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¿Por qué un muerto aparece con miles de votos en Perú?

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Quién era Napoleón Becerra
Napoleón Becerra en 2025

Un candidato fallecido sigue sumando votos en Perú y revela un fallo electoral insólito y serio en unos comicios sacudidos por el caos brutal

Napoleón Becerra no ha resucitado, ni Perú ha entrado en una fase espiritista de su democracia. Lo que ha pasado es bastante más simple y, por eso mismo, más serio: su nombre seguía impreso en la papeleta cuando los peruanos acudieron a las urnas el 12 de abril, de modo que miles de personas pudieron marcar su casilla aunque el candidato había fallecido semanas antes, el 15 de marzo, en un accidente de tráfico mientras hacía campaña rumbo a Ayacucho. Con más de la mitad del escrutinio contabilizado, Becerra superaba los 6.400 votos, una cifra tan llamativa como engañosa, porque eso no significaba que su candidatura siguiera viva ni que pudiera aspirar a la Presidencia.

La explicación real está en un detalle que parece menor y no lo es: la fórmula presidencial del Partido de los Trabajadores y Emprendedores ya había sido anulada, pero la cédula de votación no se modificó a tiempo. Es decir, los votos existen como marca física en la papeleta, sí, pero no tienen efecto jurídico en la elección presidencial. Ahí está la rareza que ha disparado el interés por el caso. No se trata de que un país pueda elegir a un fallecido, sino de que un proceso electoral puede mantener visible una opción que legalmente ya no compite. En política, a veces el papel llega tarde a las malas noticias.

Un candidato de carne y hueso

Napoleón Becerra no era un nombre decorativo perdido en el margen de una papeleta interminable. Era un candidato real, con trayectoria, partido propio, hoja de vida y campaña en marcha. Nacido en Cajamarca en 1964, licenciado en Administración y con una larga carrera en la Municipalidad Metropolitana de Lima, había construido una imagen de dirigente con base sindical, perfil de funcionario veterano y aspiración presidencial en un país donde casi cualquiera parece poder intentarlo y casi nadie logra consolidarse. Fundó en 2023 el Partido de los Trabajadores y Emprendedores, el PTE, y se colocó al frente de una propuesta que mezclaba discurso social, orden institucional y promesas de regeneración.

Su figura no estaba entre las favoritas, eso es verdad, pero tampoco pertenecía al folclore electoral. Tenía un espacio político reconocible, un electorado potencial y una campaña que avanzaba por las regiones. Su programa proponía reforzar la seguridad preventiva, combatir la corrupción, apoyar a emprendedores con financiación y asistencia técnica, impulsar medidas contra la desnutrición infantil, extender la atención médica preventiva y reformar la educación superior pública. Nada de candidatura fantasma, en ese sentido. Era un aspirante menor dentro de una oferta presidencial muy fragmentada, pero con estructura, sigla y ambición.

Ese detalle importa, porque ayuda a entender por qué su nombre no pasó desapercibido tras su muerte. No era un candidato inventado para una encuesta ni un rostro accidental de última hora. Había partido, había campaña, había gente identificada con su marca. Y cuando un nombre ya ha circulado, ya ha sido escuchado, ya ha entrado en la conversación pública, puede seguir recibiendo apoyos incluso después de desaparecer del tablero real. Así de desconcertante. Así de humano.

Por qué seguía en la cédula

La muerte de Becerra llegó cuando el calendario electoral iba ya demasiado avanzado como para rehacer el material de votación sin provocar otro terremoto. La Oficina Nacional de Procesos Electorales dejó claro que no modificaría la cédula porque la impresión del material ya estaba en marcha y porque la exclusión formal de una candidatura correspondía a la autoridad electoral competente, no al organismo encargado de producir y distribuir las papeletas. Traducido al lenguaje común: el sistema podía retirarlo legalmente, pero no borrarlo físicamente a tiempo.

Y ahí nació la paradoja. Su candidatura dejó de existir en el plano jurídico, pero su casilla seguía apareciendo ante los ojos del votante. En un país con una papeleta gigantesca, con decenas de candidaturas presidenciales y con una campaña marcada por el ruido, no hace falta mucho más para que miles de personas terminen votando una opción que ya no vale. Basta con que esté ahí. Visible. Imprimida. Familiar. A veces una resolución judicial pesa menos, para el elector medio, que un nombre claramente colocado dentro del recuadro.

La fórmula presidencial fue anulada porque el fallecimiento del candidato principal arrastraba a toda la plancha. El partido intentó sostenerla, incluso explorando salidas para que otra integrante de la fórmula asumiera el liderazgo, pero esa vía no prosperó. La candidatura presidencial del PTE quedó fuera de juego. Fuera de la carrera, pero aún dentro del papel. Una imagen perfecta del desacople entre la legalidad y la mecánica material de unas elecciones.

Se podía marcar, pero no elegir

Aquí está el matiz clave, el que convierte esta historia en algo más que un titular extraño. Sí se podía marcar su casilla en la papeleta, porque el nombre seguía impreso. No se le podía elegir como presidente, porque la candidatura había sido invalidada y esos votos no eran válidos para la elección presidencial. La diferencia parece pequeña, pero lo cambia todo.

Cuando se dice que “se puede votar a un muerto”, en realidad se está describiendo solo la parte física del acto. La mano puede señalar el recuadro, el bolígrafo puede dejar la marca, el sobre puede entrar en la urna. Pero el sistema electoral, una vez revisada la situación jurídica de la candidatura, no convierte ese gesto en una opción válida para designar al jefe del Estado. La papeleta mostraba una posibilidad que la ley ya había cerrado.

Eso explica por qué el caso produce tanta confusión. Porque visualmente el elector ve una opción disponible. Porque emocionalmente puede pensar que sigue votando a su partido, a su candidato o a su símbolo. Y porque técnicamente la anulación de una fórmula presidencial no siempre se traduce en una pedagogía clara para millones de personas. Lo que para un jurista es evidente, para el ciudadano que entra en la cabina con prisa, cansancio o información incompleta puede no serlo en absoluto.

Quién lo votó, y por qué

No hay todavía una radiografía perfecta de cada persona que marcó el nombre de Napoleón Becerra, pero el fenómeno se entiende bastante bien sin necesidad de inventar teorías barrocas. Una parte de esos votos procede, casi seguro, del desconocimiento. Mucha gente no sabía que el candidato había muerto o que la fórmula había quedado anulada. Otra parte responde a algo más cotidiano: la inercia política. Quien decidió su voto días antes, quien reconoció el símbolo del partido, quien no siguió el detalle legal, quien acudió al colegio electoral con una idea fija y la mantuvo aunque la realidad ya hubiera cambiado.

Hay además un tercer componente, más difícil de medir pero muy verosímil: el voto de protesta o de fidelidad póstuma. En sistemas muy erosionados, algunos electores utilizan la papeleta para expresar desafección, hastío o simpatía personal aunque sepan que el gesto no tendrá recorrido práctico. No sería extraño que parte de esos miles de votos respondiera a esa lógica. No tanto “quiero que gobierne”, porque eso ya no era posible, como “marco esta casilla porque rechazo el menú que me dejan” o “porque este era mi candidato y no pienso regalar mi voto a otro”. La política, cuando se atasca, genera estas escenas entre lo simbólico y lo absurdo.

Influyó también la forma misma de la elección. Perú celebró unos comicios especialmente complejos, con una oferta presidencial sobredimensionada, una papeleta extensa y una conversación pública saturada de nombres, siglas y ruido. Cuando votar se parece a buscar un dato minúsculo en una sábana de imprenta, el margen para la confusión aumenta. No hace falta tratar al elector como un despistado crónico para reconocer algo evidente: mucha gente vota con información parcial, bajo presión y con una mezcla de intuición, costumbre y rechazo.

Hay otro matiz interesante. Aunque la fórmula presidencial del PTE quedó anulada, el partido mantenía presencia en otras carreras electorales. Eso puede haber contribuido a la confusión. Para algunos votantes, partido y candidatura forman un solo bloque emocional, aunque legalmente sean piezas distintas. Si la sigla sigue viva en el tablero, el votante puede actuar como si todo el paquete siguiera vigente. La ley separa con bisturí. La percepción del elector, no siempre.

Una elección que ya venía torcida

El episodio de Becerra no cayó sobre una elección tranquila, ordenada y nítida. Cayó sobre unos comicios ya cargados de fragmentación, desconfianza y cansancio político. Más de 27 millones de peruanos estaban llamados a las urnas en una cita marcada por la inseguridad, el descrédito de los partidos y una década de turbulencia institucional casi permanente. Ocho presidentes en diez años no describen una anécdota: describen una fatiga de sistema.

A ese fondo ya inestable se añadió un problema logístico serio. La jornada electoral registró retrasos en la distribución del material en varios puntos de Lima, con mesas que no pudieron abrir a tiempo y ciudadanos que se quedaron sin votar dentro del horario previsto. La solución fue tan expresiva como incómoda: ampliar la votación hasta el lunes en determinados distritos. Es decir, una elección presidencial que ya venía llena de fricción terminó necesitando una prórroga para que parte del electorado pudiera ejercer su derecho. No es un detalle menor. Es el tipo de fallo que agranda la sensación de improvisación y mina la confianza colectiva.

En medio de ese paisaje, el caso del candidato fallecido funcionando todavía como opción visible adquirió una fuerza simbólica enorme. No alteraba el desenlace principal, pero retrataba bien el clima general. Un país que intenta votar entre retrasos, saturación de candidaturas, caos organizativo y hastío político encuentra en esa casilla una metáfora bastante feroz de sí mismo. Una opción que ya no existe, pero sigue apareciendo ante los ojos de todos. Difícil resumir mejor una democracia fatigada.

Lo que deja este episodio

Lo de Napoleón Becerra no es solo una rareza llamativa para alimentar titulares de sobremesa. Es una escena que condensa varios problemas de fondo. Enseña la distancia entre la norma y su traducción práctica, expone la fragilidad de la información electoral cuando los plazos se estrechan y retrata a un electorado que muchas veces entra en la cabina con más cansancio que claridad. No votaron los muertos; votó un sistema que dejó abierta una puerta visual a una candidatura cerrada por la ley.

También deja una lección incómoda sobre cómo funciona de verdad la política en tiempos de desafección. Mucha gente no decide su voto después de un análisis jurídico pulcro, sino a partir de impresiones, recuerdos de campaña, adhesiones previas, símbolos partidarios o simples gestos de rechazo al resto. Por eso puede ocurrir que un nombre sin recorrido legal siga recogiendo marcas. No porque el país haya perdido el juicio, sino porque la relación entre ciudadanos e instituciones lleva tiempo resquebrajada y, en ese hueco, la confusión encuentra sitio.

Becerra no iba a ganar y ni siquiera seguía compitiendo formalmente. Pero miles de peruanos encontraron su nombre en la cédula y lo señalaron igual. Algunos por error. Otros por fidelidad. Otros, quizá, por hartazgo. En esa suma hay algo más profundo que una anécdota electoral. Hay una fotografía de Perú mirando una papeleta enorme como quien mira un escaparate lleno de opciones rotas, intentando escoger entre candidaturas frágiles, partidos volátiles y promesas que envejecen antes de llegar a la urna.

Lo más llamativo no es que un fallecido aparezca con miles de votos. Lo realmente serio es que ese hecho haya resultado posible, visible y comprensible dentro del propio engranaje electoral. Ahí está la noticia de verdad. No en el morbo del candidato muerto, sino en el desajuste institucional que permitió que siguiera presente en el momento más decisivo. Perú no ha elegido a un fantasma. Se ha topado, una vez más, con las costuras de un sistema que reacciona, sí, pero demasiadas veces lo hace tarde.

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