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¿Qué error cometió Sonsoles Ónega en El Hormiguero?

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Sonsoles Ónega

Sonsoles Ónega rectifica su error sobre el IVA de los libros tras la polémica en TV y agita el debate sobre cultura, lectura y credibilidad.

Sonsoles Ónega pidió perdón porque en su visita a El Hormiguero, el 14 de abril, respaldó junto a Pablo Motos una afirmación falsa que en televisión parece pequeña y, en realidad, no lo es nada: que el IVA de los libros en España era del 21%. No lo es. El tipo aplicable a los libros es del 4%, y esa diferencia no es un matiz de tertulia ni una coma fuera de sitio, sino el centro mismo de la polémica. Al día siguiente, tanto Motos como la propia Ónega rectificaron en antena y asumieron que el dato no se había comprobado antes de lanzarlo en horario de máxima audiencia.

Lo que ocurrió, dicho sin rodeos, fue esto: durante la entrevista, Motos comparó el supuesto IVA del libro con el del tabaco y planteó que debía rebajarse para facilitar la lectura; Ónega le dio la razón, apoyó la idea de “hacer campaña” y el público aplaudió una premisa equivocada. Horas después llegó la resaca. Motos abrió su programa reconociendo que nadie había comprobado el dato, y Ónega, en Y ahora Sonsoles, admitió que se habían equivocado, que llevaba el día angustiada y que su intención no había sido desinformar. El error venía con todos los ingredientes de una tormenta perfecta: prime time, una periodista que además es novelista, un asunto cultural y un dato fiscal mal dicho con una seguridad casi granítica.

Un tropiezo muy simple que acabó en incendio

La escena tenía algo casi doméstico, incluso reconocible. Una conversación aparentemente espontánea, una invitada que acudía a presentar su nueva novela, una idea que sonaba bien —bajar impuestos para que la gente lea más— y un error básico que nadie frenó a tiempo. Precisamente por eso ha corrido tanto. No fue una discusión técnica sobre tramos fiscales ni una interpretación dudosa de una norma enrevesada. Fue un dato rotundo, sencillo de verificar, mal contado desde uno de los grandes escaparates de la televisión española. Ahí está la clave. En política, en economía o en cultura, un fallo así no se convierte en noticia sólo por ser falso, sino por el tamaño del altavoz que lo empuja.

Además, el resbalón no quedó encapsulado en el plató. El vídeo del momento empezó a circular en redes y se multiplicaron las críticas de espectadores, escritores, editores y comentaristas que señalaron lo obvio: no se puede hablar con tanta convicción de algo tan fácil de comprobar. El asunto dejó de ser un simple gazapo y pasó a funcionar como una pequeña radiografía del ecosistema mediático actual. Se opina rápido, se verifica tarde y luego toca recoger los cristales. El problema no era sólo el dato. Era la forma de decirlo, la rotundidad, el aplomo, ese viejo vicio televisivo de llenar el aire antes de confirmar lo que se está diciendo.

Qué se dijo exactamente y por qué estaba mal

El comentario que encendió todo fue muy concreto. Pablo Motos sostuvo que el IVA del cine había bajado al 10%, pero que el de los libros seguía en el 21%, “lo mismo que un paquete de tabaco”. Sonsoles Ónega secundó esa afirmación y se mostró favorable a impulsar una campaña para rebajarlo. La intención, vista por encima, podía parecer defendible. El problema no era la intención, sino el punto de partida: el dato era falso de arriba abajo. Cuando la base es errónea, también lo es el debate que se levanta encima, por muy razonable que suene la conclusión. Es como construir una escalera sobre arena y luego extrañarse al oír el crujido.

El dato correcto no admite demasiada literatura. En España, los libros tributan al 4%, el tipo superreducido del IVA. Eso afecta al libro en papel y también, desde hace años, al libro electrónico, que quedó equiparado fiscalmente al impreso. Por eso la afirmación del 21% chirrió tanto entre quienes conocen el sector editorial. No era un matiz interpretativo. No era una discrepancia política. No era un debate académico. Era un error objetivo.

El verdadero IVA del libro en España

Conviene detenerse aquí, porque en esta historia todo gira alrededor de una cifra y esa cifra cambia por completo el relato. El 4% es el tipo reservado a bienes que el sistema fiscal considera especialmente protegidos o de primera necesidad. El libro entra ahí por una razón cultural y educativa evidente. No se trata de un capricho ni de una excepción pintoresca: responde a la idea de que la lectura no debe ser gravada como si fuera un lujo cualquiera. Por eso, decir que un libro paga lo mismo que ciertos productos gravados al tipo general no sólo es falso; también distorsiona el sentido de la política pública que existe detrás.

Y hay más. La comparación con el tabaco fue especialmente desafortunada porque mezclaba dos universos fiscales que no tienen nada que ver. Un libro tributa como bien cultural. Un producto del tabaco soporta una carga impositiva muy distinta, con lógica sanitaria y recaudatoria. La frase funcionaba bien como golpe televisivo, sí, pero era mala información. Y la mala información, cuando se pronuncia con soltura, siempre tiene un punto de veneno.

Por qué el error ha hecho tanto ruido

Porque toca varios nervios a la vez. El primero es el de la credibilidad. Sonsoles Ónega no es sólo una presentadora; también es escritora, y no precisamente de paso. Ha ganado el Premio Planeta y forma parte de una industria que conoce muy bien el valor simbólico y comercial del libro. Cuando una figura vinculada al mundo editorial avala un dato falso sobre la fiscalidad del propio libro, la contradicción se vuelve demasiado visible. No hace falta exagerar nada. La escena se explica sola.

El segundo nervio es el simbólico. En España, la cultura lleva años discutiendo sobre impuestos, precios, acceso y consumo. El IVA cultural fue durante mucho tiempo una especie de palabra talismán, un asunto capaz de encender editoriales, debates parlamentarios y tertulias de sobremesa. Mucha gente recuerda las batallas sobre el IVA de espectáculos culturales y, a partir de ahí, asume que todo lo relacionado con la cultura arrastra una fiscalidad elevada. Ese recuerdo difuso sirve de caldo de cultivo perfecto para que una cifra mal dicha parezca verosímil.

El tercer nervio, claro, es el mediático. Lo dijeron dos personas muy conocidas en un programa masivo y con tono de certeza. En ese contexto, cualquier tropiezo se viraliza con una facilidad pasmosa. La televisión generalista tiene todavía ese poder antiguo: convierte una frase en conversación nacional durante unas horas. A veces para bien. Otras, para hacer del error un espejo bastante incómodo.

El eco político y social del desliz

La polémica creció también porque el asunto permitía varias lecturas a la vez. Había quien lo veía como un simple error humano. Había quien lo interpretaba como un síntoma del deterioro del rigor en televisión. Y había quien aprovechaba para cargar contra una manera muy concreta de hacer entretenimiento con apariencia de debate público. Todo eso se mezcló en redes como se mezclan ahora casi todas las polémicas: con ironía, indignación, bromas, cortes de vídeo y una velocidad que no deja respirar.

El episodio, por pequeño que parezca, activa un reflejo muy contemporáneo. Cuando alguien con visibilidad se equivoca en un dato comprobable, la discusión ya no se queda en el dato. Salta enseguida a otra pantalla: la del prestigio, la autoridad, la confianza y el cansancio social frente a quienes hablan de todo con la misma seguridad con la que se comenta el tiempo. Eso explica que el perdón de Ónega, aunque necesario, no haya bastado para cerrar del todo la conversación.

El precio de un libro no se explica sólo por el IVA

Aquí conviene apartarse un momento de la polémica pura y mirar el fondo. Un libro cuesta lo que cuesta por una suma de capas: el trabajo del autor, la traducción cuando la hay, la corrección, la maquetación, el diseño de cubierta, la impresión, el almacenamiento, la distribución, el margen de librería, las devoluciones, la promoción y el riesgo editorial. El IVA forma parte de esa ecuación, desde luego, pero no es el monstruo entero. Pensar que el precio del libro depende básicamente del impuesto es una simplificación demasiado cómoda.

En un libro de 20 euros, un IVA del 4% supone una carga muy distinta de la que implicaría un 21%. La diferencia existe y no es menor. Pero incluso así, el precio final de la lectura no depende sólo del número que aparece en Hacienda. También influyen la tirada, el tipo de edición, el papel, la cadena de distribución y, en muchos casos, la política comercial de las editoriales. Reducir el debate a “el libro es caro porque lo castigan fiscalmente” tiene algo de consigna fácil. Sirve para el aplauso rápido. Sirve menos para entender de verdad cómo funciona el sector.

El libro, además, no vive en un mercado cualquiera

El libro en España funciona bajo un sistema de precio fijo. Eso significa que el editor o importador marca el precio de venta al público y que ese precio debe respetarse salvo excepciones previstas por la norma, como determinadas ferias o campañas muy concretas. Esta arquitectura legal no está pensada para fastidiar al consumidor, como a veces se caricaturiza, sino para evitar que el mercado quede arrasado por descuentos permanentes, grandes operadores y competencia asimétrica. En otras palabras: se intenta proteger una cierta diversidad editorial y la supervivencia de librerías que no podrían jugar a la guerra infinita del rebajón.

Por eso la conversación sobre el precio del libro tiene más miga de la que cabía en aquella escena televisiva. Hablar sólo del IVA es quedarse con una sola pieza del puzle. Y aun esa pieza, para rematar, estaba mal contada. De ahí la incomodidad general que dejó el episodio: se quiso montar una denuncia vistosa y se hizo con la ficha equivocada.

El trasfondo real: hábito lector, cultura y confusión pública

Parte del revuelo tiene que ver con otra cuestión menos estridente y bastante más importante: la relación entre el precio del libro y el hábito lector. Hay una intuición popular que parece razonable: si los libros fueran más baratos, se leería más. Algo de verdad hay ahí. La economía doméstica influye, claro. Pero no basta. Leer también depende del tiempo disponible, del entorno familiar, del sistema educativo, de la oferta cultural, del cansancio digital, de la competencia feroz de las pantallas y de algo más difícil de medir: la costumbre.

España ha mejorado en lectura en los últimos años, aunque sigue arrastrando brechas y desigualdades. Hay más lectores frecuentes que hace una década, especialmente entre jóvenes, pero eso no convierte el panorama en idílico. La lectura compite con todo: series, vídeos cortos, redes, mensajería, trabajo fragmentado, atención triturada. En ese contexto, el libro no necesita sólo una fiscalidad razonable —que ya la tiene—, sino también prestigio social, tiempo vital y una educación que no convierta la lectura en un castigo escolar con tapas bonitas.

Ese es, quizá, el ángulo más interesante que asoma detrás de la polémica. El error de Sonsoles Ónega no se hizo grande únicamente porque la cifra estaba mal. Se hizo grande porque tocaba una conversación latente sobre cuánto se lee, por qué se lee menos de lo que se presume y cómo se discute la cultura en España: entre eslóganes, nostalgias y frases rotundas que a veces se deshacen en cuanto alguien se molesta en mirar el dato real.

La disculpa de Sonsoles Ónega y lo que deja este episodio

La rectificación de Sonsoles Ónega era inevitable. También la de Pablo Motos. Ambos corrigieron, ambos reconocieron el fallo y, en términos mínimos de responsabilidad pública, hicieron lo que tocaba. Ahora bien, una rectificación no borra del todo el trayecto del error cuando éste ya ha circulado por televisión, redes y conversación pública. Ésa es la vieja trampa del ecosistema mediático contemporáneo: la falsedad sale con fanfarria, la corrección llega después, más seria, más breve y menos compartida.

Ónega pidió perdón y lo hizo con una mezcla de incomodidad real y exposición pública que se entendía bien. No parecía una rectificación mecánica. Había ahí un malestar visible, quizá también por el hecho de que ella no es ajena al mundo del libro, sino parte activa de él. Esa condición hacía el error todavía más delicado. No era lo mismo que una confusión lanzada por alguien completamente ajeno al sector. Aquí se mezclaban la periodista, la presentadora, la escritora y el peso de un plató en el que todo ocurre demasiado deprisa.

Lo que queda, por tanto, no es un gran escándalo nacional, pero sí una escena bastante reveladora. Reveladora del modo en que un dato mal dicho puede incendiar una conversación. Reveladora del tipo de confianza que sigue concediéndose a la televisión cuando habla de asuntos públicos. Y reveladora, también, de lo fácil que es convertir una intuición razonable —hacer más accesible la cultura— en una afirmación falsa simplemente por no verificar una cifra elemental.

Donde el dato vuelve a poner orden

Al final, toda esta historia se sostiene sobre una evidencia muy simple. Sonsoles Ónega pidió perdón porque sostuvo en El Hormiguero que los libros tenían un IVA del 21%, cuando en España tributan al 4%. El error era objetivo. La polémica, inevitable. La rectificación, obligada. A partir de ahí, lo más útil no es recrearse en el tropiezo, sino entender por qué un fallo así prende tan deprisa y por qué, cuando afecta a cuestiones culturales, despierta una sensibilidad especial.

Tal vez porque el libro sigue siendo un objeto simbólico, casi moral, sobre el que todo el mundo cree poder pontificar. Tal vez porque la palabra “IVA” conserva una capacidad casi mágica para activar recuerdos de agravios culturales. Tal vez porque en televisión una frase falsa dicha con desparpajo corre más que una verdad discreta. Y tal vez, simplemente, porque seguimos confundiendo con demasiada facilidad el tono seguro con el conocimiento real.

En cualquier caso, el dato terminó imponiéndose. A veces ocurre tarde. A veces, con suerte, todavía llega a tiempo. Y en este caso llegó con el estrépito suficiente como para recordar algo bastante viejo y, visto lo visto, bastante necesario: antes de montar una campaña, antes de agitar un plató, antes de encender una indignación bien iluminada, conviene comprobar si la cifra sobre la mesa no está coja. Porque cuando el número falla, todo lo demás —el discurso, la queja, la causa, la pose— empieza a tambalearse también.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

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