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El dominio de Starlink: cómo SpaceX reunió dos tercios de los satélites

La combinación de producción masiva y lanzamientos frecuentes ha cambiado el equilibrio en la órbita terrestre baja.

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un satélite de SpaceX en el espacio

Diseñado por Freepik

La proporción de satélites activos vinculados a SpaceX no es fruto de un único lanzamiento espectacular, sino de una maquinaria industrial que combina diseño, fabricación, cohetes reutilizables y una red comercial en expansión. En el recuento de 2025 recogido por el artículo de partida, Starlink superaba los 8.600 aparatos operativos frente a unos 12.500 satélites activos en total: cerca del 69%, algo más de dos tercios. La cifra cambia con cada lanzamiento, fallo y desorbitado, pero muestra una concentración extraordinaria en una sola empresa.

El dato necesita una precisión: SpaceX no posee dos tercios de todos los objetos que orbitan la Tierra, ni cada satélite lanzado sigue funcionando. La comparación se refiere a satélites activos y a un momento concreto. Contar los desplegados desde el inicio, los que todavía prestan servicio y el total mundial son operaciones distintas; mezclarlas produce titulares llamativos, pero una imagen engañosa del espacio.

Una proporción que depende de qué se cuenta

Las cifras de las constelaciones no permanecen quietas. Un satélite puede figurar entre los lanzados, dejar de operar y continuar un tiempo en órbita antes de reentrar en la atmósfera. Otros están en fase de ascenso, en pruebas o al final de su misión. Por eso, el número de aparatos enviados al espacio suele ser mayor que el de unidades que ofrecen servicio en ese instante. Lanzado no significa necesariamente operativo.

También importa el denominador. El porcentaje se calcula comparando Starlink con los satélites activos de todos los operadores, no con toda la basura espacial ni con cada objeto catalogado alrededor del planeta. Un recuento anterior citado en la información de referencia atribuía 6.370 satélites activos a Starlink y registraba 10.345 activos en total: alrededor del 62%, no dos tercios exactos. La diferencia con la fotografía de 2025 refleja, sobre todo, que la constelación crece y que cada estadística corresponde a una fecha y un método de conteo determinados.

La cifra de 2025 —más de 10.000 Starlink lanzados y unos 8.600 activos— explica de dónde sale la expresión de los dos tercios en ese corte. No debe leerse como una cuota fija ni como un dato válido para cualquier día. Cada nueva tanda puede elevar el numerador, mientras que las bajas de satélites y la incorporación de otras constelaciones alteran tanto ese valor como el total mundial. La concentración es real, aunque su porcentaje exacto sea móvil.

Starlink necesita muchos satélites para funcionar

La razón de fondo empieza por la órbita elegida. Starlink opera en la órbita terrestre baja, mucho más cerca de la Tierra que los satélites geoestacionarios tradicionales. Esa proximidad ayuda a reducir el tiempo que tarda una señal en viajar entre el usuario y el satélite, una ventaja para videollamadas, juegos en línea y otras aplicaciones sensibles a la latencia. Pero cada satélite cubre una zona limitada y se desplaza rápidamente respecto al suelo. Para mantener el servicio, la red necesita que otros aparatos tomen el relevo.

Un satélite geoestacionario permanece aparentemente sobre una misma región, a gran distancia, y puede cubrir una superficie extensa. La contrapartida es el largo recorrido de la señal. En la red de órbita baja, la conexión puede pasar de un satélite a otro y, según el diseño y la disponibilidad, apoyarse en enlaces entre satélites antes de alcanzar una estación terrestre. La baja latencia se consigue con una red numerosa y coordinada, no con una única nave que lo cubra todo.

La escala permite además ofrecer cobertura sobre zonas remotas, rutas marítimas y regiones donde tender fibra o desplegar antenas terrestres resulta difícil o costoso. No significa que cualquier lugar tenga automáticamente servicio: hacen falta autorización local, estaciones de enlace, terminales compatibles y capacidad disponible. La red puede alcanzar una zona desde el espacio, pero la prestación comercial depende también de acuerdos y licencias en cada país. Esa diferencia entre alcance técnico y disponibilidad efectiva es una de las claves para entender por qué una constelación global no equivale a un servicio universal e inmediato.

La ventaja decisiva: fabricar y lanzar dentro de la misma empresa

SpaceX no se limita a construir satélites ni a contratar lanzamientos a terceros. La compañía integra buena parte de la cadena: desarrolla los aparatos, los produce, dispone de sus propios cohetes y opera el servicio que generan. Esa combinación reduce dependencias y facilita ajustar el calendario de fabricación al de los vuelos. Si una tanda está lista, la empresa puede organizar su lanzamiento como parte de una actividad recurrente, en lugar de esperar a que un proveedor externo encuentre espacio en un cohete.

La fabricación en serie también cambia la economía del proyecto. Los satélites Starlink son unidades relativamente pequeñas frente a los grandes satélites de comunicaciones tradicionales. Las versiones descritas en la información de referencia tienen masas de lanzamiento de 227 kilogramos para la versión 0.9, 260 para la 1.0 y entre unos 295 y 306 para la 1.5. Producir numerosos aparatos de una misma familia permite repetir procesos y desplegar mejoras por generaciones. La clave no es solo que cada satélite cueste menos, sino poder reproducir el sistema a escala.

La integración vertical no elimina los riesgos financieros ni técnicos, pero da a SpaceX un control poco habitual sobre el ritmo. La misma empresa puede revisar un diseño, introducir cambios en los aparatos siguientes y reservar vuelos para la constelación. Sus rivales, por su parte, deben coordinar fabricantes, lanzadores, operadores y terminales. Esa estructura no hace imposible competir, pero añade etapas y dependencias justo en un sector donde la cadencia de lanzamientos determina cuánto tarda una red en alcanzar masa crítica.

El Falcon 9 convirtió los lanzamientos en una rutina

El Falcon 9 es el otro engranaje esencial. Su primera etapa puede regresar y volar de nuevo, lo que permite repartir el coste de fabricación del cohete entre varias misiones y aumentar la frecuencia de los vuelos. En vez de tratar cada lanzamiento como una operación irrepetible, SpaceX ha buscado convertirlo en una actividad programable, con recuperación, revisión y reutilización de componentes. Reutilizar el lanzador da continuidad al calendario, una ventaja especialmente valiosa cuando la carga que hay que poner en órbita se cuenta por miles.

Los primeros lanzamientos de Starlink mostraron la lógica de los lotes. En mayo de 2019, SpaceX desplegó 60 satélites de producción en un solo vuelo. El número transportado puede variar con la versión del aparato, la órbita y el perfil de la misión, pero agrupar unidades reduce el coste y el tiempo de despliegue por satélite. El cohete funciona, en este modelo, como un autobús que entrega decenas de nodos de una sola vez y devuelve su primera etapa para otro viaje.

El historial citado en el artículo de partida situaba a SpaceX en 2025 por encima de los 133 vuelos de Falcon 9 en lo que iba de año, tras cerrar 2024 con 134 lanzamientos de la familia Falcon, incluidos dos Falcon Heavy. Son cifras asociadas a aquel periodo, no un balance actual. Su relevancia está en la cadencia que ilustran: cuando una compañía vuela con tanta frecuencia, puede reemplazar satélites, ampliar cobertura y responder a cambios de diseño sin depender del ritmo de una industria acostumbrada a misiones mucho más espaciadas.

De un proyecto anunciado en 2015 a una constelación en servicio

SpaceX presentó públicamente el proyecto en 2015, con la ambición de ofrecer banda ancha desde el espacio. Los primeros satélites de prueba, conocidos como Tintin A y B, llegaron a la órbita en febrero de 2018. El despliegue de la constelación operativa comenzó en mayo de 2019, cuando despegó el primer lote de 60 unidades. En pocos años, una iniciativa que todavía ensayaba sus tecnologías se transformó en una red comercial en expansión. La velocidad de crecimiento se entiende mejor al mirar esa secuencia industrial.

El camino regulatorio también revela el tamaño de la apuesta. En 2018, la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos autorizó una primera configuración de 4.425 satélites y aprobó después otros 7.518 para una constelación en órbitas muy bajas. Se trataba de autorizaciones para desplegar sistemas, no de una orden de construir de inmediato todos esos aparatos ni de una garantía de que cada uno terminaría en servicio. La diferencia entre capacidad autorizada, satélites fabricados y unidades operativas es fundamental para no confundir los planes con los resultados.

Los planes orbitales han cambiado con el tiempo. Las primeras propuestas contemplaban satélites a más de 1.000 kilómetros de altura, mientras que buena parte de la red se organizó después a unos 550 kilómetros. La información de referencia relaciona ese ajuste con preocupaciones por los desechos espaciales: a menor altitud, los satélites que dejan de funcionar pueden perder altura y reentrar antes que si permanecieran en órbitas más elevadas. No es una solución absoluta, pero sí una decisión de diseño que vincula la arquitectura de la red con la gestión de sus aparatos al final de la misión.

La constelación también se renueva y tiene fallos

Una red de miles de satélites no es un inventario estático que crece y queda terminado. Las unidades tienen una vida útil limitada y deben sustituirse con nuevos modelos. La documentación recogida en la referencia sitúa en unos cinco a siete años la duración prevista de los satélites antes de su salida de órbita. Así, una parte de los lanzamientos futuros no servirá solo para ampliar la cobertura: también reemplazará aparatos que han envejecido, han fallado o deben retirarse.

El primer lote de 60 satélites ilustra que los fallos forman parte de la operación. Tras el lanzamiento de 2019, tres perdieron contacto y otros dos fueron destinados a probar la maniobra de desorbitado; los restantes siguieron diferentes fases de comprobación y elevación orbital. Ese episodio no describe la tasa de fallos de toda la constelación, pero sí deja claro por qué el total lanzado nunca coincide exactamente con el número que presta servicio. Una red de esta escala necesita margen para las bajas y capacidad para reponerlas.

La retirada también forma parte del diseño. SpaceX ha declarado que sus satélites pueden usar propulsión para abandonar su órbita al final de la misión y que, en sus planes, el reingreso debe producirse después de trasladarse a una trayectoria de descenso. Los aparatos están diseñados para desintegrarse al entrar en la atmósfera, aunque eso no hace desaparecer todas las preguntas ambientales. La Agencia Espacial Europea ha advertido, según la información de referencia, que materiales como aluminio y algunos plásticos pueden quedar en la atmósfera tras la desintegración. Sus efectos a largo plazo no están establecidos en esos datos; por tanto, la retirada orbital reduce ciertos riesgos, pero no permite afirmar que el impacto sea nulo.

Una ventaja amplia, pero no una ausencia de rivales

La distancia respecto a otros operadores ayuda a dimensionar el liderazgo. En el recuento de 6.370 satélites activos citado por uno de los competidores, OneWeb aparecía con 631 y Planet Labs con 200. Esa comparación corresponde a una fotografía concreta y no debe trasladarse sin más al presente, pero muestra por qué Starlink se describe como una constelación de una escala muy superior. OneWeb también desplegó una red de órbita baja, aunque con un tamaño y un modelo distintos.

La ventaja de SpaceX no consiste únicamente en sumar más aparatos. Para competir en conectividad por satélite hay que disponer de capacidad orbital, terminales en tierra, estaciones de enlace, licencias, software de gestión y una oferta que encuentre usuarios. Un competidor puede tener una tecnología prometedora y, aun así, tardar años en completar esos componentes. Starlink llegó antes a una escala comercial, y los ingresos del servicio pueden contribuir a sostener nuevas etapas de despliegue, mientras la experiencia de operar la red alimenta los cambios de hardware y software.

La competencia, por tanto, no se mide solo por el número de satélites que cada empresa anuncia. Importan la velocidad de fabricación, el acceso a cohetes, la cobertura autorizada, el coste de los terminales y la capacidad de mantener el servicio. El dato de dos tercios describe un predominio presente en una fotografía estadística, no una garantía de que la proporción vaya a permanecer igual. La barrera más difícil para los rivales es reproducir toda la cadena, no copiar un satélite aislado.

La escala plantea preguntas sobre el cielo y la dependencia

Una constelación numerosa produce beneficios y costes que conviven. Los enlaces por satélite pueden llevar conexión a comunidades remotas, barcos, aeronaves y servicios de emergencia, además de ofrecer una alternativa cuando una infraestructura terrestre queda dañada. La expansión de Starlink ha hecho más visible esa posibilidad porque la red tiene una presencia y una capacidad de despliegue que antes no existían a esa escala. Pero cuanto más importante es el servicio, más consecuencias pueden tener las decisiones de una sola empresa sobre disponibilidad, prioridades y condiciones de operación.

La concentración también tiene un lado estratégico. Si administraciones, empresas o usuarios dependen de una red privada, una interrupción técnica, una decisión comercial o una restricción territorial puede afectar a quienes no disponen de sustitutos inmediatos. La existencia de varios tipos de conexión —fibra, redes móviles y operadores satelitales distintos— no es solo una cuestión de competencia: es una forma de evitar que toda la conectividad dependa de una única infraestructura. La huella global de una red no elimina la necesidad de licencias nacionales ni convierte a su operador en una autoridad pública.

El cielo nocturno es otro terreno de fricción. Desde los primeros lanzamientos, astrónomos han señalado que los satélites pueden cruzar el campo de observación y dejar trazas en imágenes de larga exposición. SpaceX ensayó recubrimientos menos reflectantes y desarrolló parasoles, entre otras medidas; un estudio citado en la referencia midió una reducción del brillo del satélite experimental DarkSat del 55% respecto a otro sin ese tratamiento. La mitigación puede ayudar, aunque una reducción no equivale a eliminar el efecto, especialmente cuando aumenta el número de objetos visibles y los observatorios necesitan observar grandes regiones del cielo.

La congestión orbital completa el cuadro. Los satélites deben compartir espacio con otras misiones y evitar aproximaciones peligrosas mediante seguimiento y maniobras. SpaceX plantea retirar unidades al final de su vida, pero la gestión depende de que los aparatos funcionen, de que se puedan seguir y de que las maniobras se coordinen con el resto de operadores. El desafío no es solo mantener la red en marcha, sino hacerlo sin trasladar todos sus costes a los demás usuarios del espacio. Las reglas internacionales y la supervisión deben acompasarse a una actividad que avanza a ritmo industrial.

Una órbita convertida en infraestructura cotidiana

El predominio de SpaceX tiene una explicación concreta: Starlink necesita numerosos satélites por operar en órbita baja, y la empresa ha logrado fabricarlos y lanzarlos con una continuidad que sus competidores todavía no igualan. Los cohetes reutilizables reducen la dependencia de nuevos lanzadores; los lotes aceleran el despliegue; la integración de fabricación y operación permite iterar. El resultado no es solo una cifra alta, sino una red capaz de prestar un servicio que conecta lugares donde las redes convencionales llegan con dificultad.

Ese éxito transforma la percepción del espacio. Los satélites de comunicaciones dejan de ser aparatos aislados, lanzados de forma excepcional, y pasan a formar una infraestructura en movimiento, renovada continuamente y conectada con actividades terrestres. La escala de Starlink vuelve más urgente debatir cómo se coordinan los operadores, quién asume los impactos sobre la astronomía y la atmósfera, y qué alternativas existen cuando una red concentra tanta capacidad. La cuestión ya no es únicamente cuánto puede crecer una constelación, sino bajo qué reglas puede hacerlo.

La proporción de dos tercios resume un cambio, pero no lo explica por sí sola. Detrás están una década de desarrollo, una decisión técnica sobre la órbita, una cadena de producción y una frecuencia de lanzamientos excepcional. También persisten límites: la cobertura requiere autorización en cada mercado, los satélites fallan y envejecen, y la retirada no borra todas las consecuencias ambientales. Entender esa combinación —escala, utilidad y responsabilidad— permite ver el dominio de SpaceX no como un accidente estadístico, sino como una nueva forma de organizar la conectividad desde el espacio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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