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El 9 de mayo ruso: memoria, propaganda y miedo a los drones
El homenaje a 1945 convive con la propaganda estatal y el temor a que la guerra alcance Moscú.

El 9 de mayo de 2026, Rusia conmemora la victoria soviética sobre la Alemania nazi con un desfile más reducido en la Plaza Roja y bajo medidas de seguridad reforzadas. El temor a posibles ataques ucranianos, especialmente con drones, ha alterado una ceremonia concebida durante años para exhibir poder militar. La fecha conserva su enorme carga familiar e histórica, pero este año también muestra hasta qué punto la guerra contra Ucrania ha entrado en el corazón del relato oficial ruso: la celebración mira a 1945 mientras intenta protegerse de un conflicto presente.
Rusia celebra el Día de la Victoria el 9 de mayo porque la rendición alemana se firmó en Berlín la noche del 8 de mayo de 1945, cuando en Moscú ya había pasado la medianoche. En buena parte de Europa se recuerda el final de la guerra en el continente el día 8; en Rusia, Serbia y Bielorrusia, el calendario marca el 9. La diferencia horaria explica la fecha, pero no su significado actual: para el Kremlin, el aniversario es también una herramienta de identidad nacional y legitimación política. La misma ceremonia reúne duelo, orgullo y propaganda.
Por qué el 9 de mayo quedó fijado en Moscú
La rendición alemana no fue un acto único celebrado de una vez en un escenario indiscutible. El 7 de mayo de 1945 hubo una firma en Reims, ante representantes de los Aliados occidentales. La Unión Soviética exigió después una ceremonia definitiva en Berlín, la capital conquistada por el Ejército Rojo. El documento se firmó en Karlshorst durante la noche del 8 de mayo, y las operaciones alemanas debían cesar a las 23:01, hora de Europa central. En Moscú, ese momento ya correspondía al día siguiente. El huso horario convirtió una diferencia de horas en dos aniversarios.
La guerra contra Alemania había terminado en Europa, pero la Segunda Guerra Mundial aún no había concluido en todo el mundo: Japón siguió combatiendo hasta agosto de 1945. Por eso, el 9 de mayo ruso conmemora la victoria en el frente europeo y, de forma más precisa, la derrota del nazismo en ese escenario. El nombre que suele utilizarse en Rusia para el conflicto entre 1941 y 1945 es Gran Guerra Patria. Esa denominación concentra el recuerdo en la invasión alemana de la Unión Soviética y en la resistencia de su población, más que en el conjunto de la guerra iniciada en 1939. El marco histórico ruso empieza en 1941, cuando Hitler lanzó la invasión contra la URSS.
La fecha tuvo desde el principio una dimensión pública, aunque no siempre con el despliegue que hoy se asocia a Moscú. En 1945 se celebró un gran desfile de la victoria el 24 de junio, con banderas alemanas capturadas arrojadas ante el Mausoleo de Lenin. Sin embargo, durante años el 9 de mayo no fue una fiesta nacional de la misma centralidad: se recordaba sobre todo en grandes ciudades, con actos locales y fuegos artificiales. El salto hacia una conmemoración estatal masiva se consolidó en la etapa de Leonid Brézhnev, especialmente desde 1965, cuando el día se convirtió en festivo y el desfile adquirió un lugar estable. La tradición actual se construyó con el tiempo, no nació completa en 1945.
Una victoria pagada por toda la Unión Soviética
La fuerza emocional de la fecha no se explica solo por una firma o un desfile. La Unión Soviética soportó una parte decisiva del combate terrestre contra la Alemania nazi y sufrió pérdidas humanas de una escala devastadora. La cifra que suele citarse ronda los 27 millones de muertos, entre militares y civiles. Incluye soldados caídos, personas asesinadas durante la ocupación, prisioneros que murieron de hambre y comunidades destruidas por ejecuciones, deportaciones y asedios. Detrás de esa cantidad hay familias con una silla vacía, cartas que dejaron de llegar y pueblos enteros marcados por la ausencia. El duelo no es una invención del Estado: precede a su uso político y sigue siendo una experiencia íntima para millones de personas.
El frente oriental fue decisivo para desgastar y derrotar a las fuerzas alemanas. Stalingrado se convirtió en un punto de inflexión después de meses de combates entre edificios reducidos a escombros. Más tarde, la batalla de Kursk y las ofensivas soviéticas empujaron al ejército alemán hacia el oeste, hasta Berlín. La resistencia soviética combinó operaciones militares, traslado de industrias hacia el interior del país, trabajo en fábricas y acciones de partisanos en los territorios ocupados. Reconocer ese peso histórico no exige borrar la contribución de los demás aliados: la victoria fue el resultado de una coalición, aunque el Ejército Rojo soportó una parte inmensa de la lucha terrestre en Europa. La memoria rusa tiene una base histórica real, incluso cuando el poder la simplifica.
También es necesario recordar quiénes formaban aquella Unión Soviética. No eran únicamente rusos: había ucranianos, bielorrusos, judíos soviéticos, georgianos, armenios, kazajos, tártaros y habitantes de muchas otras repúblicas y regiones. Ucrania y Bielorrusia sufrieron una ocupación particularmente devastadora, y millones de sus habitantes combatieron en el Ejército Rojo o murieron como civiles. Presentar la victoria como propiedad exclusiva de la Rusia actual borra esa diversidad y separa artificialmente el sacrificio de pueblos que entonces pertenecían al mismo Estado. La bandera soviética no representa una sola nacionalidad; el coste humano tuvo muchos orígenes.
El nombre Gran Guerra Patria también ayuda a entender cómo se organizó ese recuerdo. La expresión conecta la resistencia de 1941 con una tradición rusa anterior de defensa frente a una invasión, y transforma la guerra en una lucha por la supervivencia colectiva. Bajo Stalin, la propaganda presentó el conflicto como una defensa de la tierra y del pueblo, además de una contienda entre ejércitos. Esa idea permitió movilizar a soldados y trabajadores, pero dejó en segundo plano aspectos incómodos de la historia soviética. El relato heroico nació en una guerra de supervivencia, aunque después sirviera para otros fines.
De la conmemoración familiar al relato oficial
Para muchas familias rusas, el Día de la Victoria conserva un significado que no depende de la política del Kremlin. Hay fotografías de soldados guardadas en cajones, medallas en cajas y relatos transmitidos de generación en generación sobre evacuaciones, hambre y pérdidas. En algunas casas, la historia se ha conservado mediante silencios más que mediante discursos. Esa dimensión explica por qué la fecha puede convocar un sentimiento sincero incluso entre personas que no comparten la lectura oficial de la guerra. La memoria doméstica y la ceremonia estatal coexisten, pero no son lo mismo.
La conmemoración ganó un nuevo peso político durante la etapa de Vladímir Putin. Los desfiles crecieron, la victoria se presentó cada vez más como un fundamento de la identidad rusa y la continuidad entre el Estado soviético y la Rusia actual pasó a ocupar el centro de la escena. El relato sostiene que Rusia fue la principal heredera de la victoria y que su papel histórico le otorga una autoridad moral especial. Esa interpretación ofrece cohesión y orgullo, pero también convierte una historia compleja en una narración donde el Estado aparece como salvador y guardián de la nación. El pasado se transforma así en legitimidad para el presente.
La distancia entre recuerdo y apropiación se nota cuando una conmemoración plural queda sometida a una única versión oficial. El Estado puede organizar actos y proteger monumentos, pero también decidir qué episodios se destacan y cuáles apenas se mencionan. En Rusia, el relato público ha tendido a resaltar la victoria y el sacrificio mientras reduce el espacio dedicado a las pérdidas soviéticas, a las decisiones del régimen de Stalin y a la diversidad de quienes lucharon. La memoria puede honrar a los muertos sin convertirlos en respaldo automático de cualquier decisión posterior. Recordar no obliga a aceptar una interpretación política única.
Ese control del relato se relaciona con la educación, los medios estatales y las celebraciones públicas. Las ceremonias repetidas, los símbolos militares y los mensajes patrióticos producen una imagen reconocible de unidad nacional. Pero la presencia de una iconografía poderosa no garantiza un conocimiento detallado de la historia. El material de referencia recoge que una encuesta estatal de 2020 encontró un conocimiento limitado sobre la experiencia bélica de las propias familias y que menos de un tercio de los jóvenes de 18 a 24 años sabía cuándo comenzó la Gran Guerra Patria. La intensidad de una conmemoración no equivale a profundidad histórica.
Cómo el Kremlin conecta 1945 con la guerra de Ucrania
Desde 2014, cuando aumentaron las tensiones en el este de Ucrania, los medios estatales rusos intensificaron el uso patriótico de la memoria de la guerra contra el nazismo. Tras la invasión a gran escala de 2022, el Kremlin presentó como objetivo la desnazificación de Ucrania y recurrió de nuevo a la victoria de 1945 para explicar la campaña militar. La analogía apela a una emoción reconocible: los abuelos combatieron contra Hitler y la Rusia actual, según ese discurso, estaría continuando su lucha. La historia funciona como un puente emocional hacia la guerra presente.
Ese paralelismo no describe de forma fiable la realidad política ucraniana. La afirmación rusa de que Ucrania estaba gobernada por la extrema derecha no justifica una invasión ni convierte al país en una reedición de la Alemania nazi. Ucrania tiene una sociedad plural y un presidente judío elegido en las urnas; como cualquier país, también tiene tensiones y corrientes políticas diversas. Usar la palabra nazismo como etiqueta general para el adversario borra diferencias y desplaza la discusión desde los hechos hacia una acusación moral difícil de rebatir dentro del marco oficial. La referencia a 1945 no demuestra por sí misma una continuidad histórica.
El mecanismo propagandístico gana fuerza porque mezcla tres elementos difíciles de separar: el duelo familiar, el orgullo por la victoria y la obediencia política. Si el Estado se presenta como heredero de quienes derrotaron al nazismo, criticar sus decisiones puede describirse como una falta de respeto a los muertos o como una traición a la patria. Así, una memoria legítima se convierte en una frontera moral que limita el debate. La victoria soviética fue real; lo que no se deduce de ella es que toda política actual del Kremlin herede automáticamente su legitimidad. Los muertos no pueden ser convocados como aval de una guerra posterior.
La apropiación también alcanzó iniciativas cívicas como el Regimiento Inmortal. El movimiento surgió en 2011 en Tomsk, impulsado por periodistas independientes que propusieron marchar el Día de la Victoria con fotografías de familiares muertos en la guerra. La imagen de miles de retratos convertía la ceremonia en un desfile de ausentes y daba protagonismo a las historias particulares. Su rápida expansión lo volvió un fenómeno nacional, pero en 2015 se creó una organización estatal con el mismo nombre sin incluir a los fundadores originales. Una iniciativa de recuerdo ciudadano pasó a integrarse en la maquinaria oficial.
Con la institucionalización, la marcha quedó cada vez más vinculada a organismos públicos, escuelas y medios estatales. La participación podía estar organizada desde centros de trabajo o centros educativos, lo que modificaba el carácter espontáneo del homenaje. La diferencia es significativa: llevar la fotografía de un abuelo puede ser un acto íntimo y voluntario; hacerlo dentro de una puesta en escena dirigida por el Estado puede convertir esa memoria en una demostración de adhesión. El símbolo no cambia, pero sí quién controla su uso.
El desfile reducido y la sensación de vulnerabilidad
En 2026, el recorte del desfile militar en Moscú altera una imagen que durante años sirvió para exhibir blindados, misiles y otros equipos. La celebración mantiene la Plaza Roja, la tribuna y su peso simbólico, pero prescinde de parte del despliegue de material pesado que caracterizaba el espectáculo. La razón señalada es el riesgo de ataques ucranianos, en particular mediante drones, y la necesidad de reforzar la seguridad. La ausencia de maquinaria militar se vuelve parte del mensaje, aunque no sea la imagen que el Kremlin quisiera proyectar.
El miedo no significa que la ceremonia haya perdido importancia para las autoridades. Al contrario: cuanto más central es el aniversario para la identidad oficial, más sensible resulta cualquier amenaza sobre el lugar y el momento de la celebración. La Plaza Roja es un escenario cuidadosamente elegido, no solo una plaza pública. Allí, el Estado presenta continuidad histórica y capacidad militar; por eso, proteger el acto implica proteger también una imagen de control. El desfile reducido revela que esa imagen no puede separarse por completo de la guerra que Rusia libra fuera de sus fronteras. La seguridad del espectáculo se ha convertido en parte del espectáculo.
La paradoja es visible: una jornada concebida para mostrar fuerza se celebra con cautela ante la posibilidad de que el conflicto alcance Moscú. Durante años, la guerra pudo presentarse como una operación distante y controlada; los drones y las amenazas de seguridad la acercan a los símbolos más protegidos del Estado. Eso no significa que un desfile reducido pruebe por sí solo una derrota militar o una incapacidad general. Sí muestra, de manera más acotada, que las autoridades consideran real el riesgo suficiente para modificar la ceremonia. El temor se expresa en las medidas adoptadas y en lo que se retira de la plaza.
La edición de 2020 ya había demostrado que el formato del aniversario podía cambiar por circunstancias excepcionales. La celebración del 75 aniversario se trasladó de mayo a finales de junio debido a la pandemia de covid-19 y aun así incluyó un desfile de gran escala, con más de 20.000 participantes, cientos de aviones y vehículos blindados. La diferencia con 2026 resulta reveladora: entonces, el reto era organizar la ceremonia durante una emergencia sanitaria; ahora, la guerra y el riesgo de ataques condicionan la exhibición militar. Un desfile también cuenta la historia del momento en que se celebra.
Ucrania está dentro de la memoria que Moscú reclama
Ucrania ocupa un lugar central en el Día de la Victoria ruso, aunque no aparezca en la tribuna. Está presente en la historia de la ocupación nazi, en los millones de personas que combatieron en el Ejército Rojo y en la devastación sufrida por ciudades y pueblos ucranianos. También está en la guerra actual, que determina las medidas de seguridad del desfile y alimenta el lenguaje político del Kremlin. La historia compartida no desaparece porque una frontera cambie.
Desde 2023, Ucrania conmemora oficialmente el 8 de mayo como Día de la Memoria y la Victoria sobre el Nazismo en la Segunda Guerra Mundial, en consonancia con la fecha observada en buena parte de Europa. El cambio no es únicamente una cuestión de calendario. También expresa el alejamiento de la tradición política soviética y el rechazo a que Moscú monopolice la memoria de la guerra. Para Kiev, recordar a las víctimas no requiere aceptar que Rusia sea la única heredera de la victoria. La fecha se ha convertido además en una declaración de pertenencia política y cultural.
La disputa por el pasado tiene consecuencias en el presente porque las dos narrativas se proyectan sobre el conflicto. Moscú invoca el antifascismo para presentar su invasión como una misión histórica; Kiev sostiene que esa invocación sirve para justificar una agresión contra un país soberano. La historia, sin embargo, no concede una absolución hereditaria. Haber formado parte de la coalición que derrotó a Hitler no da a ningún Estado un permiso permanente para invadir a sus vecinos ni convierte cualquier acción militar en una repetición de aquella lucha. La victoria de 1945 no puede funcionar como licencia política ilimitada.
Una victoria histórica bajo la sombra de la guerra actual
El 9 de mayo reúne una verdad histórica y una disputa contemporánea. La Unión Soviética desempeñó un papel decisivo en la derrota de la Alemania nazi y pagó un coste humano inmenso. Ese sacrificio merece ser recordado sin reservas. Al mismo tiempo, el Kremlin ha convertido la victoria en un pilar de su identidad política y la ha vinculado a la guerra contra Ucrania. Respetar la memoria de quienes murieron no exige aceptar esa conexión ni confundir la conmemoración con el respaldo a la política actual. Honrar a las víctimas y cuestionar su uso político son actos compatibles.
La Plaza Roja de 2026 condensa esa tensión. El desfile sigue siendo una demostración de continuidad, pero su formato más reducido y sus medidas de protección revelan la vulnerabilidad que el espectáculo intenta contener. La ceremonia mira a Berlín, Stalingrado y los millones de muertos soviéticos; al mismo tiempo, está condicionada por los drones, la guerra y la posibilidad de que la violencia alcance la capital. El pasado ofrece al poder una imagen de grandeza, mientras el presente impone cautela.
Por eso la celebración puede ser, a la vez, una jornada de duelo genuino y un instrumento de propaganda. Ninguna de esas dimensiones borra automáticamente la otra. Las familias conservan sus propias historias, mientras el Estado intenta reunirlas bajo una narración uniforme que legitime sus decisiones. En esa fricción está el sentido más incómodo del aniversario: el recuerdo pertenece a quienes sufrieron y a quienes los heredaron, pero su interpretación pública sigue siendo objeto de disputa. La memoria no desfila en una sola dirección.

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