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Ciencia

¿Depresión detectada con escáner? Así avanza la ciencia

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Depresión detectada con escáner

Ignacio Sáez investiga en Monte Sinaí diagnóstico de depresión con escáner y electrodos para acelerar elección de tratamiento: casos graves.

En un despacho de hospital donde los minutos pesan distinto, el neurocientífico Ignacio Sáez pone sobre la mesa una idea que suena futurista pero nace de una urgencia muy presente: acortar el tiempo que se tarda en dar con el tratamiento adecuado cuando la depresión es profunda y aparecen tendencias suicidas. Su laboratorio en el Hospital Monte Sinaí (Nueva York) trabaja en la frontera entre la investigación y la clínica con una aspiración clara: que un día sea posible entrar en un escáner, medir señales concretas del cerebro y salir con una orientación fiable sobre qué combinación de fármacos tiene más probabilidades de funcionar en esa persona, no en “el paciente promedio”.

El punto de partida, explicado por Sáez en una entrevista concedida a EFE coincidiendo con su participación en unas jornadas del CINET (Centro Internacional de Neurociencia y Ética) celebradas recientemente en la Fundación Tatiana, en Madrid, es tan sencillo como incómodo: bajo la palabra “depresión” conviven realidades diferentes, y esa mezcla complica la clasificación, retrasa decisiones y alarga un recorrido que, en los casos graves, puede ser desesperante. Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 5% de la población adulta padece depresión o alguna de las enfermedades que se agrupan bajo esa denominación, una cifra que convierte el problema en masivo aunque a menudo se viva en silencio, puertas adentro, con el reloj interno hecho trizas.

Un escáner para llegar antes al tratamiento que encaja

Cuando Sáez habla de “diagnosticar mediante un escáner” no está describiendo una escena de ciencia ficción con pantallas que escupen veredictos, sino una dirección de trabajo: medir el cerebro para reducir el margen de incertidumbre que hoy acompaña al tratamiento. En la práctica actual, el diagnóstico de la depresión se apoya en entrevistas clínicas, historia personal, evolución de síntomas, escalas de evaluación y, algo que en ocasiones se olvida, la mirada longitudinal: cómo cambia el estado de ánimo con el tiempo, qué empeora, qué alivia, qué patrones se repiten. Y aun con todo eso, el encaje entre un tratamiento y una persona suele tardar; no porque falte ciencia, sino porque el cerebro no ofrece una sola “huella” universal.

En esa demora aparece la palabra que más le preocupa: tiempo. Sáez subraya que, en una depresión profunda, cada minuto para encontrar el tratamiento adecuado cuenta. Y cuando lo dice, el subtexto es evidente aunque no lo pronuncie como consigna: la depresión grave no es solo tristeza; puede ser inmovilidad, aislamiento, incapacidad de hacer lo mínimo, una especie de apagón de la voluntad que no se arregla con una frase bonita ni con “poner de tu parte”. Hay pacientes que, literalmente, no pueden. Ahí, el proceso habitual de “probar” un fármaco, esperar semanas, ajustar dosis, combinar, volver a esperar… se convierte en una travesía de arena.

La aspiración de su equipo —y de otros grupos, matiza con humildad— sería convertir ese trayecto en algo más parecido a una decisión informada: “coger a un paciente con su constelación de síntomas, meterle en un escáner, medir esto o aquello, y poder decirle: esta es la combinación de fármacos que a ti, en particular, te va a funcionar”. A día de hoy, insiste, eso no se puede hacer. Y precisamente por eso lo cuenta así, con el freno puesto: porque el valor está en la dirección, no en vender una solución inmediata que todavía no existe.

Depresión: una etiqueta útil… y un cajón demasiado grande

Una de las frases más punzantes de Sáez llega sin dramatismo, como quien enciende una luz blanca en una habitación: la idea de que la depresión es “una” enfermedad es, en parte, una construcción creada por conveniencia, porque en realidad se trata de un cúmulo de enfermedades. Es una afirmación que conecta con lo que se ve en consulta y en la vida: dos personas pueden recibir el mismo diagnóstico y, sin embargo, vivir cuadros casi opuestos. Una se queda sin sueño; otra duerme a todas horas. Una se acelera con ansiedad; otra se ralentiza hasta parecer congelada. Una tiene un vacío seco; otra llora sin parar. La palabra es la misma, el mecanismo puede no serlo.

Esa heterogeneidad no es una curiosidad académica, es el corazón del problema. Si el diagnóstico agrupa situaciones distintas, el tratamiento “universal” se vuelve una quimera. Por eso Sáez insiste en la necesidad de avanzar hacia un enfoque más personalizado, donde la biología —sin borrar lo psicológico, sin negar el contexto, sin convertir a nadie en un número— aporte señales que ayuden a decidir mejor. La medicina lleva décadas aplicando esta lógica en otros campos: no todos los tumores responden igual, no todos los antibióticos sirven para todas las bacterias, no todas las arritmias se tratan igual. En salud mental, el salto es más difícil porque el órgano implicado es el más complejo y, además, el más íntimo.

Aquí la palabra “escáner” funciona como símbolo de algo más amplio: biomarcadores, medidas objetivas que, en teoría, podrían orientar el diagnóstico o predecir respuesta a tratamientos. Pero el listón que se necesita es altísimo: una señal cerebral no sirve solo por ser diferente; debe ser consistente, replicable, interpretable y, sobre todo, útil. Útil significa que cambie una decisión clínica de manera fiable, no que adorne un artículo científico. En ese campo, la prudencia no es un freno: es una obligación.

Electrodos implantados y la “investigación oportunista” en Nueva York

El camino que sigue el laboratorio de Sáez se apoya en una oportunidad rara dentro de la neurociencia humana: trabajar con personas que ya llevan electrodos implantados quirúrgicamente por motivos clínicos. En el mundo hay, según explica, unas cien mil personas con estos implantes utilizados para tratar de forma efectiva síntomas de patologías conocidas como la epilepsia o el párkinson. Esa implantación no se hace para investigar depresión; se hace para ayudar al paciente con una enfermedad neurológica concreta. Lo “oportunista”, en el buen sentido, aparece cuando algunos de esos pacientes dan su consentimiento para que su tratamiento también sirva para avanzar en otras áreas.

La imagen es potente: electrodos que, por un lado, están ahí para controlar síntomas y mejorar calidad de vida, y por otro, registran actividad cerebral con una precisión difícil de lograr con técnicas externas. Esos registros permiten “ver” —en realidad, medir— cómo se organiza el cerebro en tiempo real: patrones eléctricos, sincronías, cambios al tomar decisiones, variaciones asociadas a estados emocionales. Es una ventana a un sistema que, en condiciones normales, está blindado dentro del cráneo.

Sáez da un ejemplo concreto de cómo se usa esa ventana. Su equipo trabaja con pacientes epilépticos con depresión y sin depresión, y compara la actividad eléctrica de ambos grupos para investigar diferencias entre un cerebro con esa patología y otro que no la presenta. La lógica es fina: mantener constante una condición neurológica (epilepsia) y observar qué cambia cuando se suma el componente depresivo. No es una receta mágica, pero sí una estrategia para reducir ruido, para aislar señales, para acercarse a lo que de verdad importa: qué circuitos se alteran y cómo se alteran.

En el trasfondo está la electroestimulación, una herramienta que no solo mide, también puede modular. El hecho de poder registrar y, en determinados contextos clínicos, influir sobre la actividad de circuitos concretos convierte el laboratorio en un lugar donde la pregunta “qué pasa en el cerebro deprimido” se acompaña de otra: “qué se podría hacer para que deje de pasar”. Sin prometer curas instantáneas, sin convertir a nadie en experimento de escaparate, con una idea básica: si se entiende el mecanismo, se podrá intervenir con más puntería.

Lo que se mide cuando se mide el cerebro

En el lenguaje cotidiano, “actividad cerebral” suena a algo homogéneo, como si todo el cerebro se encendiera a la vez. En realidad, el cerebro funciona como una ciudad con barrios, avenidas y semáforos: redes que se activan, se inhiben, se coordinan, se descoordinan. Cuando se implantan electrodos por motivos clínicos, se consigue una lectura muy detallada de ciertas zonas, y esa lectura permite estudiar cómo se comportan circuitos ligados a funciones que importan mucho en la depresión: motivación, recompensa, toma de decisiones, control de impulsos, respuesta al estrés. No es “leer pensamientos”; es observar señales que acompañan estados y conductas.

Ahí aparece una de las grandes promesas —y también una gran fuente de malentendidos— del campo: si se identifican patrones asociados a subtipos de depresión, quizá se pueda predecir mejor quién responderá a un tratamiento u otro. Pero ese “quizá” es grande. Aun así, el hecho de poder comparar cerebros con y sin depresión en un contexto tan controlado es una baza científica notable, y explica por qué laboratorios como el de Sáez atraen atención internacional.

Del diagnóstico clínico al diagnóstico rápido: por qué cuesta tanto

La depresión se diagnostica hoy por lo que se ve y lo que se escucha: síntomas, intensidad, duración, impacto en la vida, presencia de ansiedad, episodios previos, consumo de sustancias, historia familiar, enfermedades médicas que pueden imitar o agravar el cuadro. Es un diagnóstico sólido cuando se hace bien, pero tiene un límite: dos pacientes pueden describir cosas similares y esconder mecanismos biológicos distintos. Y ese límite se nota de manera brutal en el tratamiento farmacológico.

Sáez lo resume con una frase que no necesita adornos: hay muchos fármacos, y llegar al adecuado suele ser un proceso largo y arduo. Los antidepresivos no son un interruptor; suelen tardar semanas en mostrar efectos claros, y ese retraso complica tanto la clínica como la vida diaria. Además, no hay solo “un” antidepresivo: hay familias, combinaciones, ajustes, cambios, estrategias de aumento, y todo eso se decide en un terreno donde la certeza es incompleta. El resultado puede ser un peregrinaje: empezar algo, esperar, cambiar, volver a esperar. En los casos graves, esa espera se vuelve una carga de riesgo.

El “diagnóstico mediante escáner” que describe Sáez apunta justo a esa intersección: no se trata solo de poner nombre, sino de orientar la decisión terapéutica con rapidez. Que el diagnóstico deje de ser una etiqueta y empiece a ser también una brújula clínica, aunque sea parcial. La idea es brutalmente práctica: si el cerebro ofrece señales medibles que correlacionen con respuesta a ciertos fármacos o combinaciones, el tiempo de prueba podría reducirse, el sufrimiento podría acortarse, los casos más delicados podrían recibir antes lo que funciona.

El problema de fondo: rapidez sin simplificar la realidad

Aquí hay una tensión constante. El sistema sanitario necesita rapidez; la ciencia necesita cautela. Y la depresión, por su propia naturaleza, castiga a quien se mueve lento. El reto es construir herramientas que aceleren sin caer en simplificaciones peligrosas. Un escáner que “clasifique” mal puede hacer daño, igual que un tratamiento mal elegido puede empeorar un cuadro o aumentar agitación en determinados perfiles. Por eso, cuando Sáez insiste en que hoy no se puede hacer, no está apagando el entusiasmo: está recordando que en salud mental la precisión es ética, no solo técnica.

Y hay otro elemento: la depresión no vive sola. A menudo convive con ansiedad, con trastornos del sueño, con dolor crónico, con adicciones, con trastorno bipolar mal identificado en fases iniciales, con enfermedades médicas. Cualquier herramienta de diagnóstico basado en el cerebro tendrá que convivir con esa complejidad, no negarla. Si el objetivo final es un tratamiento más rápido y personalizado, habrá que integrar señales biológicas con contexto clínico, historia y evolución. De lo contrario, el “escáner” se quedará en espectáculo.

Estigma, biología y la responsabilidad de explicar sin culpabilizar

Sáez insiste en un punto que parece obvio pero todavía necesita repetirse: la depresión y otros trastornos mentales son enfermedades biológicas. “O naces con ello o hay algo en tu cerebro que cambia y la provoca”, afirma. Y remarca una imagen contundente: el cerebro de una persona deprimida y el de otra que no lo está son distintos; lo que aún se está averiguando es cómo son distintos. Esa frase encierra una doble intención: por un lado, legitimar el sufrimiento como patología, no como fallo moral; por otro, marcar que la ciencia aún está en proceso, sin vender certezas que no existen.

El estigma no es un concepto abstracto; se convierte en decisiones concretas: no pedir ayuda, esconder síntomas, aguantar, negar. En el extremo, se convierte en aislamiento. Por eso Sáez y otros investigadores subrayan que los médicos tienen responsabilidad de explicar que tener una enfermedad mental no es un estigma, que una depresión o una adicción es una patología que se trata como una fractura: con cuidado, seguimiento, tratamiento, tiempo. La comparación no pretende reducir la vida mental a una radiografía; pretende quitar culpa. Y quitar culpa, en depresión, es intervenir en un factor que alimenta el cuadro.

En este punto, el discurso de Sáez conecta también con su biografía. Creció escuchando a sus padres, médicos ambos, hablar de pacientes y de cómo ayudarlos. Recuerda una charla con su padre que le empujó hacia la investigación: ser médico permite ayudar “gota a gota”, pero descubrir una nueva terapia puede impactar en muchísimas personas al mismo tiempo. Esa lógica explica por qué la investigación en depresión no es un capricho intelectual: es una apuesta por ampliar el alcance del cuidado.

Neurociencia y ética: el debate inevitable

La presencia de Sáez en las jornadas del CINET, un espacio donde se cruzan neurociencia y ética, subraya que no todo es técnica. Si algún día se desarrollan herramientas basadas en mediciones cerebrales para orientar tratamientos, aparecerán preguntas delicadas: privacidad, uso de datos, accesibilidad, desigualdad, riesgos de etiquetado. Un “dato del cerebro” tiene un peso simbólico enorme; puede ayudar a reducir estigma, sí, pero también podría ser malinterpretado o usado de manera impropia si no se establecen límites claros.

Que esta conversación se dé en Madrid, en una fundación que acoge debates de este tipo, no es un detalle menor. La salud mental se ha convertido en un asunto público, y los avances científicos, para ser útiles, necesitan una conversación social adulta: sin alarmismo, sin promesas milagrosas, sin demonizar la tecnología. El campo avanza mejor cuando lo acompaña una ética robusta, no cuando se le deja correr a solas.

Más allá de la depresión: bipolaridad, adicciones y el “precio” del cerebro humano

El laboratorio que dirige Sáez no mira solo la depresión. En su trabajo aparecen también el trastorno bipolar y las adicciones, dos áreas donde la frontera entre biología, conducta y contexto es especialmente compleja. La conexión no es casual. La depresión puede convivir con consumo problemático; las adicciones pueden empeorar síntomas depresivos; el bipolar puede confundirse con depresión en fases iniciales y cambiar por completo la estrategia de tratamiento. Comprender circuitos implicados en recompensa, control de impulsos y toma de decisiones ayuda a iluminar ese territorio compartido.

Sáez añade una idea que, sin ponerse solemne, ayuda a entender por qué la enfermedad mental existe en una especie tan “inteligente”: la capacidad de imaginación, de darle vueltas al pasado y anticipar el futuro ha permitido evolucionar, pero puede tener un coste. Cuando la rumia se desboca —ese bucle de pensamientos que regresa una y otra vez— la mente se atasca en ansiedad y en anticipaciones oscuras. No es una explicación única, ni pretende serlo, pero encaja con lo que se ve: personas atrapadas en un carril de pensamiento del que no pueden salir.

En su entrevista, Sáez menciona algo que suele perderse entre titulares: la pregunta científica que siempre le ha acompañado, cómo puede una persona llegar a un estadio tan profundo de depresión que quede completamente aislada y no pueda ni moverse. Esa descripción, tan concreta, sirve para recordar que la depresión grave no se parece a estar triste; se parece a quedarse sin motor. Y por eso, de nuevo, el objetivo de acortar el tiempo hasta el tratamiento adecuado no es un capricho de laboratorio, es una urgencia clínica.

También aparece una idea práctica, casi doméstica, sobre la importancia de actividades que ayuden a estar “aquí y ahora”. Sáez menciona ejemplos cotidianos como deporte, cultivar un huerto o tomar un café con un amigo. En el contexto de su mensaje global, esa mención no funciona como receta universal ni como moralina; funciona como recordatorio de que el cerebro enfermo se beneficia de rutinas que anclan, aunque lo biológico siga siendo el centro del tratamiento en casos graves. En cualquier caso, su enfoque vuelve siempre a lo mismo: entender el mecanismo para tratar mejor.

Cuando el diagnóstico gane minutos

El titular de “diagnosticar la depresión mediante un escáner” tiene gancho porque apunta a una promesa: acertar antes. Pero lo más relevante de lo que plantea Ignacio Sáez es la combinación de ambición y freno, esa frase repetida sin adornos: hoy no se puede hacer, y precisamente por eso hay que investigarlo bien. Su laboratorio en el Hospital Monte Sinaí trabaja con herramientas privilegiadas —registros eléctricos de electrodos implantados en pacientes con epilepsia y otras patologías, investigaciones ligadas a electroestimulación, comparación de cerebros con y sin depresión— para acercarse a una meta concreta: identificar diferencias biológicas que no se queden en una curiosidad, sino que ayuden a diagnosticar con más rapidez y orientar tratamientos de forma más personalizada.

El horizonte que dibuja no es un “escáner milagroso” que reemplace la conversación clínica, sino una medicina mental más parecida a otras áreas: menos ensayo a ciegas, más señales objetivas, más capacidad de elegir bien desde el principio, sobre todo cuando el cuadro es severo y el margen de error se estrecha. Entre tanto, el mensaje que acompaña a la investigación es casi igual de importante: la depresión es una enfermedad, el estigma sobra, y el cerebro —ese órgano que permite imaginar, planear y recordar— también puede enfermar de maneras que todavía se están descifrando. Si la ciencia logra convertir esa comprensión en decisiones clínicas más rápidas, el cambio no será solo estadístico; será tangible, en consultas, en urgencias, en habitaciones donde cada minuto cuenta y donde acertar pronto significa, literalmente, mantener a alguien a flote.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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