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Salud

La inmunoterapia ya logra borrar algunos tumores, pero no todos

La inmunoterapia puede borrar algunos tumores, pero la biología del cáncer y la respuesta individual limitan su alcance.

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La inmunoterapia puede hacer desaparecer por completo ciertos tumores en pacientes seleccionados, y en algunos casos permite evitar tratamientos que afectan de forma importante a la vida diaria. El resultado más llamativo se ha observado en tumores con una alteración concreta en la reparación del ADN, llamada dMMR o MSI-H, que puede volverlos especialmente visibles para el sistema inmunitario.

Pero una respuesta completa en las pruebas no significa automáticamente que cualquier cáncer esté curado ni que la inmunoterapia sirva para todos. La diferencia decisiva está en la biología del tumor, en las pruebas que la identifican y en cómo evoluciona cada paciente. El avance es real; también lo son sus límites, los efectos secundarios y la necesidad de seguimiento médico.

Qué ocurre cuando la inmunoterapia funciona

El cáncer nace de células del propio organismo, una circunstancia que complica la tarea de las defensas. El sistema inmunitario está preparado para detectar amenazas, pero algunas células tumorales se parecen lo suficiente a las sanas como para pasar inadvertidas. Otras, además, activan señales que frenan a los linfocitos o modifican el entorno del tumor para dificultar el ataque. La inmunoterapia intenta romper ese camuflaje o reforzar la respuesta defensiva.

Los inhibidores de puntos de control inmunitario, entre ellos los que actúan sobre PD-1, bloquean algunas de esas señales de freno. No destruyen necesariamente el tumor de forma directa, como hacen ciertos fármacos de quimioterapia; permiten que las células inmunitarias recuperen capacidad para reconocerlo y atacarlo. Cuando ese mecanismo encaja con las características del cáncer, la respuesta puede ser profunda y, en algunos casos, mantenerse durante mucho tiempo.

La idea de que las defensas se encargan del tumor por sí solas, sin embargo, simplifica demasiado. La respuesta depende de una interacción compleja entre el cáncer, el sistema inmunitario y el tratamiento. Algunos tumores siguen ocultándose, otros no tienen las señales que los hacen vulnerables y algunos responden al principio, pero después encuentran nuevas vías para escapar. La inmunoterapia no activa un interruptor universal: abre una posibilidad que depende de cada enfermedad.

El caso de dostarlimab y la posibilidad de evitar cirugía

Uno de los resultados que más ha cambiado la conversación sobre el tratamiento del cáncer procede del uso de dostarlimab en tumores con deficiencia en la reparación de errores del ADN. En pacientes con cáncer de recto localmente avanzado y ese perfil molecular, se han observado respuestas clínicas completas después de un periodo de tratamiento. En esos casos, las pruebas y las exploraciones dejaron de detectar el tumor, y algunos pacientes pudieron evitar inicialmente la cirugía, la radioterapia y la quimioterapia previstas.

El dato importa por algo más que la imagen de un tumor que ya no aparece en una exploración. En el cáncer de recto, una operación puede tener consecuencias duraderas sobre la continencia, la función sexual, la fertilidad o la necesidad de llevar una bolsa. Si el tumor desaparece y se mantiene bajo vigilancia, preservar el órgano puede significar conservar también aspectos centrales de la vida cotidiana. Evitar una intervención de gran impacto es un beneficio clínico y personal, no solo una mejora visible en una prueba.

El entusiasmo necesita, aun así, una precisión importante. Una respuesta clínica completa significa que no se detecta enfermedad con las pruebas disponibles; no demuestra por sí sola que cada célula tumoral haya desaparecido ni garantiza que nunca vaya a reaparecer. Por eso estos pacientes requieren controles estrechos y decisiones coordinadas por especialistas. El resultado excepcional no equivale a una cura asegurada, aunque sí pueda cambiar de manera sustancial el plan terapéutico.

La alteración dMMR o MSI-H también aparece en otros tumores, como algunos de colon, estómago, esófago, vejiga y órganos ginecológicos. Eso no quiere decir que los resultados observados en recto puedan trasladarse sin más a todos ellos. El órgano afectado, la extensión, los tratamientos previos y la evidencia disponible modifican el escenario. Compartir un biomarcador no convierte automáticamente dos cánceres en la misma enfermedad.

Por qué el biomarcador puede importar más que el órgano

Durante mucho tiempo, la clasificación del cáncer se organizó sobre todo por el órgano de origen: pulmón, colon, mama o estómago. Esa información continúa siendo esencial, pero no siempre basta para elegir un tratamiento. Dos personas con tumores en el mismo órgano pueden tener alteraciones moleculares distintas y, por tanto, opciones y probabilidades de respuesta diferentes. La oncología actual combina la localización y el estadio con las características biológicas de cada tumor.

En dMMR, los mecanismos que corrigen ciertos errores del ADN no funcionan bien. En MSI-H, el material genético muestra inestabilidad en regiones concretas. Estas alteraciones pueden producir más señales anormales para el sistema inmunitario, lo que ayuda a explicar por qué algunos tumores con ese perfil responden de forma destacada a determinados inhibidores inmunitarios. No significa que el tumor sea sencillo, sino que presenta una vulnerabilidad que puede aprovecharse.

El biomarcador no es una promesa individual de éxito. Sirve para orientar la selección y entender mejor qué tratamientos podrían tener sentido, pero no anticipa con certeza el resultado de una persona. También importan el estado general de salud, las enfermedades previas, la extensión del cáncer y la respuesta a tratamientos anteriores. Una prueba molecular aporta información; no sustituye la valoración clínica.

La calidad del diagnóstico tiene consecuencias prácticas. La muestra tumoral, el análisis patológico y las pruebas moleculares deben ofrecer información fiable y suficiente. Si falta una prueba relevante o los resultados no son concluyentes, el equipo médico puede necesitar revisar tejido o solicitar estudios adicionales antes de decidir. Parte de la medicina de precisión depende de este trabajo menos visible: identificar correctamente el tumor antes de elegir la terapia.

La inmunoterapia no es una cura general para el cáncer

La misma palabra engloba tratamientos diferentes y cánceres con comportamientos muy distintos. La inmunoterapia puede considerarse en algunos melanomas, cánceres de pulmón, riñón y vejiga, tumores de cabeza y cuello, ciertos cánceres gastrointestinales y algunos cánceres de la sangre. En cada grupo, la indicación depende del tipo y el estadio de la enfermedad, de los biomarcadores y de los tratamientos que ya se hayan utilizado. La lista de cánceres posibles no es una lista de pacientes que responderán.

Incluso dentro de un mismo tumor pueden coexistir células con características diferentes. Unas pueden ser reconocidas por las defensas y otras no; además, el entorno que rodea al cáncer puede impedir que las células inmunitarias lleguen o actúen con eficacia. Esa diversidad ayuda a explicar por qué una terapia puede reducir mucho una parte del tumor y dejar otras zonas resistentes. También explica por qué una respuesta inicial no siempre se mantiene.

La inmunoterapia tampoco reemplaza de forma automática a la quimioterapia, la radioterapia o la cirugía. Puede utilizarse sola, antes o después de otros tratamientos, o en combinación con ellos, según el escenario clínico. La quimioterapia actúa sobre células que se dividen con rapidez; la inmunoterapia modifica o dirige la respuesta del sistema inmunitario. No existe una comparación universal en la que una sea siempre mejor: el objetivo es elegir la estrategia adecuada para ese cáncer y ese momento.

La investigación busca formas de anticipar quién responderá y de superar la resistencia, entre ellas combinaciones con otros tratamientos. Aun así, los resultados no son iguales en todos los pacientes y los mecanismos de escape del tumor siguen siendo un problema. La medicina personalizada reduce algunas incertidumbres, pero no las elimina. Presentar la inmunoterapia como un avance para todos los diagnósticos confunde una opción valiosa con una garantía que no existe.

CAR-T: células inmunitarias reprogramadas

Otra rama de la inmunoterapia consiste en modificar las propias células inmunitarias del paciente. En las terapias CAR-T se extraen linfocitos T, se alteran en el laboratorio para que reconozcan una diana concreta y se administran de nuevo. El tratamiento transforma esas células en una especie de fármaco vivo: una vez dentro del organismo, pueden localizar y atacar células que expresan la señal elegida. Es una intervención personalizada y técnicamente compleja.

Estas terapias han producido respuestas importantes en algunos cánceres de la sangre, incluidos determinados tipos de leucemia, linfoma y mieloma. En pacientes con enfermedad difícil de controlar con otros tratamientos, pueden lograr remisiones profundas y duraderas. Pero el resultado depende del diagnóstico y de la situación clínica; no se puede trasladar a todos los cánceres hematológicos ni interpretarlo como una curación segura para cada persona.

En los tumores sólidos, como los de pulmón, páncreas o colon, el desafío es mayor. La masa tumoral puede contener células muy distintas, rodearse de barreras que dificultan la entrada de las defensas y crear un ambiente que las debilita. Aunque se han abierto vías de tratamiento celular para algunos tumores sólidos muy concretos, el éxito alcanzado en cánceres de la sangre no se ha reproducido de manera general.

La CAR-T también requiere una vigilancia médica especializada por sus posibles complicaciones. El hecho de que use células del propio paciente no la convierte en una terapia sencilla ni exenta de riesgos. Su preparación, administración y seguimiento dependen del tipo de tratamiento y del centro clínico. Es otro ejemplo de una tecnología prometedora cuyo valor real se mide caso por caso, no por su novedad.

Vacunas terapéuticas: enseñar al organismo a reconocer el tumor

Las vacunas relacionadas con el cáncer pueden cumplir funciones diferentes. Algunas sirven para prevenir infecciones que aumentan el riesgo de ciertos tumores; otras, llamadas terapéuticas, se investigan para estimular las defensas frente a un cáncer ya existente. Estas últimas no son equivalentes a las vacunas preventivas habituales: buscan que el sistema inmunitario reconozca señales tumorales y responda contra ellas. La palabra vacuna no implica necesariamente prevención.

Una línea experimental desarrolla vacunas personalizadas a partir de las características moleculares de cada tumor. La idea es seleccionar señales propias del cáncer de una persona y entrenar al sistema inmunitario para identificarlas. En estudios iniciales sobre cáncer renal de alto riesgo y cáncer de páncreas se han comunicado respuestas inmunitarias prometedoras, incluidas señales de memoria inmunológica en parte de los pacientes. Son resultados que abren una vía de investigación, no una prueba de eficacia definitiva.

Para saber si estas estrategias reducen recaídas o prolongan la supervivencia hacen falta estudios más amplios y seguimiento prolongado. Los resultados preliminares pueden indicar que el sistema inmunitario ha reaccionado, pero eso no demuestra por sí solo que el cáncer haya sido eliminado. La diferencia entre una señal biológica alentadora y un beneficio clínico confirmado es crucial para entender qué puede ofrecer hoy un tratamiento experimental.

Qué cambia cuando el tumor deja de verse

Que un tumor desaparezca en las pruebas de imagen o en una exploración supone una respuesta relevante, pero los métodos de diagnóstico tienen límites. No observan cada célula del organismo; muestran indicios clínicos con distintos grados de sensibilidad. Por eso, una respuesta completa se interpreta dentro de un plan de vigilancia y no como permiso para dar por cerrado el seguimiento. Ausencia detectable no siempre significa ausencia absoluta.

Esta distinción no resta importancia a los casos en que se evita una cirugía o se conserva un órgano. Permite explicar el beneficio con rigor y sin convertirlo en una promesa. Cuando los especialistas consideran posible observar al paciente sin intervenir de inmediato, esa decisión depende de la evidencia disponible, de la respuesta confirmada y de controles continuos. Si aparece una señal de reaparición, la estrategia puede cambiar.

También cambia la forma de medir el éxito. Reducir el tumor, prolongar la vida, evitar una operación mutilante, mantener una buena función del órgano y controlar los efectos secundarios son resultados distintos, aunque relacionados. Para algunas personas, preservar la calidad de vida puede ser tan importante como lograr una respuesta profunda. El mejor resultado no siempre se resume en el tamaño del tumor.

Una respuesta inmune potente también puede afectar tejidos sanos

La inmunoterapia tiene efectos secundarios diferentes de los asociados a muchos tratamientos convencionales. Al retirar frenos inmunitarios, en ocasiones las defensas atacan tejidos sanos además del tumor. Estas reacciones pueden afectar la piel, el intestino, los pulmones, el hígado o las glándulas hormonales, entre otros órganos. La fatiga, la diarrea, las erupciones y algunas alteraciones hormonales son parte de los efectos que pueden aparecer; su gravedad varía ampliamente.

Algunas reacciones inflamatorias pueden ser serias y requerir atención médica rápida. No siempre aparecen durante la administración: pueden surgir en distintos momentos del tratamiento o después. Por eso es importante que el equipo oncológico conozca los síntomas y pueda valorar si guardan relación con la terapia. Que un tratamiento sea más selectivo no significa que carezca de toxicidad.

El riesgo depende del fármaco, de la combinación con otros tratamientos y de las características de cada paciente. Las enfermedades autoinmunes, otros problemas de salud y ciertos tratamientos previos pueden influir en la evaluación, pero no permiten establecer una regla general aplicable a todos. El oncólogo debe valorar beneficios y riesgos con la historia clínica completa; la información divulgativa no puede determinar la idoneidad de una terapia individual.

La vigilancia forma parte del tratamiento, no es un trámite posterior. Los especialistas valoran la evolución del tumor, los análisis y el estado general, y ajustan el plan si la respuesta o los efectos adversos lo requieren. Si la inmunoterapia no funciona, existen otras estrategias posibles según el diagnóstico. La decisión clínica incluye tanto la posibilidad de beneficio como qué hacer si no llega.

Una nueva lógica, no el final de los tratamientos clásicos

La cirugía, la radioterapia y la quimioterapia siguen siendo herramientas fundamentales contra el cáncer. La inmunoterapia no las ha borrado del mapa: ha ampliado las opciones y, en ciertos casos, ha permitido replantear el orden o la necesidad de algunas intervenciones. El cambio más profundo es que ya no basta con saber en qué órgano empezó el tumor. También importa qué señales moleculares presenta y cómo interactúa con las defensas.

Para algunos pacientes, esa información puede abrir un camino menos agresivo o evitar una operación de gran impacto. Para otros, la inmunoterapia no será la opción más eficaz, o tendrá que combinarse con otras modalidades. La misma innovación puede ser decisiva en un caso y no aportar beneficio en otro. La precisión consiste en seleccionar, no en aplicar lo más novedoso a todo el mundo.

Así se entiende el alcance real de los resultados con dostarlimab, las terapias CAR-T y las vacunas experimentales: no anuncian que el cáncer haya dejado de ser una amenaza, pero sí muestran que algunos tumores pueden ser controlados de maneras antes impensables. El siguiente reto es ampliar las respuestas duraderas, entender por qué ciertos pacientes no responden y reducir los daños asociados al tratamiento.

El avance se mide también en lo que el paciente puede conservar

La posibilidad de que un tumor desaparezca sin cirugía representa uno de los cambios más esperanzadores de la oncología actual, sobre todo cuando evita secuelas importantes. Pero su alcance depende de una combinación muy concreta: tipo de cáncer, biomarcadores, estadio, estado clínico y respuesta al tratamiento. No hay una terapia universal ni una garantía de curación.

La noticia de fondo es más sobria y, por eso mismo, más sólida: el sistema inmunitario puede convertirse en una herramienta contra ciertos tumores cuando se identifican las condiciones adecuadas. La medicina avanza no solo al conseguir que el cáncer deje de verse, sino al descubrir quién puede beneficiarse, cómo confirmar la respuesta y qué efectos debe vigilar el equipo médico. En esa selección cuidadosa se encuentra tanto la promesa como el límite de la inmunoterapia.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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