Síguenos

Más preguntas

¿Por qué Spielberg no hará nunca una secuela de E.T.?

Publicado

el

Spielberg primer Grammy

Spielberg vuelve al centro de la conversación por su negativa a E.T. 2: proteger el final de un clásico pesa más que la fiebre ovni renovada.

Steven Spielberg no quiere una secuela de E.T. por una razón bastante más seria que el capricho del autor veterano que ya no necesita demostrar nada. No la quiere porque cree que aquella película quedó cerrada donde debía, en la herida exacta de la despedida, y porque durante años tuvo incluso que pelear para impedir que el estudio siguiera oliendo la caja registradora. Él mismo ha recordado que tanteó una idea mínima, apenas un coqueteo creativo, pero la apartó y terminó blindándose con más control sobre sus obras después del éxito del filme. Esa negativa ha vuelto a circular en pleno ruido por Disclosure Day, su nueva película de ciencia ficción, y en medio de otra fiebre estadounidense por ovnis, archivos clasificados y promesas de revelación.

Dicho de otro modo: Spielberg no se niega a hacer E.T. 2 porque no se le ocurra una trama, sino porque entiende que algunas películas no están hechas para sobrevivir a la lógica de la franquicia. La nostalgia, cuando se exprime demasiado, huele a plástico recalentado. Y E.T., estrenada en 1982, pertenece justamente a esa clase de historias cuya fuerza no está en el universo expandido ni en el villano pendiente ni en el guiño para el fan, sino en un vínculo íntimo, casi doméstico, entre un niño solo y un visitante aún más solo que él. Mientras Hollywood lleva décadas convirtiendo cualquier hallazgo en saga, Spielberg ha preferido volver a los extraterrestres con un relato nuevo: Disclosure Day, planteada como una gran película original, no como una resurrección de museo.

No es falta de interés: es una línea roja

La escena decisiva en esta historia no está en una nave, ni en un laboratorio, ni en un despacho con fluorescentes. Está en una conversación pública con Drew Barrymore, donde Spielberg volvió a contar que frenar una continuación fue una batalla real, no una preferencia abstracta. En aquel momento, explicó, todavía no tenía ese poder contractual que permite al creador bloquear secuelas, remakes y otros usos derivados de su propiedad intelectual. Traducción menos jurídica: E.T. le enseñó, a golpes de éxito, que si no blindaba su trabajo, otros lo harían por él y sin preguntarle demasiado.

Ahí hay una clave de fondo. La negativa no nace solo del gusto artístico, también de una memoria industrial muy concreta: haber visto de cerca cómo un fenómeno cultural puede convertirse, en manos ajenas, en una tubería de derivados. Eso explica que la frase no suene a boutade de director solemne, sino a doctrina personal. Barrymore, que además fue parte del milagro original, recordó que él ya rechazaba esa idea cuando ella era una niña. Y lo hacía por una intuición muy simple que el tiempo, seguramente, le ha confirmado: cualquier continuación habría quedado condenada a vivir comparándose con una película que no dejó un “continuará”, sino un eco. En una industria que premia la repetición rentable, esa postura tiene algo casi subversivo. No mucho, tampoco exageremos; sigue siendo Hollywood. Pero sí bastante infrecuente.

El problema no era inventar algo, sino estropearlo

Lo más interesante del caso es que sí hubo ideas. Spielberg reconoció que llegó a darle vueltas a una continuación basada en The Green Planet, la novela de William Kotzwinkle que imaginaba la vida de E.T. en su mundo de origen. La propuesta permitía viajar a ese planeta y descubrir cómo vivía la criatura lejos del suburbio californiano que la volvió universal. Sobre el papel, no era una idea ridícula. Incluso tenía algo muy de los ochenta: curiosidad cósmica, aventura amable, expansión del mito sin necesidad de cinismo. Pero el propio director concluyó que funcionaba mejor como libro que como película.

El matiz importa. No dijo que fuera absurdo; dijo, en esencia, que al pasarlo a cine perdería aquello que hacía especial a la obra original. Y luego está el otro camino, el más raro, casi el que parece escrito por un ejecutivo con fiebre o por una madrugada de café demasiado cargado: E.T. II: Nocturnal Fears. Aquel tratamiento empujaba la historia hacia un territorio más oscuro, con alienígenas hostiles, secuestros y un tono mucho más cercano al sobresalto que a la ternura. La existencia de ese intento abortado es reveladora porque muestra exactamente qué le asustó al director. No era solo el riesgo comercial. Era otra cosa: la sensación de que, para justificar una segunda parte, había que traicionar la naturaleza del primer filme. Convertir el cuento íntimo en espectáculo de amenaza. Pasar del dedo luminoso al susto. Del corazón al mecanismo. Y ahí, por lo visto, Spielberg se bajó.

Un final que sigue funcionando porque no vuelve atrás

Hay películas que continúan porque su mundo es más grande que su cierre. E.T. no. E.T. funciona precisamente porque se atreve a terminar cuando más duele. Elliott no gana un poder, no desbloquea un universo, no abre una puerta a veinte secuelas. Pierde algo que le había cambiado la vida y, al perderlo, crece. Esa estructura sentimental —tan limpia, tan eficaz, tan peligrosa de tocar— es la que Spielberg parece proteger. Hacer una segunda parte habría supuesto revisar una despedida que ya estaba escrita con la delicadeza de lo irrepetible.

Se puede discutir, claro. Siempre habrá quien imagine que con buen guion todo se arregla. Internet también ha imaginado que una secuela de casi cualquier cosa era necesaria. A veces internet no ayuda. Por eso la negativa tiene también un significado estético. Spielberg viene de una generación que entendía el gran cine popular como algo capaz de ser enorme sin dejar de ser humano. Su obra sobre extraterrestres se ha movido muchas veces entre el asombro y el miedo, entre Close Encounters of the Third Kind, E.T. y War of the Worlds. Pero E.T. ocupa un lugar distinto incluso dentro de su filmografía: no es solo una historia de aliens, es una historia de infancia, duelo, divorcio, familia rota y consuelo improbable. Si la secuela obligaba a regresar, no regresaba solo el icono; regresaba una emoción ya resuelta. Y eso, para un director obsesionado con el control del tono, debía de sonar como meterle una secadora industrial a una carta escrita a mano.

El regreso de los ovnis ayuda a entenderlo todo

La noticia revive ahora porque el contexto ha cambiado. En Estados Unidos, la conversación sobre ovnis y fenómenos aéreos no identificados vuelve a estar arriba del escenario, mezclando política, cultura pop, desclasificaciones prometidas y el viejo apetito por “la verdad” que nunca termina de llegar. Ese clima, tan contemporáneo y tan estadounidense, ha devuelto al primer plano un tipo de fascinación que parecía condenada a vivir entre documentales, congresistas inquietos y foros con tipografía dudosa. No ha sido así. Ha vuelto al centro.

Ahí encaja el otro hilo de la historia: Disclosure Day. La conversación sobre una hipotética “jornada de revelación” coincide con el estreno del nuevo filme de Spielberg y recoge una idea bastante inquietante: cada gesto oficial de apertura suele producir dos reacciones simultáneas, la de quienes creen que por fin no hay nada extraordinario y la de quienes están seguros de que lo importante sigue oculto. La revelación total se ha convertido en una forma de suspense permanente. No importa cuánto se muestre; siempre parece faltar la carpeta decisiva, el vídeo definitivo, el testigo terminal.

No es extraño, entonces, que la figura de Spielberg vuelva a emerger justo aquí. Lleva décadas filmando la relación entre la humanidad y lo desconocido, pero ahora reaparece cuando la conversación pública sobre extraterrestres ya no pasa solo por la fantasía infantil o la paranoia militar, sino por una mezcla rara de burocracia, redes sociales, geopolítica y entretenimiento industrial. En E.T. el visitante llegaba a un garaje y a una cocina. En 2026, la pregunta colectiva es casi la contraria: qué pasaría si el Estado dijera que hay algo ahí fuera y lo dijera con sello, rueda de prensa y archivos colgados en un portal. La imaginación de los ochenta era doméstica. La de ahora es administrativa. Y bastante más histérica.

Spielberg no responde con una secuela, sino con otra película

Ese matiz es decisivo. En vez de reabrir E.T., Spielberg ha preferido lanzar una historia nueva montada sobre la ansiedad actual. Todo lo que se conoce de Disclosure Day apunta a una película construida sobre una idea original suya, escrita por David Koepp y pensada como un gran relato de contacto en clave contemporánea. La línea de fondo no suena a ternura suburbana ni a bicicleta contra la luna. Suena a otra cosa: qué haríamos si lo imposible dejara de ser rumor y se volviera noticia global.

Ahí ya no hay ni rastro del abrazo infantil de E.T.. Hay, en cambio, una sospecha colectiva, casi cívica, sobre cómo reaccionaría el mundo ante una verdad de escala planetaria. Spielberg no vuelve al extraterrestre tierno. Vuelve al temblor social. Y eso también responde a la pregunta de fondo: no quiere hacer E.T. 2 porque no necesita hacer E.T. 2. Le interesa seguir pensando en lo desconocido, sí, pero no volver a un lugar donde siente que ya dijo lo esencial.

Lo que esta negativa dice de Hollywood

En una industria que trata la propiedad intelectual como si fuera una mina de litio, la historia de E.T. revela una rareza casi melancólica: todavía quedan autores que distinguen entre una película muy querida y una marca explotable. Spielberg aprendió con E.T. que el éxito absoluto podía dejarlo sin el control suficiente para proteger lo creado; de ahí su insistencia posterior en blindar mejor sus obras. Es un detalle contractual, sí, pero también filosófico. Significa que el director entendió pronto algo que hoy se ve con una claridad incómoda: cuando una película deja demasiado dinero, hay demasiada gente convencida de que en realidad no ha terminado.

Por eso su posición tiene una lectura que va más allá del caso concreto. Negarse a continuar E.T. es defender la idea de que el cine popular no está obligado a perpetuarse para justificar su impacto. Una obra puede ser gigantesca y, aun así, no pedir continuación. Puede marcar a varias generaciones y quedarse sola, respirando por sí misma, sin precuela, sin reinicio, sin serie derivada que explique el color del planeta de origen o la infancia del secundario. Parece una obviedad, pero ya no lo es. Basta mirar el panorama para comprobar hasta qué punto el mercado ha normalizado que el éxito sea solo el primer borrador del siguiente producto.

También hay un cambio de época. E.T. nació cuando la imaginación extraterrestre aún podía permitirse ser cálida, misteriosa y pequeña. El monstruo no era el alien, sino el entorno que no sabía qué hacer con él. Ahora el clima es otro. El visitante se mezcla con archivos del Pentágono, promesas de transparencia, teorías recicladas y una conversación pública donde ciencia, espectáculo y conspiración se pisan los talones. Incluso si llegara una revelación auténtica, la sociedad reaccionaría de forma fragmentada: unos la rechazarían, otros la convertirían en fe, muchos seguirían con su vida y algunos verían tambalearse sus marcos religiosos, filosóficos o culturales. Spielberg parece haber entendido que ese es el material dramático contemporáneo.

La película que prefiere dejar intacta

Al final, la respuesta es menos enigmática de lo que parece. Spielberg no quiere hacer una secuela de E.T. porque E.T. ya terminó, porque tuvo que pelear para que siguiera terminada y porque su interés por los extraterrestres hoy pasa por otro lugar. No por prolongar una despedida perfecta, sino por preguntarse cómo reaccionaría el mundo si lo imposible dejara de ser una sospecha y se convirtiera en certeza compartida.

Disclosure Day nace justamente en ese cruce entre fascinación y ansiedad, entre archivo desclasificado y mito cinematográfico. Y en ese contraste se entiende todo: el director que una vez convirtió a un alien en consuelo doméstico ahora prefiere convertir la idea del contacto en una conmoción planetaria. Quizá por eso su negativa a E.T. 2 suena tan convincente. No es un portazo a los extraterrestres. Es un portazo a la repetición. A veces preservar una película no consiste en restaurarla, remasterizarla o envolverla en merchandising, sino en dejarla quieta. Allí donde aún respira. Allí donde el adiós sigue haciendo su trabajo. Spielberg, que de sentimental sabe bastante y de negocio todavía más, parece tenerlo claro. Y, por una vez, Hollywood ha tenido que aceptar que no todo lo que brilla pide otra vuelta.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído