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Sánchez supera a Aznar: ¿cuánto le falta a Felipe González?
Sánchez ya supera a Aznar en días en La Moncloa y queda solo por detrás del largo récord democrático de Felipe González.

Pedro Sánchez acaba de cruzar una frontera simbólica de la democracia española: ya ha estado más días en La Moncloa que José María Aznar. Desde este 15 de mayo de 2026, el presidente del Gobierno suma 2.905 días al frente del Ejecutivo, uno más que el líder del PP que gobernó entre 1996 y 2004. No es una medalla oficial, no cambia ninguna ley, no llena la nevera ni arregla una mayoría parlamentaria rota en mil cristales, pero en política los calendarios también cuentan. Y a veces cuentan mucho.
La noticia significa que Sánchez se coloca como el segundo presidente más longevo de la etapa democrática, solo por detrás de Felipe González, que sigue en otra montaña: 4.903 días entre 1982 y 1996. Dicho de forma menos solemne: Sánchez ha pasado a Aznar, dejó atrás a Zapatero en febrero y todavía tiene a González lejos, lejísimos, como esas luces de carretera que parecen cerca hasta que uno mira el cuentakilómetros. Para alcanzar ese récord tendría que seguir en La Moncloa hasta noviembre de 2031, lo que exige no solo agotar esta legislatura, sino ganar otra, resistir otra y sobrevivir a la trituradora política española, que no es precisamente una tarde de domingo.
Un récord de resistencia más que de dominio
El dato tiene trampa si se lee solo como una clasificación de presidentes, como si la democracia fuera una liga de permanencia. Sánchez no supera a Aznar porque haya gobernado con más comodidad, sino casi por lo contrario: ha durado más tiempo en un país mucho más fragmentado, con un Congreso sin mayorías sólidas, con una coalición de gobierno inédita primero con Unidas Podemos y después con Sumar, y con apoyos parlamentarios que cambian de temperatura como una sartén al fuego.
Aznar gobernó dos legislaturas completas. La primera, entre 1996 y 2000, apoyado por acuerdos con nacionalistas catalanes, nacionalistas vascos y nacionalistas canarios; la segunda, desde 2000, con mayoría absoluta del Partido Popular. Sánchez, en cambio, llegó al poder por una moción de censura contra Mariano Rajoy, ganó después dos investiduras muy distintas y ha convertido la negociación permanente en sistema respiratorio. A veces oxígeno, a veces asfixia. Así funciona esta etapa: la estabilidad no se parece a una roca, sino a una cuerda tensada.
Su primer Gobierno nació el 2 de junio de 2018, después de la sentencia del caso Gürtel y de la moción de censura que desalojó a Rajoy. Aquel Ejecutivo fue minoritario, socialista puro, casi de laboratorio: pocos escaños, mucha ambición, una Moncloa recién tomada y un Parlamento que obligaba a pactarlo casi todo. Luego llegaron las elecciones de abril de 2019, la repetición electoral de noviembre, la coalición de enero de 2020, la pandemia, la guerra de Ucrania, la inflación, los fondos europeos, la ley de amnistía, la crispación judicial y política, y una oposición que nunca ha dejado de considerar su mandato una anomalía. La palabra “anomalía”, en España, se usa mucho cuando gobierna el otro.
Los números de La Moncloa y la foto de cada época
La nueva tabla histórica deja a Felipe González en cabeza con 4.903 días, a Pedro Sánchez segundo con 2.905 días, a José María Aznar tercero con 2.904, a José Luis Rodríguez Zapatero en el entorno de los 2.800 y a Mariano Rajoy con algo más de 2.300. Más atrás quedan Adolfo Suárez, con cerca de 1.700, y Leopoldo Calvo-Sotelo, con menos de dos años completos en el cargo, aunque comparar esos mandatos con los actuales exige prudencia: la Transición no fue una legislatura normal, fue un puente construido mientras todavía temblaban los pilares.
El salto de Sánchez sobre Aznar tiene algo de fotografía política. Aznar representa la España de la alternancia clásica, del bipartidismo robusto, del “usted gobierne, yo espero mi turno”. Sánchez encarna otra época: bloques, vetos cruzados, socios incómodos, mayorías de geometría variable y un Parlamento donde cada votación puede parecer una mudanza con piano por las escaleras. La duración de uno y otro no significa lo mismo porque el terreno institucional tampoco es el mismo.
Felipe González sigue siendo el gran récord de permanencia. Llegó en 1982 con una mayoría aplastante del PSOE y una España todavía en construcción democrática, con la modernización europea por delante, la reconversión industrial, la entrada en la Comunidad Económica Europea y una cultura política mucho más presidencialista. Su ciclo terminó en 1996, erosionado por el desgaste natural del poder y por escándalos que marcaron el final del felipismo. Catorce años no son una legislatura larga: son una época.
Qué ha pasado para que Sánchez llegue tan lejos
Sánchez ha llegado a este punto por una mezcla rara de audacia, cálculo, debilidad ajena y resistencia personal. No es una sola cosa. Ganó una moción de censura cuando pocos pensaban que fuera viable, resistió una etapa de minoría extrema, pactó el primer Gobierno de coalición de la democracia reciente, asumió medidas excepcionales durante la pandemia y después reconstruyó su mayoría con un pacto de investidura en 2023 que incluía a PSOE, Sumar, ERC, Junts, EH Bildu, PNV, BNG y Coalición Canaria. Un mosaico. O un jarrón pegado con paciencia, según el humor del día.
En noviembre de 2023, Sánchez fue investido con 179 votos a favor y 171 en contra, mayoría absoluta por la mínima aritmética suficiente y por la máxima tensión política imaginable. Ahí está buena parte de la explicación. Su longevidad no procede de una mayoría social indiscutida, sino de una habilidad parlamentaria muy concreta: reunir a fuerzas que no siempre se soportan entre sí, convencerlas de que la alternativa es peor para sus intereses y sostener la legislatura votación a votación. Es política de fondista, sí, pero también de funambulista.
La ley de amnistía a los dirigentes y encausados del procés fue el precio más visible de esa investidura. Para sus defensores, una herramienta de normalización territorial; para sus detractores, una cesión intolerable a partidos independentistas. El resultado ha sido un Gobierno que avanza con dificultad y una oposición que ha convertido esa norma en una prueba permanente de ilegitimidad política. Aquí conviene separar los planos: la investidura fue legal y parlamentaria, por mucho que pueda discutirse políticamente. En una democracia parlamentaria, la legitimidad se cuenta en escaños, no en decibelios. Aunque los decibelios, últimamente, parezcan cotizar alto.
Qué significa superar a Aznar
Superar a Aznar tiene una carga simbólica especial porque enfrenta dos estilos de poder muy distintos. Aznar fue el presidente de la disciplina, la verticalidad, la economía de los años de expansión y la mayoría absoluta de 2000. Sánchez es el presidente de la elasticidad, de la adaptación constante, del pacto difícil y de la comunicación política convertida en armadura. Uno gobernó en un sistema que todavía parecía de dos carriles; el otro gobierna en una rotonda llena de motos, camiones y cláxones.
También cambia la lectura dentro del PSOE. Sánchez ya no puede ser presentado solo como un dirigente accidental, aunque esa fue durante años la caricatura favorita de sus adversarios. Ha ganado primarias, ha perdido poder interno, ha vuelto, ha llegado a La Moncloa, ha revalidado el cargo y ha colocado su nombre en la segunda posición de permanencia democrática. Eso no borra errores, polémicas ni desgaste. Pero convierte su etapa en algo más sólido que una mera supervivencia coyuntural. El sanchismo ya es un ciclo político, guste más o menos, y eso obliga a analizarlo con más bisturí que megáfono.
Para el PP, el dato es incómodo porque Aznar sigue siendo uno de sus grandes referentes históricos. No porque un día más cambie el balance de ambos, sino porque la permanencia tiene valor narrativo. En política, durar no siempre es vencer, pero permite escribir el capítulo siguiente. Sánchez ha construido buena parte de su poder sobre esa premisa: resistir hasta que el adversario se canse, se equivoque o llegue tarde. Es una técnica agotadora. Para él, para sus socios, para sus rivales y, qué demonios, también para el país.
El problema de durar cuando el Parlamento cruje
La paradoja es evidente: Sánchez alcanza su mayor hito de longevidad en uno de sus momentos parlamentarios más frágiles. El Gobierno arrastra dificultades para aprobar grandes leyes, depende de socios que negocian cada votación con agenda propia y no ha conseguido normalizar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado en esta legislatura. Gobernar con cuentas prorrogadas no impide gobernar, pero estrecha el margen político y transmite una imagen de administración en modo supervivencia.
El presidente insiste en agotar la legislatura hasta 2027. Esa es su línea pública. La oposición, en cambio, interpreta cada bloqueo parlamentario como una señal de agotamiento y reclama elecciones anticipadas. La cuestión es que en España un Gobierno puede seguir aunque pierda votaciones, siempre que no pierda una moción de confianza o no prospere una moción de censura alternativa. La debilidad parlamentaria desgasta, pero no derriba automáticamente. Nuestro sistema no funciona como un botón rojo; funciona más bien como una puerta pesada que cuesta abrir desde ambos lados.
Ahí aparece el verdadero significado del récord. No se trata solo de cuántos días lleva Sánchez en La Moncloa, sino de qué tipo de poder ha logrado sostener. No es un poder expansivo, como el de González en los ochenta, ni un poder ordenado como el de Aznar tras 2000. Es un poder negociado, a menudo áspero, que avanza por tramos cortos y que ha aprendido a convertir cada crisis en una prueba de resistencia. La épica, cuando se repite demasiado, también cansa. Pero sigue funcionando mientras no haya una mayoría alternativa.
La distancia real con Felipe González
Para superar a Felipe González, Sánchez necesitaría permanecer en el cargo hasta noviembre de 2031. Ese dato enfría cualquier entusiasmo. No basta con llegar a 2027. No basta con presentarse otra vez. Tendría que ganar o articular una nueva mayoría después de las próximas elecciones generales y mantenerse varios años más. En términos políticos, eso es cruzar otro continente. Y sin mapa garantizado.
Felipe González gobernó casi trece años y medio en una España donde el PSOE ocupaba el centro de gravedad del sistema. Sánchez gobierna en una España donde cada bloque vive movilizado contra el otro y donde la fidelidad electoral se mezcla con cansancio, polarización, identidad territorial y una conversación pública cada vez más nerviosa. El récord de González no es solo largo: pertenece a otra arquitectura política.
Aun así, el hecho de que la comparación exista ya es relevante. Durante años, los grandes nombres de la democracia parecían colocados en vitrinas separadas: Suárez como fundador, González como modernizador, Aznar como alternancia conservadora, Zapatero como reformismo social, Rajoy como gestor de la crisis y Sánchez como superviviente. Ahora Sánchez entra en la zona de los presidentes que han marcado época, no solo legislatura. Con todas las comillas que se quieran. Pero entra.
Los días pesan más cuando se gobierna sin red
Lo inmediato no cambia por este dato. Sánchez seguirá necesitando a sus socios, la oposición seguirá exigiendo elecciones y el Gobierno continuará midiendo cada votación con calculadora fina. El récord no le da más escaños, ni le garantiza Presupuestos, ni resuelve las tensiones con Junts, ERC o Sumar, ni neutraliza el desgaste de los casos que afectan al PSOE y a su entorno político. Una efeméride no es un salvavidas. Es una fotografía.
Pero las fotografías sirven para algo: ordenan el tiempo. Esta dice que Sánchez ha dejado de ser un presidente “de paso”, aunque sus adversarios sigan tratándolo como una ocupación provisional de La Moncloa. Lleva casi ocho años gobernando España. Ha cambiado de socios, de ministros, de agenda y de contexto internacional. Ha sobrevivido a crisis sanitarias, económicas, territoriales y personales. La resistencia se ha convertido en su principal rasgo político, para bien y para mal.
El escenario más probable, si nada se rompe antes, es una legislatura larga, bronca y de producción legislativa irregular hasta 2027. Si el Gobierno logra aprobar medidas sociales o económicas relevantes, Sánchez intentará presentarse como el dirigente que sostuvo el país en medio del ruido. Si queda atrapado en la parálisis, la oposición insistirá en la imagen de un presidente que solo administra su permanencia. En ambos casos, el dato de los días tendrá utilidad política. Cada uno lo venderá a su manera. Como siempre. España no desperdicia ni los aniversarios.
Sánchez supera a Aznar y se queda mirando a González, pero la noticia de fondo no es una carrera de cronómetro entre presidentes. Es la constatación de que la política española ha entrado en una etapa donde durar exige pactar con casi todos y pelearse con casi todos al mismo tiempo. La Moncloa ya no se conserva solo ganando elecciones; se conserva gestionando un Parlamento fragmentado, una opinión pública exhausta y una oposición que vive en campaña permanente.
El presidente ha convertido la permanencia en una forma de poder. Esa es su victoria de calendario. Su problema es que el calendario no gobierna solo. Los días suman, sí, pero también acumulan desgaste, facturas pendientes, promesas difíciles y enemigos que aprenden. Sánchez ya ha pasado a Aznar; para acercarse a González necesita algo más que resistencia. Necesita otra mayoría, otro ciclo y otra paciencia colectiva. Y esa, en España, suele ser la mercancía más escasa.

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