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Naturaleza

¿Por qué el calor extremo está ‘hirviendo’ patatas en Corea del Sur?

El calor récord en Corea del Sur deja patatas hervidas, fruta quemada y pérdidas agrícolas mientras el país afronta temperaturas históricas.

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patatas en Corea del Sur

Las patatas salen de la tierra blandas, deformadas, con una consistencia que los propios agricultores comparan con la de un tubérculo hervido. No han pasado por una olla. Ni por una fábrica. Se han estropeado bajo el suelo, castigadas por semanas de temperaturas extraordinarias en Corea del Sur. En algunas explotaciones de la provincia montañosa de Gangwon, campos que parecían perfectamente sanos apenas unos días antes se han convertido en cosechas prácticamente perdidas.

La imagen tiene algo de extravagante —patatas que parecen cocinadas bajo tierra—, pero el episodio es bastante menos pintoresco de lo que parece. Forma parte de una ola de calor histórica que llevó a Yangsan, en el sureste del país, hasta los 42,5 °C el 2 de agosto, la temperatura más alta registrada en Corea del Sur desde el inicio de las observaciones meteorológicas modernas en 1904.

El balance humano y económico tampoco permite demasiadas bromas. Al menos 31 personas han muerto por causas vinculadas al calor, mientras las temperaturas extremas han golpeado cultivos, granjas y piscifactorías. Lo que parecía una sucesión de jornadas sofocantes se ha convertido en una emergencia que atraviesa el país desde los campos agrícolas hasta los hospitales.

Lo que está ocurriendo en el campo surcoreano ayuda a entender un problema que los termómetros urbanos explican sólo a medias. Una ola de calor no consiste únicamente en que caminar por Seúl resulte desagradable o en que el aire acondicionado trabaje horas extra. Cuando el episodio se prolonga, el suelo acumula calor, el agua escasea, los frutos se queman, los animales sufren estrés térmico y los agricultores se encuentran con un dilema bastante cruel: protegerse ellos mismos o salir a salvar lo que todavía queda vivo.

Patatas blandas bajo una tierra convertida en horno

Uno de los casos que más ha llamado la atención se encuentra en Yanggu, en la provincia de Gangwon, una región montañosa del noreste surcoreano próxima a la frontera con Corea del Norte. Allí, el agricultor Lee Sang-hyuk encontró patatas blandas y deterioradas al desenterrarlas. Llevaba alrededor de cuatro décadas trabajando el campo y aseguró no haber presenciado algo semejante. No era una parcela aislada: otros cultivos de la zona mostraban daños similares.

La expresión de las patatas “hervidas” es, claro, una descripción visual, no un proceso de cocción literal. Pero refleja bien lo ocurrido. La patata desarrolla sus tubérculos bajo tierra y depende de unas condiciones relativamente estables de temperatura y humedad. Un periodo prolongado de calor extremo altera ese pequeño refugio subterráneo: aumenta la temperatura del terreno, dispara la pérdida de agua y somete al cultivo a un estrés para el que determinadas variedades y ciclos agrícolas no están preparados.

El problema aparece precisamente porque enterrarse deja de ser una ventaja. El suelo normalmente amortigua los vaivenes del aire, pero después de muchos días abrasadores puede ir acumulando energía como una pared que ha recibido sol durante toda la tarde. En lugar de proteger la patata, termina rodeándola de un ambiente demasiado cálido. El resultado puede ser deterioro del tejido, pérdida de calidad y cosechas inutilizables cuando finalmente llega el momento de levantarlas.

En Gangwon no han sufrido sólo las patatas. Miles de pyeong —la unidad tradicional coreana de superficie, equivalente aproximadamente a 3,3 metros cuadrados— de coles terminaron aradas de nuevo sobre el propio terreno después de quemarse mientras los productores retrasaban la recolección a la espera de mejores precios. Un mal cálculo comercial en circunstancias normales; con temperaturas excepcionales, una ruleta rusa.

Los 42,5 grados que rompieron más de un siglo de registros

El episodio agrícola no puede separarse del récord meteorológico. Yangsan alcanzó 42,5 °C el 2 de agosto, superando los registros conocidos desde que comenzaron las observaciones modernas del país en 1904. La ciudad ya había ido batiendo marcas durante los días anteriores y llegó a encadenar jornadas por encima de los 40 grados.

La magnitud obligó a extender las alertas de máximo nivel por calor. La Administración Meteorológica de Corea llegó a emitir advertencias severas para zonas de Seúl y la vecina provincia de Gyeonggi, mientras las autoridades recomendaban suspender labores agrícolas, deporte y trabajos al aire libre durante los momentos más peligrosos del día.

Y ahí aparece una de las contradicciones del calor extremo. A un ciudadano se le puede recomendar permanecer unas horas bajo techo. A un agricultor cuyo melocotonero está perdiendo la fruta, no tanto. El campo funciona con relojes biológicos, no con circulares ministeriales. La planta continúa necesitando agua, la fruta sigue madurando y los animales no dejan de sufrir porque el termómetro haya entrado en zona roja.

Dos grandes sistemas de altas presiones actuando como una tapa

La meteorología explica parte del episodio mediante la coincidencia de dos grandes sistemas: la alta presión del Pacífico Norte y la alta presión tibetana. Ambas cubrieron la península como una especie de tapadera atmosférica, reduciendo la formación de nubes y favoreciendo que el calor se acumulase durante días.

La comparación doméstica resulta casi demasiado apropiada. Una tapa conserva el calor de una olla; estos sistemas hicieron algo parecido a escala territorial. No significa que todo pueda atribuirse a una única causa ni que cada récord térmico sea idéntico, pero sí que las condiciones meteorológicas extremas se producen sobre un planeta cuya temperatura media de fondo ha aumentado durante las últimas décadas.

Asia, de hecho, se está calentando con rapidez creciente. La tendencia observada entre 1991 y 2025 fue aproximadamente dos veces más intensa que durante el periodo 1961-1990, según los registros climáticos internacionales. En 2025, Corea del Sur ya había registrado su verano más cálido hasta entonces. Un año después ha llegado otro récord, esta vez de esos que obligan a volver a dibujar la escala del termómetro.

Manzanas quemadas, melocotones abiertos y sandías blandas

Sería cómodo pensar que las patatas son una rareza especialmente sensible. No lo son. Las frutas también están mostrando daños visibles. Agricultores surcoreanos han detectado quemaduras solares en manzanas: las zonas directamente expuestas pierden color, se dañan y pueden terminar blanqueándose. Algunos melocotones, mientras tanto, se están abriendo por efecto del estrés sufrido por el fruto.

El momento es especialmente incómodo para los productores de manzana. Parte de la cosecha debería madurar y adquirir su color característico antes de Chuseok, la gran festividad de la cosecha coreana que se celebra a finales de septiembre y genera una fuerte demanda alimentaria. En algunos árboles, sin embargo, el desarrollo se ha frenado y sólo la cara directamente orientada hacia el sol muestra coloración, precisamente la parte que corre mayor riesgo de quemarse si persisten las temperaturas extremas.

Más al sur, en Gwangju, productores de sandía han encontrado frutos que aparentemente conservaban buena calidad y dulzor y que, en apenas unos días, se volvieron blandos e inutilizables. En Damyang, provincia de Jeolla del Sur, una agricultora perdió plantones de fresa que llevaba tres meses cultivando. El calor no llega como una excavadora que destruye todo de golpe; a veces trabaja de forma más traicionera. Una fruta parece bien el lunes y el jueves se ha convertido en desperdicio.

Cuando perder una cosecha significa también perder meses de inversión

A la pérdida física se suma la financiera. Corea del Sur dispone de seguros agrícolas, pero la cobertura depende del producto, la modalidad de cultivo, la zona y las condiciones contratadas. El sistema contempla decenas de productos agrícolas —entre ellos patatas, manzanas, melocotones, sandías y fresas—, aunque existen distintos niveles y criterios de aseguramiento. No toda explotación dañada termina necesariamente cubierta por la póliza que necesitaría ante una situación excepcional.

Para una familia agrícola, ahí termina la fotografía curiosa y comienza la contabilidad. Una planta perdida supone semillas, fertilizante, agua, combustible y meses de trabajo que no regresan. Cuando las indemnizaciones no alcanzan el daño real, la anomalía meteorológica puede transformarse directamente en deuda agraria.

También existe una derivada para el consumidor. Las autoridades todavía no habían podido cuantificar por completo el daño total sobre los cultivos cuando trascendieron los primeros casos, pero los agricultores temen que una menor disponibilidad de frutas y verduras pueda presionar los precios precisamente antes de Chuseok, cuando las familias compran grandes cantidades de alimentos.

De la cosecha perdida a una emergencia nacional

Las dimensiones del episodio van bastante más allá de las verduras. Hasta el último balance conocido, el calor había sido relacionado con al menos 31 muertes en Corea del Sur. También habían muerto más de 900.000 animales de granja y 1,4 millones de peces criados en instalaciones acuícolas, un recordatorio de que una ola térmica no termina en la superficie terrestre: el calentamiento del agua puede resultar igualmente letal para determinadas especies.

Las cifras fueron creciendo a medida que avanzaba el episodio. A comienzos de agosto, cuando el balance mortal todavía era inferior, una parte importante de las víctimas eran personas de edad avanzada. Es el patrón habitual de estos fenómenos: ancianos, trabajadores expuestos y personas con viviendas precarias soportan una parte desproporcionada del riesgo.

En algunos barrios de pequeñas habitaciones de Seúl, las autoridades habilitaron alojamientos temporales climatizados, mientras bomberos y funcionarios recorrían las calles buscando a residentes especialmente vulnerables. Tener aire acondicionado deja de ser una comodidad cuando una vivienda conserva durante la noche el calor acumulado durante el día. Puede convertirse, sencillamente, en una cuestión de salud pública.

El calor llegó incluso al deporte profesional. Partidos de béisbol tuvieron que ser suspendidos y la demanda eléctrica aumentó al dispararse el uso del aire acondicionado. Una emergencia climática moderna tiene esa extraña capacidad para tocarlo todo a la vez: hospitales, red eléctrica, agricultura, ocio, vivienda y alimentación. No avanza por departamentos administrativos.

El presidente surcoreano, Lee Jae Myung, calificó la situación de desastre nacional y reclamó una revisión profunda del sistema de respuesta ante emergencias. Su diagnóstico político contiene quizá el aspecto más importante de todo el episodio: acontecimientos que durante décadas podían tratarse como excepcionales empiezan a exigir estructuras pensadas para riesgos capaces de repetirse.

El campo frente a un calor para el que no fue diseñado

Las patatas blandas de Gangwon son llamativas porque convierten una abstracción enorme —el calentamiento, los récords térmicos, las curvas climáticas— en algo que cabe en una mano. Una patata arrugada. Una manzana con la piel quemada. Un melocotón abierto antes de tiempo. El clima también se mide así, en cosas pequeñas que dejan de comportarse como lo habían hecho durante décadas.

No significa que Corea del Sur vaya a dejar de producir estos alimentos ni que una sola ola de calor permita anticipar por sí misma cada cosecha futura. Sí muestra, con bastante poca sutileza, el tipo de adaptación que empieza a exigir la agricultura: variedades más tolerantes al calor, calendarios de cultivo revisados, sistemas de riego y sombreado más eficaces, seguros capaces de reflejar riesgos nuevos y alertas meteorológicas pensadas para quienes no pueden sencillamente apagar el ordenador y quedarse en casa.

La propia evolución climática asiática hace difícil despachar lo sucedido como una extravagancia de 2026. Los registros llevan años mostrando una aceleración del calentamiento regional y episodios extremos cada vez más relevantes para economías, ciudades y ecosistemas. No todos los veranos serán iguales, desde luego. Pero el marco dentro del que ocurren tampoco es el mismo que hace medio siglo.

Por eso la historia de las patatas “hervidas” funciona tan bien como titular y tan mal como simple anécdota. Bajo el suelo de Gangwon no apareció una curiosidad de verano, sino una señal bastante concreta de lo que ocurre cuando la agricultura diseñada para un clima se encuentra, de pronto, cultivando en otro.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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