Actualidad
Por qué Trump hace tenientes coroneles a 4 jefes de Big Tech

Trump acerca Meta, OpenAI y Palantir al Ejército con galones y uniforme en una maniobra que cambia la relación entre Big Tech y poder.
Estados Unidos sí ha puesto uniforme y rango de teniente coronel reservista a cuatro pesos pesados del negocio tecnológico: Andrew Bosworth, jefe de tecnología de Meta; Shyam Sankar, jefe de tecnología de Palantir; Kevin Weil, director de producto de OpenAI; y Bob McGrew, exresponsable de investigación de OpenAI y hoy vinculado a Thinking Machines Lab. La escena existió, no era un montaje, y se produjo el 13 de junio de 2025 en Joint Base Myer-Henderson Hall, a pocos minutos del Pentágono, durante la presentación del Destacamento 201, la nueva unidad de innovación del Ejército de Estados Unidos.
Lo que conviene afinar, porque ahí está el truco de la noticia, es otra cosa: no fue un gesto personal y aislado de Donald Trump como si una mañana hubiera decidido repartir galones desde el Despacho Oval. La operación se hizo dentro de su administración, con Daniel Driscoll ya confirmado como secretario del Ejército, pero la idea del programa venía madurándose desde abril de 2023, con Joe Biden aún en la Casa Blanca. Trump no inventó la criatura, aunque sí gobierna el momento en que esa criatura sale del laboratorio, se pone la gorra y empieza a caminar por los pasillos del poder militar.
No era un bulo, pero sí una media verdad
La imagen impresiona porque rompe un código muy viejo. Lo habitual era ver a generales retirados fichando por empresas tecnológicas o contratistas de defensa; lo nuevo es la maniobra inversa, casi con aroma de época: los ejecutivos de Silicon Valley entran en la estructura militar sin dejar del todo sus despachos, sus acciones y sus agendas privadas. El Ejército lo presentó como un puente entre la velocidad comercial y la lentitud burocrática, una forma de meter en la reserva a especialistas capaces de acelerar software, inteligencia artificial, robótica, redes y análisis automatizado de datos. Dicho de otro modo, llevar al uniforme el cerebro de empresas que ya estaban haciendo negocio con el Estado.
El nombre del invento tampoco es casual. Detachment 201, o Executive Innovation Corps, nace con una misión explícita: reclutar a altos ejecutivos para servir a tiempo parcial como asesores senior en proyectos concretos y ayudar a desplegar soluciones rápidas y escalables a problemas complejos. El propio Ejército explica que esa unidad busca impulsar su transformación para hacer la fuerza “más ágil, más inteligente y más letal”. La frase, por sí sola, ya retrata el marco mental: no se trata de un adorno institucional ni de una campaña simpática de reclutamiento; se trata de meter tecnología privada en el corazón del aparato militar y hacerlo con rango suficiente como para sentarlos en la mesa correcta.
Ahí aparece el detalle que más ha irritado dentro y fuera del Ejército. El acceso no siguió el itinerario estándar de un oficial. El programa ordinario de comisiones directas del Army incluye un curso de seis semanas y otra formación complementaria según el puesto. En el caso de estos cuatro ejecutivos, no harían el curso completo y recibirían una preparación mucho más reducida, centrada en nociones básicas, uso del uniforme, puntería, forma física y tareas elementales del soldado. Cuando una institución que convierte el tiempo, la jerarquía y la carrera en religión decide regalar un rango que normalmente se asocia a trayectorias largas, lo que cruje no es solo el protocolo; cruje la cultura entera.
Qué es de verdad el Destacamento 201
Oficialmente, el Ejército vende el Destacamento 201 como una respuesta al desfase entre la innovación civil y la militar. Las grandes tecnológicas viven en ciclos de meses; el Pentágono, en ciclos de años. Allí donde una empresa cambia modelo, proveedor y arquitectura en una tarde de pánico y café, la maquinaria militar suele tardar eternidades, sellos, comités y memorias técnicas. La nueva unidad pretende corregir eso: absorber talento del sector privado y convertirlo en asesoramiento interno con autoridad formal, no meramente consultiva. De ahí el rango. No es una medalla decorativa: sirve para que la conversación entre estos fichajes y la alta cadena de mando no suene a visita de cortesía, sino a interlocución entre pares.
El propio portal de reclutamiento del Ejército deja claro que el Destacamento 201 sigue abierto a nuevas incorporaciones de ejecutivos senior y vincula la iniciativa a la comisión directa en la reserva. Es decir, no estamos ante una foto extravagante encerrada en junio de 2025; estamos ante un molde que puede repetirse. Y cuanto más se normalice, más difícil será sostener que aquello fue una rareza aislada. Al contrario: parece un ensayo general. Primero cuatro nombres muy reconocibles, luego una estructura estable, después una puerta institucional abierta para atraer perfiles de software, IA, robótica y networking al interior del sistema. Silicon Valley convertido en cantera auxiliar del Pentágono. O del complejo militar-tecnológico, que a estas alturas quizá sea el nombre más preciso.
Cuatro nombres, un mismo mensaje
Bosworth no es un ejecutivo cualquiera. En Meta es una figura central, uno de los hombres de máxima confianza de Mark Zuckerberg y uno de los grandes impulsores de la apuesta por realidad virtual, aumentada e inteligencia artificial. Sankar, desde Palantir, representa una empresa que lleva años incrustada en la seguridad nacional estadounidense mediante software de análisis, inteligencia y apoyo operativo. Weil encarna la entrada formal de OpenAI en esa conversación militar. Y McGrew, aunque ya no esté dentro de OpenAI, llega con el prestigio técnico de haber sido uno de sus cerebros de investigación y con un pie en Thinking Machines Lab. Los cuatro, juntos, componen un mensaje bastante nítido: la frontera entre la élite de la IA comercial y la arquitectura de defensa de EE. UU. ya no se está difuminando; se está institucionalizando.
También importa quién les tomó juramento y bajo qué clima político. Las imágenes oficiales del Army Reserve muestran a la cúpula militar arropando la ceremonia, con el general Randy A. George administrando el juramento y con Dan Driscoll como figura política del nuevo tiempo. No era un acto discreto ni técnico. Era, de hecho, una presentación pública de doctrina: la guerra del futuro no se prepara solo en bases, campos de tiro y centros de mando; también en compañías que fabrican modelos, nubes, cascos mixtos, sistemas de visión y software que convierte montañas de datos en objetivos, alertas y decisiones operativas.
El punto exacto en el que aparece Trump
Aquí conviene no escribir con brocha gorda. Trump no alumbró la idea inicial del Destacamento 201; esa pieza se remonta a abril de 2023, en plena presidencia de Biden, cuando el Pentágono empezó a plantear una unidad especializada en captar talento tecnológico tras la irrupción de la IA generativa. Pero la relación entre Trump y Big Tech ha cambiado tanto, y tan deprisa, que el programa ha encontrado bajo su segundo mandato un ecosistema mucho más favorable.
Eso no es un matiz menor. Una cosa es diseñar una herramienta administrativa en el final del ciclo Biden; otra muy distinta es verla crecer en una administración que ha intensificado la conexión con las empresas de IA y defensa mientras aprieta a quien no acepta ciertos usos militares de sus modelos. La señal política es crudísima: colaborar tiene premio; resistirse, desde luego, puede salir caro.
Trump aparece, por tanto, menos como inventor del mecanismo y más como acelerador del clima. El movimiento no es “Trump nombra coroneles porque sí”, sino “la administración Trump normaliza y empuja una integración cada vez más orgánica entre élites tecnológicas y aparato militar”. La diferencia importa porque cambia la lectura. No estamos ante una excentricidad presidencial suelta; estamos ante una política de época, con continuidad burocrática, cobertura institucional y una mezcla cada vez más visible de urgencia militar, negocio tecnológico y rivalidad geopolítica.
Cuando Big Tech ya no vende al Pentágono desde fuera
Palantir es el caso más contundente. Su sistema Maven ha pasado a ser un programa oficial de referencia para el ejército estadounidense, con financiación de largo plazo y una implantación más profunda en distintas ramas militares. Ese software analiza datos del campo de batalla, ayuda a identificar objetivos y se ha consolidado como uno de los sistemas de IA más relevantes dentro de las Fuerzas Armadas de EE. UU. Además, el techo contractual del proyecto creció de manera notable. Y el hombre que ahora luce galones en la reserva, Shyam Sankar, llevaba tiempo defendiendo esa plataforma ante el Congreso. No es una coincidencia elegante; es la foto completa del problema.
Meta, por su parte, también llevaba camino recorrido. La empresa ya había movido ficha para que sus modelos de IA estuvieran disponibles para agencias del Gobierno estadounidense, incluidas las que trabajan en defensa y seguridad nacional. Más tarde, reforzó su alianza con proyectos vinculados a realidad extendida para soldados. Así que cuando Andrew Bosworth aparece jurando como teniente coronel reservista, no entra en un territorio virgen. Llega desde una compañía que ya había decidido dejar de mirar al sector defensa como un vecino incómodo y empezar a tratarlo como un cliente estratégico.
OpenAI tampoco está al margen. La compañía ha formalizado acuerdos con el aparato militar estadounidense para desplegar sistemas avanzados de IA en entornos clasificados. También ha intentado dejar por escrito ciertas líneas rojas, como el rechazo a la vigilancia masiva doméstica o al uso de sus sistemas para dirigir armas autónomas sin control humano. Traducido: OpenAI ya no discute desde la barrera si el Estado debe usar IA avanzada; discute en qué condiciones quiere estar dentro. Que uno de sus principales ejecutivos vista uniforme solo remata, con una obscenidad casi pedagógica, ese desplazamiento.
La zona gris que vuelve todo más serio
El gran asunto no es la estética del uniforme, aunque la estética importe mucho. El gran asunto es la cadena de intereses. Si el Ejército incorpora como oficiales reservistas a ejecutivos cuyas compañías venden, desarrollan o esperan vender sistemas críticos a defensa, la vieja muralla entre asesor público y beneficio privado se vuelve porosa. Su papel será asesorar sobre integración de tecnologías que, muchas veces, llegarán desde las mismas empresas que les pagan el sueldo. Y esa frase no es una exageración retórica; es casi la definición técnica de una zona gris.
Por eso la discusión ética no es ornamental. Da igual que la normativa formal exista o que cada compañía prometa salvaguardas, separación de funciones o respeto a las reglas. Cuando la misma constelación humana circula entre consejo técnico, influencia institucional, información sensible y contratos públicos, la sospecha no hace falta fabricarla: aparece sola. Más todavía en un momento en que el Pentágono premia a unos actores, castiga a otros y acelera la adopción de IA en escenarios cada vez más duros. En ese paisaje, el uniforme actúa como símbolo y como palanca. Da legitimidad, acceso, proximidad. Y todo eso, en Washington, vale tanto como un contrato firmado.
La foto que explica una época
Hay imágenes que resumen una década mejor que un informe. Esta es una de ellas. Cuatro tecnólogos multimillonarios —o situados en la sala donde se deciden esas fortunas— levantan la mano en una base militar cercana al Pentágono, con rango alto, sin haber recorrido la carrera clásica del Ejército y bajo una fórmula que pretende convertir la innovación privada en músculo institucional. Al fondo no está solo Trump, ni solo Biden, ni solo el complejo industrial de la defensa. Está algo más grande: el convencimiento de que la superioridad militar futura dependerá menos del acero aislado y más de la fusión entre código, datos, sensores, nube, visión aumentada e inteligencia artificial.
Eso explica que la escena resulte tan incómoda. Porque no parece sacada de un mundo completamente nuevo; parece, más bien, la versión sin maquillaje de un proceso que llevaba años incubándose. Primero, los contratistas tecnológicos vendían herramientas. Después, los gigantes digitales ofrecían modelos al Gobierno. Luego, las startups de defensa se convertían en estrellas políticas. Ahora el paso siguiente es visible a simple vista: los ejecutivos se integran en la estructura militar con rango y misión. La puerta giratoria ya no gira solo al retirarse; gira en activo, hacia dentro y hacia arriba.
Y, claro, hay una capa cultural que no conviene subestimar. El grado de teniente coronel no es un detalle de vestuario. En el ecosistema militar estadounidense representa autoridad, trayectoria, antigüedad y responsabilidad. Que ese rango se entregue a figuras externas mediante una vía acelerada, aunque sea en la reserva y con funciones técnicas, altera la percepción interna del mérito y la externa de la institución. Muchos militares lo leen como trato preferente. Muchos civiles, como captura corporativa. Y el Pentágono, en lugar de esconder esa incomodidad, parece asumirla como precio inevitable para ganar velocidad frente a rivales que tampoco están esperando a que los manuales se pongan al día.
La línea que acaba de cruzarse
Lo más relevante de esta historia no es decidir si Trump “los nombró” en sentido notarial estricto o si solo bendijo un proceso ya en marcha. Lo decisivo es que, bajo su administración, la mezcla entre Big Tech y poder militar ha dejado de ser un rumor, una filtración o una colaboración periférica: ahora lleva nombre de unidad, fecha de juramento, fotos oficiales y estrategia declarada. Los cuatro galones reservistas son la parte vistosa de una transformación más profunda, la de un Estado que quiere pelear la guerra tecnológica no solo comprando herramientas, sino incorporando a sus fabricantes al interior de la máquina.
Y eso deja una pregunta de fondo que no desaparece, por más que en Washington finjan normalidad de despacho. Cuando quienes diseñan la infraestructura cognitiva del presente —los sistemas que ven, clasifican, anticipan, recomiendan y acaban moldeando decisiones— pasan a llevar uniforme, dónde termina exactamente el interés público y dónde empieza el interés corporativo. A veces la historia cambia con una ley. Otras, con un misil. Esta vez quizá haya cambiado con una fotografía de cuatro ejecutivos, una gorra con hoja de roble y un juramento que, mirado de cerca, parece menos una anécdota que un aviso.

Actualidad¿Por qué Pepa Bueno cerró el Telediario 2 en suspenso?
ActualidadPasapalabra: estalla la defensa de Rosa y entra Santiago
Actualidad¿De qué murió Goyi Arévalo, madre de Sara Carbonero?
ActualidadLos novios de Felipe VI: ruido, morbo y monarquía
ActualidadPor qué cae María José Rallo y quién mandará ahora en Aemet
HistoriaTal día como hoy: qué pasó el 9 de abril en la historia
Actualidad¿Por qué celebra Isabel Allende la censura de su novela?
Actualidad¿Por qué Capgemini lanza un ERE pese al auge de la IA?
Más preguntas¿Qué santo se celebra el 8 de abril? Santoral de hoy
HistoriaTal día como hoy: qué pasó el 8 de abril en la historia
Más preguntas¿A devolver Renta que significa? Todo explicado rápido
Más preguntas¿Hacer la Renta el 8 de abril acelera tu devolución?





















