera continuar consumiendo durante el fin de semana, mientras él estaba fuera. Estos hechos no convierten al médico en el proveedor de la dosis fatal, pero ayudan a explicar por qué la sentencia valoró la continuidad del suministro y la búsqueda de beneficio económico como elementos agravantes.
Por qué 30 meses y no una pena mayor o una absolución
La Fiscalía pidió una pena de al menos tres años de prisión. Su argumento fue que el acusado había vulnerado de forma grave la confianza depositada en un médico, había facilitado ketamina pese a conocer el contexto de adicción y había dejado parte de la administración en manos de una persona sin preparación. La defensa, en cambio, solicitó libertad condicional bajo supervisión. Entre sus argumentos figuraban el arrepentimiento expresado por Plasencia, la pérdida de su licencia y el hecho de que la ketamina relacionada directamente con la muerte no procediera de él.
La jueza federal Sherilyn Peace Garnett impuso 30 meses de prisión, una pena inferior a los tres años que reclamaban los fiscales, pero muy superior a la libertad supervisada solicitada por la defensa. También fijó dos años de libertad supervisada tras la prisión y una multa de 5.600 dólares. El médico fue puesto bajo custodia al terminar la audiencia para comenzar a cumplir la condena. La sentencia, por tanto, recoge la gravedad de las entregas sin equiparar su participación a la de quien hubiera causado directamente el fallecimiento.
La pérdida de la licencia profesional tuvo relevancia en los argumentos de la defensa, pero no anuló la responsabilidad penal. El proceso no examinaba únicamente si Plasencia podía seguir ejerciendo, sino si había distribuido una sustancia controlada de forma ilegal. Renunciar a la profesión y asumir consecuencias laborales no borraba los delitos admitidos ni eliminaba el impacto de haber mantenido el acceso a la ketamina en condiciones que los fiscales describieron como ajenas a una práctica médica legítima.
La pena tampoco constituye una regla automática para los otros acusados. Aunque todos los implicados aceptaron acuerdos de culpabilidad, cada caso depende de la conducta atribuida a cada persona y de los cargos reconocidos. La condena de Plasencia es la primera dictada en este expediente, pero no fija por sí sola el castigo de quienes intervinieron en otros tramos de la cadena de suministro.
El trasfondo médico: la ketamina puede tener usos legales, pero no a cualquier precio
La ketamina es un anestésico disociativo utilizado en medicina, entre otros ámbitos, en anestesia y urgencias. En Estados Unidos está clasificada como sustancia controlada de lista III, lo que implica restricciones sobre su distribución y manejo. En los últimos años también se han explorado usos fuera de las indicaciones aprobadas para algunos pacientes con depresión resistente o dolor. Ese contexto no convierte cualquier suministro en tratamiento: la legalidad depende de la finalidad, la supervisión y las condiciones concretas de administración.
La esketamina, un derivado de la ketamina comercializado como Spravato, recibió autorización de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos en 2019 para la depresión resistente, dentro de un programa que exige centros certificados y monitorización del paciente después de la administración. No debe confundirse ese marco clínico con la entrega de viales para uso doméstico. En el caso Perry, el proceso no juzgó si la ketamina puede ser útil en ciertos tratamientos, sino si el acusado la distribuyó conforme a la ley y a estándares básicos de atención.
La diferencia es más que administrativa. Una clínica puede evaluar el historial, controlar la dosis y observar posibles reacciones; una entrega de viales para que otra persona administre el fármaco elimina esas barreras. El episodio de presión arterial elevada descrito durante una de las sesiones muestra por qué la supervisión no es un trámite: permite detectar una reacción y decidir cómo actuar. La causa penal planteó que ese control quedó comprometido cuando el suministro continuó pese a señales de riesgo.
El auge de tratamientos con ketamina ha alimentado un debate sobre el acceso, la evidencia y la vigilancia clínica, pero los datos de esta causa no permiten concluir que toda terapia con ketamina sea ilegal o peligrosa. Tampoco avalan la idea contraria de que el carácter médico de una sustancia legitime cualquier forma de distribución. El punto central de la sentencia es más concreto: un medicamento controlado no deja de estar sometido a reglas porque el paciente lo solicite o haya recibido antes un tratamiento similar.
La confianza médica y el papel del asistente personal
Uno de los aspectos más graves del caso fue que parte de la ketamina quedara en manos de Iwamasa para administrarla a Perry. El asistente no era un profesional sanitario, y la investigación sostuvo que llegó a inyectar al actor siguiendo indicaciones ajenas a un protocolo clínico. Esa delegación trasladó una tarea de riesgo a alguien que no estaba capacitado para valorar la respuesta del paciente ni intervenir ante una complicación.
La responsabilidad de esa decisión no se reparte de manera idéntica entre todos los participantes. Iwamasa también se declaró culpable, pero Plasencia era médico y tenía una posición profesional que implicaba conocer los riesgos y los límites del suministro. La jueza describió su actuación como una grave vulneración de la confianza depositada en quien debía proteger al paciente. La conclusión no depende de que el médico estuviera presente en cada administración: facilitar la sustancia y dejarla disponible también formó parte del patrón penalizado.
La familia de Perry expresó ante el tribunal que consideraba a Plasencia uno de los más responsables entre los implicados. Su reacción reflejó el dolor de quienes vieron cómo una persona con antecedentes conocidos de adicción podía acceder repetidamente a la sustancia a través de profesionales y proveedores. Esa valoración familiar no es una conclusión jurídica, pero ayuda a entender por qué la sentencia estuvo acompañada por una discusión pública sobre la obligación de decir que no cuando una petición pone en riesgo al paciente.
Perry había hablado abiertamente de su adicción y de su recuperación, también en sus memorias publicadas en 2022. Ese antecedente formaba parte del contexto que rodeaba el acceso a la ketamina, pero no convierte la historia personal del actor en una explicación única de su muerte. El proceso se ocupó de conductas concretas de quienes le suministraron la sustancia y de los límites profesionales que, según la acusación, fueron ignorados.
Una investigación con cinco acusados y responsabilidades distintas
El expediente federal incluyó a cinco personas: Plasencia, el médico Mark Chavez, el asistente Kenneth Iwamasa, el intermediario Erik Fleming y Jasveen Sangha, señalada como proveedora de ketamina. La acusación describió una red clandestina que facilitó el acceso del actor a grandes cantidades de la sustancia. Los cinco aceptaron acuerdos de culpabilidad, aunque sus papeles dentro de la cadena no fueron iguales ni las condenas se resolvieron en una sola audiencia.
Según la investigación, Chavez suministró parte de la ketamina que llegó a Plasencia; Iwamasa administró dosis al actor; Fleming actuó como intermediario, y Sangha fue identificada como una proveedora relevante. Estos elementos ayudan a reconstruir el circuito, pero no deben confundirse con una responsabilidad idéntica para todos. La condena de Plasencia solo resuelve los cargos que él admitió y la conducta atribuida a su intervención.
Los calendarios de sentencia anunciados para los demás acusados situaban sus audiencias entre diciembre de 2025 y febrero de 2026. La información disponible en las referencias permite afirmar que esos procesos eran independientes y que sus responsables también habían aceptado acuerdos de culpabilidad, pero no detalla el resultado de todas esas audiencias. Por rigor, la pena de Plasencia no puede presentarse como el desenlace de toda la causa.
La división de responsabilidades también aclara por qué la investigación no necesitó demostrar que cada acusado suministró la dosis final para perseguir delitos de distribución. La muerte de Perry dio lugar a una investigación más amplia, pero cada imputación se apoyó en la participación concreta de cada persona en el acceso a la ketamina. En el caso de Plasencia, la admisión de cuatro cargos permitió dictar sentencia sin convertir el proceso en una condena por homicidio.
Qué deja establecido el fallo sobre la medicina y el lucro
La sentencia deja una advertencia delimitada, no un veredicto general contra la ketamina ni contra todos los tratamientos que la utilizan. El tribunal sancionó a un médico que reconoció haber distribuido la sustancia ilegalmente y cuya conducta, según la acusación, combinó entregas repetidas, pagos elevados y administración sin controles adecuados. La cuestión decisiva fue el uso de la posición profesional para mantener un suministro que se apartaba de una atención clínica segura.
El caso también muestra que la responsabilidad médica no termina al entregar un medicamento. El contexto del paciente, el modo de administración y la capacidad de supervisar sus efectos forman parte de la decisión. Si esas condiciones desaparecen, la diferencia entre una terapia y un suministro clandestino deja de ser abstracta: afecta a la seguridad de la persona y puede tener consecuencias penales para quienes facilitan el acceso.
Matthew Perry murió el 28 de octubre de 2023, a los 54 años, en el jacuzzi de su vivienda de Los Ángeles. La causa penal no puede reconstruir por sí sola cada decisión que precedió a su muerte ni sustituir el informe forense. Sí establece que, semanas antes, un médico ayudó a mantener un acceso irregular a la ketamina y que esa conducta merecía una pena de prisión. La condena señala el límite entre tratar a un paciente y explotar su vulnerabilidad, sin atribuir a Plasencia una dosis cuya procedencia no quedó establecida en su sentencia.
La respuesta judicial, por tanto, se apoya en un equilibrio preciso: castiga el suministro ilegal y el quebranto de la confianza profesional, pero distingue esa responsabilidad de la causa inmediata del fallecimiento. Esa separación es esencial para comprender tanto los 30 meses de prisión como el alcance real del fallo. El proceso de Matthew Perry no cierra con una explicación única de la tragedia; deja, en cambio, una línea clara sobre lo que ocurre cuando el acceso a una sustancia controlada se convierte en negocio y desaparece la supervisión que debía proteger al paciente.

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