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¿Por qué Sánchez puede volver a ganar las generales?

El PSOE asoma en las generales: encuestas CIS de febrero, caucus autonómicos y la grieta PP-Vox que puede sostener a Sánchez en el Congreso.
La hipótesis de que Pedro Sánchez pueda repetir victoria en unas elecciones generales —aunque no haya ganado unas desde 2019— ha dejado de ser una extravagancia de columna para convertirse en un escenario políticamente coherente. La clave no es que el PSOE vaya camino de arrasar, ni que el Gobierno viva en una tregua social: es otra cosa, más áspera y más española. La derecha está entrando en una secuencia de pruebas en urnas autonómicas que funcionan como “caucus” a la americana, y cada una de esas pruebas está dejando el mismo poso: el Partido Popular puede ganar… y aun así acabar más atado a Vox de lo que esperaba. En ese terreno, Sánchez no necesita un triunfo luminoso; le basta con que el rival llegue a la meta con el tobillo vendado y la suma parlamentaria hecha trizas.
El otro motor del debate es demoscópico: el Centro de Investigaciones Sociológicas ha puesto al PSOE claramente por delante en su barómetro de febrero, con una distancia cercana a los diez puntos sobre el PP y con Vox subiendo hasta rozar el 19%, acercándose peligrosamente al segundo puesto. Ese triángulo —PSOE primero, PP segundo, Vox creciendo— dibuja un mapa incómodo para Feijóo y, al mismo tiempo, alimenta la tesis que firma Iván Redondo en La Vanguardia: si el bloque conservador se fragmenta en dos derechas que compiten entre sí, el socialismo puede volver a “ganar” aunque no gane como antes, porque en España gobierna quien reúne apoyos suficientes en el Congreso, no quien presume de más aplausos en la noche electoral.
El escenario que vuelve a abrir la puerta
El dato histórico que flota sobre todo esto es sencillo: Sánchez no gana unas generales desde 2019, pero sí ha demostrado una habilidad que, para bien o para mal, cuenta más que un eslogan: sobrevivir y recomponer mayorías cuando el tablero parece cerrado. En 2023 no quedó primero en votos, pero llegó a La Moncloa con una investidura que se apoyó en una geometría parlamentaria compleja, con acuerdos que tensaron a medio país y que siguen siendo tema de conversación diaria. Esa forma de gobernar —negociada, a veces al límite, muchas veces imprevisible— tiene un precio, claro, pero también una ventaja táctica: cuando el rival se divide, el que ya sabe coser apoyos parte con un manual de instrucciones que el otro aún no ha escrito.
El argumento central de quienes ven a Sánchez con opciones no es romántico, es matemático. Si la derecha suma una mayoría clara y estable, la partida cambia de manos. Si la derecha llega con una mayoría “posible” pero políticamente incendiaria, o con un reparto de escaños que obliga a pactos frágiles, Sánchez vuelve a tener camino, aunque sea un camino estrecho. Y aquí aparece la palabra que ha empezado a circular con insistencia: “caucus”, esas elecciones autonómicas que, una tras otra, están funcionando como un ensayo general del bloque conservador, midiendo cuánto puede crecer el PP sin que Vox le muerda el costado, y cuánto puede crecer Vox sin hacer imposible un gobierno del PP.
En paralelo, hay un clima social que condiciona todo. La vivienda se ha convertido en el problema número uno con una intensidad que ya no es estadística, es conversación de bar, de oficina y de familia: alquileres imposibles, compra fuera de alcance, sensación de que la escalera social se ha quedado sin peldaños. La inmigración, además, ha escalado posiciones como preocupación, y cuando dos asuntos así se instalan arriba del todo, la política cambia de tono: se exige gestión, se premia el mensaje simple, se castiga el ruido inútil. Ese doble foco puede beneficiar o perjudicar al Gobierno, según consiga convertirlo en hechos o se lo traguen los titulares adversos, pero desde ya actúa como marco electoral: el debate que no se gana con un “y tú más”, sino con respuestas que parezcan posibles.
Los “caucus” de la derecha: ganar sin mandar
El primer gran golpe reciente lo dio Aragón el 8 de febrero. Allí, el PP de Jorge Azcón ganó las autonómicas anticipadas, pero lo hizo perdiendo fuerza respecto a 2023: se quedó en 26 escaños, dos menos que en la anterior cita, y vio cómo Vox se disparaba hasta 14, doblando su resultado. El Santiago Abascal no gobernaba la comunidad al cierre del recuento, pero salía de la noche con algo igual de valioso: la llave. El PSOE, con Pilar Alegría como candidata —la apuesta de “ministros al barro”, trasladada a unas autonómicas— se desplomó a 18 escaños, igualando su suelo histórico en la comunidad. Y, mientras tanto, Chunta Aragonesista creció con fuerza en la izquierda alternativa, en un Parlamento más polarizado y más difícil de gobernar sin acuerdos incómodos.
Ese resultado tiene una lectura nacional que en Madrid se entiende rápido: el PP puede ganar, sí, pero si gana “a medias” y Vox sube “a tope”, el PP no solo depende de Vox; depende de Vox en un ambiente de rivalidad, con una campaña de reproches y con la sensación de que cada concesión le costará voto propio. Es el tipo de dependencia que te obliga a negociar con el socio mirándote el bolsillo, no el programa. Y ese es el punto en el que a Sánchez se le enciende una luz: la derecha puede sumar, pero la derecha puede no poder gobernar con calma. La palabra “calma” en política suele ser un lujo, pero en España, con un Congreso fragmentado, es casi un requisito para que un mandato dure.
Aragón, además, coincidió con otra noche electoral fuera de España que el artículo de La Vanguardia subraya con malicia política: la segunda vuelta de las presidenciales en Portugal, donde el socialista António José Seguro derrotó con claridad al líder ultra André Ventura. Dos urnas distintas, un eco parecido: cuando la derecha se radicaliza o se parte, el centro busca refugio donde puede, y el socialismo —si se presenta como opción “de orden” o “de estabilidad”— puede recuperar terreno incluso después de golpes previos.
Antes de Aragón, el precedente que se ha repetido en conversaciones de partido fue Extremadura, donde el PP de María Guardiola ganó las autonómicas del 21 de diciembre de 2025 con 29 escaños, pero sin mayoría absoluta, y con Vox duplicando representación hasta 11. El PSOE se hundió a 18, perdiendo diez escaños respecto a la anterior cita, y la izquierda alternativa consolidó presencia con 7. Es, otra vez, la misma melodía: victoria popular, dependencia reforzada. Un gobierno así puede nacer, incluso puede durar, pero cada presupuesto, cada ley, cada crisis se convierte en una negociación de alto voltaje. Y cuando esa imagen se proyecta a unas generales, lo que se discute ya no es solo “quién gana”, sino “quién puede gobernar sin incendiar la casa”.
El tercer capítulo está en marcha en Castilla y León, donde Alfonso Fernández Mañueco ha convocado elecciones autonómicas para el 15 de marzo de 2026. La campaña está marcada por el recuerdo reciente de la ruptura de la coalición con Vox y por la pregunta que vuelve en cada mitin: ¿habrá pacto? ¿bastará el PP? ¿qué condiciones pondrá Vox? Incluso dentro del PP regional se ha verbalizado la tensión: Mañueco ha defendido que cualquier acuerdo debe negociarse “desde la comunidad” y no desde la dirección nacional de Vox, mientras Carlos Pollán, candidato de Vox, ha respondido con dureza. Esa pelea no es solo regional: es un ensayo de negociación nacional en miniatura, con cámaras, micrófonos y votantes mirando.
El momento de las encuestas: números que pesan más que los titulares
La política española discute encuestas como si fueran un derbi, pero aun así las encuestas ordenan el relato, sobre todo cuando se repiten. El barómetro de febrero del CIS sitúa al PSOE en el 32,6% de estimación de voto, al PP en el 22,9% y a Vox en el 18,9%, con Sumar bajando al 7% y Podemos subiendo al 3,9%. El partido Se Acabó La Fiesta aparece en torno al 2,4%. Esa fotografía tiene dos impactos inmediatos: refuerza la idea de que Sánchez conserva un suelo sólido, y deja al PP con un problema que no se arregla solo con una oposición dura: Vox no es un satélite, es un competidor que muerde. No es casual que, cada vez que el CIS dibuja ese acercamiento, el PP vuelva a hablar de manipulación y Vox lo use como gasolina para presentarse como alternativa real.
Más allá del reparto de siglas, el CIS trae un detalle que en campaña suele pesar más que un debate televisado: la lista de problemas. La vivienda sigue como primer asunto nacional para una parte enorme de la población; la inmigración ha escalado con fuerza al segundo puesto; la crisis económica y la sanidad siguen cerca. Cuando eso ocurre, las campañas se vuelven menos ideológicas en el sentido clásico y más viscerales en el sentido cotidiano: alquiler, nómina, plaza del médico, sensación de seguridad, incertidumbre. Y eso es un arma de doble filo para el Gobierno: puede presumir de medidas, sí, pero también recibe el golpe directo de la frustración. Lo que beneficia a Sánchez, en esta lectura, no es que el problema esté resuelto —no lo está— sino que la derecha no tiene una respuesta simple que no choque con sus propias divisiones: el PP intenta sonar institucional; Vox intenta sonar contundente; y entre ambos se abre una grieta que el PSOE explota como “estabilidad frente a bronca”.
Hay otro dato menos comentado, pero interesante: en ese mismo barómetro, Sánchez aparece como el líder mejor valorado, aunque con nota baja, y sigue siendo el favorito como presidente entre quienes expresan preferencia. La tabla es cruel, porque todos suspenden y aun así hay jerarquía: Sánchez por encima, Yolanda Díaz después, Alberto Núñez Feijóo por detrás, Abascal cerrando el grupo. En política real, eso se traduce así: el desgaste existe, pero el rival no capitaliza del todo ese desgaste. Y cuando no capitalizas, la opción del incumbente —del que ya está en el cargo— se vuelve menos mala de lo que parecía.
A este caldo se añade un elemento casi de fondo, pero con potencia de campaña: el CIS señala que una mayoría amplísima cree que la Constitución de 1978 necesita reformas, y una parte significativa habla de cambios profundos. Es un asunto delicado porque abre debates territoriales e institucionales, pero al mismo tiempo señala una cosa: hay sensación de “fin de ciclo” en reglas, derechos sociales y modelo territorial. En ese contexto, Sánchez puede intentar vestir su proyecto como modernización, mientras el PP se ve obligado a caminar entre dos aguas: el conservadurismo institucional y la presión de Vox por una agenda más dura. Otra vez, la división.
La mayoría parlamentaria: donde se ganan las elecciones de verdad
La pregunta que decide si Sánchez puede “volver a ganar” no es solo cuántos votos suma el PSOE, sino qué Congreso sale de la urna y qué alianzas son viables la mañana siguiente. España lleva años instalada en un multipartidismo donde la investidura se parece menos a una coronación y más a una negociación por capítulos. Para Sánchez, el reto es doble: mantener su espacio en la izquierda sin que el voto se disperse, y conservar una relación operativa con los socios territoriales que han sostenido la legislatura. Para el PP, el reto es distinto: sumar con Vox sin pagar un precio que convierta el gobierno en una jaula.
En esa geometría, Cataluña vuelve a ser bisagra. No por romanticismo político, sino por pura aritmética: el bloque de investidura necesita escaños y necesita, además, disposición a pactar. Eso implica a Junts per Catalunya, a Esquerra Republicana de Catalunya, y también a partidos como EH Bildu o el Partido Nacionalista Vasco, cada uno con su lógica, sus líneas rojas y su calendario interno. En la derecha, ese mosaico suele presentarse como “mercadeo”; en la izquierda, como “pluralidad”. La etiqueta importa menos que el hecho: si esos apoyos se rompen o se vuelven imposibles, Sánchez no tiene plan B; si siguen siendo negociables, el PP necesita una mayoría más clara para desalojarlo.
Aquí entra el efecto “caucus” de forma directa. Si el PP gana generales pero llega con Vox disparado y con un reparto que le obligue a pactar sí o sí, el PP tendrá que elegir entre dos caminos feos: pactar y asumir el coste internacional, institucional y de estabilidad, o no pactar y dejar la puerta abierta a una repetición de la fórmula Sánchez. Y ese dilema no es teórico, se está ensayando en las autonomías desde que Vox decidió romper coaliciones con el PP en julio de 2024 tras el choque por la acogida de menores migrantes. Ese momento, que en su día se leyó como una crisis regional, ha acabado funcionando como un laboratorio nacional: PP en minoría, Vox en oposición dura, presupuestos bloqueados, adelantos electorales para “desatascar”… y la misma pregunta siempre al final: ¿quién manda de verdad?
En el lado de la izquierda, la tensión es otra. La caída de Sumar y el repunte de Podemos pueden traducirse en una cosa muy concreta: menos escaños en el bloque progresista por fragmentación. Si ese bloque pierde demasiado, Sánchez puede ganar en porcentaje y perder en escaños; puede ganar en escaños y perder en alianzas; puede quedar primero y quedarse corto. Es un juego de equilibrio, y por eso el PSOE suele empujar el voto útil en la izquierda cuando huele elecciones cerca. Y aun así, incluso aquí, la división de la derecha puede compensar parte de esa fuga: cuando el adversario se rompe en dos, no necesitas que tu casa esté perfecta; basta con que no se te caiga el techo.
Portugal existe: el espejo que ha inquietado a media capital
El ejemplo portugués ha entrado en la conversación española con una velocidad llamativa, en parte porque da una escena muy visual: un socialismo que cae en legislativas y, sin embargo, vuelve a colocar a un referente suyo en la Presidencia de la República en menos de un año, derrotando al líder ultra en segunda vuelta. En Portugal, las legislativas del 18 de mayo de 2025 las ganó la coalición conservadora Aliança Democrática, liderada por Luís Montenegro, sin mayoría absoluta. La ultraderecha de Chega subió con fuerza y, tras el recuento del voto exterior, llegó a superar al Partido Socialista (Portugal), convirtiéndose en principal fuerza de la oposición. La foto fue dura: el bipartidismo portugués, que parecía resistente, se rompía.
Y sin embargo, el 8 de febrero de 2026, el país votó otra cosa: en la segunda vuelta de las presidenciales, António José Seguro ganó con claridad frente a André Ventura, con un marcador que en Portugal se leyó como cierre de filas democrático. No es un detalle menor: el presidente portugués no gobierna el día a día como un primer ministro, pero sí tiene poderes relevantes, incluida la capacidad de disolver el Parlamento y convocar elecciones. Es decir: no es un cargo decorativo, y la victoria de un candidato asociado al socialismo, con apoyos transversales, manda un mensaje político: cuando la ultraderecha asusta, el centro se reordena.
¿Se puede trasladar ese guion a España sin caer en el “copia y pega”? No exactamente, porque España no elige al jefe del Ejecutivo en una presidencial a dos vueltas, y porque aquí el partido ultra no se mide en una segunda vuelta directa contra un candidato moderado. Pero el paralelismo útil existe: el crecimiento de la ultraderecha puede provocar dos reacciones simultáneas. Una, obvia, es el desplazamiento del debate hacia posiciones más duras. La otra, menos evidente, es el reagrupamiento de una parte del centro —y de votantes conservadores incómodos— alrededor de quien parezca más gobernable, aunque no entusiasme. Si esa segunda reacción se activa, Sánchez puede volver a jugar una carta que ya ha usado: presentarse como “estabilidad” frente a una derecha que se pelea consigo misma.
El artículo de La Vanguardia utiliza Portugal como recordatorio y como advertencia: si Chega pudo pasar de amenaza a protagonista y aun así perder una batalla clave frente a un perfil moderado con apoyos cruzados, en España Vox puede crecer y, a la vez, complicar la vida al PP en el momento decisivo. En otras palabras: el ascenso de la derecha dura no garantiza la victoria del bloque conservador; a veces garantiza una victoria amarga, con pactos a navaja y con una mitad del país mirando el calendario como quien mira un reloj de arena.
El factor Sánchez: desgaste real, oficio tangible
Sánchez llega a cualquier hipotética campaña con dos mochilas a la vez: la del desgaste del poder y la del oficio del superviviente. La primera pesa: hay fatiga, hay hartazgo, hay escándalos que salpican el clima político aunque no siempre tengan sentencia o cierre, hay ruido constante. La segunda, sin embargo, es la que explica por qué la pregunta de “¿puede volver a ganar?” se toma en serio: ha demostrado que sabe aguantar, negociar y convertir escenarios adversos en victorias parlamentarias. Esa habilidad se detesta y se admira con la misma intensidad, pero existe, y en política, lo que existe cuenta.
Su margen depende de algo tan simple que casi da rabia: que el PP no encuentre una fórmula cómoda con Vox. Si la encuentra, Sánchez se complica la vida. Si no la encuentra, Sánchez gana oxígeno. Y hoy, por los datos de Aragón, Extremadura y la campaña en Castilla y León, la fórmula cómoda no aparece. Vox quiere demostrar que manda; el PP quiere gobernar sin que le marquen la agenda; ambos compiten por el mismo espacio emocional —seguridad, inmigración, identidad— y, cuando compites por lo mismo, el pacto se vuelve un contrato lleno de cláusulas. Ese es el tipo de contrato que se rompe en cuanto llega la primera crisis seria.
En el frente económico-social, la situación es la que es: vivienda disparada, salarios que no siempre acompañan, sensación de que el esfuerzo no garantiza nada, y un debate migratorio que se ha colado en la lista de preocupaciones con fuerza. El Gobierno puede intentar contrapesar con políticas públicas, con anuncios, con reformas, con narrativa de “protección”, pero si esas políticas no se notan en la vida cotidiana, se convierten en papel mojado. Aun así, la paradoja de este momento es que la oposición tampoco logra convertir el malestar en alternativa redonda, porque el PP tiene que hablarle a un centro que no quiere sobresaltos y, a la vez, competir con Vox en los temas más calientes. Ese doble discurso suele acabar en un tono intermedio que no enamora a nadie y que Sánchez aprovecha para sostener su suelo.
También hay un componente de liderazgo personal que, aunque suene antipático, pesa: la preferencia por presidente en el CIS coloca a Sánchez por delante cuando se pregunta por quién debería estar en La Moncloa. No es una ovación, es una preferencia comparativa, casi por descarte, pero en elecciones muy fragmentadas el “por descarte” decide escaños, y los escaños deciden investiduras. Que además en esa preferencia aparezca Abascal por delante de Feijóo en algunos tramos de opinión no ayuda al PP: sugiere que el rival imaginario de Sánchez, para una parte de la población, no es el líder popular, sino el líder de Vox. Y cuando tu competidor interno te roba protagonismo, pierdes el relato de alternativa.
Cuando llegue la urna, manda el mapa
Así que la pregunta no se resuelve con una frase fácil, sino con un mapa de tensiones que ya está en movimiento. Los “caucus” autonómicos están enseñando que la derecha puede ganar sin ampliar de verdad su capacidad de gobierno, porque Vox crece al mismo ritmo que crece la dependencia del PP. El CIS, al mismo tiempo, refuerza la idea de que el PSOE conserva una posición de salida competitiva y que el sistema político sigue fragmentándose por los lados, con actores menores pescando en la fatiga general. Y Portugal aporta un espejo inquietante: la ultraderecha puede subir y, aun así, provocar una reacción de cierre de filas que termine favoreciendo al candidato moderado.
En España, esa reacción no se expresa en una segunda vuelta presidencial, sino en la suma parlamentaria. Si el PP y Vox llegan a una mayoría limpia, Sánchez tendrá poco margen. Si llegan a una mayoría discutida, difícil o políticamente tóxica, Sánchez puede volver a construir una investidura con la periferia, con la izquierda más o menos ordenada y con la idea —otra vez— de que gobierna quien suma, no quien grita más fuerte. Eso es lo que está pasando debajo del ruido: no se está decidiendo solo quién gana, sino quién puede gobernar sin que el país entre en combustión semanal.
Y ahí está la esencia del momento: Sánchez no necesita que el país esté enamorado; necesita que el PP no consiga presentarse como un cambio estable sin depender de Vox. De momento, las urnas autonómicas están contando lo contrario. Y cuando eso ocurre, por pura lógica parlamentaria, la posibilidad de que Sánchez vuelva a ganar unas generales —en votos, o en gobierno— deja de ser una provocación y pasa a ser un escenario plausible, incómodo y, para muchos, demasiado real.
Documentación base y datos citados: barómetro de febrero de 2026 del Centro de Investigaciones Sociológicas (estimación de voto, problemas principales, preferencia de presidente y valoración de líderes).
Resultados y calendario electoral usados en el texto: autonómicas de Aragón (8 de febrero de 2026), autonómicas de Extremadura (21 de diciembre de 2025) y convocatoria de autonómicas en Castilla y León (15 de marzo de 2026), junto a las presidenciales portuguesas (segunda vuelta, 8 de febrero de 2026) y el artículo de Iván Redondo en La Vanguardia (16 de febrero de 2026).

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