Síguenos

Naturaleza

¿Qué zonas de España tienen mayor riesgo sísmico y más terremotos?

Granada, Almería, Murcia y Alicante concentran buena parte del riesgo sísmico español, pero el mapa histórico muestra otros focos sensibles.

Publicado

el

zonas de España tienen mayor riesgo sísmico

España no está entre los países más sísmicos del planeta, pero tampoco vive sobre una losa geológica inmóvil. Las áreas con mayor peligrosidad sísmica se concentran en el sur y sureste peninsular, especialmente en Granada, Almería, Málaga, Murcia y Alicante, con prolongaciones hacia el sur de Valencia. A cierta distancia aparecen los Pirineos, el golfo de Cádiz, el mar de Alborán y Canarias, cada uno con un comportamiento distinto. El centro y buena parte del norte y oeste peninsular presentan, en términos generales, una peligrosidad bastante menor.

La fotografía histórica apunta en la misma dirección. Granada y el sistema Bético acumulan siglos de terremotos destructivos; Almería, Murcia y Alicante han sufrido también episodios muy graves, mientras que los Pirineos orientales protagonizaron algunos de los grandes seísmos medievales documentados en territorio español. Y hay un actor menos frecuente, pero capaz de jugar muy fuerte: el Atlántico al suroeste de la Península, origen de terremotos que pueden generar maremotos como el de 1755.

El mapa tiene, además, una actualidad difícil de ignorar. Durante la madrugada del 15 de agosto de 2026, la red del Instituto Geográfico Nacional registró una intensa concentración de terremotos en el área metropolitana de Granada después de un seísmo de magnitud Mw 4,8 localizado al noreste de Alhendín. En las horas siguientes aparecieron numerosos movimientos menores en torno a La Zubia, Gójar, Ogíjares, Armilla, Alhendín y Villa de Otura. Varios fueron sentidos por la población.

Granada y las Béticas, el principal foco sísmico de España

Si hubiera que señalar una franja especialmente inquieta en el mapa peninsular, sería la cordillera Bética. El Instituto Geográfico Nacional la sitúa como la región con mayor actividad sísmica de la península ibérica. Se extiende por buena parte del sur y sureste, desde Andalucía hacia el Levante, en un territorio deformado por la interacción entre las placas euroasiática y africana.

Aquí predominan los terremotos corticales, es decir, relativamente superficiales, normalmente de magnitud baja o moderada. Esa poca profundidad importa mucho: un seísmo no necesita tener una magnitud extraordinaria para sacudir con fuerza una ciudad situada cerca del epicentro. Lorca lo demostró en 2011 con un terremoto de magnitud 5,1 que causó nueve muertos y daños estructurales graves en parte del parque inmobiliario.

Granada ocupa una posición particularmente delicada. Su cuenca y las áreas próximas han protagonizado crisis sísmicas repetidas y contienen algunas de las aceleraciones del terreno más elevadas de los mapas españoles de peligrosidad. Municipios del cinturón granadino como Santa Fe, Vegas del Genil o La Zubia aparecen históricamente entre las zonas donde la normativa sismorresistente ha considerado movimientos del suelo relevantes. No es casualidad que la vigilancia instrumental sea especialmente densa aquí.

La historia tampoco concede mucho margen para la complacencia. En 1431, un fuerte terremoto al sur de Granada causó importantes daños en la Alhambra. En 1531, Baza sufrió otro episodio destructivo. El 25 de diciembre de 1884 llegó el llamado terremoto de Andalucía, con epicentro en Arenas del Rey: intensidad IX-X, magnitud estimada 6,5, cientos de muertos y miles de edificios destruidos o dañados en Granada y Málaga.

La anomalía de Dúrcal: enorme magnitud, pocos daños

Granada conserva también una rareza geológica. El terremoto de Dúrcal de 1954 alcanzó magnitud 7,8, una cifra enorme para España, pero ocurrió a unos 650 kilómetros de profundidad. Esa distancia amortiguó considerablemente sus efectos en superficie, donde alcanzó una intensidad mucho menor de la que podría sugerir semejante magnitud. Es un buen recordatorio de que magnitud y capacidad destructiva no son sinónimos.

Muy distinto fue el terremoto de Albolote de 1956. Tuvo magnitud 5,0, mucho menor, pero fue superficial y causó 11 víctimas mortales, viviendas destruidas y numerosos edificios inhabitables. En sismología, la cifra grande del titular cuenta solo una parte del relato. Profundidad, distancia, tipo de suelo y vulnerabilidad de los edificios hacen el resto.

Almería, Murcia y Alicante: el corredor sísmico del sureste

Hacia el este, el mapa sigue cargándose. Almería combina fallas activas, proximidad al mar de Alborán y una larga memoria de terremotos fuertes. Vera sufrió en 1518 un episodio de intensidad VIII-IX; en 1522 un gran terremoto relacionado con el mar de Alborán devastó buena parte de Almería y afectó también a Granada; y en 1804 la zona de Dalías, Berja y Roquetas volvió a padecer destrucciones severas.

La actividad no pertenece únicamente a los libros amarillentos. En julio de 2025, un terremoto Mw 5,3 frente a Cabo de Gata fue sentido en centenares de poblaciones de Almería, Murcia, Granada, Melilla, Alicante y otras provincias. No produjo daños significativos, pero volvió a dibujar sobre el mapa una zona que lleva siglos moviéndose.

Murcia comparte ese paisaje tectónico. La región registra numerosos terremotos pequeños y moderados, y el episodio de Lorca de 2011 permanece como el ejemplo contemporáneo más claro de cómo un movimiento de magnitud contenida puede resultar dañino cuando el foco es superficial y está muy cerca de una población. El registro histórico muestra también actividad reiterada alrededor de Lorca, Bullas, Aledo, Alhama de Murcia y otros puntos de la región.

Alicante completa uno de los grandes corredores históricos. La Vega Baja del Segura sufrió el terremoto de Torrevieja de 1829, de intensidad IX-X y magnitud estimada en torno a 6,6. Torrevieja y Guardamar tuvieron que ser reconstruidas y localidades como Almoradí, Benejúzar, Rojales, Orihuela o San Fulgencio sufrieron daños muy graves. Fue uno de los terremotos más destructivos conocidos en la España contemporánea anterior al siglo XX.

Más al norte, Valencia tampoco queda fuera de la historia sísmica. Tavernes de la Valldigna sufrió un fuerte terremoto en 1396, mientras que el de Estubeny-Montesa de 1748, estimado en magnitud 6,2 e intensidad IX, destruyó poblaciones y dejó decenas de muertos. Son episodios separados por siglos, sí, pero suficientemente importantes como para recordar que el riesgo levantino no termina en Alicante.

Los Pirineos también guardan terremotos destructivos

El norte peninsular suele transmitir una imagen más tranquila, aunque los Pirineos constituyen una excepción importante. La colisión que levantó la cordillera dejó estructuras capaces de generar actividad sísmica, sobre todo en el sector pirenaico y prepirenaico.

Uno de los episodios históricos más graves ocurrió durante la serie de 1427-1428, que afectó especialmente a Cataluña. El terremoto de Queralbs de febrero de 1428 aparece en el catálogo histórico con intensidad IX-X y una magnitud estimada en torno a 7,3; se le atribuyen unas 800 víctimas en la documentación disponible. Fue un desastre enorme para la época y demuestra que los grandes terremotos españoles no son patrimonio exclusivo de Andalucía o el sureste.

En 1373, otro terremoto intenso afectó al área de Ribagorça, entre Huesca y Lleida. La actividad moderna suele ser considerablemente menor que aquellos episodios medievales, pero la sismicidad pirenaica permanece y forma parte del mapa nacional de vigilancia.

Golfo de Cádiz, Canarias y Alborán: otros focos a vigilar

El suroeste presenta un problema diferente. No destaca tanto por una sucesión constante de terremotos sentidos en ciudades españolas como por su cercanía a grandes fuentes sísmicas submarinas del golfo de Cádiz y el área situada al suroeste del cabo de San Vicente.

El ejemplo histórico es monumental: el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755, con una magnitud estimada alrededor de 8,5, desencadenó un tsunami que golpeó las costas atlánticas de la Península y afectó a Europa occidental y el norte de África. El suceso dejó daños graves en España, especialmente en el litoral andaluz occidental, y convirtió al Atlántico suroccidental en una de las zonas que más preocupan cuando se estudia el riesgo combinado de terremoto y maremoto.

Hubo otros avisos. En 1969, otro terremoto de magnitud 7,8 al suroeste del cabo de San Vicente provocó daños en Huelva y fue ampliamente sentido en la Península. Son eventos poco frecuentes comparados con la microsismicidad cotidiana del sureste, pero su potencial energético es mucho mayor.

Aquí aparece una distinción esencial. Una zona puede registrar muchos pequeños terremotos y otra sufrir pocos, pero tener capacidad para generar uno gigantesco. Contar puntos en un mapa no basta para medir el peligro.

En Canarias, los terremotos responden a una combinación diferente. El archipiélago tiene actividad vinculada a su naturaleza volcánica, junto con movimientos tectónicos regionales y terremotos submarinos. La actividad puede concentrarse en enjambres de centenares o miles de microsismos sin que eso implique automáticamente una erupción o un gran terremoto.

El registro de mediados de agosto de 2026 continuaba mostrando pequeños terremotos en el entorno atlántico-canario y en las proximidades de varias islas. Son magnitudes normalmente bajas y muchas pasan completamente inadvertidas para la población.

El mar de Alborán merece especial atención dentro del sistema del sur. Está situado en una zona tectónicamente compleja entre la Península y el norte de África y puede producir terremotos capaces de sentirse en Andalucía, Murcia, Melilla y, dependiendo de la magnitud, en áreas mucho más alejadas. Las Béticas y Alborán forman, en realidad, partes de un mismo rompecabezas geodinámico.

Fuera de estos grandes focos existen terremotos en Galicia, Castilla y León, el Sistema Ibérico, Cataluña, Castilla-La Mancha y prácticamente cualquier otra parte del país. El catálogo histórico demuestra que un terremoto puede ocurrir lejos de las áreas tradicionalmente consideradas más activas. Eso no convierte todo el territorio en igualmente peligroso: la probabilidad y la intensidad esperable cambian muchísimo de una región a otra.

El mapa sísmico español del 15 de agosto de 2026

La actividad registrada en las últimas horas ofrece una imagen especialmente clara de esa desigualdad territorial. El movimiento más destacado fue el Mw 4,8 situado al noreste de Alhendín, ocurrido a las 23:04 UTC del 14 de agosto —la 1:04 de la madrugada del día 15 en la España peninsular— y con intensidad máxima preliminar V-VI.

Después se sucedieron terremotos menores alrededor de Gójar, La Zubia, Ogíjares, Armilla, Alhendín y Villa de Otura, muchos con magnitudes comprendidas aproximadamente entre 1,5 y 2,6. La concentración geográfica y temporal dibuja una secuencia sísmica muy localizada en el entorno de Granada, aunque los parámetros pueden ser revisados posteriormente conforme se analizan más registros.

En los días inmediatamente anteriores también se registró actividad en el Levante almeriense. El 13 de agosto apareció un terremoto de magnitud 3,7 cerca de Zurgena, acompañado por movimientos menores en el entorno de Cuevas del Almanzora y Huércal-Overa. El registro reciente recoge asimismo pequeños terremotos en Canarias, el golfo de Cádiz, el Atlántico próximo a Galicia, el golfo de Valencia y otras áreas periféricas.

Nada de esto significa que España esté entrando en una fase extraordinaria de grandes terremotos. Las redes modernas detectan movimientos diminutos que hace unas décadas habrían pasado silenciosamente bajo nuestros pies. Una sucesión de terremotos pequeños tampoco permite anunciar cuándo llegará uno mayor: los terremotos no pueden predecirse con fecha, lugar y magnitud concretos mediante la observación de una secuencia ordinaria.

Donde la historia y el mapa sísmico vuelven a coincidir

Después de siglos de terremotos documentados, el dibujo español resulta bastante reconocible. Granada y las Béticas forman el núcleo de mayor actividad de la Península; Almería y el mar de Alborán prolongan esa franja hacia el Mediterráneo; Murcia, Alicante y el sur valenciano conservan una larga historia de terremotos destructivos; y los Pirineos recuerdan que el norte tampoco está completamente al margen. Frente al golfo de Cádiz, el riesgo cambia de escala: menos episodios próximos, pero posibilidad de terremotos oceánicos muy grandes y tsunamis.

Y hay una última precisión, importante porque las palabras suelen mezclarse. Peligrosidad sísmica no equivale exactamente a riesgo sísmico. La primera mide qué sacudidas pueden producirse y con qué probabilidad; el riesgo incorpora también cuánta población, edificios e infraestructuras están expuestos y hasta qué punto son vulnerables. Un terremoto bajo una zona despoblada y otro idéntico bajo una ciudad no representan el mismo problema.

España vive con una peligrosidad global moderada, pero ese promedio nacional engaña un poco: aplana un mapa lleno de diferencias. Bajo Granada, Almería, Murcia o Alicante el suelo cuenta una historia bastante más nerviosa que bajo buena parte de la Meseta. Y la madrugada granadina del 15 de agosto de 2026 lo ha recordado de la manera más elemental posible: moviendo, otra vez, el suelo.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído