Síguenos

Actualidad

La violencia machista en España: qué revela el balance de 2026

La concentración de casos en febrero abrió un año que ya suma 38 víctimas confirmadas hasta septiembre.

Publicado

el

2026 dispara la violencia machista en España

España registraba 38 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en 2026 hasta el 21 de septiembre, según el balance de casos confirmados recogido en los datos disponibles. Desde que comenzó la estadística oficial, en 2003, el total asciende a 1.379. El año arrancó con una concentración de crímenes en febrero y alcanzó diez víctimas en sus primeras semanas; con el paso de los meses, nuevas investigaciones y confirmaciones elevaron el recuento.

La cifra es estremecedora, pero no demuestra por sí sola que el año vaya a terminar con un récord ni permite atribuir los asesinatos a una causa única. Sí dibuja una realidad persistente: la violencia letal aparece con y sin denuncias previas, en situaciones con medidas judiciales y en otras que no habían dejado señales registradas. El balance también obliga a mirar más allá de los asesinatos: tres menores fueron víctimas de crímenes vicarios en lo que va de año y 26 niños y niñas quedaron huérfanos tras los feminicidios de sus madres.

Un comienzo abrupto y una cifra que siguió creciendo

La alarma se instaló en febrero, cuando varios asesinatos se sucedieron en pocos días. Ana María Sorribas, enfermera de 64 años, fue atacada el 16 de febrero en el centro de salud de Benicàssim donde trabajaba. Al día siguiente, en Xilxes, María José Bou y su hija Noemí, de 12 años, fueron asesinadas; el 18 de febrero se confirmó el caso de Petronila, en Madrid. Poco después, el crimen de Tatiana Rodríguez en Sarriguren, Navarra, completó el recuento de diez víctimas de aquella primera etapa.

La secuencia atravesó lugares corrientes —una consulta sanitaria, una vivienda, un municipio pequeño— y mostró que no existe un único escenario reconocible. En Benicàssim, el presunto agresor fue detenido en el lugar; en Madrid, la expareja de Petronila acudió a una comisaría y confesó el crimen, según la información difundida entonces. En Xilxes había antecedentes de maltrato y una orden de alejamiento en vigor. Que los casos compartan una categoría estadística no significa que tengan idéntico recorrido: cada investigación reconstruye circunstancias y señales distintas.

El recuento aumentó después de febrero. Algunas muertes se confirmaron semanas o meses más tarde, una vez que avanzaron las investigaciones o se aclaró la relación entre la víctima y el presunto agresor. El caso de María Paloma, por ejemplo, fue incorporado a la estadística tras una investigación que inicialmente no lo había tratado como violencia de género. Esa diferencia entre la fecha del crimen y la de su confirmación explica por qué los balances pueden cambiar sin que el hecho sea reciente.

Qué mide la estadística y qué queda fuera

El registro oficial contabiliza a las mujeres asesinadas por una pareja o expareja dentro del marco de la violencia de género. Su cifra permite seguir una serie desde 2003, pero no reúne todas las formas de violencia contra las mujeres. Otros asesinatos por motivos machistas pueden quedar fuera de esta categoría si no se producen en el ámbito de una relación de pareja o expareja, aunque sean investigados con otros criterios.

La confirmación tampoco siempre es inmediata. Las autoridades deben establecer los hechos y determinar si la relación entre víctima y agresor encaja en los criterios del registro. Por eso, una noticia sobre una muerte violenta no equivale automáticamente a un caso confirmado en la estadística. El procedimiento puede modificar el balance con el tiempo, como ocurrió con algunos crímenes de 2026.

Esta cautela importa al comparar cifras. A fecha del 21 de septiembre, el balance disponible situaba en 38 las víctimas de este año y en 1.379 el acumulado desde 2003. Son datos fechados, no un resultado definitivo del año completo. Tampoco reflejan por sí solos cuántas mujeres sufrieron agresiones, amenazas o control sin que el desenlace fuera mortal: describen solo el extremo más grave de un fenómeno mucho más amplio.

Denuncias previas: una señal importante, no un seguro

En las primeras semanas de 2026, seis de las diez víctimas contabilizadas tenían constancia de denuncias previas relacionadas con el presunto agresor. A 21 de septiembre, el balance había cambiado: 12 de las 38 víctimas tenían antecedentes de denuncia, mientras que en 26 casos no constaba una denuncia previa. Dicho de otro modo, cerca de una de cada tres mujeres asesinadas había dado lugar a una comunicación registrada antes del crimen.

El contraste entre ambos cortes temporales no significa que las denuncias dejaran de importar ni que se pueda deducir una tendencia a partir de unas pocas semanas. Al principio del año, el número de casos era reducido y la proporción podía variar mucho con cada nuevo asesinato confirmado. El dato posterior ofrece una imagen más amplia, aunque sigue siendo una fotografía parcial. Una denuncia es una alerta relevante, pero no constituye por sí sola una barrera física frente a un agresor decidido a quebrantar una orden o a actuar de forma inesperada.

La ausencia de denuncia tampoco equivale a ausencia de violencia. El miedo, la dependencia económica o emocional, la preocupación por los hijos y la dificultad de reconocer el maltrato pueden retrasar la petición de ayuda. Además, el agresor puede no tener antecedentes conocidos o la violencia puede intensificarse rápidamente. Por eso, medir la respuesta institucional solo por el número de denuncias deja fuera tanto las situaciones que nunca llegaron a comunicarse como lo que ocurre después de que una alerta sí se registra.

VioGén, las órdenes y la distancia entre el papel y la protección

En España, VioGén reúne información policial sobre casos de violencia de género y ayuda a valorar el riesgo y organizar el seguimiento. No es una garantía automática de seguridad: su eficacia depende de la calidad de la información disponible, de cómo se evalúe cada situación y de la capacidad de los servicios para mantener la respuesta. Estar registrado en el sistema no elimina el peligro, y el nivel asignado puede cambiar si aparecen nuevos hechos o circunstancias.

Una orden de alejamiento establece una prohibición judicial, no una barrera material. Si el agresor la incumple, la protección depende también de que la víctima pueda comunicarlo y de que las autoridades respondan con rapidez. El caso de Xilxes concentró esa dificultad: había una orden vigente hasta 2027 y el riesgo había sido valorado como medio poco antes del asesinato de María José y Noemí. La etiqueta utilizada en una evaluación no predice con certeza lo que hará una persona; sí influye en las medidas que se ponen en marcha.

En febrero, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, defendió reforzar la evaluación del riesgo y planteó distancias mínimas de alejamiento de entre 300 y 350 metros. La propuesta puso sobre la mesa una limitación práctica: la distancia legal no funciona igual en todos los entornos. En un pueblo puede abarcar buena parte del núcleo urbano; en una ciudad, puede no impedir que agresor y víctima coincidan en trayectos habituales. Además, ampliar el margen no sustituye la vigilancia ni resuelve por sí solo los quebrantamientos.

Cuando los hijos se convierten en víctimas de la violencia

La violencia vicaria aparece cuando se agrede o asesina a los hijos para causar daño a la madre. En 2026, tres menores fueron asesinados en crímenes de este tipo hasta el 21 de septiembre. Entre ellos está Noemí, de 12 años, asesinada junto a su madre en Xilxes; el niño de 10 años asesinado en Arona en febrero; y Aitana, de 3 años, víctima de otro crimen confirmado durante el año. Desde 2013, cuando comenzó el registro específico de menores asesinados en este contexto, el total alcanzaba los 68.

El asesinato de un menor no es una consecuencia secundaria del crimen contra su madre. Es una violencia con un impacto propio y devastador, que deja a familias, centros educativos y comunidades enteras ante una pérdida irreversible. También obliga a valorar el riesgo que afrontan los niños cuando existe maltrato hacia la madre: proteger a la mujer y proteger a sus hijos son tareas inseparables cuando la violencia puede dirigirse contra ambos.

El balance del daño continúa después del asesinato. Hasta septiembre, 26 menores habían quedado huérfanos por los feminicidios de sus madres en 2026; el acumulado desde 2013 era de 536. Estas cifras oficiales no incluyen a los hijos mayores de edad, de modo que no recogen todo el impacto familiar. Tras la muerte llegan cambios de custodia, reorganizaciones de la vida cotidiana y procesos judiciales que pueden prolongar el duelo y la exposición al trauma.

La tendencia larga no describe una línea recta

Las cifras anuales de la última década muestran oscilaciones, no una bajada sostenida. El recuento recogido en el balance original fue de 49 mujeres asesinadas en 2016, 49 en 2017, 52 en 2018, 56 en 2019, 52 en 2020, 49 en 2021, 50 en 2022, 58 en 2023, 49 en 2024 y 48 en 2025. El mínimo de un año no basta para confirmar un cambio duradero: la serie sube y baja alrededor de cifras muy elevadas.

El dato de 2026 debe leerse con la misma prudencia. Alcanzar diez víctimas en las primeras semanas fue un comienzo especialmente concentrado, pero las muertes no se distribuyen de forma regular a lo largo del calendario. Una acumulación en febrero no permite proyectar el resultado de diciembre, del mismo modo que un cierre anual menor no garantiza que el año siguiente mejore. La comparación adquiere más sentido cuando se completa el año y se revisan las definiciones estadísticas y las confirmaciones pendientes.

También conviene evitar explicaciones que conviertan una correlación en causa. Los casos afectan a personas de distintas edades y procedencias, y las cifras disponibles no apuntan a una nacionalidad como explicación del fenómeno. Lo que se repite en el conjunto es la violencia ejercida en relaciones de control y dominación, aunque las circunstancias de cada crimen sean diferentes. Reducir el análisis a un perfil único ocultaría tanto los casos con antecedentes como aquellos sin señales previas registradas.

Agresiones y quebrantamientos más allá de los asesinatos

Los asesinatos son el desenlace más extremo, pero el balance de aquellas semanas incluyó también detenciones por agresiones, intentos de asesinato y quebrantamientos de órdenes judiciales. En Jadraque, Guadalajara, se detuvo a un hombre acusado de agredir a una mujer cuyo caso figuraba en VioGén con riesgo extremo. En otros episodios, las autoridades actuaron tras incumplimientos de medidas de alejamiento o ataques que dejaron a las víctimas hospitalizadas.

Estos casos impiden interpretar la protección como una escala simple en la que una categoría de riesgo equivale a seguridad. Una valoración elevada puede activar medidas, pero no vuelve imposible que se produzca una agresión; una valoración más baja tampoco significa que no exista peligro. El seguimiento necesita actualizarse cuando cambian las circunstancias, y cada quebrantamiento puede ser una señal que exige atención dentro del sistema correspondiente.

La ruptura aparece en varios de los casos descritos durante el año, aunque no explica todos los crímenes ni permite anticiparlos de manera automática. La separación puede ser un momento de especial riesgo cuando el agresor interpreta que pierde el control, pero también hay asesinatos en relaciones que continúan. Mirar ese factor junto a amenazas, antecedentes, incumplimientos y cambios de conducta permite entender mejor el contexto, sin convertirlo en una fórmula capaz de predecir cada tragedia.

Lo que deja el balance para la protección pública

El dato más incómodo no es solo cuántas mujeres fueron asesinadas, sino que los recorridos previos fueron distintos. Algunas habían denunciado; otras no. En ciertos casos existían medidas judiciales y en otros no había antecedentes comunicados. Esa diversidad descarta una solución única y coloca el foco en la continuidad de la protección: cómo se actualizan las evaluaciones, cómo se atienden los incumplimientos y qué recursos se activan cuando también hay menores expuestos.

La respuesta institucional tampoco puede descansar exclusivamente en que la víctima denuncie. La detección por parte del entorno, la atención especializada y la coordinación entre servicios forman parte de una red más amplia, especialmente cuando hay miedo o dependencia. El teléfono 016 ofrece atención a víctimas de violencia machista las 24 horas y en 52 idiomas; ante una emergencia, los teléfonos indicados son el 112, el 091 y el 062. La violencia puede no ser visible desde fuera, pero las señales y las vías de asistencia importan antes de que el riesgo llegue a su punto más grave.

Hasta el 21 de septiembre, 38 asesinatos confirmados componían un balance todavía abierto, frente a los 48 registrados en 2025 según la serie recogida en el artículo original. Ninguna cifra aislada explica cada crimen ni ofrece una medida completa del miedo, la pérdida y las consecuencias que quedan en las familias. Pero el inicio abrupto del año y la persistencia de los casos recuerdan que el descenso de un periodo no equivale a una victoria: la protección solo puede evaluarse por su capacidad real de evitar nuevas víctimas.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído