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Naturaleza

La norma europea contra la deforestación cambia de calendario

La norma retrasa su aplicación y simplifica parte de las obligaciones, pero mantiene exigencias de trazabilidad para los productos afectados.

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UE aplaza su ley contra la deforestación

La Unión Europea fijó un año adicional para aplicar su reglamento contra la deforestación: el acuerdo entre el Parlamento Europeo y el Consejo situó el comienzo de las obligaciones para los grandes operadores y comerciantes en el 30 de diciembre de 2026, y para los pequeños operadores en el 30 de junio de 2027. La norma busca impedir que productos vendidos en el mercado comunitario procedan de tierras deforestadas o contribuyan a la degradación de bosques.

El cambio no elimina el sistema de control. Las empresas que introduzcan por primera vez en el mercado europeo determinadas materias primas y sus derivados deberán acreditar su origen y aportar información de geolocalización. El pacto también simplifica parte de los trámites para negocios pequeños y traslada la responsabilidad principal a quienes ponen los productos en el mercado por primera vez: más tiempo para adaptarse no significa que desaparezca la obligación de rastrear la cadena de suministro.

Un año más para aplicar una norma de alcance mundial

El Reglamento de la Unión Europea contra la Deforestación, conocido por sus siglas en inglés como EUDR, fue adoptado en 2023. Su propósito es reducir el vínculo entre el consumo europeo y la pérdida de bosques en los países donde se producen ciertas materias primas. La lógica es sencilla, aunque llevarla a la práctica resulte complejo: si un producto entra en el mercado comunitario, su responsable debe poder demostrar que no procede de terrenos deforestados y cumplir los requisitos de diligencia debida.

El aplazamiento acordado entre los negociadores europeos añadió doce meses al calendario previsto en la tramitación anterior. La fecha establecida para grandes empresas, operadores y comerciantes es el 30 de diciembre de 2026; los particulares y las micro y pequeñas empresas cuentan con plazo hasta el 30 de junio de 2027. La diferencia de seis meses reconoce que los actores de menor tamaño tienen menos recursos administrativos, aunque no los excluye por completo de la regulación.

La medida llegó después de un primer aplazamiento, justificado por la falta de tiempo para que empresas y administraciones se preparasen. Más tarde, la Comisión Europea propuso cambios para simplificar las obligaciones de los pequeños negocios y retrasar seis meses la aplicación del régimen sancionador, mientras mantenía entonces como referencia el 30 de noviembre de 2025 para el comienzo del sistema. Durante la negociación, los Estados miembros reabrieron el debate y defendieron un retraso generalizado, que acabó convertido en el nuevo calendario.

Por eso no se trata solo de mover una fecha en el calendario. La discusión enfrenta dos necesidades: que una norma ambiental exigente pueda aplicarse con datos y sistemas que funcionen, y que el tiempo adicional no debilite la capacidad de frenar la deforestación asociada al consumo europeo. El aplazamiento ofrece margen operativo, pero prolonga el periodo en el que la regulación todavía no despliega plenamente sus controles.

Qué productos quedan dentro del reglamento

La regulación abarca materias primas relacionadas con la deforestación, entre ellas ganado, cacao, café, aceite de palma, soja, madera y caucho. También contempla productos derivados, como cuero, chocolate y muebles. La lista importa porque el control no se limita a la materia prima tal como sale del campo o del bosque: puede alcanzar artículos transformados que forman parte de las compras cotidianas y de las cadenas de suministro de numerosas empresas.

El alcance conecta actividades muy distintas. Una tableta de chocolate, un artículo de cuero o un mueble pueden depender de materias primas obtenidas en lugares alejados del consumidor europeo. La finalidad es que la transformación o el transporte no borren el rastro del origen. En el caso de los productos contemplados, la trazabilidad debe permitir relacionar la mercancía con las parcelas de las que proceden sus materias primas, en lugar de basarse únicamente en una declaración general sobre el proveedor.

El acuerdo también deja exentos los productos impresos. Esa exclusión modifica el alcance práctico de la norma y evita que ciertos artículos entren en el mismo circuito de diligencia debida que otros productos de madera. No equivale, sin embargo, a retirar del reglamento la madera como materia prima: la diferencia depende de la categoría concreta del producto. La cobertura se define por los bienes incluidos y por sus derivados, no por una prohibición general de todo producto relacionado con el bosque.

Detrás de ese catálogo hay una cuestión de escala. Entre 1990 y 2020 se perdió en el mundo una superficie forestal mayor que la de la Unión Europea, y cerca del 10 % de esa pérdida se atribuye al consumo europeo, según los datos recogidos en la información sobre el reglamento. Esa relación explica por qué la norma se dirige también a las importaciones y al consumo, no solo a la gestión de los bosques dentro de Europa.

La geolocalización convierte el origen en un requisito verificable

La obligación central consiste en demostrar que los productos afectados no han provocado deforestación ni degradación forestal en el lugar de producción. Para ello, las compañías deben aportar información de geolocalización vinculada a los terrenos de origen y presentar una declaración de diligencia debida. El cambio es significativo: la empresa no puede limitarse a conocer el país de procedencia, sino que debe conservar datos capaces de identificar el origen concreto de la materia prima.

Ese requisito transforma la trazabilidad en una tarea que atraviesa varios eslabones comerciales. Un producto puede pasar por productores, intermediarios, procesadores e importadores antes de llegar a una tienda. Cada traspaso puede separar físicamente la materia prima de su documentación, de modo que el sistema necesita mantener juntas ambas cosas: el bien que se comercializa y la información que acredita de dónde viene. La geolocalización busca cerrar el vacío entre una cadena de suministro larga y una responsabilidad ambiental comprobable.

El pacto aclaró quién debe presentar la declaración principal. La responsabilidad recae en las empresas que introducen por primera vez el producto afectado en el mercado de la UE, no en cada operador o comerciante que lo revende después. La distinción evita que la misma mercancía genere sucesivas declaraciones idénticas a medida que cambia de manos, aunque no borra la necesidad de que los actores posteriores cumplan las obligaciones que les correspondan.

La eficacia del sistema dependerá, por tanto, de algo menos visible que una fecha legal: la calidad de los datos y el funcionamiento de las herramientas informáticas. El Parlamento incorporó una obligación para que las autoridades competentes compartan información sobre errores técnicos o interrupciones importantes del sistema. Si la plataforma falla o los datos no son utilizables, el calendario por sí solo no basta para que la trazabilidad funcione; de ahí que el acuerdo trate también la comunicación de incidencias.

Qué cambia para pequeñas empresas y operadores primarios

Las micro y pequeñas empresas y los operadores primarios reciben un tratamiento simplificado frente al régimen más exigente. En particular, los micro o pequeños operadores primarios deberán presentar una única declaración simplificada. La medida reduce la carga documental para quienes producen directamente en origen y cuentan con menos capacidad administrativa que una gran compañía importadora, sin eliminar el objetivo de identificar la procedencia de las mercancías.

La simplificación responde a una crítica práctica planteada durante la negociación: aplicar el mismo volumen de trámites a una gran cadena internacional y a un pequeño productor puede resultar desproporcionado. Sin embargo, el tamaño de la empresa no altera el problema que intenta resolver la norma. La autoridad necesita información suficiente para valorar si un producto está vinculado a deforestación, mientras el operador necesita un procedimiento que pueda completar con los recursos disponibles. El acuerdo intenta ajustar la forma de declarar, no abandonar el control sobre el origen.

El plazo adicional para los pequeños actores, hasta el 30 de junio de 2027, va en la misma dirección. Les concede seis meses más que a los grandes operadores y comerciantes, cuyo límite es el 30 de diciembre de 2026. Esa diferencia reconoce que adaptarse puede exigir cambios en la documentación y en la relación con los proveedores, aunque la información disponible no establece un coste económico uniforme para todas las empresas ni permite calcularlo de forma general.

Otro ajuste afecta a la cadena de comercialización: la declaración de diligencia debida se concentra en quien pone el producto por primera vez en el mercado europeo. Así se evita trasladar el trámite completo a todos los distribuidores sucesivos, sin convertir la reventa en una zona ajena al reglamento. La intención es que la carga recaiga donde se produce la entrada inicial del bien, un punto en el que la empresa puede organizar la información de origen antes de que la mercancía circule por el mercado.

La revisión de 2026 mantiene abierta la discusión

El acuerdo incorporó una cláusula que encargaba a la Comisión Europea presentar, antes de abril de 2026, un informe sobre el impacto de la ley y la carga administrativa que supone, en particular para los micro y pequeños operadores. La revisión debía valorar cómo funciona la regulación y qué obstáculos plantea su aplicación. No era una sustitución automática del reglamento, sino una evaluación que podía alimentar decisiones posteriores sobre su implementación.

Ese examen generó críticas porque algunos sectores temían que abriera la puerta a debilitar la norma o a retrasarla de nuevo. La preocupación no era únicamente el informe en sí, sino el precedente de revisar una regulación ambiental antes de que su aplicación completa hubiera podido mostrar sus resultados. La tensión está entre corregir trámites que no funcionan y alterar el nivel de protección que la ley pretende garantizar.

La cláusula también refleja que la negociación no resolvió todas las discrepancias. Los defensores de la simplificación sostienen que reglas más claras pueden facilitar el cumplimiento y hacer más eficaz el control; sus críticos advierten que cada excepción o demora puede reducir la presión para que las cadenas de suministro cambien. La evaluación administrativa y el resultado ambiental no son necesariamente objetivos opuestos, pero tampoco se puede dar por hecho que una reducción de trámites preserve siempre el mismo efecto.

El plazo fijado para el informe ya forma parte del calendario aprobado en el acuerdo descrito. La información disponible sobre ese pacto explica qué debía evaluar la Comisión, pero no detalla las conclusiones de un informe posterior ni permite atribuirle cambios concretos. Por eso, el dato seguro es el mandato de revisión y su alcance: medir el impacto de la norma y, especialmente, la carga sobre los operadores de menor tamaño.

Una disputa política que también afecta al comercio

El reglamento se convirtió en uno de los símbolos ambientales del Pacto Verde Europeo, pero su aplicación afecta a relaciones comerciales que van mucho más allá de las fronteras comunitarias. Los productores de países exportadores deben facilitar información sobre el origen de sus materias primas si quieren vender los productos afectados en la UE. La exigencia, por tanto, influye tanto en empresas europeas como en proveedores internacionales que participan en esas cadenas.

La versión más exigente de la normativa recibió críticas de la Administración estadounidense de Donald Trump y de varios países productores. Al mismo tiempo, contó con el respaldo de grandes empresas chocolateras, de la comunidad científica y de organizaciones ecologistas. Esa división muestra que la regulación no enfrenta simplemente a quienes comercian con quienes protegen la naturaleza: algunas compañías apoyan reglas comunes porque pueden aportar previsibilidad, mientras otros actores consideran que la carga de demostrar el origen resulta difícil de asumir.

La negociación europea también estuvo marcada por desacuerdos entre grupos políticos. El resultado parlamentario llegó después de que fracasaran las conversaciones entre populares, socialdemócratas, liberales y verdes para acordar una posición común. En la votación, el Partido Popular Europeo y los grupos de ultraderecha respaldaron el retraso, una alianza que la vicepresidenta de la Comisión para la Transición Limpia, Justa y Competitiva, Teresa Ribera, criticó con dureza.

La comisaria de Medio Ambiente, Jessika Roswall, defendió que unas reglas más sencillas podían aportar claridad a las empresas y reducir cargas para agricultores y silvicultores, sin abandonar la acción contra la deforestación mundial. Esa posición resume la promesa política del acuerdo: hacer que la norma sea aplicable sin vaciar su propósito. El debate decisivo será si la simplificación mejora el cumplimiento real o si el tiempo añadido se traduce en una protección más tardía.

El plazo cambia; la presión sobre los bosques permanece

El nuevo calendario concede tiempo a las empresas, a los productores y a las administraciones para organizar los controles, pero también retrasa la aplicación plena de una herramienta pensada para reducir la deforestación asociada al mercado europeo. La norma intenta actuar sobre una causa concreta: la demanda de materias primas y productos cuya procedencia puede estar vinculada a la pérdida de bosques. Por eso, sus resultados dependerán menos de la fecha anunciada que de la información que llegue a las autoridades y de la capacidad de verificarla.

La regulación tampoco convierte cada cadena internacional en un sistema transparente de un día para otro. La identificación de parcelas, la transmisión de datos y la asignación de responsabilidades requieren coordinación entre actores que pueden operar en países y sectores distintos. El retraso ofrece margen para preparar esas piezas, pero no responde por sí solo a las dificultades de acceso a la información ni resuelve las diferencias entre empresas grandes y pequeños proveedores.

En el centro queda una pregunta de política ambiental: cómo reducir la carga administrativa sin perder la conexión entre lo que se consume en Europa y el lugar donde se produjo. La UE fijó fechas distintas, simplificó algunas declaraciones, eximió los productos impresos y previó revisar el impacto de la norma. El equilibrio final se medirá por la capacidad de hacer trazable el origen sin convertir las excepciones en una vía para eludir el objetivo común.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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