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¿Quién es Alex Saab y por qué Venezuela lo entrega a EE UU?
Alex Saab, antiguo operador de Maduro, llega a EE UU como pieza clave para causas de corrupción y poder chavista en Miami.

Venezuela ha expulsado a Alex Nain Saab Moran, empresario colombo-venezolano y antiguo hombre de confianza de Nicolás Maduro, hacia Estados Unidos. Fue detenido en Caracas el pasado mes de febrero y el gobierno lo presenta como un ciudadano colombiano implicado en causas penales estadounidenses; Washington lo recibe como una pieza de enorme valor judicial, política y casi arqueológica: alguien que conoce los sótanos financieros del chavismo, las rutas de contratos públicos, las empresas pantalla y los nombres que durante años se movieron entre comida subvencionada, oro, petróleo, sanciones y poder. La noticia no es un simple traslado de custodia. Es el regreso de un archivo humano. Y de los que hablan, cuando hablan, con pólvora en los bolsillos.
Saab no era un funcionario cualquiera ni un empresario periférico con traje oscuro y agenda de contactos. Fue señalado durante años por Estados Unidos como operador financiero del entorno de Maduro, acusado de lavar dinero, de participar en tramas de sobornos y de enriquecerse con contratos públicos venezolanos, incluidos programas sociales destinados a alimentar a una población hundida por la crisis. Ya había sido detenido en Cabo Verde en 2020, extraditado a Miami en 2021 y liberado en 2023 tras una medida de clemencia concedida por Joe Biden dentro de un intercambio de presos entre Washington y Caracas. Ahora vuelve a manos estadounidenses por una vía distinta: no como trofeo diplomático de Maduro, sino como posible testigo contra el viejo núcleo del poder chavista.
El hombre que sabía demasiado del dinero chavista
Alex Saab nació en Colombia, construyó una carrera empresarial de contornos borrosos y terminó convertido en una figura central del ecosistema económico que rodeó a Maduro. Durante años fue presentado por Caracas como enviado especial, incluso como diplomático, una etiqueta que el chavismo utilizó para defenderlo cuando fue detenido en Cabo Verde. Para sus defensores, Saab era un operador necesario para sortear sanciones y conseguir alimentos, combustible o insumos en medio del cerco estadounidense. Para sus acusadores, era otra cosa: el engranaje que permitía convertir contratos estatales en fortunas privadas.
Su fuerza no estaba en los discursos, sino en los conductos. Saab representaba ese tipo de poder silencioso que rara vez sale al balcón, pero decide qué barco llega, qué empresa cobra, qué intermediario aparece y qué banco procesa el dinero. No mandaba desde el micrófono; mandaba desde la factura. En regímenes cerrados, esa clase de personaje resulta más útil que un ministro. Un ministro se quema en televisión. Un intermediario sobrevive en las sombras.
Estados Unidos lo persiguió por su presunto papel en esquemas de lavado y corrupción. El Departamento de Justicia lo acusó formalmente en 2019 junto a Álvaro Pulido, su socio, por una supuesta trama de sobornos vinculada al sistema cambiario venezolano y al uso de cuentas bancarias en Estados Unidos para mover fondos. Aquella causa lo llevó primero a Cabo Verde, después a Miami y finalmente a una inesperada salida política en 2023, cuando Biden le concedió clemencia para facilitar la liberación de estadounidenses presos en Venezuela. La historia parecía cerrada. No lo estaba. En la política venezolana, los muertos judiciales suelen respirar por debajo de la mesa.
CLAP, viviendas y empresas pantalla: el corazón del expediente
El nombre de Saab aparece asociado de forma recurrente al programa CLAP, los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, creado oficialmente para distribuir cajas de alimentos a familias pobres en Venezuela. Sobre el papel, comida. En la práctica, según el Tesoro estadounidense, un negocio gigantesco donde se inflaban contratos, se desviaban fondos y se pagaban sobornos a funcionarios y familiares del poder. La escena tiene algo obsceno: mientras millones de venezolanos hacían cola por harina, arroz o aceite, una red de intermediarios habría convertido el hambre en margen comercial.
La acusación estadounidense sostiene que Saab y Pulido usaron una red de empresas fachada para importar, empaquetar y distribuir alimentos, moviendo dinero por jurisdicciones extranjeras y estructuras societarias difíciles de rastrear. El Tesoro aseguró en 2019 que Saab se benefició de contratos sobrevalorados y que canalizó pagos hacia figuras cercanas a Maduro, incluidos los llamados “Los Chamos”, los hijos de Cilia Flores. La palabra técnica es corrupción. La palabra humana es saqueo, aunque los tribunales aún tengan que fijar exactamente quién hizo qué, cuánto y con qué pruebas.
También aparece el capítulo de la vivienda pública. En la acusación de 2019, el Departamento de Justicia describió una trama relacionada con contratos para construir viviendas sociales en Venezuela, supuestamente obtenidos mediante sobornos y usados para lavar beneficios. El detalle importa porque muestra la amplitud del personaje: Saab no era solo el hombre de las cajas de comida. Era, según los investigadores estadounidenses, un intermediario polivalente del Estado venezolano, capaz de moverse entre construcción, importaciones, alimentos, oro y relaciones exteriores de facto.
El oro es otra veta. El Tesoro estadounidense también lo vinculó a operaciones alrededor del sector aurífero venezolano, especialmente en un momento en el que el Gobierno de Maduro necesitaba transformar recursos físicos en divisas para sortear restricciones financieras. Ahí el tablero se vuelve más oscuro: oro que sale, empresas que triangulan, pagos que cruzan países, sanciones que empujan a caminos laterales. La economía de un régimen sancionado se parece a una casa con todas las puertas cerradas y demasiadas ventanas abiertas.
Por qué Venezuela lo entrega precisamente ahora
La pregunta política es inevitable: ¿por qué Caracas entrega a Saab ahora? La explicación oficial es administrativa y penal. Venezuela sostiene que Saab, identificado como ciudadano colombiano, está implicado en investigaciones abiertas en Estados Unidos. Esa fórmula no es inocente. Al llamarlo colombiano, Caracas esquiva el campo minado de una extradición de un nacional venezolano, algo que la legislación del país complica o directamente bloquea. No es un tecnicismo menor; es la cerradura escogida para abrir una puerta que hasta hace poco el chavismo juraba mantener blindada.
Pero la explicación real probablemente vive en una zona más amplia. Tras la caída política y judicial de Maduro y el ascenso de Delcy Rodríguez como figura de mando interino, Saab dejó de ser símbolo útil y empezó a parecer un lastre. Rodríguez lo apartó del Gabinete y lo despojó de funciones que lo habían convertido en puente para inversiones extranjeras. El mismo hombre que antes era protegido como “diplomático” pasó a ser presentado como extranjero problemático. La política tiene estas mudanzas: ayer mártir, hoy paquete.
¿Es una forma de contentar a Estados Unidos? En parte, sí, pero sería pobre dejarlo solo ahí. La entrega de Saab puede leerse como gesto de cooperación, como moneda en una negociación más amplia, como señal de distanciamiento frente al madurismo duro y como intento de la nueva dirección venezolana de ganar oxígeno ante Washington. También sirve para limpiar el salón antes de recibir visitas: si se quiere reconstruir una relación con EE UU, abrir petróleo, minería, inversiones o alivio de sanciones, conviene entregar alguna pieza que Washington lleva años reclamando.
Hay, además, una lógica interna. Saab sabe demasiado, pero también compromete demasiado. Para un nuevo poder que necesita sobrevivir entre militares, viejos cuadros chavistas, empresarios reciclados y presión estadounidense, mantenerlo cerca podía ser más peligroso que enviarlo lejos. Un preso incómodo en Caracas divide; un testigo en Miami amenaza, pero amenaza desde fuera. Y desde fuera, al menos, la responsabilidad se reparte entre jueces, fiscales, abogados y titulares internacionales.
Qué puede pasarle en Estados Unidos
Ahora Saab entra en el terreno más delicado: el judicial estadounidense. Lo primero será determinar bajo qué cargos concretos comparece, qué causas siguen vivas, qué investigaciones nuevas lo rodean y hasta dónde llega el efecto de la clemencia de 2023. Ese punto es crucial. La medida concedida por Biden estuvo vinculada a una causa concreta, no a una absolución universal de cualquier conducta pasada o futura. Dicho con menos terciopelo: haber salido antes no significa tener barra libre judicial para siempre.
Su riesgo principal no es solo una condena de prisión. Es quedar atrapado entre tres presiones. La primera, la penal, por eventuales cargos de lavado, conspiración, sobornos, fraude o delitos financieros. La segunda, la patrimonial, porque Estados Unidos suele perseguir decomisos, cuentas, inmuebles, empresas y beneficios considerados ilícitos. La tercera, mucho más explosiva, es la presión para colaborar. Si Saab decide negociar, puede ofrecer documentos, nombres, rutas de dinero y explicaciones sobre cómo funcionaba el aparato económico del chavismo. Si decide callar, puede enfrentarse a un proceso más duro. Si habla y miente, el sistema estadounidense también sabe cobrar esas facturas.
La gran pregunta para los fiscales no es solo qué hizo Saab, sino qué puede probar Saab sobre otros. En causas de criminalidad política y financiera, los documentos son importantes, pero los insiders son dinamita. No basta con enseñar una transferencia: hay que explicar por qué se hizo, quién la ordenó, qué se prometió, quién cobró y qué funcionario garantizó el negocio. Saab, si decide cooperar, podría ayudar a unir puntos dispersos en expedientes sobre comida, contratos, sobornos, oro, sanciones y poder político.
La posible utilidad de Saab aparece en el contexto del caso penal contra Maduro y Cilia Flores, llevados a Nueva York para afrontar cargos que incluyen conspiración de narcoterrorismo, acusaciones que ambos niegan. Ese proceso es complejo, porque no se gana solo con grandes titulares ni con la imagen del enemigo perfecto. Se gana con pruebas admisibles, testigos creíbles y una narración jurídica que resista a la defensa. Ahí Saab puede ser oro. O puede ser barro. Depende de lo que sepa, de lo que pueda demostrar y de cuánto confíen los fiscales en él.
Maduro, Cilia Flores y el valor de un testigo incómodo
El caso contra Maduro no es una pieza lateral. Es el gran telón de fondo. El expresidente venezolano afronta en Estados Unidos acusaciones gravísimas, entre ellas narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína, dentro de una causa que exige probar vínculos entre poder político, tráfico de drogas y grupos considerados terroristas por Washington. No basta con tener un villano; hace falta que las pruebas no se rompan al primer martillazo de la defensa.
Saab no aparece como el hombre de la droga, sino como el hombre del dinero. Esa diferencia importa. Un caso contra una cúpula política puede necesitar varios tipos de testigos: militares, operadores financieros, funcionarios, empresarios, intermediarios, antiguos aliados resentidos. Cada uno trae una pieza. Saab podría aportar la parte económica: cómo se pagaban favores, cómo se adjudicaban contratos, qué familias intervenían, qué empresas servían de pantalla, qué rutas se usaban para mover fondos y qué papel tenía el círculo más cercano de Maduro.
Hay un detalle especialmente incómodo: documentos judiciales revelados en 2022 indicaron que Saab cooperó durante un tiempo con la DEA antes de su detención, llegó a proporcionar información sobre sobornos y entregó más de 12 millones de dólares procedentes de actividades ilícitas. Eso lo convierte en un personaje de doble fondo. Para el chavismo duro, puede ser un traidor antiguo. Para los fiscales, un colaborador imperfecto. Para cualquier jurado, un testigo que habrá que mirar de cerca. Los buenos testigos rara vez vienen perfumados; los que conocen el barro suelen traer barro en los zapatos.
La defensa de Maduro, si Saab declara, intentará destruir su credibilidad. Dirá que negocia para salvarse, que adapta su relato, que ya fue usado políticamente, que pasó de protegido a entregado según sopló el viento. Y no sería una línea absurda. Precisamente por eso, si Estados Unidos quiere usarlo, necesitará respaldar su testimonio con documentos, registros bancarios, correos, contratos, sociedades, vuelos, llamadas y otros testigos. Un arrepentido solo es una voz. Un arrepentido con papeles puede convertirse en arquitectura.
La jugada de Caracas: cooperación, cálculo y miedo
La entrega de Saab también revela algo sobre el momento venezolano. El chavismo que durante años lo defendió como rehén de una agresión imperial ahora lo suelta con una frialdad casi notarial. No hay épica, no hay mural, no hay campaña de liberación. Hay un comunicado administrativo y una palabra cuidadosamente escogida: expulsión. La revolución, cuando hace contabilidad, pierde bastante poesía.
Delcy Rodríguez necesita demostrar que puede gobernar una Venezuela distinta sin romper del todo con el aparato que la sostiene. Ese equilibrio es endiablado. Por un lado, Washington exige cooperación, apertura económica y señales claras de ruptura con ciertas prácticas. Por otro, dentro del chavismo siguen existiendo sectores que ven cualquier concesión a Estados Unidos como una rendición. Entregar a Saab puede servir para enviar un mensaje externo, pero también incendia pasillos internos. Porque Saab no solo sabe de Maduro. Saab puede saber de muchos.
Para Washington, la operación tiene un valor simbólico y práctico. Simbólico, porque recupera a un hombre al que había perseguido durante años y que terminó liberado en 2023 por razones diplomáticas. Práctico, porque abre una nueva vía de información sobre estructuras financieras que no siempre se pueden reconstruir desde fuera. Estados Unidos lleva mucho tiempo intentando trazar el mapa del dinero chavista; Saab podría conocer calles que no aparecen en los satélites.
No conviene, sin embargo, convertirlo todo en una película sencilla de buenos y malos. Saab es presunto responsable de delitos hasta que un tribunal determine lo contrario. Maduro y Cilia Flores niegan las acusaciones. Venezuela actúa movida por intereses, no por súbita devoción a la transparencia. Estados Unidos también. En esta historia nadie entra vestido de blanco. Aquí todos llegan con una carpeta, una necesidad y algo que ocultar.
Un expediente hecho de hambre, petróleo y memoria
Alex Saab vuelve a Estados Unidos porque dejó de ser útil donde antes era imprescindible. Esa es la lectura más fría. Durante años fue presentado por el chavismo como escudo frente a las sanciones; ahora se convierte en posible palanca judicial contra el viejo poder que lo protegió. El giro es brutal, casi barroco: el hombre al que Maduro quiso traer de vuelta como victoria política puede terminar ayudando a los fiscales que investigan a Maduro.
Lo que arriesga Saab es mucho: cárcel, decomisos, pérdida de margen negociador y la hostilidad de quienes lo consideren un traidor. Lo que puede ganar, si coopera, es una reducción de daños. Lo que arriesga el chavismo es aún más difuso: que una parte de su economía secreta deje de ser rumor y se convierta en declaración jurada. Ahí está el verdadero peligro. No en el avión. No en la foto de llegada. En la memoria.
Venezuela lo entrega para aliviar presión, para negociar con Washington, para desprenderse de un símbolo tóxico y para marcar distancia con el círculo de Maduro. Todo a la vez. La política real rara vez escoge una sola razón; amontona motivos como quien mete ropa sucia en una maleta. Saab, de momento, es esa maleta. Y Estados Unidos acaba de abrirla.

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