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Salud

Qué ocurre con el peso después de dejar Ozempic o Wegovy

Los datos de miles de pacientes dibujan un panorama menos uniforme de lo que sugieren los ensayos clínicos.

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vuelve el peso al dejar fármacos GLP-1 en 2 años

Dejar un fármaco GLP-1 no significa necesariamente recuperar de inmediato todo el peso perdido. Un análisis de datos clínicos de Estados Unidos encontró que, seis meses después de interrumpir semaglutida o tirzepatida, entre el 28 % y el 33 % de los pacientes estudiados había recuperado peso; el resto lo mantenía o seguía adelgazando. A los 18 meses, la mayoría no había recuperado lo perdido o incluso había bajado más, según los investigadores. El resultado no elimina el riesgo de rebote, pero sí cuestiona que la recuperación sea rápida e inevitable en todos los casos.

La diferencia con los ensayos clínicos publicados hasta ahora es importante: en algunos, el peso volvió a subir de forma marcada tras retirar el tratamiento. Sin embargo, el nuevo análisis todavía se prepara para revisión por pares y tiene limitaciones propias de los estudios observacionales. Además, no ofrece una respuesta concluyente sobre qué sucede exactamente a los dos años. La evidencia disponible apunta a trayectorias distintas, no a una regla única para todas las personas.

Qué encontraron los datos de pacientes reales

El equipo de nference analizó información clínica de más de 135.000 pacientes que habían recibido un único fármaco GLP-1 durante un año. Para reconstruir la evolución, utilizó inteligencia artificial sobre 14 millones de notas médicas y 15 millones de entradas de datos clínicos. El trabajo se centró en personas que dejaron semaglutida o tirzepatida, medicamentos comercializados, entre otras marcas, como Ozempic y Wegovy, y Mounjaro y Zepbound. Es un conjunto amplio de datos de atención habitual, no un ensayo diseñado para asignar tratamientos y controlar todas las variables.

Entre casi 18.000 usuarios de tirzepatida, 1.615 interrumpieron el tratamiento. A los seis meses, alrededor del 28 % había recuperado peso, un 36 % mantenía la pérdida y otro 36 % había seguido adelgazando. En el grupo de semaglutida, de 37.500 usuarios, 2.567 dejaron el fármaco: cerca del 33 % recuperó peso, el 32 % mantuvo lo perdido y el 35 % continuó perdiendo. En ambos grupos, por tanto, alrededor de dos de cada tres pacientes no mostraban una recuperación de peso en ese primer corte semestral.

La mediana del cambio de peso a los seis meses fue del 0 %. Dicho de otro modo, al ordenar los resultados de los pacientes, el caso situado en el centro de la distribución no mostraba un cambio neto en ese momento. Esa cifra no significa que todos conservaran exactamente el mismo peso ni que nadie hubiese recuperado kilos: resume una variedad de situaciones en un solo valor. La mediana tampoco sustituye a los porcentajes de cada grupo, que revelan que hubo pacientes que adelgazaron y otros que recuperaron peso.

Los investigadores también comunicaron que, en el seguimiento más amplio, la mayoría de los pacientes no había recuperado el peso perdido o había continuado adelgazando 18 meses después de dejar la medicación. Pero los datos detallados que se han difundido describen sobre todo el punto de los seis meses. No se ofrecen aquí porcentajes equivalentes para cada fármaco a los 18 meses ni una medición específica al cumplir dos años. Por eso, el análisis no permite afirmar que el peso no vuelva a subir en ese plazo, ni establecer una cifra fiable de recuperación a los dos años.

Por qué no coincide con los ensayos clínicos

El contraste más citado procede de un estudio financiado por Novo Nordisk y publicado en 2022. En el seguimiento de participantes que habían usado semaglutida, el promedio fue recuperar dos tercios del peso perdido durante el año posterior a la retirada. Ese resultado describe el comportamiento medio de un grupo bajo las condiciones de un ensayo; no significa que cada participante recuperara esa misma proporción ni que el proceso se repitiera de forma idéntica en la práctica cotidiana. Una media de ensayo y la distribución de resultados de una base clínica responden a preguntas relacionadas, pero no idénticas.

Los ensayos controlados suelen comparar grupos definidos con un protocolo común y un seguimiento planificado. Los análisis de historias clínicas, en cambio, observan lo que ocurre en consultas reales, donde los tratamientos, las interrupciones y las circunstancias personales pueden variar. Esa diferencia ofrece una fotografía más cercana a la práctica diaria, pero hace más difícil separar el efecto de dejar el fármaco de otros factores que influyen en el peso. La vida real aporta diversidad; el control experimental ayuda a atribuir causas.

En el análisis de nference no se pudo tener plenamente en cuenta la situación médica de cada paciente, la cantidad de medicamento que había recibido ni los factores de estilo de vida. Tampoco se puede asumir que todas las personas interrumpieran el tratamiento en las mismas condiciones o por el mismo motivo. Una interrupción por efectos adversos, una pausa relacionada con el acceso al medicamento y una decisión tomada tras alcanzar una meta pueden acompañarse de contextos distintos. Si esos elementos no se miden por completo, pueden influir en el resultado observado sin que sea posible cuantificar su peso.

Hay otra cautela: los resultados se están preparando para revisión por pares, el proceso en el que especialistas independientes evalúan el trabajo antes de su publicación científica formal. Eso no invalida los datos, pero sí aconseja tratarlos como preliminares y no como una conclusión definitiva que desplace por sí sola los ensayos controlados. La interpretación más prudente es que el nuevo análisis abre una posibilidad relevante: la recuperación tras suspender estos medicamentos podría ser menos uniforme de lo que sugieren algunos promedios clínicos.

Qué hace el tratamiento y qué cambia al suspenderlo

Los fármacos GLP-1 imitan la acción de una hormona que participa en la regulación del apetito y del azúcar en sangre. En términos sencillos, pueden ayudar a que la persona se sienta saciada con menos comida y a que esa sensación dure más. La semaglutida y la tirzepatida actúan sobre vías relacionadas, aunque no son el mismo medicamento. Parte de la pérdida de peso se produce mientras está presente ese efecto farmacológico sobre el hambre y la saciedad.

Al interrumpir el tratamiento, el efecto del fármaco deja de estar disponible. Por eso puede volver el apetito que estaba más contenido y resultar más difícil mantener la cantidad de comida que se consumía durante la terapia. En ese sentido, no es extraño que algunas personas recuperen parte del peso: el mecanismo que facilitaba comer menos ya no actúa del mismo modo. El cambio no demuestra por sí solo una falta de voluntad; también refleja la retirada de una ayuda biológica.

Ahora bien, que el apetito pueda aumentar no permite predecir cuánto cambiará el peso de una persona concreta ni en qué plazo. Los hábitos adquiridos durante el tratamiento, el contexto de salud y otros aspectos de la vida cotidiana pueden acompañar la evolución, pero el análisis disponible no permite aislar cuánto contribuye cada uno. Los autores sospechan, además, que los fármacos podrían producir cambios en el equilibrio energético, la regulación del apetito y el uso de grasa que persistan un tiempo después de dejarlos. Se trata de una hipótesis explicativa, no de un mecanismo demostrado por este estudio.

El análisis encontró asociaciones entre la recuperación y ciertos factores, como ansiedad, anemia, cambios en la hormona tiroidea durante el tratamiento que se mantuvieron dentro de los límites normales, depresión y prescripción de antibióticos tras la interrupción. Pero que dos fenómenos aparezcan relacionados no prueba que uno cause el otro. Los propios investigadores señalaron que no podían vincular directamente esos factores con el aumento de peso. Estas observaciones sirven para plantear nuevas preguntas, no para atribuir una causa clínica a cada caso.

El papel de los hábitos y del seguimiento

En los pacientes que recibieron asesoramiento sobre ejercicio después de su última prescripción conocida del GLP-1, las probabilidades de mantener la pérdida de peso fueron casi el doble que entre quienes no recibieron ese asesoramiento. Es una asociación llamativa, pero el diseño observacional no demuestra que el consejo, por sí solo, provocara la diferencia. También podría reflejar que quienes recibieron seguimiento tenían otras características o apoyos que influyeron en su trayectoria. El dato apunta a que el contexto posterior al tratamiento importa, aunque no mide el efecto aislado del ejercicio.

El exdirector de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, David Kessler, quien utilizó un GLP-1 para perder peso y luego lo suspendió, sostuvo que mantener el beneficio requiere evitar el regreso a los hábitos alimentarios anteriores. Su experiencia no reemplaza un estudio clínico, pero expresa una idea coherente con la función de estos fármacos: si durante el tratamiento disminuye el consumo de calorías y, al retirarlo, vuelve el apetito, los patrones cotidianos pueden influir en lo que ocurre después. La medicación puede facilitar un cambio, pero no garantiza que este se mantenga automáticamente al dejarla.

Los investigadores de nference no descartan que los cambios de comportamiento expliquen parte de los resultados favorables, aunque consideran posible que también persistan cambios fisiológicos después de la interrupción. El análisis no permite elegir entre esas explicaciones ni establecer cuánto aporta cada una. Esto ayuda a entender por qué dos personas que dejan el mismo medicamento podrían seguir caminos distintos: el resultado depende de más elementos que el nombre del fármaco y la fecha en que se suspende. La variabilidad individual es precisamente una de las cuestiones que la investigación futura deberá aclarar.

La información tampoco permite deducir que sea seguro suspender el tratamiento sin supervisión ni ofrece una pauta para hacerlo. La indicación de un fármaco puede estar vinculada al control del peso, a la diabetes tipo 2 o a otras circunstancias médicas, y la decisión de continuarlo o interrumpirlo corresponde al profesional que conoce ese contexto. Un estudio sobre trayectorias de peso no sustituye la valoración clínica de los beneficios y riesgos de cada tratamiento.

La obesidad y la duración del tratamiento

Novo Nordisk y Eli Lilly han descrito la obesidad como una enfermedad crónica para la que algunas personas pueden necesitar tratamiento a largo plazo. Esa posición concuerda con la posibilidad de que el apetito y el peso vuelvan a cambiar al retirar el medicamento, pero no implica que todo paciente deba tomarlo de por vida. Los especialistas siguen intentando determinar quién puede mantener los resultados sin tratamiento, quién puede necesitar una estrategia intermitente y quién podría beneficiarse de continuar. El debate no está cerrado: la duración adecuada no se puede deducir de un promedio.

En 2023, Novo Nordisk planteó que la recuperación del peso tras dejar semaglutida podría desarrollarse más lentamente y extenderse hasta cinco años. Esa afirmación, comunicada por la compañía a partir de sus propios datos, recuerda que los seguimientos de un año no describen necesariamente toda la trayectoria. Pero tampoco ofrece una predicción individual ni resuelve qué ocurrirá con quienes reciben otros medicamentos o tienen circunstancias diferentes. Los plazos largos son difíciles de establecer cuando los estudios disponibles siguen a los pacientes durante periodos limitados.

Que una parte de los pacientes mantenga o siga ampliando la pérdida tras dejar el fármaco no contradice automáticamente que la obesidad pueda requerir atención sostenida. Significa que hay resultados diversos y que algunas personas quizá conserven parte del beneficio sin continuar el mismo tratamiento. A la inversa, que un ensayo registre una recuperación media importante no significa que el rebote sea inevitable para todos. La idea de una trayectoria única simplifica en exceso una enfermedad y una respuesta al tratamiento que varían entre personas.

Qué se sabe y qué queda por responder

La evidencia difundida reúne dos mensajes que conviene mantener a la vez. Por un lado, los ensayos clínicos muestran que, en promedio, puede recuperarse una proporción considerable del peso perdido al suspender ciertos fármacos GLP-1. Por otro, el análisis de nference encontró que muchos pacientes de su red clínica no habían recuperado peso durante el seguimiento y que, a los seis meses, la mayoría de quienes dejaron semaglutida o tirzepatida mantenía la pérdida o seguía adelgazando. No son conclusiones necesariamente incompatibles: describen estudios distintos, con métodos y poblaciones diferentes.

La incertidumbre principal no consiste en elegir cuál de los dos resultados es el verdadero para todo el mundo, sino en saber qué factores explican las diferencias. El nuevo análisis no ajusta completamente por dosis, estado de salud y estilo de vida, mientras que los ensayos tampoco representan todos los caminos que aparecen en la atención cotidiana. Se necesitan investigaciones que sigan a los pacientes durante más tiempo y midan de manera clara el peso antes y después de la interrupción, así como las condiciones del tratamiento. Sin ese seguimiento, no puede establecerse con precisión cómo evoluciona la mayoría a los dos años.

También falta determinar si el mantenimiento observado en parte de los pacientes se relaciona sobre todo con cambios de conducta, con efectos fisiológicos persistentes, con tratamientos posteriores o con una combinación de factores. El análisis no permite separar esas posibilidades, y sus resultados todavía esperan revisión por pares. Por eso, una lectura responsable evita tanto el optimismo de asegurar que el peso no volverá como la certeza de que toda persona recuperará rápidamente lo perdido. La conclusión más sólida, por ahora, es que el rebote es posible y frecuente en algunos estudios, pero no uniforme ni inevitable en todos los pacientes.

Para quien ha perdido peso con estos medicamentos, la báscula después de suspenderlos no sigue un calendario idéntico para todos. El cuerpo puede responder de formas distintas, y los datos disponibles todavía no predicen con fiabilidad quién mantendrá la pérdida y quién recuperará parte de ella. La investigación empieza a dibujar un panorama más matizado, pero aún no convierte esa variabilidad en una predicción individual ni en una respuesta definitiva sobre los dos años.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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