Economía
¿Por qué Rusia sustituye el dólar por el yuan y depende más de China?
Rusia reduce el peso del dólar y se vuelca en el yuan: el giro fortalece al rublo, pero aumenta su dependencia económica y política de China.

Foto: Sergei Bobylev / RIA Novosti / Wikimedia Commons, CC BY 4.0.
Rusia ha reducido el papel del dólar y del euro en su comercio exterior hasta niveles difíciles de imaginar antes de la invasión de Ucrania. La transformación no consiste simplemente en cambiar unos billetes por otros: el rublo ha ganado terreno en los pagos internacionales y, cuando Moscú necesita una gran moneda extranjera para comerciar y financiarse, el yuan chino ocupa cada vez más el espacio que antes pertenecía a las divisas occidentales.
La cifra que mejor retrata el vuelco ronda el 85%: durante 2025, la inmensa mayoría de las operaciones exteriores rusas acabó liquidándose en rublos o en monedas distintas de las consideradas «no amistosas» por el Kremlin. Los datos de cierre de año del propio Banco de Rusia afinan todavía más la fotografía: el rublo representó el 59% de los cobros por exportaciones y el 55% de los pagos por importaciones; las monedas de países calificados como no amistosos quedaron reducidas al 12% y al 13%, respectivamente.
Es una desdolarización real, al menos dentro de las fronteras financieras rusas. Pero tiene letra pequeña. Moscú ha ganado margen para operar fuera de los canales dominados por Estados Unidos y Europa mientras aumenta su exposición económica a China. El dólar sale por una puerta y Pekín entra por otra, con una diferencia nada menor: Rusia dispone de muchas menos alternativas comerciales y financieras que antes de 2022.
Rusia ya comercia en otro idioma monetario
Durante décadas, vender petróleo, comprar maquinaria o financiar una gran operación internacional significaba, casi por defecto, pasar por el dólar o el euro. En Rusia esa lógica se ha roto con una velocidad extraordinaria. A finales de 2025, solo un 12% de los cobros por exportaciones seguía realizándose en monedas de jurisdicciones consideradas hostiles por Moscú. En las importaciones, la proporción era del 13%. Un año antes esos porcentajes eran del 18% en ambos casos.
El rublo ha sido el gran beneficiado. Entre el cuarto trimestre de 2024 y el mismo periodo de 2025, su peso en los cobros de las exportaciones pasó del 45% al 59%. En las compras al extranjero subió del 49% al 55%. No es precisamente un retoque estadístico: significa que más de la mitad del comercio ruso con el exterior ya puede circular sin utilizar una moneda occidental como unidad de pago.
El resultado es una economía monetariamente más aislada del sistema financiero occidental, aunque no necesariamente más independiente. Ese matiz importa. Desdolarizar no equivale a dejar de depender del extranjero; puede significar, sencillamente, cambiar de dependencia.
El yuan ocupa el hueco que dejaron el dólar y el euro
Ahí aparece China. El yuan —o renminbi— se ha convertido en la principal referencia extranjera de un mercado ruso donde operar con dólares y euros resulta mucho más complicado. El propio Banco de Rusia reconocía ya en 2024 que la importancia de la moneda china para el comercio exterior estaba aumentando mientras el dólar perdía relevancia dentro del país.
No ocurrió por una repentina fascinación moscovita por la arquitectura monetaria china. Ocurrió porque China es uno de los pocos socios con tamaño suficiente para proporcionar a Rusia mercados, mercancías, financiación y una divisa con la liquidez necesaria para sostener operaciones internacionales de gran escala. Tras la contracción del comercio con Europa, Asia pasó a dominar de forma abrumadora los intercambios rusos; en el tercer trimestre de 2025 concentraba el 80% de las exportaciones rusas de bienes y el 67% de sus importaciones.
El yuan ofrece además algo que Moscú necesita con urgencia: una moneda vinculada a un Estado que no participa en el régimen occidental de sanciones. No es perfectamente convertible y China mantiene controles de capital, pero para una empresa rusa que necesita pagar a un proveedor asiático resulta bastante más práctico disponer de yuanes que acumular dólares cuyo movimiento puede acabar tropezando con bancos corresponsales, restricciones o controles de cumplimiento.
Las sanciones aceleraron una transformación que llevaba años gestándose
El gran salto llegó después de febrero de 2022. Las sanciones financieras occidentales restringieron el acceso de Rusia a buena parte de la infraestructura bancaria internacional y congelaron activos exteriores del Banco de Rusia. Moscú respondió acelerando sistemas de pago alternativos, orientando el comercio hacia Asia y extendiendo el uso del rublo y de monedas de países que mantenían relaciones económicas con el Kremlin.
En junio de 2024 apareció otro punto de inflexión. Estados Unidos sancionó la Bolsa de Moscú (MOEX) y varias piezas esenciales de su infraestructura financiera. Poco después, la negociación bursátil ordinaria de dólares y euros quedó interrumpida en Rusia. Las divisas occidentales no desaparecieron —siguen existiendo operaciones extrabursátiles—, pero perdieron buena parte de la centralidad que todavía conservaban.
Era una paradoja bastante notable. Washington buscaba reducir la conexión financiera rusa con Occidente y terminó acelerando un ecosistema donde el rublo y el yuan ocupaban cada vez más espacio. Eso no significa que las sanciones hayan fracasado: las empresas rusas siguen afrontando costes de transacción, dificultades de pago y riesgo de sanciones secundarias. El Banco de Rusia ha reconocido repetidamente que esas restricciones complican los pagos internacionales.
Cambiar de moneda no elimina el riesgo
El yuan tampoco proporciona una autopista sin controles. Los bancos chinos mantienen sus propios criterios de riesgo y pueden mostrarse cautos ante operaciones susceptibles de provocar sanciones estadounidenses. Rusia y China han explorado incluso mecanismos alternativos de compensación para determinadas operaciones transfronterizas, precisamente porque mover dinero entre ambos países tampoco es un procedimiento automático.
Y hay otro problema, menos vistoso pero más estructural: el mercado financiero chino no tiene la apertura del estadounidense. El yuan sirve para pagar importaciones, contratar productos financieros o liquidar comercio con empresas chinas, pero no ofrece la misma libertad global para invertir, mover capital y reciclar grandes excedentes.
El rublo vuelve al centro, pero con tipos todavía muy altos
Moscú también está intentando que su propia moneda cargue con una parte mayor del trabajo. A mediados de agosto de 2026, el tipo oficial del Banco de Rusia permanece en el 14%, pese a los recortes realizados desde los máximos anteriores. La inflación anual se situó en julio en el 6%, todavía por encima del objetivo oficial del 4%. Unos tipos tan elevados hacen atractivos ciertos activos en rublos, aunque también revelan las tensiones que sigue soportando la economía rusa.
La política monetaria rusa ayuda a sostener el rublo, pero tiene un precio. El crédito es caro y la economía debe convivir con fuertes necesidades presupuestarias, restricciones comerciales y un entorno exterior extraordinariamente condicionado por la guerra y las sanciones.
China gana influencia cada vez que Rusia pierde una alternativa
La consecuencia geopolítica es bastante transparente. Rusia ha reducido una vulnerabilidad frente a Occidente, pero ha aumentado otra frente a China. Pekín es simultáneamente comprador de materias primas rusas, proveedor industrial, socio financiero y emisor de la moneda extranjera que gana peso dentro del sistema ruso.
Eso crea una relación bastante menos simétrica de lo que sugiere la habitual retórica de la «asociación estratégica». China posee una economía mucho mayor, acceso a un abanico de mercados incomparablemente más amplio y mayor capacidad para escoger proveedores. Rusia, tras perder buena parte de sus antiguos vínculos europeos, dispone de menos puertas. Y quien tiene menos puertas abiertas suele negociar peor el precio de entrada.
El fenómeno se ve también en los flujos comerciales. La economía rusa se ha orientado intensamente hacia Asia y necesita importaciones de maquinaria, componentes y tecnología. China continúa siendo, además, un proveedor esencial de numerosos bienes industriales y productos de doble uso que llegan a Rusia, aunque Pekín rechaza que esa relación deba interpretarse como apoyo militar directo a Moscú.
Los BRICS quieren menos dólar, pero no existe un sustituto común
El movimiento ruso forma parte de una discusión mucho más amplia. Los BRICS llevan años estudiando mecanismos que permitan utilizar más monedas nacionales y conectar sistemas de pagos sin depender en cada operación de las infraestructuras occidentales. La presidencia india del grupo en 2026 mantiene entre los asuntos heredados la exploración de un mayor uso de monedas nacionales en las transacciones internas.
Pero conviene bajar el volumen de ciertos titulares. No existe una moneda BRICS capaz de reemplazar al dólar ni un acuerdo entre sus miembros para crearla a corto plazo. Los trabajos se concentran, sobre todo, en pagos transfronterizos, bancos corresponsales, monedas locales e interoperabilidad entre infraestructuras financieras. Brasil, India, China o Sudáfrica tienen intereses monetarios distintos; compartir la incomodidad ante el dominio estadounidense no convierte mágicamente esos intereses en uno solo.
La prueba está en las reservas mundiales. Según los datos más recientes disponibles del Fondo Monetario Internacional, correspondientes al primer trimestre de 2026, el dólar representa el 57,13% de las reservas internacionales de divisas, mientras el renminbi apenas alcanza el 1,99%. El euro conserva alrededor del 20%. La distancia entre Washington y Pekín sigue siendo, por ahora, gigantesca.
El dólar pierde terreno, pero Pekín cobra el peaje
Rusia demuestra que una gran economía puede reducir drásticamente el uso del dólar cuando existe una combinación suficiente de presión política, controles financieros, comercio redirigido y socios dispuestos a utilizar otras monedas. En cuatro años ha transformado una parte sustancial de su sistema de pagos exteriores. Eso sí es relevante para el orden monetario internacional.
Lo que Rusia no demuestra es que el mundo haya encontrado ya un sustituto del dólar. Fuera de su peculiar ecosistema económico, la moneda estadounidense conserva una posición dominante que el yuan está todavía muy lejos de igualar. Las reservas mundiales lo dejan bastante claro: 57,13% frente a 1,99%.
La transformación rusa cuenta, en realidad, dos historias al mismo tiempo. Una habla del retroceso del dólar dentro de Rusia y de la capacidad de Moscú para construir canales alternativos después de las sanciones. La otra es menos cómoda para el Kremlin: cuanto más pequeño se vuelve su vínculo financiero con Occidente, mayor es el espacio que ocupa China. Rusia ha cambiado parte de las llaves de Washington y Bruselas por otras fabricadas en Pekín. Y en economía, como en los pisos alquilados, importa bastante quién conserva una copia.

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