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¿Por qué Alaska da la razón a Almodóvar ante Sabina?

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último concierto de Sabina en Madrid

Alaska reabre la herida entre Almodóvar y Sabina y destapa un viejo desprecio cultural que cambia la lectura de una canción mítica en España

Alaska ha entrado de lleno en la vieja fricción entre Pedro Almodóvar y Joaquín Sabina y lo ha hecho sin aspavientos, que a veces es la forma más contundente de intervenir. No se ha declarado ofendida por la canción, no ha montado una causa moral, no ha reclamado reparación sentimental alguna. Lo que ha hecho ha sido otra cosa, bastante más incómoda: validar el malestar de Almodóvar y colocarlo dentro de una jerarquía cultural muy española, esa en la que durante años lo pop servía para llenar salas, vender portadas y animar noches, pero no siempre para recibir respeto intelectual. Su frase, seca y afilada, resume mejor que muchas tertulias lo que está en juego: “esa generación siempre nos despreció”. Y ahí cambia el asunto. Ya no es sólo una canción famosa que a uno le sentó mal treinta y tantos años después. Es una grieta antigua que vuelve a verse porque alguien ha encendido la luz.

La secuencia viene así: Almodóvar contó en el pódcast La Pija y la Quinqui que nunca le gustó “Yo quiero ser una chica Almodóvar”, la canción que Sabina incluyó en Física y química, publicado en 1992. El director explicó que no le incomodaba sólo la etiqueta, sino el tono de una letra que, a su juicio, rebajaba a las actrices vinculadas a su cine y deslizaba una ironía cargada de mala leche. Después llegó Alaska, que conoce ese universo desde dentro porque estuvo en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, y remató el marco con una idea que va más allá del rifirrafe entre dos nombres ilustres: ella tampoco ve aquella canción como un homenaje limpio, sino como una pieza con ironía, coherente con Sabina, sí, pero reveladora de un desprecio real hacia cierto mundo pop.

La frase de Alaska que cambia la noticia

Lo decisivo de las palabras de Alaska no es el titular fácil, ni el tentador aroma a pelea vintage entre celebridades españolas de primera división. Lo decisivo es que convierte un agravio privado en una lectura de época. Cuando le preguntaron si se sentía dolida por lo que Almodóvar había contado sobre Sabina, respondió que no, que no se sentía dolida, pero añadió de inmediato que aquella generación “siempre nos despreció”. Luego afinó todavía más: dijo que el mundo más pop era despreciado profundamente por los mayores y que a ella eso no la sorprende ni la ofende.

Esa mezcla de serenidad y bisturí es la noticia. Porque no estamos ante una réplica airada, sino ante una constatación. Alaska no dramatiza; diagnostica. Y al hacerlo le da espesor a una polémica que, contada de cualquier manera, se quedaría en simple capricho tardío de Almodóvar o en susceptibilidad retrospectiva sobre una canción famosa.

Hay un matiz importante, además. Alaska no intenta cancelar a Sabina, ni mucho menos. De hecho, vino a decir que el cantautor es libre de escribir lo que quiera y que esa ironía encaja con lo que ha sido, con la música que le gusta y con el cine que seguramente le gusta. Es una frase casi de laboratorio: desactiva el ruido moral y deja sólo el dato cultural. Traducido al castellano de barra de café, viene a decir algo así como que nadie discute el derecho de Sabina a escribir como le dé la gana, pero otra cosa muy distinta es llamar homenaje a un retrato que, visto desde dentro, sonaba más a guiño con codazo que a reverencia. Por eso su intervención pesa tanto. No niega la libertad del autor; niega la inocencia con la que durante décadas se vendió esa canción.

Lo que Almodóvar llevaba años callando

Pedro Almodóvar había mantenido este malestar en silencio durante más de tres décadas y precisamente por eso su confesión ha tenido el efecto de una copa que se rompe en mitad de una cena elegante. Explicó que el término “chica Almodóvar” le desconcierta porque para él son actrices, no un sello de fantasía pop ni una cofradía decorativa con denominación de origen. Y cuando apareció el recuerdo de la canción de Sabina, fue todavía más claro: dijo que no le gustó nada, que la canción era crítica con ellas y que él percibía en varios versos un tono que las presentaba como bobas o tontas. También cargó contra las referencias a Miguel Bosé, que interpretó como ofensivas.

No es una rabieta nueva. Es una vieja molestia, encapsulada durante años, que ahora aparece formulada en público por primera vez. Y eso explica en parte la fuerza con la que el asunto ha vuelto a circular. No es una pelea recién nacida, ni un enfado fabricado para promocionar nada, ni una simple excentricidad tardía. Es más viejo, más denso, más humano. A veces las cosas no explotan cuando ocurren, sino cuando por fin dejan de tolerarse con media sonrisa.

Lo más interesante es que Almodóvar no discute sólo una canción; discute un mecanismo. Ese mecanismo por el que una etiqueta mediática termina devorando a las personas reales a las que supuestamente celebra. Cuando dice que “para mí son actrices”, está defendiendo algo muy básico y, a estas alturas, casi revolucionario: que Carmen Maura, Victoria Abril, Marisa Paredes, Rossy de Palma o Penélope Cruz no son criaturas ornamentales de un universo kitsch, sino profesionales con peso propio. En ese sentido, la irritación de Almodóvar no va contra la fama del término, que ya es irreversible, sino contra la ligereza con la que ese término pudo fijarse en el imaginario popular. La canción de Sabina ayudó a hacer marca. El director, en cambio, ve en esa marca una reducción. Ahí está el nervio del asunto.

Una canción muy famosa y una lectura menos amable

La potencia del debate está también en un detalle incómodo: durante años mucha gente entendió “Yo quiero ser una chica Almodóvar” como un homenaje indiscutible. No era raro. La canción quedó asociada a una época, a un tipo de desparpajo, a una España que mezclaba irreverencia, deseo, cultura popular y pose canalla con una facilidad casi insolente. El título se incrustó en la cultura pop española con la naturalidad de esas expresiones que parecen haber existido siempre.

Justo por eso resulta tan llamativo que Almodóvar dijera ahora que, para él, aquello nunca tuvo gracia y que percibía debajo “un poquito de mala leche”. Lo que para el público era icono, para el aludido era un retrato torcido. Esa diferencia entre lo que una obra significa para la audiencia y lo que significa para quien aparece reflejado en ella explica casi todo.

En estas horas se ha visto con claridad. Hay quienes siguen defendiendo que la canción era un homenaje, incluso un gesto de consagración cultural. Y hay quienes, como Almodóvar y ahora también Alaska, sostienen que el supuesto homenaje tenía bastante más vinagre del que se quiso reconocer. Ese contraste es el centro de la historia. No hay acuerdo sobre qué decía realmente aquella canción, y tampoco sobre desde dónde la escuchábamos entonces.

La pelea real está en la etiqueta

El término “chica Almodóvar” ha sido siempre eficaz, casi demasiado. Tiene música, tiene imagen, tiene brillo de eslogan. Sirve para resumir una constelación estética en tres palabras y, por eso mismo, aplasta todo lo que toca. Resume tanto que borra. Funciona tan bien como titular que puede fallar como descripción. Eso es, en el fondo, lo que Almodóvar lleva años discutiendo. No niega que exista un imaginario reconocible en su cine; niega que las mujeres que pasaron por sus películas deban quedar encerradas ahí como si fueran figurines de una misma vitrina.

El problema no es sólo semántico. También es de poder. Quien pone el nombre, manda. Quien impone la etiqueta, fija la lectura. Y durante mucho tiempo esa lectura la fijó más el pop mediático que las propias actrices o el propio director. El rótulo era brillante, pegadizo, casi perfecto para una portada. Y ya se sabe lo que pasa con las etiquetas brillantes: iluminan un segundo y luego deslumbran. Demasiado.

Ahí Alaska resulta especialmente interesante porque está en una posición rara y valiosa. No habla desde fuera, como espectadora sobrevenida ni como tertuliana que aterriza tarde para opinar sobre un fantasma célebre. Habla como alguien que formó parte del ecosistema original y que, sin necesidad de sobreactuar, reconoce un viejo desdén hacia lo pop. Su testimonio no cancela la dimensión juguetona de aquella España, ni convierte toda ironía en pecado retrospectivo. Lo que hace es recordar algo que suele olvidarse cuando se idealiza una época: también los años mitificados tenían sus clasismos, sus repartos de prestigio y su manera de mirar por encima del hombro. El cartón piedra de la nostalgia, cuando se moja, enseña siempre la misma trastienda.

Entre la consagración y la reducción

Conviene detenerse en una paradoja. Ser llamada “chica Almodóvar” podía abrir puertas, dar visibilidad, colocar a una actriz dentro de un relato cultural de enorme potencia. Y a la vez podía reducirla a una etiqueta con algo de personaje, algo de fetiche y algo de marca registrada. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Ahí está la gracia torcida del asunto.

Una parte del mundo cultural sigue viendo la expresión como un privilegio, una especie de medalla pop. Otra parte subraya el precio de esa medalla: la reducción, la caricatura, el encierro dentro de una categoría tan brillante como estrecha. Nadie discute que el sello tenía glamour. Lo que se discute es si ese glamour venía acompañado de una simplificación injusta. Y la respuesta, vista desde la experiencia de Almodóvar, parece bastante clara.

La discusión, por eso, no es frívola. Tiene que ver con cómo se nombran las trayectorias de las mujeres en la cultura y con cuánto espacio se les deja para ser algo más que musas, criaturas simbólicas o apellidos estilísticos de un hombre célebre. La frase suena fea, sí. También suena reconocible.

No era sólo pop contra prestigio

Reducir este episodio a una simple bronca entre un cantautor brillante y un cineasta monumental sería quedarse en la espuma. Lo que aparece debajo es un viejo choque entre dos legitimidades culturales. Por un lado, la cultura de autor que quiere ser tomada en serio, que sospecha de la caricatura y que recela de las etiquetas demasiado pegadizas. Por otro, una cultura pop que vive de la mezcla, del exceso, de la ironía, del disfraz y del guiño, y que muchas veces ha usado precisamente esa ligereza como forma de inteligencia.

El problema llega cuando un mundo mira al otro con superioridad. Alaska ha señalado eso con una precisión cruel y sin gritar. Y Almodóvar, desde un lugar distinto, ha explicado por qué aquella supuesta celebración le sonó siempre a cuchicheo. Juntos dibujan una escena bastante reconocible de la cultura española: nos encantan los iconos, pero a menudo nos cuesta respetar del todo a las personas que hay dentro.

Por eso esta historia conecta ahora. No porque media España haya redescubierto de repente una canción de 1992, sino porque el debate sobre cómo envejecen las obras, cómo cambian las lecturas y quién tiene derecho a definir el sentido de una pieza sigue muy vivo. La interpretación popular de un tema puede convivir con la incomodidad profunda de su destinatario. Y ambas cosas pueden ser auténticas. Ese es el matiz que suele perderse en la trituradora del titular rápido.

No hace falta decidir que Sabina actuó como villano ni que Almodóvar se ha vuelto hipersensible. Basta con asumir que una canción puede ser celebrada por generaciones enteras y, al mismo tiempo, molestar de verdad a quien sirvió de inspiración nominal. El prestigio de un clásico no borra el derecho del aludido a decir, por fin, que aquello le sentó fatal.

Lo que deja esta disputa en la cultura española

Lo que deja esta secuencia, a estas horas, es menos una guerra abierta que una corrección del relato. Durante mucho tiempo se contó que Sabina había rendido tributo a Almodóvar y a sus actrices con una canción brillante, ingeniosa y perfectamente integrada en el paisaje sentimental de los noventa. Eso sigue siendo, en parte, la versión pública. Pero ahora hay otra capa, ya imposible de ignorar.

Almodóvar ha explicado que nunca la vivió así. Alaska ha confirmado que en aquel mundo había bastante desprecio hacia lo pop y que la ironía del tema era real. Y el debate ya no gira sólo alrededor de si la canción gustaba o no; gira alrededor de quién tenía el privilegio de nombrar, de caricaturizar y de decidir qué era homenaje y qué era pulla disfrazada de complicidad.

España, tan dada a convertirlo todo en leyenda, se encuentra de pronto con un detalle muy poco legendario: a veces el mito lo fabrica quien canta, no quien lo padece. Esa es la parte menos cómoda y quizá la más interesante de toda esta historia.

Cuando el estribillo ya no suena igual

Quizá ahí esté la razón de que este asunto haya prendido con tanta facilidad. No sólo resucita un desencuentro entre dos apellidos mayores de la cultura española. También obliga a revisar esa costumbre tan nuestra de celebrar la ironía aunque vaya con el codo un poco salido, de confundir etiqueta con reconocimiento y de suponer que lo popular siempre era más libre, más moderno y más generoso de lo que en realidad fue.

Alaska, con una frase breve, le ha quitado barniz al recuerdo. Almodóvar, con otra, ha retirado la sonrisa obligatoria que parecía adherida a esa canción desde hace más de tres décadas. De repente el estribillo sigue sonando, sí, pero ya no suena igual. Y eso, en una cultura que vive de repetir sus iconos hasta volverlos intocables, no es poca cosa.

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