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¿Usas mal el intermitente en rotonda? La DGT te multa

Un gesto muy común en las rotondas puede acabar en multa de la DGT: el intermitente izquierdo todavía provoca errores y sanciones en España.
La escena se repite en glorietas de media España con una naturalidad casi entrañable: un coche entra, se mantiene girando y deja puesto el intermitente izquierdo como si quisiera anunciar al mundo que todavía no va a salir. Parece un gesto útil, incluso cortés, una especie de “tranquilos, sigo dentro”. Pero la DGT no lo interpreta así. Mantener ese intermitente cuando no se está cambiando de carril ni abandonando la rotonda es un uso incorrecto de la señalización, una maniobra que no solo puede acabar en multa de 200 euros, sino que además añade una confusión innecesaria en uno de los puntos donde más errores se encadenan en pocos metros.
El aviso ha vuelto a circular con fuerza tras una publicación reciente de Motorpasión, que ha reabierto un debate viejo y muy español: el de las rotondas mal hechas, mal entendidas y, sobre todo, mal señalizadas. La cuestión de fondo no es menor. En una glorieta, el intermitente no se usa para narrar intenciones vagas, ni para expresar amabilidad, ni para “avisar” de que uno sigue dando vueltas. Se utiliza para dos cosas concretas: cambiar de carril y salir. Lo demás sobra. Y en tráfico, cuando sobra, molesta; cuando molesta, despista; y cuando despista, a veces acaba en golpe lateral, frenazo seco o denuncia.
El gesto que muchos hacen por costumbre y la DGT corrige sin rodeos
La confusión con el intermitente izquierdo en rotonda tiene algo de herencia oral. Mucha gente aprendió así, viendo a otros. Otros salieron de la autoescuela con medias certezas. Otros, sencillamente, creen que es una señal de educación vial, como quien levanta la mano al ceder el paso. El problema es que una glorieta no funciona con gestos sociales, sino con reglas cerradas y con una idea clave: la previsibilidad. Todo lo que ayude a que el resto sepa exactamente qué va a hacer cada vehículo mejora la seguridad. Todo lo que introduzca mensajes ambiguos la empeora.
Y el intermitente izquierdo fijo mientras se sigue circulando dentro del mismo carril es, precisamente, un mensaje ambiguo. Puede parecer una señal inocente, pero su lectura real para quien viene detrás o para quien intenta incorporarse es otra. Puede insinuar que se va a hacer un desplazamiento lateral, que se pretende buscar un carril interior, que se inicia un cambio de trayectoria. No anuncia con claridad ninguna maniobra útil. Solo añade ruido. La DGT lleva tiempo recordando que no hace falta señalizar la entrada a la glorieta ni tampoco que se continúa dentro de ella si no se va a cambiar de carril. Lo obligatorio es advertir la salida y los cambios interiores de carril. Ni más ni menos.
El detalle importa porque, durante años, las rotondas se han llenado de pequeñas liturgias inventadas. Está quien entra con el izquierdo puesto como si fuese a doblar en un cruce convencional. Está quien lo mantiene encendido durante media vuelta, convencido de que así “informa mejor”. Está quien enlaza izquierdo y derecho como si estuviera pilotando una avioneta. Todo eso produce una sensación engañosa: parece que el coche comunica mucho, cuando en realidad comunica mal. Y comunicar mal en tráfico es peor que callarse.
Una glorieta no es una cadena de giros a la izquierda
Aquí está la madre del cordero. Muchísimos errores nacen de una idea equivocada: pensar que circular por una rotonda equivale a ir doblando constantemente a la izquierda. No es así. La glorieta es una vía de sentido único que discurre en círculo, no una sucesión de cruces independientes. Esa diferencia, que parece teórica, cambia por completo el uso del intermitente.
Si un coche circula por una avenida recta de dos carriles y sigue su trazado sin variar de carril, no pone el intermitente para anunciar que sigue ahí. En una rotonda sucede algo parecido. Mientras se mantiene dentro del carril y continúa la trayectoria circular, no está ejecutando una maniobra que deba ser señalizada con el izquierdo. Solo está siguiendo la vía. Lo que sí requiere advertencia es el momento en que abandona esa trayectoria estable para hacer algo distinto: desplazarse a otro carril o tomar una salida. Ahí entra el intermitente derecho, puesto con la antelación suficiente, sin encenderlo a la vez que se gira, sin ese tic nervioso de última décima que no avisa a nadie de nada.
Este punto lo han repetido técnicos y formadores de la DGT, entre ellos responsables del área de formación de conductores, porque la mala señalización en rotondas sigue siendo una fuente constante de incidentes menores y de maniobras bruscas. No siempre acaba en accidente, claro. A menudo se queda en un volantazo feo, un frenazo, una discusión de ventanilla, un gesto con la mano. Pero la lógica es la misma. Cuando un conductor interpreta mal una luz, toma decisiones sobre una base falsa. Y una glorieta es, justamente, el lugar donde todo se decide en segundos cortos.
La falsa cortesía que complica la circulación
El origen del error tiene algo curioso: en muchos casos no nace de la agresividad, sino de una cortesía mal entendida. Hay conductores que activan el intermitente izquierdo pensando que así facilitan la vida al resto. Quieren avisar de que no van a salir todavía, quieren “ser claros”, quieren ayudar a quien espera para entrar. La intención puede ser buena. El resultado no lo es.
En una rotonda, la mejor cortesía no es inventar señales, sino respetar el lenguaje común de la circulación. Si cada cual añade un matiz personal a las luces, el código deja de ser código y pasa a ser interpretación. Uno cree que está ayudando; otro entiende que va a cambiar de carril; un tercero duda si puede incorporarse; un cuarto frena por si acaso. Y de pronto la glorieta, que estaba diseñada para ordenar, se vuelve un pequeño teatro de sospechas.
Esa mezcla de buena voluntad y mala técnica explica por qué la DGT insiste tanto en lo mismo. No porque el intermitente izquierdo dentro de la rotonda sea el mayor drama vial del país, sino porque es uno de esos errores extendidos que revelan un problema más profundo: todavía hay muchísimos conductores que circulan por glorietas por intuición, no por norma.
La multa existe, y no es por un detalle sin importancia
Conviene dejarlo claro: usar mal el intermitente no es una excentricidad menor ni una manía de examinador. La señalización incorrecta de maniobras forma parte de las infracciones de circulación que la DGT sanciona. En el caso del uso indebido del intermitente en rotondas, la referencia habitual es una multa de 200 euros. La cuantía encaja con el régimen general de las infracciones graves de tráfico y con el criterio que Tráfico ha venido sosteniendo desde hace años sobre la obligación de señalizar correctamente y no utilizar los indicadores de manera engañosa.
Eso enlaza con algo que a menudo se olvida: las luces del coche no son decorativas. No están para acompañar el movimiento como un adorno visual, sino para anticiparlo. Su función es preventiva. Cuando se usan tarde, mal o sin corresponder a una maniobra real, pierden su sentido. De hecho, la DGT ha insistido en que tan problemático puede ser no señalizar una maniobra como señalizar una que no existe. El primero oculta información; el segundo la falsea. Ninguna de las dos cosas ayuda.
En la práctica, muchas de estas sanciones no surgen de un agente apostado a la caza del intermitente izquierdo, sino del conjunto de la maniobra. Un conductor que mantiene mal señalizada su trayectoria, cambia de carril con torpeza o provoca una situación de conflicto en glorieta deja más rastro del que cree. Y si además se suma una salida desde el carril interior, una incorporación forzada o una falta de prioridad, la escena deja de parecer un simple despiste y se convierte en una maniobra objetivamente incorrecta.
Lo que sí hay que señalar, y cuándo hay que hacerlo
La norma, vista sin ruido, es bastante simple. Al entrar en la rotonda no hace falta indicar con intermitente que se accede a ella. Una vez dentro, si se mantiene el mismo carril y se continúa girando, tampoco hace falta encender el izquierdo. En cambio, sí es obligatorio y fundamental señalar con claridad los cambios de carril dentro de la glorieta y la salida, normalmente con el intermitente derecho.
Esto último tiene un matiz práctico importante. No sirve de nada activar el derecho cuando el morro del coche ya está prácticamente fuera de la rotonda. Eso no es señalizar; eso es acompañar la maniobra cuando ya ha empezado. La DGT insiste desde hace tiempo en la secuencia clásica: retrovisor, señalizar, maniobra. Primero se comprueba, luego se avisa, después se ejecuta. En glorietas, donde los espacios son cortos y las trayectorias se cruzan con facilidad, ese orden es todavía más importante.
También conviene recordar que el intermitente no otorga prioridad. Esto parece obvio, pero no lo es tanto cuando se ve la cantidad de coches que encienden la luz y se tiran al carril contiguo como si la bombilla abriera una compuerta. En una rotonda, como en cualquier otra vía, el vehículo que ya ocupa el carril tiene preferencia. La luz informa, no autoriza. Y esa diferencia es la que separa una maniobra correcta de un recorte de esos que luego acaban en parte amistoso con dientes apretados.
El gran lío español de las salidas desde dentro
Si hay un pecado capital en glorieta, ese no es el intermitente izquierdo: es la salida desde el carril interior. Ahí es donde se concentran los sustos más serios y, muchas veces, los golpes más absurdos. El coche va por dentro, se da cuenta de que su salida ya está encima y, en vez de recolocarse con tiempo o asumir una vuelta más, corta la trayectoria del carril exterior para salir en diagonal. Es una maniobra muy vista, casi normalizada. Y sigue estando mal.
La DGT ha sido bastante tajante con esto. Como norma general, la glorieta se abandona desde el carril exterior, tomándolo con suficiente antelación. Solo una señalización específica, por ejemplo una flecha pintada que lo autorice, puede permitir excepciones en determinados diseños. La idea es sencilla: si el carril exterior está ocupado por un vehículo que circula correctamente y otro intenta invadirlo desde el interior para escapar por su salida, quien genera el conflicto es ese segundo vehículo.
Por eso el debate del intermitente mal puesto no puede separarse del resto de errores habituales en rotonda. Todo forma parte del mismo ecosistema de conducción improvisada. El que usa el izquierdo para “avisar” de que sigue dentro suele ser, muchas veces, el mismo que interpreta la glorieta como un espacio blando, flexible, donde las normas pueden adaptarse sobre la marcha. Y no. En una rotonda la improvisación dura poco y se paga rápido.
Dar una vuelta más no es fallar, es hacerlo bien
Hay algo casi psicológico en la resistencia a dar una vuelta extra a la glorieta. Muchos conductores viven ese gesto como una torpeza, una especie de pequeño fracaso íntimo. Se les ha pasado la salida, no han logrado colocarse a tiempo en el carril exterior y, en lugar de continuar y corregir con calma, fuerzan la maniobra. Ahí nace medio problema.
La DGT lleva años repitiendo la solución correcta: si no se puede salir con seguridad porque no se ha conseguido ocupar el carril adecuado, lo correcto es seguir circulando y dar otra vuelta. Así, tal cual. Nada heroico. Nada brillante. Nada especialmente vistoso. Solo correcto. Quizá este sea uno de los puntos donde más cuesta romper hábitos, porque obliga a conducir con menos ego y más método. Pero es también la diferencia entre una rotonda bien negociada y una maniobra que obliga a tres coches a frenarse de golpe.
Prioridad, carriles y pequeños malentendidos que acaban en chapa
En las glorietas españolas pervive otra confusión muy común: la de creer que la prioridad depende del tamaño del hueco, de la velocidad a la que llega uno o del carril por el que circule el vehículo que ya está dentro. No depende de nada de eso. La prioridad básica la tienen quienes ya circulan por la rotonda. El coche que llega desde fuera debe ceder el paso. Luego, una vez dentro, cada cambio de carril vuelve a activar las reglas ordinarias: quien pretende desplazarse debe respetar a quien ya circula por ese carril.
Esto tiene una consecuencia práctica muy clara. El vehículo que va por el carril exterior y continúa dentro de la glorieta mantiene su prioridad frente a quien quiere abandonar desde un carril interior. De ahí la insistencia de la DGT en evitar las famosas trayectorias cruzadas. No es una manía académica. Es puro sentido físico. Dos coches girando muy cerca, con velocidades parecidas y con ángulos de visión imperfectos, generan un escenario propicio para el roce lateral, el conocido “me has cerrado” que tantas veces termina en seguro, taller y versiones incompatibles.
Además, las rotondas no son todas iguales. Hay glorietas urbanas pequeñas, otras enormes, algunas con varios carriles de salida, otras con semáforos, otras con marcas viales que ordenan los movimientos de manera muy precisa. Esa diversidad no elimina la regla general. Solo exige leer mejor la vía. Cuando la señalización específica manda, se obedece. Cuando no hay señal especial, rige la pauta común: ceder al entrar, colocarse con tiempo, señalizar cambios y salir desde fuera.
Por qué seguimos haciéndolo mal si las rotondas llevan décadas aquí
Las glorietas tienen más años que muchas polémicas recientes del motor y, sin embargo, continúan siendo una asignatura rara. No tanto porque sean difíciles, sino porque se han llenado de costumbres paralelas. En España se ha transmitido durante años una especie de folclore vial sobre las rotondas. Uno aprende mirando al padre, al amigo, al taxi, al repartidor, a la fila entera de coches que pasan cada mañana por la misma glorieta del barrio. Si todos lo hacen de una manera discutible, esa manera termina pareciendo correcta.
Ahí influye también el propio diseño urbano. Hay ciudades y pueblos donde las glorietas se han multiplicado hasta formar parte del paisaje cotidiano, pero no siempre con trazados claros. Algunas son estrechas, otras demasiado grandes, otras encadenan varias salidas en muy pocos metros. En ese contexto, muchos conductores acaban creando atajos mentales. “Yo por fuera siempre”, “yo entro y ya me apaño”, “yo pongo el izquierdo para que se enteren”. Son fórmulas simples que ahorran pensar, pero no resuelven bien todas las situaciones.
La paradoja es bonita, si se quiere ver así. La rotonda nació para ordenar y pacificar el cruce. Y, sin embargo, en la práctica española se ha convertido muchas veces en una especie de examen permanente de hábitos viejos. No suele haber velocidades altísimas, pero sí muchísima decisión equivocada en muy poco espacio. Un mal intermitente, una mala salida, una incorporación dudosa, un cambio de carril sin mirar. Todo comprimido en segundos.
Los vehículos grandes y los ciclistas cambian la película
Otro punto que rara vez se tiene en cuenta hasta que aparece delante es el de los vehículos voluminosos y los ciclistas en grupo. En una glorieta, un camión o un autobús no gira como un turismo. Necesita más radio, más espacio, a veces invade parcialmente varios carriles y reduce notablemente la visibilidad de los coches que lo rodean. Quien conduce a su lado y decide improvisar suele descubrir demasiado tarde que no estaba viendo la rotonda completa, sino solo media escena.
Con los ciclistas ocurre algo distinto pero igual de importante. Cuando circulan en grupo, la normativa española los considera, a efectos de preferencia, como una única unidad móvil. Eso significa que si el primero ha entrado en la glorieta, el resto conserva esa preferencia como conjunto. Es un detalle que mucha gente desconoce y que complica aún más las incorporaciones precipitadas o las salidas forzadas. En glorietas, los errores de apreciación con usuarios vulnerables se pagan mucho peor que un roce entre dos coches.
La maniobra correcta es mucho más simple de lo que parece
En realidad, circular bien por una rotonda no exige una ciencia secreta ni un doctorado en geometría. Exige limpiar manías. Se llega reduciendo velocidad, se observa y se cede el paso a quien ya está dentro. Una vez incorporado, se elige el carril adecuado según el recorrido previsto y, si es necesario cambiar de carril, se hace con retrovisor, señal y maniobra, sin invadir espacios ajenos como si el intermitente diese patente de corso. Luego, para salir, se busca el carril exterior con antelación y se indica la maniobra con el derecho. Si no hay hueco o no se llega bien colocado, se continúa y se vuelve a intentar.
Lo llamativo es que el error del intermitente izquierdo innecesario suele aparecer precisamente cuando la maniobra real está más o menos resuelta. El conductor no está entrando mal ni saliendo aún. Solo quiere “decir algo” con la luz. Y ahí se ve hasta qué punto mucha conducción cotidiana se ha contaminado de señales superfluas. En tráfico no gana quien más gesticula, sino quien menos obliga a interpretar.
El redactor de Motorpasión que ha reactivado este debate no exagera al señalar que hacemos las rotondas fatal con más frecuencia de la que nos gusta admitir. Basta pasar diez minutos en una glorieta medianamente transitada para ver el catálogo completo: el que entra sin ceder, el que sale desde dentro, el que recorre todo por el exterior porque sí, el que no pone el derecho al salir y, por supuesto, el que se aferra al izquierdo como si la rotonda fuese un giro perpetuo. No es un detalle pintoresco. Es una manera bastante precisa de medir cómo convivimos con una norma muy usada y muy mal sedimentada.
Cuando la rotonda deja de ser un misterio
Hay algo tranquilizador en desmontar este error porque, una vez entendido, desaparecen muchas dudas a la vez. Si la glorieta se lee como una vía circular de un solo sentido, todo encaja mejor. Encaja que no se entre con intermitente salvo casos muy específicos de carril. Encaja que no se mantenga el izquierdo mientras se sigue dentro sin variar trayectoria. Encaja que el derecho marque la salida. Encaja que el cambio de carril dentro de la glorieta sea, simplemente, un cambio de carril con sus mismas obligaciones. Y encaja, también, que la famosa vuelta extra no sea una derrota, sino la solución correcta cuando no se ha llegado a tiempo.
La noticia, en el fondo, tiene interés porque toca una costumbre muy extendida y porque mezcla tres ingredientes que siempre funcionan en circulación: un gesto cotidiano, una norma mal entendida y una multa posible. Pero lo más relevante no es la sanción. Es el recordatorio. Las rotondas no están ahí para que cada conductor improvise un idioma propio de luces y trayectorias. Están diseñadas para que todo el mundo entienda lo mismo a la primera.
Y ahí es donde conviene quedarse. El intermitente izquierdo dentro de la rotonda, sin cambio de carril ni salida, sobra. No aclara nada, puede confundir y puede costar dinero. La maniobra buena, la de verdad, es bastante menos teatral: mirar, colocarse, señalizar solo lo que toca y salir cuando corresponde. Nada más. En una glorieta, con eso basta. Y no es poco.

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