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Dos millones de ucranianos viven ocultos para no ir al frente

Reclutamiento en Ucrania: dos millones se esconden, Kiev endurece controles y la Marina ofrece elegir destino ante el miedo a la infantería.

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ucranianos viven ocultos para no ir al frente

Reclutamiento en Ucrania: dos millones se esconden, Kiev endurece controles y la Marina ofrece elegir destino ante el miedo a la infantería.

La guerra en Ucrania ya no se explica solo con mapas y flechas rojas: se explica con decisiones domésticas, con puertas que se cierran por dentro y con vidas que se repliegan para no quedar a la vista. En pleno cuarto año de hostilidades, con el frente tragando hombres y material a un ritmo que no da tregua, el país vive una tensión silenciosa y constante: millones de varones en edad de ser movilizados oscilan entre presentarse y entrar en el sistema militar, o desaparecer en una clandestinidad cada vez más cara y más estrecha.

La norma es clara y, por eso, pesa más: los hombres de 25 a 60 años están obligados a acudir ante las autoridades militares para que se determine si son aptos y, llegado el momento, puedan ser llamados a combatir. Pero la realidad no cabe en una frase legal. Con un Ejército que necesita reforzarse y un enemigo superior en número, esa obligación se ha convertido en una grieta social: hay quien se alista para elegir destino antes de que se lo asignen, y hay quien se esconde por miedo a acabar donde nadie quiere acabar, en la infantería y en las posiciones más expuestas.

Kiev, toque de queda y un grafiti que no deja dormir

En el centro de Kiev, una persiana metálica pintada con letras grandes funciona como recordatorio para cualquiera que vuelva tarde a casa. No hace falta una sirena para que se note la guerra: basta una frase lanzada a la calle, algo así como un puñetazo en la retina, y un reloj que manda porque existe toque de queda. La escena es conocida en la capital: bares con conversaciones apuradas, el último trago que se estira, la caminata rápida antes de que la ciudad cambie de fase. La noche no es noche del todo; es un tramo vigilado, con la sensación de que el margen se acaba siempre demasiado pronto.

Ese grafiti no discute. No matiza. Dice “todos”, y el “todos” en un país movilizado es una palabra peligrosa, porque no suena a eslogan sino a aviso. Kiev, que aprendió a sobrevivir a bombardeos, apagones y alarmas, también ha aprendido a convivir con otro tipo de amenaza: la de una convocatoria que te coloca en una lista y te obliga a reorganizarlo todo. La guerra, en ese punto, deja de ser un acontecimiento lejano. Se cuela en la rutina como el frío que se mete por una ventana mal cerrada.

El clima social se ha endurecido porque el tiempo se ha alargado. Sin avances decisivos en las conversaciones de paz impulsadas por Estados Unidos y con Donald Trump alternando el foco internacional, el horizonte de un final claro no termina de tomar forma. En estas últimas semanas han vuelto a aparecer reuniones y contactos, pero el terreno sigue siendo áspero: Rusia mantiene exigencias territoriales máximas y Ucrania insiste en que ceder territorio no entra en su diccionario político. Mientras arriba se habla de fórmulas y garantías, abajo se vive con el cuerpo en alerta.

La obligación de presentarse y la maquinaria del reclutamiento

El marco legal de la movilización en Ucrania se ha ido ajustando conforme la guerra pedía más. Un hito importante llegó cuando se redujo la edad de movilización de 27 a 25 años, una decisión firmada en abril de 2024 con un objetivo transparente: ampliar el embudo de potenciales reclutas y generar más fuerza de combate. En la práctica, esa bajada de edad cambió la vida de cientos de miles de jóvenes que, de un día para otro, dejaron de sentirse “aún no” y pasaron a ser “ya”.

El sistema se apoya en los centros territoriales de reclutamiento y apoyo social —las oficinas que, en la conversación diaria, se asocian directamente con la palabra reclutadores— y en un registro que determina quién está dentro y quién, por distintas razones, queda temporalmente fuera. Aquí entra lo delicado: el papel no siempre se traduce bien en la calle. La guerra prolongada ha alimentado choques, sospechas, acusaciones de arbitrariedad, discusiones a plena luz del día. Y el ruido de esas escenas, amplificado por redes y mensajería, ha hecho que muchos vivan el reclutamiento no como trámite, sino como amenaza móvil.

A esa tensión se suma el problema que nadie disimula ya: la falta de personal en primera línea. El frente necesita rotaciones, descanso, reemplazos. La guerra moderna, con drones, artillería y vigilancia constante, devora energía física y mental; mantener posiciones no es solo “aguantar”, es aguantar bajo sensores, bajo fuego, bajo barro helado. Cuando un Ejército arrastra desgaste y las bajas —por heridas, por agotamiento, por muerte— se acumulan, el reclutamiento deja de ser un mecanismo administrativo y se convierte en un asunto de supervivencia del Estado.

En ese contexto aparece una cifra que explica el tamaño del conflicto interno: dos millones de ucranianos viven escondiéndose de los reclutadores por miedo a ser llamados a filas, según el Ministerio de Defensa citado en el relato. Dos millones es una ciudad entera multiplicada, una masa humana que no encaja en la idea clásica de “evasores” como minoría. Es un fenómeno social, no una anécdota. Y cuanto más grande se hace, más se endurece el sistema para cerrarlo.

Vivir escondido: Odesa, trabajos pequeños y realidad virtual

La clandestinidad, en 2026, puede tener forma de apartamento pequeño, de una sola habitación, y estar situada lejos de los grandes discursos políticos. En el puerto del mar Negro, en Odesa, un músico y compositor profesional de 37 años ha pasado año y medio viviendo en una especie de cápsula: trabajos pequeños para clientes, comida pedida a domicilio —hasta Glovo aparece como detalle revelador— y unas gafas de realidad virtual para apartar la mente de lo que ocurre fuera. La imagen tiene algo de ciencia ficción triste: no es solo esconderse del Estado, es esconderse de la propia realidad, como si la guerra fuera un ruido blanco que se pudiera bajar con un casco y una pantalla.

Con el tiempo, esa vida se vuelve un mapa de restricciones. No es únicamente “no salir”; es medir cada salida, reducir trayectos, evitar lugares donde pueda haber controles, renunciar a gestos mínimos: una visita, un paseo, una gestión, un café. La calle se transforma en un escenario con trampas. Y esa presión no viene solo de la ley, sino del aumento de patrullas y operativos: se describe que los reclutadores peinan incluso bosques y bulevares remotos buscando a quienes no se han inscrito o han evitado el registro. La guerra, así, invade el espacio público de una manera diferente: no con misiles, sino con presencia.

Lo más duro de esa clandestinidad es su carácter corrosivo. Al principio, puede venderse a uno mismo como una pausa, una estrategia temporal, una decisión “hasta que pase algo”. Pero el conflicto no pasa. Se alarga. Y la pausa se convierte en vida. La casa deja de ser refugio y pasa a ser frontera. El cuerpo se acostumbra a no exponerse; la mente se acostumbra a vivir con un miedo que no explota, pero tampoco se va. Hay quienes aguantan meses; otros, años. Y mientras tanto, fuera, el país sigue moviéndose.

En esa vida de escondidos hay un detalle que se repite: el temor no es abstracto. No es “tengo miedo a alistarme”. Es “tengo miedo a dónde me mandan”. Porque en el circuito forzoso la asignación puede ser peor, más dura, más peligrosa. Y eso alimenta una lógica casi perversa: cuanto más se esconde alguien, más posibilidades tiene de acabar en las unidades menos deseadas si lo atrapan; y cuanto más miedo existe a esas unidades, más gente se esconde. Un círculo que aprieta.

Presentarse para elegir: Marina, drones y la sombra de la infantería

En el otro lado del dilema hay una idea que se está extendiendo como argumento oficial y, a la vez, como conversación de pasillo: si la guerra continúa, quizá sea mejor entrar por voluntad propia para conservar un pequeño margen de decisión. Aquí aparece la Marina ucraniana como ejemplo de un enfoque que combina necesidad y oferta: atraer a voluntarios prometiendo, en la medida de lo posible, encaje por habilidades. El capitán Oleksandr Tomishch lo plantea de forma muy directa: ahora hay poca gente dispuesta a servir en infantería y se nota una preferencia por puestos de operación de drones. No hace falta traducirlo; drones suena a tecnología y distancia, infantería suena a cuerpo expuesto y barro.

Esa preferencia no significa que los drones sean un trabajo cómodo. La guerra con drones también mata, también quema neuronas y nervios, también deja secuelas. Pero el imaginario es distinto y, sobre todo, la probabilidad percibida de supervivencia cambia. En un conflicto donde los ojos del enemigo están en el aire —y donde Ucrania también ha convertido el cielo en su herramienta—, el frente se vive como un espacio hipervigilado. La infantería, en esas condiciones, se vuelve el destino más temido porque es el más físico y el menos negociable: estar allí, aguantar allí, moverse allí.

El capitán Maksim Gorbunov, jefe de reclutamiento en la Marina, empuja esa misma lógica un paso más: insiste en que es mejor tener la posibilidad de elegir libremente cómo y dónde servir, porque la guerra continúa y llegará un momento en que no se podrá elegir. La frase, leída sin adornos, es un aviso administrativo con forma de ultimátum suave: entra ahora, con opciones; entra después, con menos. Y en esa presión hay también un mensaje para los ucranianos fuera del país, la diáspora, a quienes se anima a “dar un paso al frente” para evitar vivir en la clandestinidad. No es solo reclutar, es intentar coser una fractura social que, si se agranda, puede dañar el esfuerzo de guerra desde dentro.

Entre quienes han optado por presentarse aparecen biografías concretas, con nombres y oficios que ayudan a entender el salto. Serguí Panashchuk, corresponsal en el frente para medios británicos, decidió acudir al centro de reclutamiento de la Marina y ahora trabaja en comunicación, dentro del Ejército, haciendo “lo que mejor sabe hacer”. Esa frase tiene algo muy ucraniano, muy de guerra larga: no se entra necesariamente para reinventarse, sino para seguir siendo útil con lo que ya se domina. El uniforme como extensión del oficio, no como ruptura total.

Otro caso es el de Stanislav Karabinenko, que al entrar en la franja de movilizables —al cumplir 25— dejó su trabajo como montador de paneles solares y se presentó voluntariamente ante la 39.ª Brigada de la Marina ucraniana. Recibirá entrenamiento y será desplegado cerca del frente como especialista en guerra electrónica, probablemente en la región de Jersón. Su motivación, expresada sin épica, es reveladora: no quiere problemas en el futuro, quedarse todo el tiempo en casa no es opción. Ahí asoma el cansancio de la clandestinidad y la sensación de que esconderse, al final, también es perder la vida, solo que lentamente.

Sueldos, riesgos y la vida “normal” que ya no es normal

La promesa más tangible de presentarse no es una medalla; es poder caminar sin miedo a un control, recuperar una vida pública mínima, dejar de vivir con el corazón encogido cada vez que alguien llama al timbre. Pero esa normalidad tiene precio, y no solo moral. En el relato, se subraya un dato que choca especialmente en un país con mucha economía digital: los militares que no combaten cobran apenas 400 euros al mes. Para profesionales del sector tecnológico que trabajan para empresas extranjeras desde casa —muchos, precisamente, escondidos—, pasar a ese sueldo implica una caída fuerte de ingresos, además del temor persistente a que, un día, el Ejército los necesite en otra parte y el destino cambie.

La cuestión del dinero no es menor porque el sistema de remuneraciones en Ucrania combina base y complementos, y la diferencia entre retaguardia y frente puede ser enorme. Hay pagos asociados a tareas de combate y remuneraciones adicionales por periodos acumulados en zonas de contacto, un mecanismo pensado para compensar el riesgo y para retener a quienes están donde más quema. El propio Ministerio de Defensa ha tenido que aclarar en enero de 2026 cómo y cuándo se abonan estas remuneraciones, señal de que el pago no es solo un incentivo: es un tema sensible, de confianza, de supervivencia cotidiana.

Pero incluso con complementos, el problema no se resuelve del todo. La guerra ha creado una especie de mercado interno de destinos: puestos más técnicos, más “aprovechables” para una vida posterior; puestos más expuestos, asociados a desgaste inmediato. Y en esa lógica, el Estado intenta vender el alistamiento voluntario como decisión racional, casi como gestión de carrera en una situación extrema: entra, elige lo que encaja con tus habilidades, evita acabar forzado en lo peor. En paralelo, el endurecimiento contra la evasión empuja en dirección contraria: cuanto más se persigue a los escondidos, más se refuerza la idea de que el margen se reduce.

También hay un elemento humano, difícil de medir pero fácil de ver: la fatiga social. Una guerra de casi cuatro años no solo agota a los soldados; agota a quienes esperan, a quienes sostienen hogares, a quienes trabajan con el miedo en el bolsillo. En ese clima, cada historia como la del músico de Odesa o la del joven de la brigada de marines no es solo un caso individual; es un espejo. Unos se ven reflejados en la persiana de Kiev y piensan “yo también”; otros, al leerlo, aprietan el paso y vuelven a casa antes, como si la prisa pudiera proteger.

La política exterior añade una capa más de incertidumbre. Las últimas conversaciones en Abu Dabi, con participación de representantes de Ucrania, Rusia y Estados Unidos, han vuelto a poner encima de la mesa la palabra “acuerdo”, pero acompañada de exigencias incompatibles: Moscú insiste en que Kiev debería ceder el control total del Donbás, mientras Ucrania mantiene su línea de integridad territorial y busca garantías de seguridad respaldadas por Washington. Se habla de documentos “listos”, de ratificaciones futuras, de próximas reuniones. En la calle, ese calendario se traduce en algo muy simple: mientras no haya firma real, la movilización sigue, las patrullas siguen, el dilema sigue.

Entre el uniforme y la sombra

En Ucrania, hoy, el reclutamiento no es solo un procedimiento. Es una experiencia social que divide días, amistades, familias; que transforma las ciudades en lugares con dobles lecturas y que empuja a muchos a llevar una vida encogida, como si el cuerpo ocupase menos espacio para no ser visto. La clandestinidad tiene escenas concretas —un apartamento en Odesa, comida a domicilio, un visor de realidad virtual— y el alistamiento también las tiene —una oficina de reclutamiento, un destino elegido a medias, un cambio de sueldo, un entrenamiento con fecha y una región probable, Jersón, que ya no es un punto del mapa sino una posibilidad personal.

La guerra ha creado una jerarquía incómoda de destinos dentro del propio Ejército: drones, guerra electrónica, comunicaciones… frente a infantería. Esa jerarquía no nace de caprichos; nace de cómo se mata y se muere en este conflicto, de cómo el cielo observa, de cómo la artillería castiga, de cómo el invierno muerde los huesos en posiciones donde el terreno se convierte en una trampa. Por eso el argumento de “presentarse para elegir” gana terreno: no promete seguridad, promete un grado mínimo de control en un país donde el control se ha vuelto un lujo.

Y, sin embargo, el dilema no se resuelve con consignas ni con moralinas. Para algunos, esconderse es una forma de supervivencia psicológica; para otros, un callejón que se estrecha hasta asfixiar. Para algunos, alistarse es patriotismo; para otros, es evitar un futuro con problemas, o evitar una captura que acabe en el peor destino posible. Entre ambos extremos hay millones de matices, pero el marco es el mismo: una guerra larga que sigue pidiendo hombres, una paz que se negocia sin aterrizar y una frase en una persiana de Kiev que, por simple, golpea más: al frente, o a la sombra.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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