Tecnología
¿Por qué TikTok e Instagram ‘devoran’ la mente adolescente?
Un psiquiatra alerta del impacto de TikTok e Instagram en menores y el plan de España para vetar redes a menores de 16 con verificación real. La idea, en bruto, es ésta: una generación que se siente más sola mientras pasa horas en redes que no están pensadas para acompañar, sino para retener.

Las redes sociales ofrecen a los adolescentes conversación, entretenimiento y espacios donde sentirse parte de un grupo. También pueden convertir su atención y sus inseguridades en materia prima para un negocio basado en que sigan mirando la pantalla. El psiquiatra e investigador Hilario Blasco-Fontecilla, docente de la Universidad Internacional de La Rioja, sostiene que TikTok e Instagram están diseñadas para retener a menores en una etapa de especial sensibilidad a la recompensa y la comparación. Su advertencia apunta tanto al diseño de las plataformas como a la facilidad con que una vida muy conectada puede convivir con la soledad.
El debate ha salido de las consultas. El 3 de febrero de 2026, Pedro Sánchez anunció desde Dubái su intención de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años en España y exigir a las plataformas una verificación de edad efectiva. Es una propuesta, no una prohibición ya vigente. Australia aplica desde diciembre una restricción de cuentas para esa franja de edad y Francia tramita otro límite para menores de 15. Los tres casos comparten una dificultad decisiva: proteger a los adolescentes sin transformar la comprobación de edad en un sistema invasivo de identificación.
La advertencia del psiquiatra: una red diseñada para retener
En una entrevista concedida en Logroño a EFE, Blasco-Fontecilla recurrió a la imagen de una telaraña para describir el funcionamiento de TikTok e Instagram. Su crítica no consiste en decir que cada vídeo o cada fotografía haga daño. Apunta a la acumulación de estímulos y a los mecanismos que hacen probable que una persona pase de una publicación a otra sin decidir conscientemente cuánto tiempo quiere dedicarles. La recompensa puede ser una reacción ajena, una notificación o la promesa de que el siguiente contenido será todavía más interesante.
El incentivo económico importa. Cuanto más tiempo permanece alguien en una plataforma, más oportunidades tiene esta de mostrarle contenidos y publicidad, observar sus preferencias y afinar sus recomendaciones. No hace falta imaginar una pantalla que obligue a nadie a quedarse: basta con que sea más fácil continuar que detenerse. Ese desequilibrio se vuelve especialmente relevante cuando el usuario todavía está aprendiendo a gestionar impulsos, frustraciones y relaciones sociales.
El psiquiatra dirige parte de su crítica a los adultos. Describe el móvil entregado a un niño para calmarlo como un sustituto inmediato de la atención, eficaz para conseguir silencio pero incapaz de ofrecer conversación o compañía. Lo llama negligencia emocional, una expresión severa que no debería confundirse con un juicio sobre cada familia agotada por sus horarios. Su argumento es que, cuando la pantalla ocupa de forma habitual el lugar del vínculo, también desaparecen ocasiones de aprender a esperar, expresar malestar y resolver desacuerdos.
Qué tiene de particular un cerebro todavía en desarrollo
La adolescencia no es una enfermedad ni una incapacidad para tomar decisiones. Sí es una etapa en la que siguen madurando capacidades relacionadas con la regulación de impulsos, mientras la aceptación del grupo adquiere una importancia extraordinaria. Una publicación ignorada, una respuesta que no llega o una comparación con otra persona pueden tener un peso emocional difícil de apreciar desde fuera. Blasco-Fontecilla sitúa ahí una de las razones por las que las recompensas inmediatas de las redes resultan tan atractivas.
El formato de vídeos breves, que en su explicación ejemplifica con piezas de 10 a 20 segundos, añade velocidad a ese circuito. Un clip despierta curiosidad; el siguiente ofrece una sorpresa; otro cambia de tema antes de que el anterior haya terminado de asentarse. No significa que mirar vídeos cortos destruya la capacidad de atención, una afirmación mucho más tajante de lo que permiten sostener estos datos. Significa que el usuario puede acostumbrarse a un ritmo de estímulos difícil de interrumpir, sobre todo cuando la reproducción y las recomendaciones eliminan las pausas naturales.
Una conversación presencial funciona de otra manera. Tiene silencios, expresiones faciales, desacuerdos que no se despachan pasando el dedo y momentos sin recompensa inmediata. Las redes pueden facilitar el contacto, pero ese contacto no sustituye por sí solo las habilidades que se practican cara a cara. El riesgo aparece cuando la interacción digital desplaza de forma persistente al sueño, al juego, al deporte o al tiempo compartido, no cuando un adolescente utiliza una aplicación para hablar con sus amigos.
Qué dicen los datos sobre el uso y el malestar juvenil
Blasco-Fontecilla describe en su entrevista una crisis de habilidades sociales y salud mental entre jóvenes del mundo desarrollado. Habla de un aumento del malestar desde 2010 y menciona que uno de cada diez ingresos hospitalarios en España se relaciona con problemas de salud mental. Esas afirmaciones forman parte de su interpretación clínica; tomadas por sí solas no permiten establecer cuánto de ese malestar se debe a las redes ni comparar con precisión épocas, edades o países. La asociación entre pantallas y sufrimiento requiere más matices que una causa única.
El psiquiatra también sitúa a España, Australia, Nueva Zelanda, Portugal y Grecia entre los países con una mayor carga de problemas de salud mental adolescente. En consulta, señala, aparecen jóvenes que se sienten solos pese a estar conectados durante buena parte del día. Esa paradoja no convierte a las plataformas en la explicación de todos los casos. Las dificultades familiares, escolares o personales importan. Pero ayuda a distinguir entre tener contactos disponibles y sentirse acompañado, dos experiencias que no siempre coinciden.
Un informe difundido por UNICEF España en noviembre de 2025 aporta una medida del tiempo dedicado a estas aplicaciones. Casi el 9% de chicos y chicas de 10 a 20 años pasa más de cinco horas diarias en redes sociales entre semana; en fin de semana, la proporción se acerca al 20%. El dato abarca edades distintas y no indica que todas esas horas produzcan daño. Sí muestra que, para una parte apreciable de los jóvenes, las redes ocupan una franja considerable del día.
El mismo trabajo señala que un 5,7% podría presentar un uso problemático de redes sociales, proporción que alcanza el 7,7% en Bachillerato y aparece con más intensidad entre las chicas. La expresión no equivale a diagnosticar a cada participante una adicción. Describe una relación con las plataformas que puede incluir pérdida de control o consecuencias negativas. Lo importante no es solo cuánto dura la conexión, sino qué ocurre cuando se intenta parar y qué otras actividades quedan desplazadas.
Una señal que también aparece fuera de España
La oficina europea de la Organización Mundial de la Salud informó en 2024 de que el uso problemático de redes sociales entre adolescentes había pasado del 7% en 2018 al 11% en 2022 en los datos que analizó. Es una señal de aumento, no una prueba de que todos los adolescentes conectados estén en riesgo ni de que una misma plataforma explique el cambio. Sirve para situar la preocupación española en un debate más amplio, compartido por profesionales, centros educativos y responsables públicos.
Detrás de la etiqueta estadística hay conductas reconocibles: dificultades para dejar el móvil, irritabilidad al interrumpir el uso, discusiones frecuentes, menos sueño o una atención cada vez más fragmentada. Ninguno de esos indicios aislados permite hacer un diagnóstico. En salud mental, el contexto y la persistencia del malestar importan más que una escena puntual. También importa el efecto contrario: algunos adolescentes encuentran información, expresión creativa o relaciones valiosas en espacios digitales que no tienen a su alcance fuera de ellos.
La comparación y la exposición pública cambian el tamaño de un problema
Las redes no inventaron la necesidad adolescente de pertenecer ni el miedo a quedar en ridículo. Lo que cambian es la escala. Una discusión que antes podía agotarse al salir del aula puede seguir durante la noche en un chat, convertirse en una captura de pantalla y circular entre personas que no estaban presentes. La posibilidad de repetir, comentar y conservar una escena hace que un conflicto pequeño pueda adquirir una audiencia enorme. La respuesta de quienes miran, o su silencio, añade otra capa de presión.
Instagram incorpora además un escaparate permanente de cuerpos, planes y amistades seleccionados para ser mostrados. Una fotografía no cuenta las dudas ni el aburrimiento que quedan fuera del encuadre, pero puede funcionar como término de comparación para quien todavía construye su autoestima. En TikTok, las recomendaciones pueden encadenar contenidos de una misma temática y hacer que parezcan omnipresentes. La repetición de un ideal difícil de alcanzar no afecta a todos por igual, aunque puede agravar inseguridades previas.
Hay riesgos que van más allá de la autoestima. Los contenidos dañinos o ilegales pueden difundirse con rapidez y llegar a menores antes de ser retirados. Al presentar su paquete de medidas, Sánchez relacionó la protección juvenil con los abusos, el odio, la desinformación y la explotación dentro de las plataformas. No son problemas idénticos al exceso de tiempo de pantalla, pero comparten una pregunta de fondo: qué responsabilidad tiene quien organiza y amplifica la circulación de contenidos cuando conoce los posibles daños.
Familias y escuelas ante un conflicto que no cabe en una sola pantalla
El móvil puede resolver durante un rato una necesidad doméstica muy concreta: entretener a un niño mientras los adultos trabajan, descansan o atienden otras obligaciones. Esa utilidad explica parte de su presencia en la vida familiar y también los límites de una crítica que reduzca todo a falta de voluntad. El problema señalado por Blasco-Fontecilla aparece cuando esa tregua se convierte en costumbre y la pantalla pasa a mediar cada espera, cada enfado o cada momento de aburrimiento.
La supervisión tampoco se termina en una fecha exacta. En España, la Agencia Española de Protección de Datos recuerda que, cuando el tratamiento de datos de un menor se basa en su consentimiento, si tiene menos de 14 años debe constar el de quienes ejercen la patria potestad o la tutela. Ese umbral legal no certifica que a los 14 se adquiera de golpe la capacidad emocional para afrontar una humillación viral o gestionar una exposición pública permanente. Son planos distintos: consentimiento para tratar datos y madurez para desenvolverse en una red.
Al mismo tiempo, presentar toda actividad digital adolescente como un error borra sus usos legítimos. Hay jóvenes que crean, aprenden, siguen asuntos de actualidad o encuentran comunidad en internet. La cuestión es si pueden hacerlo en entornos donde se reduzcan los riesgos sin quedar sometidos a una cadena interminable de incentivos para permanecer conectados. Ni la prohibición doméstica absoluta ni la indiferencia explican por sí solas cómo convivir con aplicaciones que ocupan ya una parte central de la vida social juvenil.
El patio continúa en el chat
La escuela recibe conflictos que no siempre nacen dentro de ella. Un comentario publicado por la noche puede marcar el ambiente del aula a la mañana siguiente; una fotografía compartida sin permiso puede acompañar a un alumno durante meses. El teléfono permite que una disputa no tenga un final claro al sonar el timbre. Por eso los centros educativos discuten normas de uso que buscan recuperar tiempo de atención y convivencia presencial, aunque retirar móviles del aula no haga desaparecer lo sucedido fuera de ella.
Francia ha incorporado el instituto a su propuesta de restringir las redes a menores de 15 años. En España, comunidades educativas llevan años probando límites parciales y reglas propias. La dificultad es que un veto escolar regula un espacio y un horario, mientras el acceso a una plataforma se prolonga hasta casa y puede desplazarse a servicios de mensajería o a cuentas compartidas. La norma del centro y la relación cotidiana con el móvil se influyen mutuamente, pero no son el mismo problema.
España propone limitar el acceso antes de los 16 años
Sánchez presentó el 3 de febrero, durante la World Governments Summit 2026 en Dubái, un paquete de cinco medidas legislativas y regulatorias relacionadas con las grandes plataformas. La más visible es impedir el acceso de menores de 16 años a redes sociales mediante sistemas efectivos de verificación de edad. El anuncio expresa una intención del Gobierno; su alcance final dependerá de los textos que se tramiten y aprueben. Por ahora, no debe confundirse con una obligación ya aplicable a todas las cuentas en España.
El paquete también plantea responsabilidades legales para directivos cuando no se retire contenido ilegal o de odio, así como tipificar la manipulación de algoritmos y la amplificación de contenido ilegal. Sánchez habló de trabajar con la Fiscalía para investigar posibles infracciones y de crear un sistema de seguimiento de la difusión del odio y la polarización. Además, anunció una coalición con otros cinco países europeos para impulsar una respuesta coordinada. Son propuestas de naturaleza distinta: unas afectan a la edad de acceso; otras, a la moderación y a las decisiones de diseño de las plataformas.
El debate legislativo tampoco empezó con aquel discurso. El Congreso tramita desde 2025 el Proyecto de Ley Orgánica para la protección de las personas menores de edad en los entornos digitales. En ese marco se discuten la comprobación de edad, obligaciones relacionadas con los dispositivos y cambios en el consentimiento para el tratamiento de datos. Una de las posibilidades contempladas es elevar a 16 años determinados umbrales. El recorrido parlamentario importa: un anuncio político puede señalar el rumbo, pero no sustituye a una norma definida y aprobada.
Comprobar la edad sin registrar la vida de todos
Verificar la edad parece sencillo hasta que se examina qué información tendría que entregar cada usuario. Un documento de identidad puede revelar mucho más de lo necesario; un escaneo facial plantea problemas de precisión, sesgos y privacidad; un cruce de bases de datos abre preguntas sobre quién conserva los registros. La dificultad es demostrar que alguien supera un umbral sin reunir, a cambio, un archivo masivo de identidades y hábitos de navegación.
También existe el fraude. Una cuenta prestada, datos de otra persona o el acceso desde un servicio que queda fuera de la definición legal pueden reducir la eficacia de un sistema estricto sobre el papel. Voces expertas citadas en el debate español advierten de que ninguna tecnología resuelve a la vez, de forma perfecta, la seguridad, la privacidad y la resistencia a los atajos. Eso no convierte la regulación en inútil; obliga a juzgar qué riesgos reduce realmente y cuáles introduce.
El marco europeo de protección de datos añade otra exigencia: cualquier solución debe ajustarse a principios de proporcionalidad y limitar la información recogida a lo necesario. La alternativa deseable sería confirmar que una persona cumple la edad exigida sin revelar toda su identidad a cada aplicación, pero el funcionamiento concreto de cada método es decisivo. Antes de hablar de un candado infalible, hace falta decidir qué datos puede pedir quien controla la puerta y cómo se vigila el uso posterior de esos datos.
Australia muestra lo que cambia cuando la obligación recae en las plataformas
Desde el 10 de diciembre de 2025, las plataformas incluidas en el sistema australiano deben tomar medidas razonables para impedir que menores de 16 años creen o mantengan cuentas. La norma no prevé sancionar por ello a los adolescentes ni a sus familias. Sitúa la responsabilidad en las empresas y contempla multas de hasta 49,5 millones de dólares australianos en casos graves o reiterados. Es una distinción importante: el Estado no trata al menor como infractor, sino que exige al proveedor que controle el acceso a su producto.
Australia no impone una única tecnología de comprobación. Esa flexibilidad permite adaptar los métodos, pero dificulta saber desde fuera qué nivel de eficacia ofrece cada plataforma. La aplicación de la medida ha traído bloqueos y desactivaciones de cuentas, mientras persisten dudas sobre el acceso mediante perfiles ajenos, consumo sin iniciar sesión o traslado a otros servicios. Impedir una cuenta no equivale a eliminar la vida digital de quien desea participar en ella.
El caso australiano también obliga a definir qué se considera una red social restringida. La frontera entre vídeo, mensajería, comunidades y entretenimiento no siempre coincide con la manera en que un adolescente utiliza una aplicación. Un servicio puede parecer inocuo en su descripción comercial y funcionar, en la práctica, como lugar de relación, publicación y recomendaciones. Por eso el precedente no ofrece una receta que España pueda copiar sin más: deja a la vista la importancia de las definiciones y del cumplimiento efectivo, además de la cifra de edad elegida.
Francia combina el límite de edad con móviles fuera del instituto
A finales de enero de 2026, la Asamblea Nacional francesa aprobó el artículo central de un proyecto para prohibir el acceso a redes sociales a menores de 15 años. El texto, respaldado por el Gobierno y el presidente, debe continuar su tramitación en el Senado. La iniciativa se acompaña de una propuesta para vetar teléfonos móviles en institutos, con vistas al próximo curso escolar. La edad elegida difiere de la española y la australiana, pero los tres países comparten la idea de imponer obligaciones que no dependan solo de la vigilancia familiar.
La combinación francesa distingue dos escenarios. La limitación de cuentas busca actuar sobre las plataformas; la restricción de móviles intenta proteger unas horas de clase y convivencia de la interrupción constante. Ninguna de las dos medidas borra los conflictos que esperan fuera del centro ni resuelve por sí sola la comprobación de edad. Su interés está en reconocer que el entorno escolar también forma parte del problema, sin hacer recaer en profesores y familias toda la responsabilidad por un diseño digital que no controlan.
Las plataformas defienden su modelo mientras crece la presión política
El anuncio español provocó respuestas públicas de responsables tecnológicos. Elon Musk atacó personalmente a Sánchez desde X; el fundador de Telegram, Pavel Durov, advirtió del riesgo de que las medidas de protección de menores se conviertan en controles más amplios sobre identidad y libertad digital. Son intervenciones distintas que muestran cómo una discusión sobre adolescentes acaba enlazada con otra sobre privacidad, poder empresarial y capacidad del Estado para regular internet.
Meta, propietaria de Instagram, defiende desde hace tiempo herramientas de control parental, ajustes de seguridad y límites en las recomendaciones para menores frente a las prohibiciones generales. Esos instrumentos pueden reducir exposición a determinados contenidos, pero el debate de fondo permanece: si una plataforma obtiene valor de que sus usuarios sigan conectados, las mejoras de seguridad conviven con un incentivo para retenerlos. El diseño y el modelo de negocio no son dos asuntos separados, aunque tampoco todas las funciones de una red tengan el mismo efecto.
Blasco-Fontecilla lleva esa crítica más lejos y describe a los menores como especialmente expuestos a productos concebidos para captar su atención. La imagen es deliberadamente dura. Sirve para desplazar el foco desde la supuesta falta de autocontrol de cada adolescente hacia las decisiones de quienes fabrican la experiencia: reproducción continua, avisos, métricas de popularidad y recomendaciones. La pregunta para gobiernos y empresas no es solo cuántos minutos pasan los jóvenes conectados, sino qué incentivos organizan esos minutos y quién responde cuando aparecen daños previsibles.
Qué podría cambiar si España aprueba el veto
Una eventual prohibición no apagaría los teléfonos de menores de 16 años. El cambio más visible estaría en la creación y conservación de cuentas: pantallas de comprobación, restricciones de acceso y decisiones sobre qué hacer con perfiles ya existentes. También habría que delimitar qué servicios entran en la categoría de red social y cuáles se consideran mensajería u otra clase de plataforma. La aplicación práctica dependería del texto aprobado, no solo de la edad anunciada en el discurso político.
Es probable que parte del uso se desplace hacia contenidos disponibles sin cuenta o espacios menos visibles, aunque su alcance no puede anticiparse con certeza. El caso de las cuentas compartidas ilustra el límite de cualquier sistema: una restricción puede elevar la dificultad de acceso sin volverlo imposible. Y cuanto más intrusiva sea la comprobación, mayor será el coste en privacidad para adultos y menores. Eficacia y protección de datos deberán evaluarse juntas, no como problemas que puedan resolverse uno después del otro.
La discusión sobre el consentimiento añade una distinción útil. La regla actual de los 14 años se refiere a determinados tratamientos de datos basados en consentimiento; no autoriza por sí sola cualquier experiencia digital ni impide que el legislador establezca otras obligaciones para las plataformas. Si se modifica ese umbral o se aprueba una restricción de acceso antes de los 16, habrá que explicar qué derecho o actividad regula cada medida. Mezclar edad para consentir, edad para abrir una cuenta y edad para usar un dispositivo solo crea una apariencia de claridad.
Lo que una prohibición no puede devolver por sí sola
Blasco-Fontecilla valora las medidas estatales que limiten el acceso, pero insiste en que la respuesta no debería agotarse ahí. Señala la educación, el deporte y el contacto humano como espacios capaces de ofrecer algo que una sucesión de publicaciones no proporciona: relaciones sostenidas, movimiento, descanso y tiempo para hablar sin pasar al siguiente estímulo. No plantea que una actividad al aire libre cure un problema de salud mental ni que una conversación sustituya la atención profesional cuando hace falta. Recuerda que la vida fuera de la pantalla también necesita espacio.
En su ensayo La telaraña. Red social, redil social, ¿o telaraña social?, publicado en noviembre de 2025, el psiquiatra desarrolla una idea que atraviesa toda su crítica: atribuir el problema únicamente a la voluntad del menor deja intacto el producto. Eso no elimina la responsabilidad de familias y centros educativos, pero impide exigirles que compensen solos sistemas diseñados para competir por la atención. Regular el acceso y revisar el diseño son tareas diferentes; ambas pueden quedar incompletas si se pierde de vista lo que los adolescentes buscan en esas aplicaciones: pertenecer, expresarse y estar con otros.
La discusión española sigue abierta, y los precedentes de Australia y Francia no garantizan un resultado. Pueden mostrar dónde aparecen las fugas, qué obligaciones son verificables y qué derechos se ponen en juego. Mientras tanto, la cuestión más incómoda permanece en el gesto cotidiano de abrir una aplicación sin haberlo decidido del todo. Si ese gesto ocupa horas, conversaciones y descanso, proteger a los menores exige mirar también a quien diseñó el siguiente vídeo, no solo a la mano que lo reproduce.

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