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UpScrolled hunde a TikTok en EEUU tras las acusaciones de censura

UpScrolled arrasa en EE.UU. tras las denuncias de censura en TikTok, con el pulso por el algoritmo, GPS y el caso Alex Pretti en Mineápolis.

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UpScrolled hunde a TikTok en EEUU

UpScrolled arrasa en EE.UU. tras las denuncias de censura en TikTok, con el pulso por el algoritmo, GPS y el caso Alex Pretti en Mineápolis.

UpScrolled, una red social nacida en Australia y hasta hace nada fuera del radar masivo, se ha encaramado a los primeros puestos de descargas en Estados Unidos en cuestión de horas, empujada por un enfado muy concreto: miles de usuarios de TikTok aseguran que, tras la reciente reestructuración de la plataforma en el país, ciertos contenidos políticos —especialmente los críticos con el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, el ICE— empezaron a circular peor, con menos alcance, menos recomendaciones y una sensación incómoda de “esto ya no corre como antes”. El salto de UpScrolled no llega desde una campaña brillante ni de un famoso fichaje; llega, más bien, como llegan los fenómenos de app en 2026: un movimiento de fuga que se contagia en conversaciones, capturas de pantalla y mensajes cruzados, cuando una plataforma gigante tropieza justo en el peor momento.

El contexto es quirúrgico y tiene fecha: el jueves pasado, TikTok anunció un acuerdo valorado en 14.000 millones de dólares para crear una filial estadounidense con funciones críticas —protección de datos, seguridad de algoritmos, moderación de contenidos, garantías de software— con la idea de evitar una posible prohibición en EE. UU. Tras ese anuncio, y en los dos días siguientes, UpScrolled empezó a aparecer arriba del todo en las tiendas de aplicaciones, mientras TikTok lidiaba con un frente doble: acusaciones de censura política por un lado y sospechas renovadas sobre privacidad y control del algoritmo por otro, con un nombre propio que lo tiñe todo de política y poder: Larry Ellison, cofundador de Oracle, señalado como nuevo “guardián” del algoritmo bajo el esquema estadounidense.

El acuerdo de TikTok: blindaje de datos… y chispa social

La reestructuración de TikTok en Estados Unidos se presentó como una operación para garantizar soberanía tecnológica y reducir suspicacias institucionales. El mensaje oficial, en esencia, era este: la plataforma necesitaba una arquitectura local que se encargara de proteger los datos de los usuarios estadounidenses, asegurar cómo se gestionan los algoritmos, controlar la moderación y garantizar que el software cumple con los requisitos exigidos en el país. En teoría, un cortafuegos corporativo y técnico para calmar al regulador y mantener la app abierta.

Pero en redes lo que importa no es solo el diseño jurídico de una filial, sino la sensación inmediata en el feed. A muchas cuentas les bastó con notar un comportamiento raro —un vídeo que no despega, un tema sensible que se enfría, un directo que se queda sin tracción— para encadenar una idea que se difunde a la velocidad del gesto: “han tocado algo”. Y cuando ese “algo” coincide con contenido político y con un clima social caliente, la interpretación es casi automática, incluso si el origen real fuese otro. En este caso, la sospecha se concentró en publicaciones relacionadas con críticas al ICE y con información sobre protestas en Mineápolis tras la muerte de Alex Pretti, un civil de 37 años, el sábado pasado, a manos de oficiales. La palabra “moderación” dejó de sonar a norma interna de plataforma y empezó a sonar a palanca.

Dentro de ese nuevo esquema, la presencia de Oracle se volvió central en el relato público. Y ahí aparece Larry Ellison como símbolo: para muchos usuarios no es solo un empresario; es una figura asociada a poder, relaciones políticas y decisiones opacas, un nombre que, por sí solo, despierta recelo en el terreno donde más duele: qué se ve y qué no se ve. Se sumó, además, el detalle de que Ellison es conocido como aliado del presidente estadounidense Donald Trump, del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y del magnate Elon Musk, vínculos que —más allá de su lectura real en el funcionamiento diario de una app— pesan muchísimo en la percepción de independencia de la plataforma.

La semana en que el algoritmo se convirtió en sospechoso

Las acusaciones no se presentaron como un gran comunicado organizado; fueron llegando como llegan siempre: hilos, vídeos explicando caídas de alcance, comparaciones de métricas, quejas de cuentas pequeñas y también de perfiles grandes. El foco se puso pronto en contenidos críticos con el ICE o relacionados con las protestas de Mineápolis, un terreno especialmente sensible en Estados Unidos por el historial reciente de movilizaciones y por la intensidad con la que se discuten, en tiempo real, temas como actuación policial, responsabilidad institucional y derechos civiles.

En ese clima, una voz famosa amplificó el ruido de manera nítida: Billie Eilish publicó el lunes en Instagram que TikTok “está silenciando a la gente” y lo ejemplificó con el rendimiento de un vídeo de su hermano, el músico Finneas O’Connell. En ese vídeo, O’Connell criticaba a quienes justificaron la muerte de Pretti. El dato que se convirtió en munición fue frío, casi contable: dieciocho horas después de la publicación, el vídeo acumulaba 46.000 “me gusta” y 137.000 visualizaciones en TikTok, una cifra menor que otras publicaciones recientes del músico, que habían superado con facilidad cientos de miles o incluso millones de reproducciones. No es una prueba judicial de censura, pero sí un combustible perfecto para la sospecha: cuando la gente espera una ola y ve un charco, empieza a buscar manos.

TikTok, por su parte, atribuyó los problemas a una interrupción en su centro de datos que afectó a la funcionalidad de la aplicación. Es una explicación plausible en el mundo real, donde los servicios a escala global fallan, se degradan, se recuperan y dejan cicatrices temporales. El problema, sin embargo, es que una explicación técnica no siempre compite bien con una explicación emocional cuando el debate ya está politizado. En redes, a veces, la caída del alcance no se interpreta como un fallo; se interpreta como una decisión.

Ese detalle —la distancia entre lo que una empresa cree que ha explicado y lo que el usuario siente que ha vivido— explica por qué UpScrolled encontró el hueco. No necesitó demostrar nada; le bastó con prometer lo que muchos creían haber perdido: circulación sin sombra.

UpScrolled: de app minoritaria a refugio exprés

UpScrolled se presenta como una mezcla de Instagram y X: permite compartir fotos, vídeos y publicaciones de texto. No es un invento radical; su novedad no está tanto en el formato como en la narrativa que abraza. La app se define como una plataforma “sin censura” y “sin bloqueos ocultos”, y se ha mostrado muy crítica con TikTok, Meta —matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp— y X, acusándolas de censurar voces, aplicar moderación sesgada y esconder contenido detrás de algoritmos.

Los números del subidón son claros y ayudan a entender que no hablamos de un goteo. Entre el jueves, el día en que se finalizó el acuerdo de TikTok, y el sábado, UpScrolled registró aproximadamente 41.000 descargas en Estados Unidos, casi un tercio de sus instalaciones totales hasta entonces, según datos de Appfigures. Otra firma de inteligencia de márketing, Sensor Tower, situó el acumulado en torno a 400.000 descargas en EE. UU. y 700.000 a nivel mundial desde su lanzamiento en junio de 2025, con un impulso evidente concentrado en estos días. La cifra importa por lo que retrata: no es solo curiosidad, es migración.

La propia empresa describió el golpe de realidad con una frase que suena a sala de máquinas, no a anuncio pulido: “Aparecieron tan rápido que nuestros servidores colapsaron. ¿Frustrante? Sí. ¿Emocionante? También. Somos un equipo pequeño…”. Ese tipo de mensaje, con el guiño de la cafeína y la paciencia, sirve a la vez como confesión y como prueba de vida: un equipo pequeño, un sistema que se rompe por éxito, una plataforma que parece “humana” frente a la sensación de maquinaria gigantesca de las grandes.

Issam Hijazi y la promesa de “sin bloqueos ocultos”

Detrás de UpScrolled está Issam Hijazi, fundador y director ejecutivo, descrito como palestino-jordano-australiano. En la propia web de la compañía, Hijazi explica que la idea nació de una observación que conecta con un cansancio común: “Las redes sociales habían dejado de ser sociales”. La frase puede sonar a eslogan, pero encaja con una queja muy actual: feeds dominados por tácticas de interacción, clickbait y trucos algorítmicos donde lo que importa no es lo valioso, sino lo pegajoso.

UpScrolled insiste en que no impulsa agendas políticas ni comerciales, que sus reglas son claras y se aplican de manera uniforme, que su clasificación es transparente y que sus decisiones son responsables. El lenguaje está pensado para chocar frontalmente con el tipo de sospecha que hoy rodea a TikTok en Estados Unidos. Donde TikTok aparece como una plataforma que se reestructura por presión política y por amenazas de prohibición, UpScrolled quiere aparecer como un terreno neutro, casi un “no hay manos”. Es una promesa enorme, y por eso mismo resulta tan atractiva cuando alguien cree que le han cerrado el grifo en otro sitio.

El concepto de “sin censura”, eso sí, pesa porque en cuanto una app crece deja de vivir en la teoría. Cualquier plataforma que escala en Estados Unidos se enfrenta a denuncias, reportes, normas contra contenidos ilegales, acoso, amenazas, campañas coordinadas, desinformación. La moderación no desaparece por decreto; se convierte en una zona gris donde cada decisión enfada a alguien. Aun así, la promesa funciona como antídoto emocional en mitad del ruido: no resuelve el problema real, pero calma la sensación de injusticia inmediata.

La privacidad vuelve al centro: GPS y nuevas sospechas

A la tormenta de alcance y moderación se sumó otro ingrediente que siempre enciende alarmas: TikTok publicó una política de privacidad actualizada que permite a la aplicación rastrear coordenadas GPS de los usuarios, entre otras cosas. En el ecosistema móvil, la ubicación precisa suele depender de permisos del sistema operativo y de configuraciones concretas, pero el debate público raramente se detiene en esos matices. Lo que queda, en la conversación, es la idea de que una plataforma bajo presión política amplía la capacidad de rastreo. En un clima de desconfianza, eso no se lee como una mejora técnica; se lee como un paso más hacia el control.

Ese detalle se mezcla con la figura de Ellison y con el nuevo marco corporativo de TikTok en EE. UU. El resultado es un cóctel perfecto para la sospecha: “nuevo guardián del algoritmo”, “nuevo esquema de moderación”, “nueva política de datos”. Cada pieza, por sí sola, podría pasar con debate moderado; juntas, crean un relato de transformación abrupta. Y cuando el usuario cree que el terreno se movió bajo sus pies, busca una salida rápida. UpScrolled ofreció esa salida con un mensaje muy simple, casi de cartel: aquí no.

El efecto arrastre: cuando una app se vuelve conversación

La subida de UpScrolled no se explica solo por una promesa de libertad. También se explica por una dinámica de redes casi mecánica: cuando un grupo grande se siente perjudicado, necesita un punto de encuentro alternativo donde la conversación no esté “condicionada”. La migración se alimenta de la propia migración, con un fenómeno de arrastre típico: “me lo he instalado para ver qué es”, “mira cómo funciona”, “aquí sí aparece esto”. Son microdecisiones que, sumadas, producen rankings de descarga.

En paralelo, TikTok no solo tenía que defenderse de acusaciones de censura; también tenía que gestionar la percepción de estabilidad técnica. La mención a la interrupción del centro de datos se convirtió en parte del debate: si la app falla, el usuario no distingue entre un fallo de infraestructura y una decisión editorial. En el espacio emocional de una semana marcada por protestas, muerte de un civil y discusiones sobre actuación de agentes, la frontera entre “problema técnico” y “decisión deliberada” se vuelve difusa. Se mira el resultado, no el log.

Y ahí UpScrolled se beneficia de ser nueva: no arrastra el historial de suspicacias de una empresa gigante. Eso no significa que sea más inocente; significa que todavía no ha sido juzgada por una crisis grande. La gente, cuando cambia de plataforma, a veces compra la posibilidad de que sea distinta, aunque no tenga garantías de que lo sea.

Skylight y el menú de alternativas que crece en silencio

UpScrolled no es la única app que ha ganado usuarios tras la reestructuración de TikTok en Estados Unidos. Otra alternativa, Skylight, basada en tecnología de código abierto, aseguró haber superado los 380.000 registros. Es un dato importante porque muestra que el enfado no se canaliza hacia un único destino; se dispersa. Unos buscan una red “sin censura” en el discurso; otros buscan un entorno más transparente en el código, con la idea —también discutible— de que lo abierto ofrece más control y menos arbitrariedad.

Este mapa de alternativas sugiere algo sencillo: la comunidad que se siente afectada no se mueve por estética, sino por confianza. No se cambia de app solo por filtros o por iconos; se cambia por la sensación de que “aquí puedo decir esto sin que me desaparezca”. Por eso el tema central no es UpScrolled como producto, sino UpScrolled como síntoma de una grieta que TikTok, en Estados Unidos, lleva años intentando sellar.

La reestructuración, diseñada para salvar la presencia de TikTok en el país, ha tenido un efecto secundario: ha puesto el foco en quién manda, quién vigila, quién toca el algoritmo. Y la palabra “algoritmo”, que antes era casi un comodín de conversación, en días como estos se vuelve una palabra con peso político. Ya no es solo “recomendación”, es poder de distribución.

Qué hay realmente en juego: moderación, presión política y la batalla por el feed

El episodio tiene varias capas, pero todas giran alrededor de una idea: el feed es el lugar donde se decide qué se ve y qué no. En TikTok, donde la recomendación lo es casi todo, cualquier alteración percibida se vive como un golpe directo. Si un creador detecta que su contenido sensible rinde peor, no piensa primero en servidores; piensa en moderación. Si un usuario ve menos vídeos sobre protestas, no piensa en latencia; piensa en censura. Y cuando una celebridad como Billie Eilish habla de “silenciar”, el debate deja de ser técnico y se convierte en cultural.

También pesa la temporalidad: la muerte de Alex Pretti y las protestas en Mineápolis aparecen en el mismo tramo de tiempo en el que TikTok anuncia un acuerdo multimillonario para reestructurarse. La coincidencia es explosiva porque el contenido político en momentos de crisis se consume como agua y se comparte como alarma. Si ese contenido se percibe frenado, la plataforma queda marcada.

TikTok insiste en que los problemas derivaron de una interrupción en su centro de datos que afectó a la funcionalidad. Pero incluso aceptando esa explicación, queda un reto difícil: recuperar la confianza de quienes creen que, con el nuevo marco estadounidense, hay manos nuevas sobre el volante. En esa conversación, la figura de Larry Ellison funciona como atajo mental. Da igual lo que diga el comunicado; la gente se imagina al “guardián del algoritmo” como alguien capaz de inclinar la balanza. Es una percepción, sí, pero en redes la percepción es mitad del producto.

La rapidez del éxodo y el riesgo de prometer demasiado

UpScrolled ha crecido con una promesa de “sin censura” que suena clara, limpia, y casi irresistible cuando se siente que otra plataforma “te apaga”. Pero esa claridad puede convertirse en su primer gran problema si no define bien los límites: no todo lo que se bloquea es censura, no todo lo que cae de alcance es castigo, y no toda moderación es sesgo. Aun así, el hecho noticioso de estos días no es el debate filosófico sobre la palabra; es el comportamiento del mercado: la gente se está moviendo, instalando, probando, comentando.

El colapso de servidores que reconoció UpScrolled retrata un crecimiento acelerado y, con él, los desafíos clásicos: escalado técnico, seguridad, gestión de cuentas falsas, control de abuso, soporte, reportes. Es la parte menos glamourosa del fenómeno, la que suele aparecer cuando la novedad deja de ser novedad. Pero, por ahora, la foto es esta: UpScrolled ha capitalizado el momento con una propuesta simple y un discurso frontal contra los gigantes.

Mientras, TikTok en EE. UU. entra en una fase donde cualquier ajuste será observado como si fuese una decisión editorial. Cada caída de visualizaciones de un vídeo sensible será “prueba” para unos, “casualidad” para otros, “fallo técnico” para la empresa. En el centro, nombres y cifras que ya forman parte del relato: 14.000 millones, la nueva entidad TikTok USDS Joint Venture LLC, el papel de Oracle, el “guardián” Larry Ellison, la muerte de Alex Pretti, las protestas en Mineápolis, la denuncia pública de Billie Eilish y el vídeo de Finneas O’Connell con sus 46.000 me gusta y 137.000 visualizaciones en dieciocho horas.

Cuando el ranking de descargas se convierte en termómetro político

Que una app lidere descargas no significa que vaya a ganar la guerra. Pero sí significa algo muy concreto: hay un volumen suficiente de gente dispuesta a salir del sitio donde estaba cómoda, y eso en redes no es banal. La comodidad es una de las mayores ventajas competitivas de los gigantes: tus seguidores están ahí, tus mensajes están ahí, tu hábito está ahí. Si aun así miles se mueven, es que la molestia pesa más que la inercia.

En Estados Unidos, TikTok vive desde hace años bajo una lupa política que combina seguridad nacional, control de datos y temor a influencia extranjera. La reestructuración intenta responder a ese marco, pero lo hace con el coste de abrir otra discusión: la de quién controla el algoritmo. El debate se desplaza: del miedo a un control externo al miedo a un control interno, doméstico, corporativo, con nombres propios y afinidades políticas interpretadas por el público.

UpScrolled, en cambio, ha llegado a la conversación como una especie de “escape” rápido, con una estética que recuerda a cosas conocidas y un discurso que promete que la red vuelve a ser “social”. Eso engancha porque apela a una nostalgia funcional: la idea de que lo que publicas llega a quien tiene que llegar, sin trampillas. La realidad suele ser más compleja, pero el éxito inmediato se explica por la simplicidad de esa promesa.

Al mismo tiempo, el crecimiento de Skylight sugiere que parte del público busca algo más que una promesa: busca estructuras alternativas, tecnología abierta, entornos donde la transparencia sea un argumento. Es otra manera de decir lo mismo: “no quiero que el feed sea un misterio”.

El día después: TikTok intenta recuperar control del relato

El problema para TikTok no es solo técnico ni solo político; es narrativo. Necesita convencer de que la reestructuración no ha cambiado la esencia de la plataforma ni su neutralidad operativa respecto al contenido político, mientras gestiona a la vez un debate sobre privacidad y ubicación GPS. Cada comunicado compite con miles de testimonios subjetivos y con capturas de métricas que, aunque no demuestren causalidad, construyen relato.

Además, la intervención de celebridades añade capas. Cuando una artista como Billie Eilish dice que se está “silenciando a la gente”, no está haciendo un informe pericial; está poniendo un foco cultural. Y la cultura, en redes, pesa tanto como la ley. A TikTok le toca moverse con cuidado: si minimiza, parece que desprecia; si reconoce demasiado, parece que admite. En medio, el argumento de la interrupción del centro de datos actúa como explicación, pero no necesariamente como consuelo.

UpScrolled, mientras tanto, se beneficia de no tener que dar explicaciones complejas. Su mensaje es rápido, casi a bocajarro: no hay censura, no hay bloqueos ocultos, no hay manipulación algorítmica. Ese tipo de claridad tiene un valor enorme en una semana de sospecha. El riesgo, más adelante, será sostenerlo.

Un título que se entiende sin gritar

El fenómeno UpScrolled no va de una app mágica que soluciona internet. Va de una crisis de confianza acelerada por una reestructuración multimillonaria y por un episodio social sensible, con una muerte que provoca protestas y con un debate que atraviesa lo más delicado de cualquier plataforma: la moderación del contenido político. TikTok, en Estados Unidos, está caminando por una cuerda floja: evitar la prohibición y, a la vez, no perder a los usuarios por la sensación de que el algoritmo se ha vuelto selectivo. En esa tensión, UpScrolled ha encontrado su ventana de oro y se ha colado por ella con fuerza, números y ruido real.

Lo que se ha visto esta semana —descargas disparadas, servidores colapsados, acusaciones de censura, explicaciones técnicas, sospechas sobre GPS, recelo por figuras como Larry Ellison, menciones de Billie Eilish y el vídeo de Finneas O’Connell— dibuja un mapa muy actual: las plataformas ya no compiten solo por funciones, compiten por credibilidad. Y cuando la credibilidad se agrieta, el ranking de descargas se convierte en el primer termómetro.

La fuga que deja huella, aunque el feed se recupere

Aunque TikTok estabilice su servicio y demuestre que el problema fue técnico, el episodio ya ha dejado una marca: ha recordado a millones de usuarios que su visibilidad depende de decisiones —técnicas, corporativas, normativas— que no controlan. Ese recordatorio, en un momento de tensión social, duele más. Por eso UpScrolled no necesitó ser perfecta; le bastó con estar disponible, prometer lo que el público quería oír y ofrecer un sitio donde, al menos por ahora, la sospecha no pesa tanto.

A partir de aquí, el tablero estadounidense seguirá moviéndose. TikTok intentará sostener su nuevo modelo sin perder identidad ni confianza. UpScrolled tendrá que demostrar que su crecimiento no era solo espuma de indignación, y que su discurso de “sin censura” puede convivir con la realidad de una plataforma que, si escala, tendrá que tomar decisiones difíciles. En medio, nombres y hechos que ya forman parte de la historia reciente de internet: Alex Pretti y las protestas en Mineápolis, el acuerdo de 14.000 millones, la nueva entidad operativa en EE. UU., el papel de Oracle, la sombra de Larry Ellison, la denuncia pública de Billie Eilish, y ese dato que se repitió como un eco en redes: 46.000 me gusta, 137.000 visualizaciones, dieciocho horas y una sensación extendida de que algo, en el algoritmo, había cambiado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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