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Naturaleza

¿Por qué hay tantos terremotos estas semanas en América e Indonesia?

Venezuela, México, Colombia e Indonesia encadenan fuertes seísmos en pocas semanas. La ciencia aclara si existe relación directa entre ellos.

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tantos terremotos estas semanas

La sensación es difícil de esquivar: Venezuela, México, Colombia e Indonesia. En pocas semanas varios terremotos de gran magnitud han ocupado titulares, activado alertas y dejado largas secuencias de réplicas. Pero la explicación científica es bastante menos apocalíptica de lo que sugiere ese mapa lleno de círculos rojos: no hay pruebas de que el planeta haya entrado en una etapa de actividad sísmica excepcional ni de que estos grandes seísmos formen una única cadena conectada.

Lo que estamos viendo es una coincidencia temporal de terremotos importantes en regiones tectónicamente muy activas, amplificada después por sus réplicas. Y hay otro detalle decisivo: actualmente se detectan más movimientos pequeños, la información circula casi de inmediato y un terremoto ocurrido a 12.000 kilómetros aparece en el teléfono pocos minutos después. Los grandes sistemas internacionales de vigilancia sísmica localizan alrededor de 20.000 terremotos al año en todo el planeta, unos 55 diarios; las oscilaciones temporales en esa actividad son normales.

Una coincidencia llamativa, no una cadena planetaria

La corteza terrestre no es una pieza rígida e inmóvil. Está dividida en enormes placas tectónicas que avanzan lentamente, chocan, se separan o se deslizan unas respecto a otras. En determinadas zonas la tensión se acumula durante años, décadas o siglos hasta que una falla cede y libera bruscamente energía. Eso es un terremoto. Nada misterioso, aunque cuando el suelo se mueve bajo los pies la definición académica resulte bastante menos tranquilizadora.

Que varios terremotos fuertes ocurran durante un intervalo corto no significa que compartan una causa inmediata. La estadística puede producir agrupaciones que parecen extraordinarias a simple vista. Los periodos con más o menos terremotos forman parte de las variaciones habituales de la actividad sísmica mundial y, por sí solos, no indican que se aproxime un gran seísmo.

Hay una cifra que ayuda a ponerlo en perspectiva. Los registros de largo plazo apuntan a una media aproximada de 16 grandes terremotos cada año: unos 15 de magnitud 7 y uno de magnitud 8 o superior. Algunos años quedan muy por debajo; otros se disparan por encima. En 2010, por ejemplo, se contabilizaron 23 terremotos de magnitud 7 o superior. La Tierra no lleva un calendario, por fortuna o por desgracia.

De Venezuela a Indonesia: qué ha ocurrido

La actual impresión de acumulación comenzó a hacerse especialmente visible el 24 de junio de 2026, cuando el norte de Venezuela sufrió una potente secuencia que incluyó terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. El país está situado en la compleja zona de contacto entre las placas del Caribe y Suramericana, una frontera tectónica conocida desde hace mucho por su capacidad para producir movimientos importantes.

Después llegó México. El 17 de julio, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió la costa de Chiapas. Su epicentro se situó frente al litoral, en una de las regiones sísmicas más activas del país. Y el movimiento principal fue solo el comienzo de una larguísima cola sísmica: hasta las 20:00 del 14 de agosto, el Servicio Sismológico Nacional mexicano había contabilizado 1.664 réplicas asociadas a aquella secuencia.

Ese dato explica una parte del espejismo. Un gran terremoto no suele marcharse cerrando la puerta. Deja tras de sí decenas, cientos o incluso miles de movimientos menores mientras la zona de ruptura va reajustándose.

México y Colombia: dos grandes terremotos con miles de kilómetros entre ellos

El 10 de agosto, Colombia añadió otro episodio de enorme impacto. Un terremoto de magnitud 7,4 tuvo su epicentro en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, a 103 kilómetros de profundidad. El Servicio Geológico Colombiano lo considera el tercer terremoto de mayor magnitud registrado en la historia del país y recibió más de 20.000 avisos de personas que lo sintieron desde más de 1.200 núcleos de población.

Su origen encaja perfectamente en la geología regional. En el Pacífico colombiano, la placa de Nazca se introduce bajo la placa Sudamericana, un proceso denominado subducción. Las placas no se deslizan suavemente como dos hojas de papel; acumulan tensión, quedan parcialmente trabadas y terminan liberando energía. El movimiento colombiano, por tanto, tiene una explicación tectónica local conocida y no necesita una conexión con el terremoto mexicano para entenderse.

También aquí llegaron las réplicas. Pueden prolongarse durante días, semanas o incluso meses después de un terremoto importante. Son parte del reajuste de la zona de ruptura, no una sucesión de terremotos completamente independientes.

Indonesia, un 7,7 que vuelve a encender el mapa

El 15 de agosto, el foco informativo saltó al otro lado del Pacífico. La agencia indonesia BMKG actualizó a magnitud 7,7 un terremoto ocurrido en la región de Flores, en Nusa Tenggara Oriental. El hipocentro se situó a unos 15 kilómetros de profundidad y el epicentro, en el mar, aproximadamente 30 kilómetros al noreste de Nagekeo. El movimiento activó una alerta temprana de tsunami para distintas zonas de Indonesia.

La sacudida alcanzó intensidad VII en la escala de Mercalli modificada en algunas localidades próximas, un nivel capaz de provocar daños ligeros incluso en construcciones relativamente buenas. Después se registraron nuevos movimientos en la región, incluidos varios de magnitud cercana o superior a 5. Indonesia vive encima de uno de los grandes rompecabezas tectónicos del planeta.

Las réplicas hacen que una semana parezca mucho más sísmica

Aquí aparece uno de los elementos que más distorsiona nuestra percepción. Después de un gran terremoto, la falla y las estructuras vecinas necesitan reajustarse. Llegan las réplicas, normalmente cada vez menos frecuentes, aunque una secuencia grande puede mantenerse durante semanas, meses e incluso más tiempo.

México ofrece un ejemplo casi de laboratorio: un solo terremoto principal ha producido más de un millar de movimientos posteriores detectados instrumentalmente. Si algunos coinciden con otro gran seísmo en Colombia y, pocos días después, con uno en Indonesia, la impresión visual es la de una Tierra temblando sin descanso. Geológicamente son historias distintas superpuestas en el calendario.

El Cinturón de Fuego explica buena parte del mapa

Hay, sin embargo, algo que sí comparten México, la costa pacífica colombiana e Indonesia: forman parte del enorme sistema tectónico que rodea el océano Pacífico y que solemos llamar Cinturón de Fuego. No es una falla única ni una especie de cremallera planetaria. Es un conjunto gigantesco de límites de placas, zonas de subducción, arcos volcánicos y fallas.

Aproximadamente el 90% de los terremotos del mundo ocurre en ese cinturón circumpacífico. Allí están Japón, Indonesia, Filipinas, Nueva Zelanda, Alaska, la costa occidental americana y buena parte de los Andes. Que México, Colombia e Indonesia produzcan grandes terremotos no es, desde una perspectiva geológica, ninguna extravagancia: son precisamente algunos de los lugares donde cabe esperar una actividad sísmica elevada.

Venezuela presenta otro escenario. Su sismicidad está vinculada principalmente a la interacción entre la placa del Caribe y la placa Suramericana. El mecanismo concreto cambia, pero el principio es el mismo: bloques enormes de la litosfera moviéndose unos respecto a otros y acumulando esfuerzos hasta que las rocas dejan de soportarlos.

Y es importante distinguir magnitud y percepción. Un terremoto profundo puede sentirse en un territorio enorme sin provocar necesariamente los daños que causaría uno más superficial de idéntica magnitud. El colombiano del 10 de agosto, pese a originarse a 103 kilómetros de profundidad, se percibió ampliamente precisamente por la enorme energía liberada. Las estaciones cercanas registraron movimiento durante aproximadamente 90 segundos a dos minutos.

¿Puede un terremoto despertar otro a miles de kilómetros?

Sí puede ocurrir, pero ese matiz no convierte los terremotos recientes en fichas de dominó. Los grandes seísmos generan ondas capaces de recorrer todo el planeta y, en determinadas circunstancias, esas ondas pueden alterar temporalmente las tensiones de una falla lejana que ya estaba cerca de romperse. El fenómeno se conoce como activación dinámica o transferencia dinámica de esfuerzos.

Se han documentado casos. Pero de ahí a afirmar que Venezuela provocó México, México desencadenó Colombia y Colombia hizo temblar Indonesia hay un abismo científico. La mera sucesión cronológica no demuestra causalidad, y no existe evidencia que permita interpretar estos cuatro episodios como una única secuencia sísmica global. La explicación más sólida sigue siendo mucho más sencilla: regiones muy sísmicas han producido grandes terremotos independientes dentro de un intervalo relativamente corto.

Las auténticas secuencias de réplicas suelen concentrarse cerca de la ruptura principal. Los terremotos situados aproximadamente dentro de dos o tres longitudes de falla respecto al evento principal pueden considerarse parte de su secuencia. Hablar de la misma lógica entre seísmos separados por océanos exige pruebas específicas, no un calendario y cuatro puntos sobre un mapa.

La Tierra no está entrando en una fase más violenta

La duda aparece cada vez que se juntan varios grandes seísmos: quizá estén aumentando. Los datos disponibles no sostienen esa conclusión. Los altibajos temporales pertenecen a la variabilidad normal de la actividad sísmica mundial y el incremento de terremotos incluidos en los catálogos modernos se debe, en parte, a que existen más instrumentos capaces de detectarlos.

Antes, un pequeño terremoto submarino en Indonesia podía pasar prácticamente inadvertido fuera de la región. Actualmente queda registrado por redes automáticas, aparece en aplicaciones, agencias, medios y redes sociales casi en tiempo real. El planeta no necesariamente tiembla más; nosotros nos enteramos mucho más. Y mucho más deprisa.

La escala también engaña. Se calcula que en el mundo se producen unos 500.000 terremotos detectables cada año. Alrededor de 100.000 pueden llegar a sentirse y aproximadamente un centenar ocasiona daños. La inmensa mayoría sucede sin ocupar un solo titular.

Tampoco existe actualmente un método científico capaz de señalar con anticipación la fecha, el lugar y la magnitud de un futuro gran terremoto. Se pueden calcular probabilidades, estudiar fallas, elaborar mapas de amenaza y analizar secuencias de réplicas; predecir el siguiente gran seísmo, en el sentido cotidiano de la palabra, sigue fuera del alcance de la ciencia.

Varias sacudidas, pero no un planeta fuera de control

Lo excepcional de estas semanas no es que la Tierra haya empezado repentinamente a comportarse de otra manera. Es la proximidad temporal de varios terremotos muy potentes en lugares que ya eran sísmicamente peligrosos: Venezuela a finales de junio, México en julio, Colombia el 10 de agosto e Indonesia el 15. Juntos construyen una secuencia visual inquietante; separados sobre el mapa tectónico, cuentan historias distintas.

Y ahí está probablemente la respuesta menos espectacular, pero más importante. La Tierra siempre está en movimiento. Sus placas avanzan apenas unos centímetros al año, casi nada a escala humana, hasta que en unos segundos liberan la tensión acumulada durante décadas. Durante algunas semanas escuchamos varios de esos crujidos casi seguidos. No significa que el planeta haya cambiado de marcha. Significa que, durante un rato, hemos oído con especial claridad cómo funciona.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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