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¿Siemens y GE pueden salvar la luz de Venezuela?

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mano encendiendo una luz

Delcy Rodríguez abre contactos con Siemens y GE para aliviar los apagones en Zulia y reordenar el tablero energético y político de Venezuela.

La imagen política del día en Venezuela no ha sido un mitin cualquiera ni una consigna más para calentar el ambiente. Ha sido Delcy Rodríguez anunciando desde Zulia que su Gobierno negocia ya de forma directa con Siemens y General Electric para intentar resolver la crisis eléctrica en el estado más castigado por los apagones. Lo hizo durante un acto transmitido por Venezolana de Televisión, con un mensaje pensado para sonar a gestión, a urgencia y también a cambio de época: gracias al nuevo diálogo diplomático con Estados Unidos, dijo, Caracas ha abierto una vía de contacto con dos compañías clave de la industria energética global. Eso convierte el problema de la luz en algo más que un asunto técnico. Lo vuelve también un asunto geopolítico, económico y de poder.

La noticia tiene un peso evidente porque Zulia no es una provincia periférica en el relato venezolano. Es una pieza central. Ahí está Maracaibo, ahí late buena parte de la historia petrolera del país, ahí se mide el desgaste de cualquier Gobierno cuando fallan los servicios esenciales y ahí la crisis eléctrica no se percibe como una anomalía sino como una costumbre insoportable. Que Delcy Rodríguez, en su condición de presidenta encargada, sitúe a Siemens y a General Electric en el centro del discurso no es un detalle menor: implica que el Ejecutivo admite que el colapso acumulado exige algo más que mantenimiento rutinario, algo más que promesas de tarima y algo más que culpar a la meteorología, a las sanciones o al enemigo de la semana.

El anuncio, además, llega en un momento político especialmente delicado y especialmente singular. Rodríguez asumió el poder tras la captura de Nicolás Maduro en enero en Caracas, junto a Cilia Flores, en una operación estadounidense que abrió un escenario nuevo, abrupto y todavía lleno de piezas sin encajar del todo. Desde entonces, el Gobierno ha intentado vender la idea de que se ha abierto un nuevo capítulo de la vida política nacional y otro, inseparable, en la relación de Venezuela con Washington. En ese marco se entienden las reuniones de febrero con Chris Wright, secretario de Energía de Estados Unidos, y el mensaje repetido desde Caracas de que ya existen proyectos definidos en petróleo, gas, minería y electricidad. Lo de Zulia no cae del cielo. Viene cocinándose desde hace semanas.

El anuncio que cambia el tono del problema

En su intervención, Delcy Rodríguez buscó un tono casi doméstico para hablar de una avería estructural. Dijo que cuando en Zulia se va la luz de madrugada ella tampoco duerme, que mantiene conversaciones con el gobernador Luis Caldera y que conoce lo que está ocurriendo. La frase estaba diseñada para acortar distancias entre el poder y la calle, aunque el problema de fondo no admite sentimentalismos: cuando un Gobierno necesita subrayar que sabe que se va la luz, en realidad está reconociendo que la luz sigue yéndose demasiado. Aun así, el mensaje tenía una novedad material. Por primera vez en mucho tiempo, el Ejecutivo no se limitó a denunciar sabotajes ni a recitar viejos agravios; puso sobre la mesa nombres concretos, empresas concretas y una posible ruta de solución.

Ese matiz importa. Siemens y General Electric no son un adorno para el titular. Son dos gigantes capaces de intervenir en áreas decisivas del sistema eléctrico: generación, transmisión, automatización, equipos, control de redes, soporte técnico, repuestos, modernización de plantas, diagnóstico de fallos complejos. Dicho de otro modo, si el Gobierno las menciona es porque necesita transmitir que la fase de la consigna va dejando paso a la fase del taller, del plano, del ingeniero que mira una turbina y no un discurso. En un país donde el aparato eléctrico lleva años funcionando a trompicones, con infraestructuras castigadas y soluciones parciales, esa diferencia no es menor. Hablar con estas compañías no resuelve el problema, desde luego, pero sí cambia el lenguaje con el que el problema se presenta.

También cambia el marco internacional. Rodríguez celebró estas conversaciones como resultado del acercamiento con Estados Unidos y como una de las “buenas noticias” de la nueva etapa venezolana. La frase tiene carga política. Significa que el Gobierno quiere ligar la recuperación del servicio eléctrico a la reapertura diplomática, a la reducción del aislamiento y a un modelo más pragmático de relación exterior. Durante años, Venezuela se movió en un circuito de sanciones, desconfianza y deterioro técnico en el que conseguir repuestos, tecnología y asistencia especializada se volvió más difícil. Ahora Caracas intenta convertir esa apertura en una palanca de reconstrucción. Que funcione ya es otra batalla. Pero el movimiento está ahí, visible, y se ha hecho público en el lugar donde más se nota el fracaso de la red.

Zulia, la vieja herida del sistema eléctrico

Para entender la dimensión del anuncio hay que volver a Zulia, no como escenario de un acto político sino como símbolo de una decadencia larguísima. El estado arrastra desde hace años apagones frecuentes, caídas de tensión, racionamientos de hecho y una sensación de desgaste permanente que ha moldeado la vida cotidiana. Allí el fallo eléctrico no es una interrupción excepcional, algo que se comenta con sorpresa y luego se olvida; es un elemento integrado en la rutina, una sombra que aparece a cualquier hora y reordena todo lo demás. Maracaibo, con su calor sofocante y su densidad urbana, convierte cada corte de luz en una experiencia mucho más dura que una simple incomodidad doméstica. Sin aire acondicionado, sin refrigeración estable, sin conectividad fiable, la electricidad deja de ser servicio y pasa a ser frontera entre lo tolerable y lo asfixiante.

Esa es la razón por la que Zulia pesa tanto en el tablero político venezolano. Cada apagón allí tiene un eco mayor, más rápido, más áspero. Golpea hogares, comercios, hospitales, centros educativos, sistemas de bombeo de agua, telecomunicaciones y actividad económica. Golpea también la idea misma de autoridad. Porque una administración puede sobrevivir a muchas cosas, incluso a su propia retórica, pero le cuesta mucho sobrevivir a la sensación extendida de que no puede garantizar lo más básico. Y lo más básico, por debajo de cualquier eslogan, es que al pulsar un interruptor pase algo. La crisis eléctrica venezolana lleva tanto tiempo enquistada que en Zulia no se discute solo cuántas horas dura un corte; se discute si existe realmente un plan de fondo o solo una sucesión de parches.

La gravedad del caso zuliano se explica además por una suma de factores que se han ido encadenando sin misericordia: infraestructuras envejecidas, centrales térmicas deterioradas, déficit de mantenimiento, problemas para importar piezas, fallos en transmisión, vulnerabilidad frente a los picos de demanda y una enorme dependencia de un sistema nacional agotado. La red no se vino abajo de un día para otro ni por una sola causa. Se fue erosionando, como se erosionan las cosas que se usan mucho y se cuidan poco, hasta que el deterioro dejó de ser técnico y se convirtió en una forma de convivencia. Por eso el anuncio de Delcy Rodríguez apunta a algo más ambicioso que reparar una avería puntual. Lo que está en discusión es si Venezuela puede empezar a reconstruir una parte crítica de su Estado material.

Maracaibo y el coste de cada madrugada a oscuras

Cuando Rodríguez dice que tampoco duerme si se va la luz de madrugada, intenta hablar el idioma emocional de Maracaibo. Y no es casual. La capital zuliana vive la crisis eléctrica de forma especialmente cruda porque el apagón allí tiene un efecto físico inmediato. No es solo el fastidio de quedarse sin televisión o sin wifi, que ya sería bastante; es el calor pegado a las paredes, la nevera que deja de proteger alimentos, el ventilador convertido en un recuerdo, el comercio que pierde ventas, el negocio que no puede operar, el ascensor que se inmoviliza, la bomba de agua que no responde. La electricidad en Maracaibo no es un lujo moderno, es una condición elemental para que la ciudad respire sin asfixiarse.

Ese impacto cotidiano explica por qué la cuestión de la luz sigue siendo una herida abierta en la política venezolana. En otras discusiones el Gobierno puede refugiarse en la propaganda, en la polarización o en la épica. Aquí no. Aquí manda la experiencia. Si la corriente falla, falla todo lo demás. Por eso el anuncio con Siemens y General Electric tiene una carga simbólica tan fuerte: porque intenta trasladar la idea de que el poder por fin acepta que el problema requiere capacidad industrial, conocimiento técnico y socios internacionales. Las palabras importan, sí, pero menos que una subestación reparada o una unidad de generación recuperada. Y en Zulia, después de tantos años de sobresaltos, nadie confunde ya la escenografía con el voltaje.

Qué pueden aportar Siemens y General Electric

Conviene separar el ruido del dato. Siemens y General Electric pueden aportar mucho, pero no pueden hacer magia. Su valor está en la capacidad de intervenir en cadenas técnicas que Venezuela necesita recomponer: turbinas, sistemas de control, instrumentación, automatización, transformadores, estudios de estabilidad, repuestos críticos, revisión de equipos y soporte para modernizar instalaciones que llevan años funcionando por debajo de sus posibilidades o directamente al borde del colapso. En una red castigada, la entrada de dos actores de ese tamaño puede significar una diferencia real. No solo por lo que venden, sino por lo que saben. El conocimiento técnico, cuando se ha vaciado durante demasiado tiempo de una administración pública, vale casi tanto como la infraestructura misma.

Ahora bien, el tamaño del desafío es enorme. Negociar con Siemens y GE no equivale a encender la luz mañana. Entre una conversación diplomática y la mejora efectiva del suministro hay una cadena larga y exigente: evaluación de daños, identificación de cuellos de botella, contratos, financiación, licencias, importación de equipos, garantías jurídicas, personal especializado, seguridad operativa, capacidad local para ejecutar obras y estabilidad política suficiente para que la inversión no se convierta en papel mojado. Es ahí donde se decide si la noticia de este domingo será recordada como el inicio de una reparación seria o como una promesa más envuelta en lenguaje internacional. La ingeniería requiere tiempo, y la electricidad, cuando llega tarde, no suele conceder mucho margen.

Además, el sistema venezolano no padece una sola dolencia. Padece varias a la vez. Recuperar generación sin ordenar la transmisión deja una parte del problema intacta. Mejorar subestaciones sin asegurar mantenimiento posterior sirve de poco. Resolver Zulia sin atender el resto del mapa puede aliviar una presión urgente, pero no corrige la fragilidad de fondo. Y, sin embargo, empezar por Zulia tiene lógica. Es el lugar donde el fallo duele más, donde el coste político es más alto y donde un eventual alivio se notaría con mayor claridad. Si el Gobierno logra que esa negociación produzca resultados visibles allí, podrá exhibir una prueba tangible de que la apertura con Estados Unidos no se limita al petróleo o a la foto diplomática. La electricidad sería entonces el indicador más concreto del nuevo rumbo.

Hay otro elemento relevante. General Electric y Siemens no aterrizan en un vacío abstracto, sino en un mercado que vuelve a moverse tras años de aislamiento. La reapertura parcial de canales con Washington y el restablecimiento de relaciones de trabajo con actores internacionales hacen posible algo que antes parecía remoto: que la reconstrucción del sistema eléctrico deje de depender solo del músculo interno del Estado venezolano, claramente insuficiente, y se apoye también en compañías capaces de ejecutar proyectos complejos. En términos políticos, es un reconocimiento sin demasiada poesía de que el chavismo pos-Maduro necesita tecnología extranjera para reparar un servicio que fue presentado durante años como bandera soberana. La ironía no hace falta subrayarla mucho. Se subraya sola.

El giro con Estados Unidos y el nuevo mapa del poder

El anuncio de Delcy Rodríguez no se entiende sin ese giro de fondo en la política exterior venezolana. Tras la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores el pasado enero, el nuevo Ejecutivo intentó consolidar una narrativa de transición controlada, continuidad institucional y apertura pragmática. La reunión de febrero con Chris Wright, secretario de Energía de Estados Unidos, fue uno de los gestos más claros de esa estrategia. No se habló solo de hidrocarburos, aunque Venezuela siempre acaba regresando al petróleo como quien vuelve al viejo patio de la casa. También se habló de gas, minería y energía eléctrica. Rodríguez aseguró entonces que ya había proyectos definidos y que esperaba avanzar con rapidez. El anuncio sobre Siemens y General Electric es la prolongación natural de aquella cita.

El dato más importante aquí no es solo que exista diálogo, sino qué tipo de diálogo se está construyendo. Durante años, la relación entre Caracas y Washington estuvo marcada por sanciones, hostilidad y una imposibilidad práctica de cooperación estable. Ahora el Gobierno venezolano intenta colocar la energía como terreno de entendimiento, quizá porque sabe que es donde más dinero, más urgencia y más resultados visibles puede obtener. La electricidad entra en esa lógica con toda claridad. No produce el brillo geopolítico del petróleo, pero tiene una ventaja decisiva: si mejora, se nota enseguida. Si empeora, también. Es la política reducida a un gesto tan simple y tan brutal como pulsar un interruptor.

Esa reapertura tiene además una dimensión institucional interna. Rodríguez ha querido presentar la nueva etapa como un cambio de capítulo para la política nacional y para la geopolítica venezolana. Dicho sin envoltorio: el Gobierno necesita demostrar que la sacudida de enero no desembocó en un vacío, sino en una administración capaz de negociar, atraer socios, reposicionarse y ofrecer resultados. La crisis eléctrica es una prueba ideal para medir esa promesa porque obliga a combinar tres planos a la vez: diplomacia, capacidad de gestión y eficacia técnica. Si uno falla, fallan los otros dos. De nada sirve una relación cordial con Washington si la luz sigue cayéndose en Maracaibo; de poco vale un buen ingeniero al frente del ministerio si no hay acceso a equipos, empresas y financiación.

Rolando Alcalá y la apuesta por un perfil técnico

Dentro de ese nuevo cuadro encaja el nombramiento de Rolando Alcalá como ministro de Energía Eléctrica en marzo. El Gobierno lo presentó como ingeniero electricista formado en la Universidad Simón Bolívar y como especialista en proyectos eléctricos, un perfil que intenta enviar una señal bastante nítida: esta vez el área pretende dirigirse con lenguaje de ingeniería y no solo con reflejos políticos. No conviene idealizar demasiado el gesto, porque en América Latina se han visto muchos técnicos excelentes atrapados en estructuras estatales mediocres. Pero el cambio de perfil tiene valor en sí mismo. En un sector tan castigado, volver a poner el foco en la competencia profesional ya es una noticia.

Alcalá hereda un panorama complicado. Tiene que coordinar una red envejecida, negociar con actores internacionales, reconstruir confianza, ordenar prioridades y convertir anuncios en cronogramas viables. También debe evitar que el caso de Zulia absorba toda la agenda mientras otras áreas del sistema siguen exigiendo atención. Y, sobre todo, necesita demostrar que el Gobierno no está comprando tiempo político con nombres extranjeros, sino construyendo una hoja de ruta seria. La combinación entre Alcalá, Siemens y General Electric puede funcionar como un triángulo útil: técnica local, soporte industrial global y cobertura diplomática. Sobre el papel suena razonable. Luego llega la realidad venezolana, que no suele dejar las cosas tan limpias.

Lo que se juega Delcy Rodríguez en Zulia

En esta historia Delcy Rodríguez se juega mucho más que una promesa sectorial. Se juega credibilidad. La electricidad, en la política venezolana, es una de esas materias que no admiten demasiada ficción. Se puede discutir la macroeconomía con gráficos, el petróleo con proyecciones y la geopolítica con discursos inflamados. La luz no. O está o no está. O vuelve o no vuelve. Por eso elegir Zulia como escenario del anuncio tiene una lógica tan transparente. Si consigue alivio allí, podrá presentar el resultado como la prueba más visible de que su Gobierno no solo administra la transición abierta tras enero, sino que es capaz de reparar una de las averías más humillantes del país. Si fracasa, el desgaste será igual de visible y bastante más rápido.

La propia puesta en escena del domingo mezcla varios registros. Por un lado, la negociación con Siemens y GE. Por otro, el comienzo de una peregrinación de trece días convocada para exigir el fin de las sanciones. Técnica y movilización. Gestión e identidad política. Esa combinación no es casual. El Gobierno necesita conservar un relato de legitimidad interna al mismo tiempo que ensaya un pragmatismo exterior mucho más abierto que en etapas anteriores. En términos estrictamente políticos, la electricidad sirve de puente entre ambas cosas: permite culpar al entorno internacional por parte del deterioro y, al mismo tiempo, justificar la búsqueda de aliados extranjeros para corregirlo. Es una mezcla de necesidad y cálculo, y no especialmente misteriosa.

También se juega algo más profundo: el sentido de la nueva relación entre Estado y ciudadanía en una Venezuela exhausta. Después de años de crisis, migración, deterioro de servicios y fatiga política, el poder necesita demostrar que puede volver a ser útil en lo material. No grandioso, no histórico, no épico. Útil. Que funcione una red, que no colapse una subestación, que los hogares soporten la madrugada sin estar pendientes del siguiente corte. Parece poco y, sin embargo, es casi todo. Ahí es donde la noticia de este 20 de abril gana espesor. No habla solo de una negociación empresarial; habla de la tentativa de recomponer una noción elemental de gobierno. En un país acostumbrado a las grandes palabras, eso resulta casi revolucionario por lo modesto.

Cuando la negociación tenga que dar luz

Por ahora, lo que existe es un anuncio serio, con protagonistas claros y un marco político reconocible. Existe una conversación directa con Siemens y General Electric. Existe una estrategia de acercamiento con Estados Unidos. Existe un ministerio que ha cambiado de manos y presume de perfil técnico. Existe, también, una admisión implícita de que el caso de Zulia no podía seguir gestionándose con frases vacías. Todo eso suma. Pero todavía falta lo decisivo: traducir la negociación en menos apagones, menos sobresaltos, menos averías, menos noches detenidas por el calor y la incertidumbre. La política suele enamorarse de sus anuncios. La electricidad, bastante menos.

El reto inmediato será convertir esa apertura en un plan verificable, con tareas concretas, obras, mantenimiento, entrada de tecnología y resultados medibles. Ahí aparecerá la prueba de verdad. Porque en el sistema eléctrico no basta con traer a dos nombres grandes ni con firmar una foto diplomática. Hace falta continuidad, financiación, capacidad de ejecución y una disciplina técnica que Venezuela perdió hace tiempo en demasiados sectores. Zulia puede ser el laboratorio de esa nueva etapa o el recordatorio de que las transiciones políticas no arreglan por sí solas las infraestructuras devastadas. Las dos posibilidades siguen sobre la mesa.

Lo que deja este domingo, en todo caso, es una escena nítida. Delcy Rodríguez ha colocado el problema eléctrico en el centro del nuevo tablero venezolano y ha decidido ligarlo a dos multinacionales emblemáticas y al entendimiento con Washington. La maniobra tiene lógica y tiene riesgo. Si sale bien, redefinirá el primer balance material de su Gobierno. Si sale mal, confirmará que en Venezuela la luz continúa siendo el examen que nadie aprueba con retórica. Maracaibo, mientras tanto, no espera una tesis geopolítica ni una metáfora sobre el futuro. Espera algo bastante más simple y bastante más difícil: que la madrugada deje de depender de un sistema exhausto y vuelva a parecerse, por fin, a una noche normal.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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