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¿Cuándo irán a la guerra los robots humanoides probados en Ucrania?

Los robots humanoides entran en Ucrania para tareas militares y abren un debate inquietante sobre armas, autonomía, control humano y guerra.

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robots humanoides en Ucrania

Resumen

  • Foundation prueba robots humanoides en Ucrania para logística militar
  • La empresa prevé ensayos con armamento desde 2027, no combates autónomos
  • El avance abre dudas sobre control humano, derecho y responsabilidad

Los robots humanoides aún no combaten en Ucrania como soldados autónomos ni recorren las trincheras decidiendo a quién disparar. Lo que ya ha ocurrido es menos cinematográfico, aunque bastante más relevante: la empresa estadounidense Foundation Future Industries ha probado dos unidades Phantom MK-1 en territorio ucraniano para transportar suministros en zonas peligrosas. Su consejero delegado, Sankaet Pathak, sostiene que los primeros ensayos relacionados con armamento podrían comenzar en 2027. Ensayos, conviene subrayarlo. No un ejército metálico marchando hacia el frente.

La diferencia no es un matiz para aguafiestas. A día de hoy, no existen pruebas públicas de que estos humanoides hayan disparado armas, identificado objetivos por su cuenta o participado en una operación ofensiva. El Phantom utilizado en Ucrania tiene problemas bastante terrenales: carga limitada, escasa resistencia al agua y poca autonomía para trabajar durante largos periodos. Antes de Terminator están el barro, la batería y una mano mecánica que debe agarrar una caja sin soltarla.

Lo que Foundation ha probado realmente en Ucrania

Foundation envió dos Phantom MK-1 a un lugar no revelado de Ucrania a comienzos de 2026. La demostración, realizada con apoyo del Gobierno estadounidense y participación de responsables ucranianos, se centró en la logística militar: recoger material en el exterior, llevarlo a un espacio protegido y evitar que un soldado tuviera que exponerse al fuego enemigo para completar ese trayecto. La empresa también menciona posibles aplicaciones en evacuaciones, reconocimiento y exploración del interior de edificios.

No es poca cosa. En el frente ucraniano, unos cientos de metros pueden separar una posición relativamente segura de una zona vigilada de manera permanente por drones de combate. Transportar munición, agua, alimentos o baterías deja de ser una tarea secundaria cuando cualquier movimiento humano levanta una firma térmica, una nube de polvo o una silueta detectable desde el aire.

Dos piernas para un mundo construido con escaleras

La apuesta por un robot humanoide parte de una idea sencilla: nuestro entorno está diseñado para cuerpos humanos. Las puertas tienen una altura concreta, las herramientas están hechas para manos, las escaleras exigen piernas y los vehículos colocan sus mandos donde pueden alcanzarlos unos brazos. La anatomía humana, después de siglos diseñando el mundo a su medida, se ha convertido también en una interfaz industrial.

Un vehículo sobre ruedas resulta más estable, barato y eficiente cuando debe transportar peso por terreno abierto. El humanoide empieza a cobrar sentido en interiores, ruinas, fábricas, túneles, hospitales o edificios donde hay que girar una manilla, subir escalones y manipular objetos concebidos para personas. Eso explica el interés militar, aunque no demuestra que la forma humana sea siempre la mejor. A veces una plataforma baja con orugas hace el trabajo sin la pintoresca necesidad de aprender a no caerse.

Foundation afirma que su futura generación, el Phantom 2, será resistente al agua y al polvo, podrá soportar impactos y caídas mucho mayores y elevará su capacidad de carga hasta unos 80 kilos. La empresa también habla de una batería de tres kilovatios hora. Son especificaciones anunciadas por el fabricante, no resultados de una evaluación militar independiente, y podrán cambiar conforme avance el prototipo.

Baterías, manos y barro: los enemigos menos épicos

El cuello de botella no consiste únicamente en dotar al robot de inteligencia artificial. Hace falta que camine sobre escombros, conserve el equilibrio cuando recibe un golpe, soporte lluvia y polvo, siga funcionando sin conexión estable y pueda manipular objetos con precisión. Una mano humana parece poca cosa hasta que un ingeniero intenta reproducir sus articulaciones, sensibilidad, fuerza y delicadeza sin construir una pieza cara, frágil y difícil de reparar.

También está la autonomía energética. Un soldado come, duerme y se cansa; una máquina necesita baterías, recambios, mantenimiento, actualizaciones y una cadena logística propia. Cambia el tipo de vulnerabilidad, no la elimina. Un robot que cuesta alrededor de 100.000 dólares al año en modalidad de alquiler comercial tampoco es, por ahora, material desechable para lanzarlo alegremente contra cada puerta sospechosa.

De mozo de carga a sistema armado

El paso decisivo no será ver a un humanoide en uniforme, un detalle más propio del departamento de marketing, sino comprobar qué grado de autonomía recibe. Un robot controlado a distancia que transporta munición es una plataforma no tripulada. Uno que navega por sí mismo, reconoce personas, selecciona un blanco y abre fuego sin una autorización humana concreta pertenece a otra categoría moral, jurídica y militar.

Foundation ha obtenido contratos de investigación del Departamento de Defensa estadounidense valorados en unos 24 millones de dólares. Los trabajos abarcan logística, inspección y posibles operaciones relacionadas con armas. La compañía quiere validar nuevas funciones durante 2026 y ampliar el programa en 2027, mientras Pathak considera que los humanoides podrían asumir con el tiempo misiones de precisión en lugares donde un bombardeo causaría daños excesivos.

El argumento tiene una apariencia humanitaria: enviar una máquina permite proteger a los soldados y, en teoría, actuar con mayor precisión cerca de civiles. Pero una tecnología no hereda automáticamente la virtud de la presentación corporativa. La precisión mecánica no garantiza una decisión justa. Un robot puede colocar un disparo con exactitud milimétrica y, aun así, apuntar a la persona equivocada porque su sistema de percepción interpretó mal un gesto, un objeto o una sombra.

La línea entre obedecer y decidir aparece en la inteligencia artificial del Phantom, que utiliza lo que la empresa denomina modelos del mundo. En vez de limitarse a predecir palabras, estos sistemas procesan imágenes, simulaciones y datos espaciales para construir una representación del entorno y anticipar cómo puede cambiar. Dicho sin incienso tecnológico: la máquina intenta calcular qué hay delante, qué ocurrirá después y qué movimiento conviene ejecutar. Foundation no ha revelado todos sus proveedores ni el funcionamiento detallado de su arquitectura.

Esa opacidad tecnológica no impide utilizar el robot para mover cajas, pero resulta mucho más delicada cuando se introduce un arma. Un sistema militar debe resistir engaños visuales, interferencias, manipulación informática y situaciones que no aparecieron durante su entrenamiento. El campo de batalla no es un laboratorio ordenado. El adversario observa, aprende y coloca deliberadamente ante la máquina aquello que puede confundirla.

El Pentágono mantiene una directiva que exige pruebas realistas, mecanismos de seguridad, controles comprensibles y niveles adecuados de juicio humano sobre el uso de la fuerza. También obliga a reducir el riesgo de ataques involuntarios y a permitir que los operadores activen o desactiven funciones con procedimientos claros. Sobre el papel, la persona conserva el mando. La cuestión incómoda aparece cuando la velocidad del combate convierte esa supervisión en un clic apresurado sobre una recomendación algorítmica.

Ucrania ya libra una guerra de robots, aunque no sean humanos

La llegada de los Phantom no inaugura la robotización del conflicto. Ucrania y Rusia llevan años utilizando drones aéreos, vehículos terrestres sin tripulación y embarcaciones robóticas. Muchos sistemas terrestres siguen siendo manejados a distancia mediante cámaras y enlaces de radio; se emplean para colocar minas, retirar heridos, llevar suministros, vigilar posiciones y atacar objetivos. Ucrania comenzó a organizar unidades específicas de vehículos robóticos después de probarlos junto a soldados desde 2024.

La escala crece deprisa. El Gobierno ucraniano asegura que las plataformas terrestres participaron en más de 20.000 misiones durante un periodo de tres meses de 2026, incluidas evacuaciones médicas, transportes y acciones de combate. También ha informado de una operación ofensiva completada sin soldados presentes físicamente en el punto de ataque. Estas cifras proceden de las autoridades ucranianas y deben leerse en el contexto de una guerra donde la información también forma parte del arsenal.

La inteligencia artificial militar ya ayuda a analizar datos, mantener drones sobre sus objetivos cuando aparece una interferencia y acelerar la cadena que va desde la detección hasta el ataque. Ucrania cuenta con más de 2.000 empresas y fabricantes vinculados a la tecnología militar y aspira a integrar sensores, plataformas y sistemas de decisión en una red común. Sus responsables insisten en que no buscan máquinas asesinas completamente autónomas, sino una mayor coordinación con personas dentro del proceso. Es una distinción importante; también flexible, como suelen serlo las promesas cuando la supervivencia nacional aprieta.

La ley corre detrás de la máquina

No existe un tratado internacional específico para robots humanoides militares. Su apariencia, por inquietante que resulte, no cambia las reglas básicas: cualquier arma debe respetar el derecho internacional humanitario, incluida la distinción entre civiles y combatientes, la proporcionalidad del ataque y las precauciones necesarias para reducir daños.

El problema aparece cuando el sistema selecciona y ataca objetivos sin intervención humana posterior. El Comité Internacional de la Cruz Roja define así las armas autónomas y advierte de que pueden dificultar la previsión de sus efectos, diluir responsabilidades y delegar decisiones sobre la vida y la muerte en programas informáticos. Su posición reclama prohibir los sistemas impredecibles y los concebidos para aplicar fuerza directamente contra personas, además de imponer límites estrictos al resto.

La Organización de las Naciones Unidas lleva años discutiendo una regulación vinculante, sin haber alcanzado todavía un acuerdo general. El secretario general, António Guterres, volvió a reclamar en julio de 2026 una prohibición internacional de las armas capaces de seleccionar y atacar seres humanos sin control humano. Mientras las delegaciones negocian cada verbo en Ginebra, los prototipos ya aprenden a caminar entre edificios dañados. La guerra, con su habitual mala educación, no espera a que el comité termine el café.

2027 no será Terminator, pero tampoco será inocente

El año 2027 no marca una fecha confirmada para el despliegue de soldados humanoides. Es el horizonte señalado por Foundation para comenzar o ampliar pruebas vinculadas al uso de armas. Entre una demostración logística y un sistema capaz de combatir existen obstáculos técnicos, legales y operativos enormes. También hay dinero, presión estratégica y una competición internacional que suele acortar los calendarios.

Lo más probable es que los primeros humanoides militares no sustituyan a pelotones completos. Entrarán por los márgenes: cargarán material, inspeccionarán habitaciones, abrirán puertas, recuperarán heridos, vigilarán túneles y se acercarán a objetos sospechosos. Después llegará la integración de armas bajo control remoto. Más tarde, quizá, funciones automáticas cada vez mayores. La autonomía rara vez entra por la puerta principal; se instala actualización tras actualización.

El debate tampoco puede reducirse a estar a favor o en contra de los robots. Sacar a una persona de una misión mortal es un avance real. Convertir en rutinaria la decisión de matar porque la máquina reduce el coste político de la guerra sería otra cosa. Ucrania está mostrando ambas posibilidades al mismo tiempo: la robótica que salva vidas y la tecnología que puede hacer la violencia más fácil de ordenar, más rápida de ejecutar y mucho más difícil de explicar cuando algo sale mal.

Los robots humanoides ya han llegado a la guerra, aunque todavía transporten cajas y no fusiles. La pregunta decisiva no será cuándo aprenderán a disparar. Será quién conservará la responsabilidad humana cuando lo hagan.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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