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Historia

El sexo entre primates del mismo sexo, clave para sobrevivir

El sexo entre primates del mismo sexo no es un “accidente” ni una rareza de laboratorio: aparece una y otra vez en especies distintas, en condiciones distintas, y con un patrón que, cuando se mira de lejos, parece menos capricho y más engranaje.

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sexo entre primates del mismo sexo

El sexo entre primates del mismo sexo se asocia a cohesión social y supervivencia en especies con jerarquías complejas desde hace millones de años

El sexo entre primates del mismo sexo no es un “accidente” ni una rareza de laboratorio: aparece una y otra vez en especies distintas, en condiciones distintas, y con un patrón que, cuando se mira de lejos, parece menos capricho y más engranaje. Un nuevo estudio publicado en Nature Ecology & Evolution sostiene que estas conductas —lo que la literatura científica llama same-sex sexual behaviour (SSB), comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo— están asociadas a presiones ecológicas y sociales: sociedades con jerarquías complejas y entornos duros, con escasez de recursos o riesgo de depredación, donde mantener la cohesión del grupo puede ser cuestión de vida o muerte.

El trabajo, liderado por el equipo de Vincent Savolainen (Imperial College London) y firmado por Chloë Coxshall, Miles Nesbit, Josh Hodge y el propio Savolainen, revisa información acumulada durante décadas y la cruza con variables del entorno y de la organización social. Los autores analizan datos de casi 500 especies de primates a partir de más de 1.700 estudios previos, y localizan evidencia de SSB en 59 especies, desde lémures a macacos y grandes simios como bonobos y chimpancés. El titular que se queda en la retina es el de los 40 millones de años: sugiere que, al menos en parte del árbol evolutivo de los primates, estas conductas podrían haberse originado muy atrás —o, si se prefiere una imagen menos solemne, podrían ser una solución que la evolución ha reciclado con insistencia—.

La clave del estudio no es convertir a los primates en un espejo humano con patas, sino explicar por qué algo así se mantiene. Y ahí entra lo importante: no todo comportamiento sexual es reproducción; en primates, con su política de miradas, alianzas y tensiones, el sexo también puede actuar como pegamento social, como válvula de escape, como una forma de ordenar la convivencia cuando el grupo está al límite.

Qué se estudió exactamente y por qué el dato es grande

Para entender el alcance conviene bajar al terreno, sin humo. Este no es un estudio de “observación nueva” de un par de colonias, sino un análisis comparativo a gran escala. El equipo reunió registros científicos publicados sobre primates no humanos y comprobó en qué especies se había descrito SSB. A partir de ahí, cruzó esa presencia con características biológicas y sociales —como longevidad, dimorfismo sexual o estructura jerárquica— y con factores ambientales del lugar donde viven esas especies: clima más duro o más benigno, presión de depredadores, disponibilidad de recursos, entre otros elementos. El resultado, en bruto, es muy directo: el SSB aparece más a menudo en especies con vidas sociales complejas y en especies que, por su ecología, viven con el viento en contra.

En paralelo, el equipo utiliza herramientas filogenéticas, es decir, el “árbol familiar” de los primates. Aquí es donde entra la frase de los 40 millones de años. Nadie está grabando un documental del Eoceno; lo que se hace es inferir, con modelos estadísticos, si la distribución actual del SSB encaja mejor con un origen antiguo en ancestros comunes o con múltiples apariciones independientes. El estudio sugiere una raíz profunda: en líneas generales, cuanto más cerca se está de los grandes simios, más probable es encontrar estas conductas descritas, aunque también aparecen en linajes más alejados. La idea de fondo es incómoda para quien busque explicaciones de una sola pieza: puede haber herencia y puede haber reinvención. Evolución a veces es eso: tradición y copia, pero también improvisación.

Y, aun así, los propios datos llevan una advertencia casi silenciosa: la ausencia de registros no garantiza ausencia real. En primatología hay especies estudiadas con lupa y otras que apenas tienen seguimiento sistemático, y en comportamiento sexual el sesgo histórico ha sido todavía más evidente. Dicho en castellano corriente: si nadie lo mira, no existe “en el papel”, pero puede estar pasando igual.

La palabra “homosexualidad” y el riesgo de traducir demasiado

La noticia circula con la palabra “homosexualidad” porque es comprensible y porque engancha. En ciencia, sin embargo, el marco es otro. Se habla de conductas, no de identidades. Un bonobo no tiene un debate interno sobre orientación; un macaco no redacta autobiografías. Lo que se registra es una secuencia: contacto, monta, estimulación genital, cortejo, comportamiento de conciliación… y el contexto alrededor: antes hubo conflicto, después baja la agresividad; o se refuerza un vínculo; o se reordena una alianza.

Por eso, en el estudio se usa SSB como categoría amplia: incluye acciones que, en humanos, podrían etiquetarse de mil maneras, pero que en primates se interpretan como parte de un repertorio social. A veces es explícitamente sexual, a veces es un gesto sexualizado que cumple una función social. Sexo como herramienta, más que sexo como objetivo.

Qué gana una sociedad de primates cuando el sexo actúa como “código social”

Lo más interesante del trabajo es su hipótesis funcional: en entornos difíciles y con jerarquías tensas, el SSB puede contribuir a reducir conflictos, reforzar alianzas y mantener cohesionados grupos que, de otro modo, podrían fracturarse. No es poesía: es supervivencia práctica. Un grupo con menos violencia interna pierde menos energía, se lesiona menos, protege mejor a las crías, coopera con más eficacia y resiste mejor cambios bruscos en el entorno.

Aquí se suele citar el ejemplo más famoso, el de los bonobos (Pan paniscus), conocidos por integrar el sexo en la vida social con naturalidad pasmosa. En bonobos se han descrito interacciones sexuales entre hembras para calmar tensiones, consolidar vínculos y facilitar cooperación, además de conductas entre machos y entre sexos. Pero el estudio insiste en que no es un “caso único”, sino una parte visible de un patrón más amplio. En macacos y otros monos se han registrado montas y contactos genitales entre individuos del mismo sexo que aparecen en situaciones de competición, reconciliación o reacomodo social. En otras especies, el sexo entre machos puede funcionar como gesto de dominancia o de alianza; entre hembras, como forma de vínculo estable y de cooperación. No hay una sola historia; hay muchas versiones del mismo mecanismo: el cuerpo ayuda a gestionar el grupo.

El estudio relaciona estas conductas con rasgos como longevidad —especies que viven más años tienen más tiempo para “rentabilizar” vínculos sociales— y dimorfismo sexual —cuando la diferencia de tamaño y fuerza entre machos y hembras es grande, suele haber más competencia y más necesidad de ordenar el estatus—. También pesa la estructura del grupo: sociedades con jerarquías marcadas y relaciones complejas parecen mostrar SSB con más frecuencia. Todo encaja con una idea simple, casi doméstica: cuando convives con muchos, bajo tensión, cualquier mecanismo que reduzca choques y facilite acuerdos vale oro.

Hay un detalle que suele pasar desapercibido y, sin embargo, es crucial: la selección natural no exige que una conducta sea reproductiva en cada acto. Exige que, en promedio, favorezca que los genes de una población sigan circulando. Si el SSB ayuda a mantener alianzas, a evitar expulsiones del grupo o a proteger crías —aunque sea de forma indirecta—, puede contribuir al éxito evolutivo sin necesidad de ser “reproductivo” de manera directa. Es un cálculo frío, pero real. A veces la evolución premia la paz, aunque sea una paz hecha con remiendos.

El papel del entorno: hambre, depredadores y clima como telón de fondo

El trabajo subraya la conexión con condiciones ambientales duras. No se habla de “un día de lluvia” sino de contextos donde la vida es un pulso constante: climas más extremos, periodos prolongados de escasez, presión elevada de depredadores, incertidumbre en recursos. En ese escenario, los grupos sociales se convierten en un seguro colectivo: más ojos, más manos, más cooperación. Pero también más fricción. Y ahí el sexo —incluido el sexo entre individuos del mismo sexo— puede funcionar como mecanismo para lubricar relaciones.

En primates, la agresión y la reconciliación forman parte del paisaje diario. Una disputa por comida, por un sitio seguro para dormir, por una hembra en periodo fértil, por el acceso a un aliado… la lista es larga. Lo relevante es qué pasa después. En algunas especies se han descrito conductas de “reconciliación” tras conflictos: acicalamiento, contacto físico, cercanía tolerada. El estudio sitúa el SSB dentro de ese conjunto de herramientas sociales. En determinadas especies, después de un pico de tensión, puede aparecer una interacción sexual que reduce el riesgo de que el conflicto escale.

Esa asociación con presión ecológica es, en realidad, una forma de decir algo viejo con datos nuevos: cuando el entorno aprieta, la sociedad importa más. Y cuando la sociedad importa más, las herramientas para mantenerla en pie se vuelven más valiosas. La biología no es pudorosa: si un mecanismo funciona para sostener un grupo, puede quedarse.

No todo es “sexo por placer”: funciones distintas según especie y contexto

Un error habitual es imaginar un único motivo universal, como si el comportamiento sexual fuese una tecla con una sola función. En primates, la película cambia según la especie y la situación. En algunos casos, el SSB aparece ligado a juegos o a exploración en individuos jóvenes; en otros, a alianzas entre adultos; en otros, a dominancia y demostración de estatus. El mismo tipo de acción —una monta, un contacto genital— puede significar cosas distintas según quién la haga, cuándo y en qué contexto.

En macacos, por ejemplo, se han descrito conductas entre hembras que pueden incluir preferencia por parejas concretas y que no se limitan a un gesto puntual. En bonobos, las interacciones sexuales —incluidas entre hembras— pueden ser parte del repertorio de pacificación. En chimpancés (Pan troglodytes), la dinámica social es distinta, con mayor agresión en algunos contextos, y la interpretación de conductas sexuales puede variar. El estudio no pretende borrar esas diferencias, sino demostrar que el fenómeno, en conjunto, no es raro y no es aleatorio: aparece más donde más sentido tiene como herramienta de cohesión.

Qué significa, en términos científicos, “estrategia de supervivencia”

La frase “estrategia de supervivencia” tiene gancho, pero conviene entenderla con precisión. En biología evolutiva, una “estrategia” no implica necesariamente intención consciente. No es un plan escrito. Es un patrón que, por sus efectos, puede favorecer el éxito del individuo o del grupo y, por tanto, mantenerse en el tiempo. En primates, donde la vida social determina acceso a recursos y protección, sobrevivir no depende solo de fuerza o velocidad; depende de pertenecer, de no quedar aislado, de tener aliados. Ahí, el sexo puede ser una moneda. No la única, pero sí una moneda.

El estudio, al vincular SSB con longevidad y complejidad social, sugiere que estas conductas forman parte de un “kit” social que ayuda a navegar jerarquías. Es un enfoque coherente con una idea ya asentada en primatología: el acicalamiento, por ejemplo, no es solo higiene, también es política. Con el sexo puede pasar algo parecido en ciertas especies: es contacto, sí, pero también es mensaje.

Y si eso viene de muy atrás —ese marco de decenas de millones de años— la lectura se hace todavía más sobria: no estamos ante una anomalía moderna, ni ante un fenómeno “nuevo” porque se hable más de ello. Estamos ante una pieza antigua del comportamiento primate, con variaciones, con intensidades distintas, con contextos distintos, pero presente.

Lo que el estudio dice sobre humanos, sin convertirlo en arma arrojadiza

Los autores y muchos divulgadores serios suelen insistir en un punto: el estudio no está diseñado para explicar la sexualidad humana en términos de identidad o experiencia. La sexualidad en humanos tiene capas culturales, psicológicas y sociales que no se pueden trasladar sin hacer trampas. Pero sí hay una implicación clara en el plano de la naturaleza: el comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo es compatible con la evolución, y en primates puede tener valor adaptativo. Eso desmonta el argumento de que sea “antinatural” en el sentido biológico.

Además, el enfoque aporta contexto cuando se discute el papel del sexo como vínculo. En humanos se reconoce, desde hace tiempo, que el sexo puede cumplir funciones sociales y emocionales más allá de la reproducción. En primates no humanos, el estudio sugiere algo parecido en algunos casos: el sexo, incluido el SSB, puede servir para mantener relaciones, para reducir tensión, para integrar. No es un mensaje político; es un hallazgo sobre conducta.

Hay una frase que resume bien la idea sin necesidad de adornos: en especies sociales, el éxito no depende solo de tener crías; depende de que el grupo no se rompa. Y el grupo no se sostiene solo con dientes. Se sostiene con vínculos.

Qué queda sólido y qué debe leerse con cautela

En términos de hechos, lo más firme del estudio es el alcance: el análisis de casi 500 especies con evidencia identificada en 59 especies, a partir de una revisión extensa de literatura. Eso es un salto cuantitativo notable. También es sólido el patrón general que se describe: la asociación entre SSB y variables de complejidad social y presión ecológica. El trabajo no afirma que el SSB sea siempre la misma cosa, ni que tenga una función única en todas partes, sino que su presencia se alinea con contextos donde la cohesión social es crucial.

La parte que requiere más matiz es la inferencia temporal de “40 millones de años”, porque se trata de reconstrucción estadística basada en datos disponibles y en el árbol evolutivo, no de evidencia directa. Es una inferencia razonable dentro de la metodología, pero siempre dependiente de la calidad de los registros y del sesgo de observación. En comportamiento animal, y en sexualidad en particular, ese sesgo ha existido. Aun así, que el fenómeno aparezca en 59 especies y esté documentado desde lémures hasta grandes simios ya indica que no estamos ante una simple rareza puntual.

También hay un matiz importante: el estudio habla de asociaciones, de correlaciones, de patrones consistentes. No es un experimento que manipule ambientes para provocar conductas, porque en primates eso sería inviable y éticamente inaceptable. Lo que aporta es una visión de conjunto: un mapa amplio en el que ciertas piezas tienden a ir juntas.

Cuando la vida es dura, la convivencia se vuelve biología pura

Hay algo casi tangible en el fondo de todo esto. Los primates no viven en abstracto. Viven entre ramas, barro, polvo, insectos, comida que se agota, estaciones que cambian, depredadores que acechan. Viven pegados a otros, demasiado cerca a veces. En ese roce constante nacen conflictos, alianzas, treguas. El estudio propone que el SSB, lejos de ser un “error”, puede ser uno de esos mecanismos que ayudan a sostener la paz relativa necesaria para que un grupo funcione.

No se trata de idealizar ni de inventar una selva amable. En muchos primates hay violencia, jerarquías duras, castigos. Precisamente por eso, cualquier herramienta que rebaje el riesgo de escalada puede ser valiosa. El sexo, en algunas especies, cumple esa función. Y si se repite durante millones de años en linajes distintos, es difícil sostener que sea un simple accidente sin utilidad.

La noticia, en su esencia, no cuenta una historia moral, sino evolutiva: el comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo aparece como parte del repertorio social primate, asociado a condiciones de vida exigentes y a estructuras sociales complejas, con una posible raíz muy antigua. No hace falta convertirlo en eslogan. Basta con mirarlo como lo que es: una conducta documentada, con patrones consistentes, que la ciencia está empezando a ordenar con datos a gran escala.

La pista que deja la evolución en el barro de la selva

Al final, lo más llamativo del estudio no es que haya sexo entre primates del mismo sexo —eso se sabe desde hace tiempo en especies concretas—, sino la fotografía general: el SSB aparece más en sociedades complejas, en especies longevas, en escenarios ecológicos duros, y sugiere un papel en cohesión social y gestión de tensiones. La cifra de los 40 millones de años funciona como recordatorio de escala: algunas conductas que hoy se discuten como si fueran una moda contemporánea pueden tener raíces antiguas, enterradas en capas de tiempo donde no existían ni ciudades, ni fronteras, ni lenguaje humano, solo grupos intentando sobrevivir día tras día.

En ese paisaje, el sexo no es únicamente reproducción. Puede ser pacto, calma, vínculo, gesto de estatus, reconciliación. Puede ser, en determinadas especies y momentos, una forma de mantener el grupo unido cuando el entorno no perdona. Y eso, en evolución, suele ser suficiente para que algo se quede.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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