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El pulso político por la influencia de los pastores evangélicos

En Brasil, los líderes religiosos fueron clave en una campaña marcada por mensajes falsos y apelaciones a la fe.

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ultraderecha corteja a pastores evangélicos

En la campaña presidencial brasileña de 2022, los púlpitos se convirtieron en un espacio de disputa política. Jair Bolsonaro, entonces presidente y candidato de la derecha, y Luiz Inácio Lula da Silva cortejaron a los votantes evangélicos; pero también quedó expuesto el peso que algunos pastores podían ejercer sobre la conversación electoral dentro de sus comunidades. La alianza buscada no se explica solo por afinidades religiosas: las iglesias tienen presencia local, redes de confianza y una capacidad de comunicación que los partidos tratan de alcanzar.

El conflicto se hizo visible cuando algunos sermones y mensajes difundidos en grupos religiosos presentaron la elección como una defensa de la fe frente a amenazas que no estaban respaldadas por los hechos. Se propagaron afirmaciones falsas sobre un posible cierre de iglesias si ganaba Lula, además de advertencias sobre el aborto, la educación sexual y la libertad religiosa. El episodio brasileño permite observar cómo una contienda electoral puede trasladarse al lenguaje de la salvación y el temor, aunque no representa a todos los pastores ni a todas las iglesias evangélicas.

Una disputa por una comunidad política decisiva

Brasil ha sido históricamente un país de mayoría católica, pero el protestantismo evangélico creció con fuerza desde la década de 1950. En el momento de la elección de 2022, este grupo reunía a casi un tercio de la población, según los datos recogidos en la cobertura de aquella campaña. Su tamaño lo convertía en un electorado que ningún candidato podía ignorar, y su influencia iba más allá del voto: cerca del 20% de los legisladores de la Cámara baja eran evangélicos y formaban un bloque con peso político.

Ese crecimiento no significa que exista una comunidad homogénea ni una sola posición política. Los evangélicos pertenecen a distintas iglesias, tienen experiencias sociales diversas y pueden respaldar opciones electorales diferentes. De hecho, los sondeos citados durante la campaña mostraban que el grupo empezó dividido. La etiqueta religiosa no permite anticipar por sí sola el voto, aunque sí señala un espacio social amplio en el que los candidatos buscaban ganar apoyo.

La relevancia electoral se combina con una forma de organización cercana a la vida cotidiana. Muchas congregaciones tienen relación directa con barrios y localidades, y sus líderes conocen a personas que quizá no mantienen contacto frecuente con partidos o instituciones públicas. Para una campaña, esa red puede abrir canales de comunicación que no se construyen de un día para otro. El atractivo político de los pastores reside también en esa proximidad: su autoridad se forma dentro de una comunidad concreta, no únicamente en los medios de comunicación nacionales.

El púlpito como canal de persuasión

La influencia política no necesita adoptar la forma de un mitin. En las iglesias descritas durante la campaña brasileña, el mensaje electoral podía aparecer integrado en una prédica, en una conversación entre voluntarios o en contenidos compartidos por WhatsApp. Un versículo conocido podía servir de punto de partida para una interpretación que presentaba el voto por Bolsonaro como una manera de proteger el reino de Dios. Así, una decisión civil quedaba asociada a una obligación religiosa.

Ese mecanismo importa porque el sermón se escucha en un entorno de confianza y con un lenguaje familiar para quienes asisten. La recomendación de un pastor no equivale necesariamente a una orden, ni todas las personas la siguen, pero puede otorgar credibilidad a afirmaciones políticas que fuera de la iglesia despertarían más sospechas. La autoridad espiritual funciona como amplificador cuando una preferencia partidista se presenta no como una opinión discutible, sino como una cuestión moral o de fidelidad religiosa.

También cambia el alcance del mensaje. Una afirmación pronunciada en un templo puede repetirse después en conversaciones familiares y circular en grupos digitales de la congregación. En la campaña de 2022, las pantallas que normalmente mostraban pasajes bíblicos llegaron a utilizarse para proyectar vídeos políticos manipulados. La frontera entre prédica, propaganda y circulación de noticias falsas se volvía difícil de distinguir para parte del público. El lugar de difusión daba al contenido una apariencia de legitimidad que no dependía de que fuera verdadero.

El miedo religioso como recurso electoral

Entre los mensajes difundidos figuraba la afirmación falsa de que Lula cerraría las iglesias si regresaba al poder. También circularon versiones según las cuales un gobierno de izquierdas permitiría el aborto, introduciría baños unisex para menores o promovería la homosexualidad. No eran propuestas anunciadas por el candidato en los términos que se les atribuían. Su eficacia potencial procedía de enlazar asuntos sensibles para algunos votantes con una amenaza inmediata a la fe, la familia o la educación de sus hijos.

El miedo puede resultar persuasivo incluso cuando parte de una falsedad, porque se apoya en preocupaciones previas. La politóloga Ana Carolina Evangelista, citada en la cobertura de la elección, señaló que estos mensajes explotaban temores que podían tener raíces reales, como la percepción de que la libertad religiosa no siempre había sido respetada. Cuando las condiciones de vida empeoran o existe desconfianza hacia las instituciones, una advertencia alarmante puede encontrar terreno fértil. La desinformación no inventa siempre una inquietud desde cero: a menudo la exagera, la reordena y la convierte en argumento electoral.

La campaña mostró asimismo que no hacía falta que un pastor repitiera literalmente una falsedad para contribuir a su circulación. Bastaba con presentar la elección como una batalla entre creyentes y enemigos de la religión, o con compartir un vídeo recortado que alterara el sentido de las palabras de un candidato. En una iglesia de Minas Gerais, por ejemplo, se proyectó un clip manipulado de Lula que lo hacía parecer vinculado al diablo. El montaje y el contexto podían cambiar el significado político de una imagen sin que el público tuviera a mano la versión completa para comprobarlo.

Lo que revelan los sondeos y lo que no

Los datos electorales citados durante la campaña describían un cambio marcado en las preferencias declaradas. En mayo de 2022, el 47% de los evangélicos encuestados decía que votaría por Bolsonaro y el 45% prefería a Lula. A mediados de octubre, cinco meses después, las proporciones eran del 65% para Bolsonaro y del 31% para Lula. La variación muestra un desplazamiento importante en la intención de voto, pero no permite concluir por sí sola que los sermones o la desinformación lo causaran.

Una encuesta registra respuestas en un momento determinado; no identifica automáticamente por qué cambió la opinión de cada persona. La exposición a mensajes religiosos pudo ser un factor entre otros, pero los datos citados no separan el efecto de los sermones del de la campaña general, las circunstancias económicas o las preferencias políticas anteriores. Tampoco demuestran que todos los fieles recibieran los mismos contenidos. La coincidencia entre una campaña intensa y un cambio en los sondeos no prueba una relación causal única.

Ese matiz ayuda a entender por qué los candidatos cortejaban al electorado evangélico sin que pudieran controlarlo. Los líderes religiosos podían abrir una puerta, recomendar una candidatura o marcar los temas que consideraban prioritarios; el voto seguía dependiendo de cada persona. La influencia se parece menos a una orden uniforme que a una red de conversaciones en la que las señales se repiten y ganan fuerza. La capacidad de orientar no equivale a disponer del voto de una congregación.

La campaña rival también recurrió a la desinformación

Después de la primera vuelta, simpatizantes de Lula respondieron a los mensajes contra la izquierda con una estrategia de confrontación en internet. El congresista evangélico André Janones alentó a sus seguidores a devolver a Bolsonaro el mismo tipo de ataques. En ese contexto volvió a circular un vídeo de 2017 en el que Bolsonaro aparecía en una logia masónica, asunto que para muchos cristianos resulta incompatible con su fe. Bolsonaro confirmó que había asistido a una logia y explicó que lo había hecho como presidente de todos los brasileños.

Uno de los contenidos compartidos sobre ese episodio llevaba un título que afirmaba falsamente que el mandatario había pactado con una secta masónica para ganar las elecciones. El vídeo difundido no sostenía de forma directa esa acusación, pero el encabezamiento bastaba para sembrar sospechas. Janones defendió el uso de tácticas parecidas a las de sus adversarios, aunque esa respuesta no convertía en cierto un mensaje engañoso. Combatir la desinformación con insinuaciones falsas puede reproducir el mismo problema que se pretende denunciar.

La simetría no borra las diferencias entre actores, alcance o responsabilidades en cada caso. Sí revela que, durante una campaña polarizada, la apelación a la fe puede ser utilizada por más de un lado. El elector recibe contenidos que mezclan datos comprobables, medias verdades y acusaciones sin sustento, mientras las redes aceleran su difusión. La disputa deja de limitarse a quién tiene mejores propuestas y pasa a incluir quién logra fijar el miedo dominante. La propaganda no se vuelve fiable por estar dirigida contra el adversario.

Pastores de barrio, no una caricatura única

La imagen del pastor como una figura necesariamente rica, manipuladora y conectada con poderes externos tampoco describe la variedad del mundo evangélico. Una encuesta a pastores de Argentina, recogida en otro de los estudios de referencia, dibujó una realidad más ligada a las comunidades locales. Seis de cada diez líderes religiosos compaginaban su labor pastoral con un trabajo remunerado, y solo el 28,1% recibía un sueldo fijo de su organización. El 66,6% obtenía ofrendas esporádicas o trabajaba sin cobrar por esa tarea.

La misma encuesta indicaba que el 73,7% había llegado al liderazgo mediante mecanismos de selección propios de su comunidad, mientras que el 17% había alcanzado el cargo por decisión propia. En cuanto a su formación, el 65,6% había estudiado en un seminario o instituto bíblico; el 10,5%, en programas de formación pastoral, y el 24% había recibido instrucción de su pastor. Son cifras de Argentina y no deben trasladarse automáticamente a Brasil, pero aportan una corrección importante a la caricatura: los liderazgos religiosos pueden surgir de circuitos comunitarios y formativos diversos.

El estudio argentino describía además iglesias pequeñas, muchas instaladas en locales modestos o vinculadas a la vivienda de la familia pastoral. El 80% tenía menos de 300 miembros, y sus congregaciones estaban compuestas en buena medida por familiares y vecinos. Más de seis de cada diez pastores situaban sus iglesias en zonas de bajos ingresos y señalaban problemas como las adicciones, la delincuencia, la pobreza y la violencia familiar. El anclaje territorial explica parte de su reconocimiento cotidiano, pero no permite concluir que todos compartan una misma posición política.

Una autoridad que también nace del trabajo social

En Argentina, los pastores encuestados dijeron que funcionarios públicos y políticos contactaban con frecuencia a sus iglesias, junto con organizaciones sociales y medios de comunicación. Esa relación se entiende mejor si se considera que las congregaciones no se limitan a celebrar servicios religiosos: también operan en entornos donde hay necesidades sociales y vínculos vecinales estrechos. Durante el confinamiento por la covid-19, el Estado nacional integró a iglesias evangélicas en un comité de crisis para la contención social en zonas especialmente vulnerables.

Ese papel no convierte automáticamente a las iglesias en organizaciones partidistas. Al contrario, ayuda a explicar por qué distintos actores políticos intentan relacionarse con ellas: los pastores pueden ser interlocutores reconocidos en su entorno, aunque sus recursos materiales sean modestos. La influencia puede derivar del servicio comunitario y la confianza acumulada, no solo del tamaño de una organización o de la presencia de sus líderes en la política nacional.

La diferencia entre representar necesidades locales y utilizar la autoridad religiosa para respaldar una candidatura es crucial. Un pastor puede intervenir en asuntos de pobreza o violencia familiar sin que eso implique una adhesión partidista; también puede influir electoralmente sin que toda su comunidad lo siga. Fundir esos papeles en una sola imagen oculta tanto el trabajo cotidiano de muchas iglesias como los riesgos de convertir la fe en una herramienta de campaña. La cercanía con el barrio explica la relevancia pública, pero no justifica la manipulación.

Cuando la fe se convierte en campo de batalla

Las experiencias recogidas durante la elección brasileña muestran que la presión política dentro de una iglesia puede tener consecuencias personales. Algunas personas se sintieron incómodas al escuchar que votar por un candidato era una forma de defender a Dios; otras decidieron alejarse temporalmente de su congregación. Esa reacción no demuestra que el mensaje dominara a todos los fieles, pero sí deja ver el coste de llevar la polarización partidista a un espacio que para muchos tiene un sentido espiritual y comunitario.

La disputa tampoco se resuelve declarando que la política debe quedar fuera de toda iglesia. Las comunidades religiosas participan en debates públicos como otros grupos sociales, y sus miembros tienen derecho a expresar posiciones. El problema surge cuando se presenta una afirmación falsa como verdad religiosa, se presiona a los fieles mediante el temor o se confunde una candidatura con la única opción compatible con la fe. La libertad de participación política y el uso de la autoridad pastoral no son lo mismo.

Por eso, el episodio brasileño habla tanto de estrategia electoral como de confianza. Los candidatos buscaban el respaldo de una comunidad numerosa; algunos pastores usaron su tribuna para orientar el voto, y la desinformación encontró en las redes religiosas un canal rápido y cercano. Pero la diversidad de las iglesias, las diferencias entre países y la autonomía de los creyentes impiden reducir el fenómeno a una alianza automática. El pulso por el voto evangélico revela el poder de las redes locales y también sus límites: la fe puede convertirse en argumento de campaña, pero no es propiedad de ningún partido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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