Síguenos

Ciencia

¿Sangre artificial universal? Japón ya la prueba en humanos

Publicado

el

Sangre artificial universal

Japón ensaya en humanos sangre artificial universal, estable sin nevera y pensada para emergencias: qué es, cómo funciona y plazos probables.

Japón ha pasado de la promesa a la bata y el suero: una “sangre artificial” compatible con todos los grupos ya está entrando en fases de ensayo clínico con voluntarios sanos, con un objetivo muy concreto y nada glamuroso, pero vital, que es ganar tiempo en urgencias cuando no hay margen para tipajes, cruces ni logística perfecta. La pieza central no es “sangre completa” sino un sustituto de glóbulos rojos: vesículas de hemoglobina (HbV), cápsulas microscópicas que transportan oxígeno y que, al no llevar antígenos de grupo sanguíneo en su superficie, aspiran a evitar el clásico “¿A, B, AB, O; Rh sí o no?”.

El proyecto que está disparando titulares se fabrica y se controla desde Nara Medical University (en Kashihara, prefectura de Nara), con nombres propios detrás y un historial que ya no cabe en una nota de prensa. Aparece Hiromi Sakai como figura clave del desarrollo (y además con patentes asociadas), y en el protocolo más reciente firman, entre otros, Kazuya Sakai, Kiyoshi Asada, Yudai Watanabe, Hiroshi Azuma, Masato Kasahara y Masanori Matsumoto. No es un “descubrimiento” súbito: es una línea de investigación que lleva años afinando composición, estabilidad, seguridad y fabricación bajo estándares de calidad industrial.

La sangre artificial “universal” que se fabrica en Nara

La etiqueta “sangre artificial” suena a copia exacta del cuerpo humano, pero aquí el truco —el útil— es más específico: imitar la función de los glóbulos rojos en lo que más importa durante una hemorragia o una anemia aguda, que es llevar oxígeno a los tejidos. En vez de transfundir hematíes de donante con sus membranas y sus antígenos, se utiliza hemoglobina humana purificada y se encapsula en liposomas, una especie de burbuja de grasa biocompatible. Dicho sin bata: una “cápsula” que protege la hemoglobina y la hace circular sin comportarse como hemoglobina libre a pelo, que es donde históricamente empezaban los problemas.

Ese “material de partida” tiene un giro de economía sanitaria que no se suele destacar tanto y, sin embargo, está ahí: parte de la hemoglobina puede venir de concentrados de glóbulos rojos ya inspeccionados (con controles tipo NAT, de ácidos nucleicos) y, en algunas descripciones técnicas, del circuito de sangre de donación gestionado en bloques regionales. Luego llega el proceso largo: purificación, tratamientos para minimizar riesgos, filtrados, ajustes de la molécula, y al final la encapsulación y el control de tamaño de partícula. La propia documentación técnica describe una producción cuidada y obsesiva, con pasos como pasteurización y filtrados para elevar el listón de seguridad; no es un cóctel improvisado.

Hay un detalle casi cinematográfico que dice mucho sobre la intención del invento: estas vesículas no solo se plantean como “oxígeno”, también se han explorado variantes (deoxi, CO, meta) pensadas para usos concretos en emergencias, desde transporte de oxígeno hasta posibles aplicaciones como antídoto en ciertos envenenamientos, siempre en el terreno de lo experimental. Esa amplitud de miras no significa que vaya a usarse mañana para todo; significa que la plataforma —la idea de encapsular hemoglobina y jugar con su estado— está diseñada para ser versátil.

Una cápsula de hemoglobina, sin grupo y sin Rh

El corazón del concepto es la compatibilidad universal. En transfusión clásica, el riesgo no es teórico: si entra un grupo incompatible, el sistema inmune puede reaccionar de forma grave. Por eso existen los cruces, las pruebas, las urgencias que se atascan cuando el laboratorio va a mil. En cambio, una vesícula liposomal cargada con hemoglobina no presenta en su superficie los marcadores del sistema ABO o Rh que disparan esas incompatibilidades típicas; de ahí sale el “para todos” que tanto seduce.

Ahora bien, universal no es sinónimo de inocuo. En el propio desarrollo se subraya una batalla técnica que suena a detalle pero manda muchísimo: cómo hacer que el liposoma sea estable y a la vez degradable por el organismo, que no se quede como un resto incómodo en hígado o bazo. Ahí entra el tipo de lípidos escogidos (por ejemplo, fosfolípidos saturados como DPPC) y recursos de formulación como PEGilación, que sirve para estabilizar y también para “camuflar” algo la partícula en sangre y controlar interacciones. La formulación es, literalmente, el carácter del producto: cambia cómo circula, cómo se almacena y cómo reacciona el cuerpo.

Y hay otra guerra silenciosa: evitar que ciertos lípidos o cargas superficiales activen el complemento o toquen plaquetas de manera indeseada. Los equipos que llevan tiempo en esto aprendieron a golpes que algunas combinaciones, por muy estables que parezcan, pueden encender alarmas inmunológicas. En la descripción del proyecto de Nara aparece esa preocupación y esa selección fina de componentes, buscando un equilibrio entre biocompatibilidad y robustez.

Ensayos en humanos: del primer “sí, es tolerable” al salto de dosis

El punto de inflexión, el que separa “experimento bonito” de “medicina en camino”, llegó con un ensayo fase 1 iniciado en 2020 y publicado después, donde se administraron HbV a voluntarios sanos. La frase importante no es “funciona” —aún no se puede vender así—, sino que en dosis iniciales se estudió seguridad y farmacocinética y el perfil de eventos adversos fue, en general, manejable. Este ensayo fue abierto, con escalada de dosis y vigilancia intensa, y tuvo el sello regulatorio japonés correspondiente, con registro clínico y aprobación ética, como exige el guion serio.

En ese fase 1 se trabajó con varones sanos de 20 a 50 años, con rangos de peso y de índice de masa corporal delimitados, y se plantearon cohortes de 10, 50 y 100 mililitros. Aquí aparece un aprendizaje muy “de hospital”: la reacción a un producto liposomal puede depender incluso de cómo se administra, del inicio de perfusión y de si el circuito lleva mezcla con suero. Hubo fiebre en parte de los participantes (con picos que llegaron a 38,1 °C en el ensayo descrito) y se interpretaron algunos episodios como reacciones de infusión inducidas por liposomas, de aparición rápida y resolución espontánea en minutos en los casos señalados.

Lo más delicado del fase 1 llegó en la cohorte de 100 mililitros: un participante presentó molestia lumbar y después una erupción con habón en el pecho anterior tras haberse perfundido solo alrededor de 10 mililitros; se detuvo la infusión y el cuadro remitió sin medicación. Además, la cohorte se vio afectada por un elemento muy de época: la pandemia de coronavirus alteró el calendario y el propio agente investigacional acabó caducando, lo que obligó a frenar la progresión tal y como estaba planificada. Nada heroico, nada conspirativo: ciencia real chocando con calendario real.

Aun así, ese mismo trabajo subraya una señal que, en este campo, vale oro: no se observaron cambios clínicamente significativos en constantes vitales como la presión arterial sistólica, salvo el tema de temperatura. Y esto importa porque la historia de los sustitutos sanguíneos está marcada por un fantasma: la hipertensión y la vasoconstricción asociadas a hemoglobina libre o modificada en generaciones anteriores. Si se quiere resumir el “por qué” en una imagen: la hemoglobina libre puede secuestrar óxido nítrico, estrechar vasos y disparar presión; encapsularla busca quitarle ese colmillo.

El ensayo fase 1 dejó también un dato práctico, casi de reloj: la vida media en sangre de estas vesículas en ese contexto fue de alrededor de ocho horas, con la idea de que podrían servir como puente durante “unas horas críticas” mientras se prepara una transfusión convencional. Ocho horas no suenan a épica, pero en urgencias pueden ser un mundo: entrar, estabilizar, operar, conseguir sangre compatible, controlar la hemorragia, reponer lo que falta con productos clásicos.

El nuevo protocolo: 16 voluntarios y hasta 400 mililitros

En enero de 2026 se publicó un protocolo fase Ib, ya con el objetivo explícito de ampliar el rango de dosis y vigilar seguridad y farmacocinética en condiciones más ambiciosas, todavía en adultos sanos japoneses. El diseño es de un solo centro, abierto, con escalada de dosis, y planea 16 voluntarios divididos en cuatro cohortes. Las dosis previstas son 100 mililitros en las cohortes 1 y 2, 200 mililitros en la 3, y 400 mililitros en la 4, con velocidades de perfusión que suben gradualmente hasta un máximo de 5,0 ml/min.

Aquí se ven los nervios del protocolo, los detalles que muestran que el equipo aprendió de reacciones previas: la premedicación es estándar y explícita, con dexametasona, acetaminofén (paracetamol), difenhidramina y famotidina, administrados entre una y dos horas antes. La infusión empieza a 1,0 ml/min durante diez minutos y después pasa a una velocidad de mantenimiento según cohorte, con el mismo techo de 5,0 ml/min. Se monitoriza a los participantes en hospital hasta el día 4 y luego se programan visitas en los días 8 y 15, con un comité de seguridad que revisa tolerabilidad antes de saltar a la siguiente cohorte.

Incluso el calendario está escrito con fechas, sin nebulosas: el periodo planificado del estudio va del 2 de enero de 2025 al 30 de junio de 2026, con ventanas de reclutamiento separadas para cada cohorte, repartidas entre 2025 y 2026. En la primera cohorte se plantea un ritmo casi artesanal, un participante por semana durante cuatro semanas; en las siguientes, una administración en la primera semana y tres en la segunda. La variable principal es la seguridad: eventos adversos hasta 14 días, y cambios clínicamente significativos hasta 72 horas con síntomas, constantes vitales, ECG y laboratorio. La farmacocinética se mide con concentraciones en sangre hasta el día 4, para estimar Cmax, Tmax, AUC y vida media de eliminación.

Y hay un dato que suele pasar desapercibido en la conversación pública, pero marca de qué va esto: el protocolo reconoce que en clínica real, cuando hay hemorragias mayores, podrían requerirse volúmenes superiores, del orden de 400 a 800 mililitros como expectativa de uso, y por eso esta fase Ib pretende asomar la cabeza más allá del límite de 100 mililitros del fase 1. No es una promesa; es una justificación de por qué se arriesga un poco más, siempre con el freno de mano puesto.

Guardar sangre sin nevera: la parte menos sexy que puede cambiarlo todo

En transfusión, la logística no es un detalle administrativo; es fisiología aplicada a camiones. Los concentrados de glóbulos rojos tienen requisitos estrictos de conservación: temperatura controlada en frío y una vida útil que depende de la solución conservante. En estándares muy extendidos, los hematíes se mantienen entre 1 y 6 °C y pueden llegar a los 42 días de vida útil con ciertas soluciones aditivas. Eso obliga a una cadena de frío robusta, a trazabilidad, a neveras específicas, a controles que no perdonan.

En Japón, además, hay un matiz que el propio equipo de HbV ha puesto sobre la mesa en textos técnicos: se menciona que la sangre donada puede tener ventanas de almacenamiento más cortas que en EEUU o Europa, lo que añade presión logística y de stock. Cuando se suman islas, zonas rurales y la idea de “almacenar para emergencias”, la ecuación se vuelve áspera: mantener un producto biológico vivo, limitado por el tiempo, y además frío, no siempre es compatible con catástrofes o con hospitales pequeños.

Frente a eso, el atractivo de las HbV es casi brutal: se ha descrito que las vesículas desoxigenadas pueden almacenarse más de dos años a temperatura ambiente si se formula con fosfolípidos saturados como DPPC para evitar peroxidación lipídica y se combina con PEGilación, precisamente para mantener estabilidad. En una explicación técnica del proceso se habla de bolsas selladas, adsorbedores de oxígeno, embalajes de aluminio, y de conservar el producto en condiciones que no dependen del frigorífico como un rehén.

La consecuencia, si se confirma en la práctica clínica y regulatoria, no es solo “qué moderno”: sería redefinir el stock. Un producto estable durante años permite planificar de otra forma: preposicionar reservas, cubrir rutas de transporte largas, abastecer a lugares remotos sin miedo a tirar unidades por caducidad, y responder a un evento masivo sin la coreografía habitual de “necesitamos sangre ya, pero también necesitamos saber cuál”. El titular suele quedarse en “dura un año”, pero lo que late debajo es otra cosa: autonomía operativa.

Aquí también conviene bajar el volumen del entusiasmo. La estabilidad en laboratorio y la estabilidad en la vida real no son gemelas idénticas. Temperatura ambiente es un concepto cómodo sobre el papel; en un verano extremo, en un almacén mal ventilado, esa “ambiente” se convierte en un horno. Por eso, aunque los textos científicos hablen de años, la traducción al uso sanitario exige especificaciones, controles, y límites bien definidos. Aun así, la dirección es clara: se intenta escapar del calendario corto de la sangre clásica.

Lo que esta sangre artificial puede y no puede hacer

Llamarla sangre universal puede llevar a un malentendido grande: no sustituye a la sangre completa. Las HbV, tal como se describen, apuntan a la función de glóbulos rojos, no a coagular ni a sostener todas las proteínas plasmáticas ni a aportar plaquetas. En una hemorragia importante, el cuerpo no solo pierde oxígeno transportado; pierde volumen, factores de coagulación, y capacidad de formar coágulos. Por eso, incluso si estas vesículas funcionaran perfecto como transportadoras de oxígeno, seguiría existiendo la necesidad de otros componentes y de cirugía o control del sangrado.

El lugar natural de un producto así se parece más a un “puente” que a un reemplazo total. En un escenario de choque hemorrágico, la prioridad inmediata es perfundir órganos y evitar que la hipoxia —la falta de oxígeno— empiece a cobrar peajes irreversibles. Si un sustituto puede aportar oxígeno durante horas sin esperar a tipaje y sin depender de stock compatible, entonces se gana una ventana para hacer lo que realmente salva vidas: detener el sangrado, estabilizar, y ya con tiempo, transfundir lo que corresponde. En el fase 1, la propia farmacocinética sugería esa lógica temporal, con horas de circulación antes de degradarse.

En el día a día hospitalario, además, la compatibilidad no es una molestia burocrática, es un sistema de seguridad. Incluso cuando se usa O negativo en urgencias extremas, no siempre hay unidades suficientes, y hay pacientes con sensibilizaciones, anticuerpos irregulares o situaciones en las que una transfusión “rápida” se convierte en una partida de ajedrez. Un producto que elimine la variable ABO/Rh en el momento inicial simplifica, sí, pero abre otras preguntas: qué reacciones inmunológicas genera el liposoma, cómo se comporta en pacientes con inflamación, qué hace en hígado o bazo, y cómo se ajusta en personas con patologías previas. Universal en grupo no es universal en biología.

Hay también una cuestión de lenguaje: “compatible con todos los tipos” se refiere a compatibilidad inmunohematológica clásica, no a que sea indiferente al organismo. De hecho, el propio desarrollo ha tenido que incorporar premedicaciones típicas de fármacos liposomales para minimizar reacciones. Eso ya marca que el cuerpo “nota” el producto. Y en medicina, cuando el cuerpo nota algo, toca medirlo con paciencia.

Riesgos, dudas y la memoria de los fracasos anteriores

La investigación en sustitutos sanguíneos no empieza en Nara; empieza hace décadas, con intentos que prometían lo mismo y se estrellaron por el mismo muro: seguridad cardiovascular y renal. En el protocolo fase Ib se recuerda una de las grandes alertas históricas: la administración de hemoglobina purificada con modificaciones químicas se asoció a vasoconstricción e hipertensión, en buena parte por la captura de óxido nítrico, que es una molécula clave para relajar vasos y regular el tono vascular. El proyecto HbV se vende, precisamente, como una forma de reducir esa interacción peligrosa encapsulando la hemoglobina.

Los datos iniciales en voluntarios sanos son una señal, no una absolución. Que no haya subidas de presión clínicamente relevantes en 100 mililitros es tranquilizador, pero la propia razón de existir de la fase Ib es ir más allá, acercarse a volúmenes que, en un paciente real con sangrado, serían más parecidos al uso clínico. Es ahí donde se verá si la encapsulación aguanta el tipo o si aparecen efectos que en dosis pequeñas no se ven. La medicina está llena de fármacos que son “perfectos” hasta que se usan en la dosis o el contexto que importa.

Además, el producto es liposomal, y los liposomas pueden activar respuestas inmunes, producir reacciones de infusión, fiebre, erupciones; el fase 1 lo mostró con episodios que se resolvían solos, pero que existen. En el ensayo se interpretaron algunos eventos como reacciones típicas de liposomas, apareciendo al inicio y desapareciendo pronto. La fiebre, los escalofríos, el malestar… todo eso, en un paciente traumatizado, puede mezclarse con mil variables. Por eso la fase Ib carga con ECG, laboratorio, vigilancia estrecha, y un comité de seguridad que decide si se sigue o se frena.

También hay preguntas sobre destino y degradación. ¿Dónde se metabolizan estas partículas? ¿Qué carga soporta el sistema mononuclear fagocítico, el “equipo de limpieza” del cuerpo que suele trabajar en hígado y bazo? En trabajos técnicos se discute, precisamente, el equilibrio entre estabilidad y capacidad de degradación, y se ha señalado que algunas estrategias antiguas de “hiperestabilizar” liposomas acababan siendo un problema porque el organismo no los metabolizaba bien. No basta con que duren en la estantería; deben desaparecer de forma segura una vez han hecho su trabajo.

Hay, por último, un componente humano y legal: patentes, conflictos de interés declarados, producción bajo GMP, consorcios académicos, apoyo de centros de investigación clínica. Esa arquitectura no garantiza eficacia, pero sí muestra que el proyecto se mueve en carriles institucionales y no en el barro de la pseudociencia. Aun así, la prueba definitiva no la dicta una institución; la dictan los datos en pacientes, cuando llegue ese paso.

Entre ambulancias, catástrofes y quirófanos: el horizonte más realista

Si se busca el escenario donde esta tecnología tendría sentido primero, no es el trasplante ni la hematología crónica; es la emergencia pura. Accidentes con sangrado masivo, cirugías urgentes, situaciones donde el banco de sangre no puede responder al ritmo que exige la calle, o donde la sangre disponible no encaja con la compatibilidad necesaria. Ahí una bolsa “sin grupo” cambia la primera jugada: permite actuar sin esperar. No resuelve todo, pero desplaza el tiempo a favor de la medicina.

El protocolo fase Ib lo deja caer sin rodeos cuando explica por qué hace falta subir dosis: en el mundo real, una alternativa a transfusión que se quede en 100 mililitros se queda corta. El paso a 400 mililitros en voluntarios sanos no es capricho; es acercarse a lo que sería clínicamente relevante, siempre con la prudencia de hacerlo primero en personas sin enfermedades y con monitorización continua. Esa escalada, en sí misma, es una noticia: significa que el equipo considera que lo anterior dio margen para arriesgar un poco más, con un plan cerrado de seguridad.

¿Fechas? Aquí conviene hablar como se habla en hospital, sin fuegos artificiales. En el discurso público se ha repetido una meta de uso práctico alrededor de 2030, pero ese tipo de horizonte depende de que las fases clínicas confirmen seguridad y después eficacia, y de que el regulador acepte el balance beneficio-riesgo en indicaciones concretas. Lo que sí es tangible, con fecha y firma, es el calendario del estudio fase Ib que se extiende hasta junio de 2026, con cohortes repartidas y una hoja de ruta que no parece improvisada.

En paralelo, Japón no es un único laboratorio. Existen otros enfoques de “sustituto de oxígeno” en el ecosistema japonés, con líneas que combinan hemoglobina con albúmina u otras arquitecturas proteicas sintéticas, y que buscan algo parecido: estabilidad, ausencia de antígenos de grupo, capacidad de almacenamiento, y un perfil hemodinámico más amable. Ese paisaje importa porque muestra que no es una carrera de un solo caballo; es un campo que empuja desde varios lados, y que se vigila, se compara, se aprende.

Lo más interesante, quizá, es que el relato deja de ser futurista cuando se lo mira desde el suelo: premedicación concreta, dosis concretas, semanas concretas, monitorización concreta. La sangre artificial universal deja de ser un eslogan y se convierte en un procedimiento que alguien aplica, alguien observa, alguien registra. Si funciona, el cambio será silencioso y práctico: menos dependencia del grupo sanguíneo en el minuto cero, más margen de maniobra en crisis, y una logística menos esclava del frío. Si no funciona, quedará un aprendizaje valioso en un terreno donde, durante décadas, los tropiezos fueron demasiados y los éxitos, contados.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído