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Naturaleza

¿Por qué el eucalipto aviva el gran incendio de Niebla en Huelva?

El eucalipto agrava el incendio de Niebla por su corteza, aceites y pavesas, un cóctel que complica seriamente la extinción en Huelva entera.

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arboles quemados de eucalipto

El eucalipto se ha convertido en uno de los factores que explican el comportamiento extraordinariamente agresivo del incendio forestal de Niebla, iniciado el 6 de agosto en el paraje de Raboconejo, en Huelva. No porque el árbol origine por sí mismo un incendio —conviene separar causa y propagación—, sino porque determinadas características de su madera, sus hojas y, sobre todo, su corteza pueden proporcionar al fuego abundante combustible y favorecer la aparición de focos secundarios lejos del frente principal. Infoca considera esta vegetación una de las grandes singularidades del incendio.

La dimensión del problema tampoco es pequeña. Los primeros cálculos manejados por la Junta apuntan a que alrededor del 40% de la masa forestal afectada corresponde a eucalipto. El fuego ha obligado a desplegar a más de 1.000 efectivos civiles y militares y ha afectado a once localidades de Huelva y Sevilla. A 15 de agosto, buena parte del perímetro había podido ir cerrándose, aunque el sector oriental continuaba concentrando la mayor preocupación del operativo.

Por qué llaman al eucalipto el «árbol de la gasolina»

La expresión es efectista, casi demasiado perfecta para un titular, pero detrás existe un fenómeno real. Alejandro García, director del Centro de Operaciones Operativas de Infoca y especialista en grandes incendios forestales, ha señalado tres elementos particularmente problemáticos: una madera con elevado poder calorífico, cortezas capaces de desprenderse durante la combustión y hojas que contienen aceites esenciales cuya inflamabilidad aumenta bajo determinadas condiciones de temperatura y sequedad.

Eso no significa que un eucaliptal vaya a incendiarse espontáneamente ni que todos los eucaliptos tengan idéntico comportamiento. El fuego forestal es bastante menos cómodo que cualquier explicación de una sola frase. Influyen la humedad de la vegetación, la cantidad de combustible acumulado, el viento, la temperatura, la continuidad de la masa forestal, la orografía y la propia intensidad que alcanza el incendio.

Pero algunas especies de eucalipto reúnen características poco amables cuando las llamas ya están ahí. Estudios experimentales sobre Eucalyptus globulus, por ejemplo, han encontrado una elevada inflamabilidad asociada a sus aceites esenciales y compuestos volátiles. También se ha documentado que determinadas tiras de corteza pueden transportar el fuego hacia las copas y favorecer su propagación por delante del frente.

Las pavesas convierten un incendio en muchos incendios

Ahí aparece probablemente el aspecto más importante para entender lo ocurrido en Niebla. Cuando fragmentos de corteza, hojas o pequeñas ramas arden y son elevados por una columna de humo, el viento puede transportarlos a distancia. Son pavesas, materiales incandescentes que, si aterrizan sobre vegetación suficientemente seca, pueden generar un nuevo foco.

Ya no existe entonces una única línea de llamas avanzando de manera más o menos ordenada, algo que los equipos puedan atacar únicamente desde sus flancos. Aparecen fuegos por delante del incendio principal, algunos detrás de las líneas de defensa o al otro lado de carreteras y cortafuegos. El paisaje empieza, literalmente, a encenderse por piezas.

Infoca ha descrito precisamente este mecanismo en Niebla. Los troncos y cortezas pueden emitir partículas que ascienden por la columna de humo, continúan ardiendo y vuelven a encontrar oxígeno al salir de ella. Cuando caen sobre combustible seco, los focos secundarios tienen una elevada capacidad de prender. El fenómeno, conocido técnicamente como spotting, está ampliamente documentado en incendios de bosques de eucalipto.

El problema no es solo el árbol, sino el paisaje

Convertir al eucalipto en el villano único sería cómodo, pero científicamente pobre. Un incendio extremo necesita algo más que una especie inflamable. El de Niebla se ha encontrado con combustibles extremadamente secos, una importante continuidad vegetal y un viento que ha cambiado repetidamente de dirección. Durante varios días, los responsables de extinción apenas encontraron esas llamadas ventanas de oportunidad en las que temperatura, viento y humedad permiten atacar con mayor seguridad y eficacia.

Juanma Moreno describió el comportamiento del viento casi como una ruleta: norte, este, oeste, sur. El resultado operativo es incómodo de imaginar y peor de combatir. Un flanco que parecía relativamente favorable puede convertirse en cabeza del incendio después de un cambio de viento. El dispositivo tiene que recolocarse, proteger nuevas zonas y volver a calcular hacia dónde puede correr el fuego.

A eso se suma la convección. Los grandes incendios liberan tanta energía que pueden alterar el aire situado sobre ellos, crear potentes columnas ascendentes y transportar material incandescente. El incendio deja entonces de comportarse únicamente según la meteorología exterior y comienza, hasta cierto punto, a fabricar su propio entorno inmediato. No es una figura literaria: es uno de los grandes problemas de los incendios forestales de alta intensidad.

Marc Castellnou, jefe del Grupo de Actuación Forestal de los Bomberos de la Generalitat de Cataluña, ha señalado en el análisis del incendio de Niebla la persistencia de un comportamiento extremo tanto durante el día como por la noche. Ese detalle importa. Tradicionalmente, la madrugada ofrece humedades mayores y temperaturas inferiores que reducen la intensidad del fuego; cuando ese respiro apenas llega, la extinción pierde horas preciosas.

Una corteza capaz de llevar el fuego más allá del frente

La corteza del eucalipto merece capítulo propio porque explica una aparente paradoja: una franja sin llamas no siempre significa que el incendio se haya detenido.

Ciertos eucaliptos desprenden tiras y fragmentos ligeros de corteza que pueden prender, elevarse y viajar impulsados por el viento y la corriente térmica. Investigaciones realizadas durante décadas en Australia han identificado esta corteza como un elemento especialmente relevante en la generación de incendios secundarios. El problema es conocido hasta el punto de que la gestión forestal australiana evalúa específicamente el riesgo asociado a la corteza para estimar la capacidad de un incendio de lanzar pavesas.

En un paisaje muy seco, basta después con que esos fragmentos encuentren hojarasca, matorral o restos vegetales disponibles para quemar. Y cuanto mayor sea la cantidad de combustible acumulado bajo las copas, más fácil resulta que una pequeña ignición termine convirtiéndose en algo serio.

De ahí que hablar únicamente de árboles pueda resultar engañoso. La gestión del sotobosque, la discontinuidad entre masas forestales y la reducción del combustible disponible también condicionan brutalmente el resultado. Las investigaciones sobre plantaciones de eucalipto han advertido precisamente de que la gestión de las capas de vegetación inferiores resulta determinante para reducir el potencial de comportamientos extremos.

El 40% de eucalipto abre un debate después del incendio

La magnitud alcanzada por el incendio de Niebla ha trasladado la discusión del terreno de la extinción al de la política forestal. La Junta de Andalucía plantea revisar las grandes superficies continuas de eucalipto existentes en las zonas afectadas. Moreno ha anunciado la intención de trabajar con otras administraciones para reducir progresivamente esas masas y sustituir parte de ellas por vegetación autóctona.

No será un debate sencillo. El eucalipto lleva décadas formando parte del paisaje productivo de numerosos territorios de la Península y tiene aprovechamientos económicos claros, principalmente relacionados con la industria forestal y papelera. Tampoco toda plantación presenta el mismo riesgo: importan su densidad, edad, mantenimiento, estructura, especies presentes debajo de los árboles y conexión con otras masas combustibles.

La cuestión que deja Niebla es otra. Cuando grandes extensiones continuas de una vegetación capaz de producir abundante combustible y pavesas coinciden con sequedad extrema, altas temperaturas y viento, el margen para contener un incendio puede desplomarse. Un bosque no es una colección de árboles colocados sobre un mapa; funciona como un sistema. Y en los grandes fuegos importa tanto qué crece como la manera en que crece.

Niebla muestra cómo cambia un gran incendio forestal

El fuego iniciado el 6 de agosto ha acumulado jornadas de enorme complejidad y ha requerido uno de los mayores despliegues recientes de medios de extinción en Andalucía. El 15 de agosto participaban más de 1.000 efectivos civiles y militares, junto con alrededor de 315 medios terrestres y aéreos contabilizados en el balance global del dispositivo. La UME llegó a movilizar cerca de 450 militares y más de un centenar de medios.

También ha dejado una imagen menos visible que las llamas. El humo alcanzó zonas alejadas del frente y obligó a reforzar la vigilancia de la calidad del aire. La Junta informó durante el episodio de concentraciones elevadas de partículas y ozono en algunos puntos, mientras recomendaba precaución especialmente a mayores, menores y personas con problemas respiratorios.

El eucalipto, por tanto, no explica por sí solo el incendio de Niebla y mucho menos su origen. Sí ayuda a comprender por qué el fuego ha podido presentar determinados comportamientos extremos: alta disponibilidad de combustible, cortezas capaces de generar pavesas, focos secundarios y una masa vegetal continua sometida a condiciones meteorológicas muy adversas.

Después del fuego, el debate será qué vuelve a crecer

Apagar las llamas será solamente la primera mitad de la historia. Después llegará un paisaje ennegrecido, suelos expuestos a la erosión y miles de hectáreas en las que habrá que decidir qué se recupera, qué se replanta y de qué manera se reduce el riesgo de repetir el mismo escenario.

El incendio de Niebla ha puesto al eucalipto en el centro de esa discusión, quizá de una manera que ninguna comisión técnica habría conseguido. La denominación de «árbol de la gasolina» simplifica demasiado un fenómeno complejo, pero sirve para entender algo esencial: cuando el combustible, la sequedad, el viento y la estructura del monte se alinean, una especie con gran capacidad para propagar pavesas deja de ser un detalle botánico.

Se convierte en una pieza del incendio. Y, cuando el fuego alcance finalmente su fin, también tendrá que convertirse en una pieza de la reconstrucción del monte.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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