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¿Cuánta cerveza tendrá Benidorm para Inglaterra-Croacia del Mundial?

Benidorm enfría 50.000 litros de cerveza ante el debut de Inglaterra, una noche de Mundial que llenará bares, terrazas y pantallas gigantes.

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récord cerveza Benidorm

Benidorm ha puesto a enfriar hasta 50.000 litros de cerveza ante el estreno de Inglaterra en el Mundial de fútbol, previsto para este miércoles 17 de junio a las 22:00, hora peninsular española, frente a Croacia. Más de 500 bares, restaurantes, cafeterías y locales de ocio esperan una de esas noches en las que el partido se disputa en Dallas, sí, pero la grada más ruidosa parece haberse trasladado a la playa de Levante.

La previsión de la patronal hostelera sitúa el consumo medio por establecimiento por encima de los 80 litros, alrededor de un 30% más de lo habitual durante una jornada comparable. La multiplicación sencilla arroja más de 40.000 litros en el conjunto de la ciudad, aunque las cámaras y almacenes están preparados para alcanzar los 50.000 si la afluencia responde como en las grandes eliminatorias. No significa que cada gota vaya a desaparecer durante los 90 minutos. Es una estimación máxima de servicio, reservas y reposición. En Benidorm pueden convivir el entusiasmo y la calculadora; de hecho, llevan décadas compartiendo terraza.

La cifra equivale aproximadamente a 88.000 pintas británicas o a 100.000 vasos de medio litro. Traducida al formato de caña española, rondaría las 200.000 unidades. Una pequeña laguna dorada, fría y con espuma que explica mejor que muchos informes económicos el impacto de un gran partido sobre una ciudad turística.

El Inglaterra-Croacia no será una retransmisión más. Es el debut de los ingleses en el torneo, se juega en horario nocturno favorable para Europa y enfrenta a dos selecciones con cuentas pendientes desde hace años. También llega con miles de visitantes británicos instalados en la Costa Blanca, un aumento de las conexiones aéreas desde el Reino Unido y una maquinaria hostelera que conoce de memoria el ritual: pantallas grandes, barriles preparados, turnos reforzados y terrazas ocupadas mucho antes del saque inicial.

50.000 litros antes del primer pitido

Las cámaras frigoríficas de los establecimientos de Benidorm llevan días recibiendo barriles, cajas, botellas y latas. La cerveza es el producto que más crece durante las retransmisiones deportivas, por encima incluso de las tapas, la comida o los combinados. No resulta extraño. En un partido de Inglaterra, la pinta funciona casi como una unidad de tiempo: una antes de empezar, otra durante la primera parte, quizá una tercera en el descanso y el resto según dicten el marcador, los nervios y el sentido común.

Abreca, la asociación que representa a bares, restaurantes, cafeterías y negocios de ocio nocturno, calcula que la actividad puede aumentar entre un 10% y un 30% según la importancia del encuentro. Los partidos de España e Inglaterra concentran buena parte de la atención, mientras que semifinales y finales han llegado a duplicar el consumo en determinados locales durante campeonatos anteriores.

El estreno inglés reúne casi todos los ingredientes comerciales que interesan al sector. Se celebra a las diez de la noche, cuando el calor afloja y las terrazas recuperan el pulso; coincide con la estancia de numerosos turistas británicos y enfrenta a Inglaterra con una rival reconocible, competitiva y poco dada a ejercer de comparsa. No es lo mismo jugar contra una selección desconocida para el público ocasional que volver a encontrarse con Croacia, responsable de uno de los desengaños más recordados del fútbol inglés reciente.

Los establecimientos no se limitan a llenar las neveras. Muchos han instalado pantallas de gran formato tanto en los interiores como en las terrazas, han revisado equipos de sonido y han reorganizado mesas para mejorar la visibilidad. En determinados locales de la zona inglesa, el mobiliario deja de obedecer durante unas horas a la lógica del restaurante y adopta la geometría de un pequeño estadio: todas las sillas miran al mismo lugar.

También se refuerzan las plantillas de trabajadores. Una noche así exige más camareros, personal de cocina, seguridad privada, limpieza y reposición. La cerveza debe llegar fría y con rapidez, pero detrás de ese gesto aparentemente simple existe una cadena precisa. Los barriles pesan, las cámaras tienen una capacidad limitada y la presión de servicio se concentra en momentos concretos: los minutos anteriores al comienzo, el descanso y el final del partido.

Hay otro detalle. El fútbol televisado no genera únicamente consumo durante la retransmisión. Los aficionados comienzan a reunirse varias horas antes, comen, ocupan las terrazas y prolongan la noche después del encuentro. El partido dura 90 minutos; su impacto económico, bastante más. En una ciudad acostumbrada a exprimir el día sin necesidad de retorcerlo demasiado, la previa y el pospartido forman parte del producto.

El partido que enciende la zona inglesa

Inglaterra se estrena frente a Croacia en el Grupo L, que también incluye a Ghana y Panamá. Sobre el césped del estadio de Dallas estarán dos selecciones llamadas a competir por las primeras posiciones, por lo que el resultado puede condicionar el grupo desde la primera jornada. Ganar permite respirar. Perder obliga a hacer cuentas demasiado pronto, esa costumbre tan incómoda de los torneos cortos.

El equipo inglés llega dirigido por Thomas Tuchel y respaldado por una fase de clasificación impecable: pleno de victorias y ningún gol encajado. Harry Kane, Jude Bellingham y Bukayo Saka concentran gran parte de las expectativas ofensivas, aunque el seleccionador dispone de alternativas suficientes para que las discusiones sobre la alineación duren casi tanto como la propia competición.

Croacia representa otra clase de amenaza. Tiene menos ruido alrededor, pero una resistencia competitiva que ya resulta familiar. Luka Modric disputa, con 40 años, su quinto Mundial y probablemente el último. A su lado, Mateo Kovacic aporta control y experiencia. Los croatas tampoco perdieron durante la clasificación y conservan esa capacidad para enfriar partidos, mover el balón y transformar la impaciencia rival en un problema.

La semifinal del Mundial de 2018 continúa flotando sobre este enfrentamiento. Inglaterra se adelantó entonces, pero Croacia remontó en la prórroga y alcanzó la final. Han pasado ocho años, cambiaron entrenadores y futbolistas, pero la memoria deportiva es una criatura obstinada. No paga entrada, no ocupa asiento y siempre aparece.

Ese recuerdo añade tensión a un partido que ya era atractivo por sí mismo. Inglaterra parte entre las candidatas al título y lleva seis décadas persiguiendo su segundo Mundial. Cada nueva generación parece llegar acompañada por la misma promesa, envuelta en una bandera distinta y con mejores vídeos promocionales. El país inventó el fútbol moderno, ganó en 1966 y desde entonces administra la espera con una mezcla muy británica de esperanza, ironía y sufrimiento.

En Benidorm, esa historia se vivirá lejos del estadio, pero no necesariamente con menos intensidad. Los pubs de la llamada zona guiri, especialmente en torno al Rincón de Loix y la playa de Levante, llevan años funcionando como puntos de encuentro para turistas y residentes británicos. Allí se escuchan himnos, se ven camisetas de clubes rivales compartiendo mesa y se comentan las decisiones arbitrales con una seguridad que rara vez acompaña a las decisiones propias.

La expresión “zona guiri” tiene algo de caricatura local, pero describe un espacio turístico muy reconocible. Menús en inglés, desayunos británicos, música en directo, tributos musicales, retransmisiones deportivas y establecimientos adaptados a los hábitos de un público que vuelve cada temporada. No es una burbuja completamente separada de Benidorm; es una de sus capas, quizá la más fotogénica cuando juega Inglaterra.

La hora favorece el ambiente. El encuentro comienza a las diez de la noche en España, las nueve en el Reino Unido y las tres de la tarde en Dallas. Para los bares supone una franja magnífica: la cena se mezcla con la previa y el partido conduce directamente al ocio nocturno. Para los aficionados, el plan exige poco esfuerzo. Playa durante el día, ducha rápida, camiseta blanca y mesa frente a una pantalla. La sofisticación, a veces, está sobrevalorada.

El turismo británico no llega por casualidad

El vínculo entre Benidorm y el mercado británico no nació con este Mundial. Es una relación económica y cultural construida durante décadas, sostenida por vuelos frecuentes, paquetes turísticos, precios competitivos, clima amable y una oferta de ocio que entiende bien a su público. El fútbol actúa como acelerador, no como origen.

Entre enero y septiembre de 2025, más de 773.000 turistas británicos se alojaron en establecimientos reglados de Benidorm. La cifra representó un crecimiento superior al 10% respecto al mismo periodo del año anterior y concentró alrededor del 72% de los británicos que visitaron la Comunitat Valenciana. Son datos que explican por qué un partido de Inglaterra se trata en la ciudad casi como un acontecimiento local.

Benidorm superó en 2025 los tres millones de viajeros y acumuló más de 16 millones de pernoctaciones en hoteles, apartamentos turísticos y campings. Su escala real desborda ampliamente la de una localidad con unos 70.000 residentes empadronados. Es una ciudad que cambia de tamaño según la temporada, los vuelos, el calendario escolar y, desde luego, el calendario deportivo.

El aeropuerto de Alicante-Elche Miguel Hernández constituye la puerta principal de esta corriente. Solo en abril de 2026 recibió cerca de 1,92 millones de pasajeros, un 10,9% más que un año antes. El Reino Unido encabezó con claridad el tráfico internacional, con más de 637.000 viajeros durante ese mes. No todos terminaron en Benidorm, pero una parte considerable sí lo hizo o pasó por la ciudad.

Para las fechas del Mundial, los datos aportados por operadores turísticos apuntan a un aumento aproximado del 18% en los vuelos procedentes del Reino Unido. El encarecimiento y la distancia de viajar a Estados Unidos, Canadá o México convierten destinos españoles como Benidorm en una alternativa accesible para seguir el campeonato rodeado de compatriotas, sol y cerveza sin hipotecar el salón.

La ciudad ofrece algo difícil de reproducir en casa. No solo una pantalla, sino una multitud. El fútbol necesita imagen, pero también sonido: el murmullo antes de una ocasión, el silencio súbito cuando el rival entra en el área, el rugido del gol. Ver un partido decisivo en una habitación de hotel puede ser cómodo; verlo con cientos de personas produce otra textura, una electricidad colectiva que no cabe en el mando a distancia.

La gastronomía y el buen tiempo completan la oferta. Los aficionados combinan las retransmisiones con playa, restauración, excursiones y ocio nocturno. El beneficio, por tanto, no se queda en el grifo de cerveza. Alcanza a hoteles, apartamentos, supermercados, taxis, autobuses, comercios y empresas de actividades. Un barril nunca viaja solo: a su alrededor se mueve una pequeña economía.

La cuenta real detrás de los barriles

La cifra de 50.000 litros tiene fuerza visual, pero conviene entenderla bien. Los alrededor de 500 establecimientos considerados por la patronal podrían servir una media superior a 80 litros, lo que situaría el consumo diario por encima de los 40.000 litros. La barrera de los 50.000 corresponde a las jornadas de mayor demanda, cuando ciertos locales superan ampliamente esa media.

No todos los bares venderán lo mismo. Un pub situado en el corazón de la zona inglesa, con varias pantallas y una clientela casi enteramente británica, puede consumir varios barriles durante el encuentro. Un restaurante familiar alejado de las principales concentraciones quizá registre un crecimiento moderado. La media aplana esas diferencias; detrás de ella existe una ciudad con ritmos comerciales muy distintos.

Tampoco toda la cerveza se consumirá necesariamente durante el Inglaterra-Croacia. Parte del volumen almacenado servirá para responder a la demanda de los días siguientes y evitar roturas de existencias. El Mundial se prolonga hasta el 19 de julio y presenta un calendario de 104 partidos. España, Escocia, las grandes favoritas y las eliminatorias posteriores mantendrán las pantallas encendidas durante semanas.

Aun con esos matices, el dato retrata la magnitud de la preparación. Cincuenta mil litros pesan aproximadamente 50 toneladas, sin contar barriles, botellas, cajas y embalajes. Moverlos, refrigerarlos y servirlos exige espacio, electricidad y logística. En una tarde calurosa de junio, la diferencia entre una cerveza fría y otra simplemente fresca puede separar una segunda ronda de una cuenta pedida con gesto severo.

La hostelería trabaja también con una dificultad añadida: la demanda depende del marcador. Un gol temprano puede disparar el ambiente; una derrota clara lo apaga. Una prórroga alarga el consumo, aunque en la fase de grupos no la habrá. Un partido tenso mantiene al público sentado y pendiente. Uno aburrido invita a conversar, pedir comida o cambiar de local. El fútbol es un producto de resultado incierto, precisamente lo que lo vuelve tan valioso.

Pantallas, turnos y una noche que empieza antes

Las pantallas exteriores y de gran formato se han convertido en una infraestructura comercial tan importante como la barra. Los establecimientos comprueban conexiones, plataformas de emisión, sistemas de sonido y ángulos de visión. Una interrupción técnica en mitad de una ocasión puede provocar más indignación que una subida de precios. El cliente perdona muchas cosas durante las vacaciones; una pantalla congelada en el área pequeña no suele estar entre ellas.

El personal afrontará un servicio intenso y concentrado. Las comandas se acumulan antes del comienzo, durante el descanso y después del pitido final. La venta rápida obliga a simplificar procesos, preparar cristalería, distribuir zonas y anticipar reposiciones. El camarero no mira el partido, aunque lo escucha entero a través de la reacción del público. Sabe si ha habido gol sin levantar la cabeza.

La comida tendrá también su espacio. Hamburguesas, pizzas, patatas, bocadillos y platos pensados para compartir acompañan a las bebidas, aunque la patronal señala que la cerveza crece por encima del resto del consumo. El resultado económico final dependerá tanto del volumen como del gasto medio por cliente y de la capacidad para rotar mesas sin convertir el local en una estación de tren con servilletas.

Para muchos negocios, el Mundial funciona como una prolongación extraordinaria de la temporada alta. Junio ya es un mes fuerte, pero los partidos aportan horarios y concentraciones de público que permiten elevar la facturación en jornadas concretas. No resuelven todos los problemas del sector —costes laborales, energía, alquileres o márgenes estrechos—, aunque ofrecen un impulso evidente. El fútbol no hace milagros. Los milagros suelen tener peor contabilidad.

Fútbol, seguridad y convivencia bajo la misma pantalla

El aumento previsto de visitantes ha llevado a Benidorm a desplegar un operativo especial coordinado entre la Policía Local y la Policía Nacional. La vigilancia se adaptará a la evolución del torneo y prestará especial atención a los partidos de Inglaterra y Escocia, que tradicionalmente reúnen a grandes grupos de aficionados británicos.

Para los primeros encuentros ingleses se ha previsto el apoyo de unidades de intervención de la Policía Nacional. El propósito declarado es preventivo y disuasorio: ordenar las concentraciones, evitar incidentes y garantizar que residentes, trabajadores y turistas puedan compartir las zonas de ocio sin que la fiesta termine pareciéndose a una mala repetición de los años ochenta.

La experiencia de la final de la Eurocopa de 2024 entre España e Inglaterra sirve como referencia. Aquel partido reunió en Benidorm a seguidores de ambas selecciones y obligó a organizar un dispositivo específico. El recuerdo no es necesariamente negativo; demuestra, más bien, que una concentración multitudinaria exige planificación aunque la inmensa mayoría de los aficionados se comporte con normalidad.

Conviene evitar el automatismo que identifica turismo británico, cerveza y conflicto. Es una caricatura fácil, cómoda y bastante perezosa. Miles de visitantes seguirán el partido sin causar problema alguno, igual que ocurre cada semana en los estadios y bares del Reino Unido. La presencia policial responde al tamaño de las concentraciones y al consumo de alcohol, no a una condena anticipada de quienes visten la camiseta inglesa.

Eso no elimina los riesgos. El alcohol reduce reflejos, multiplica discusiones y empeora decisiones que ya venían algo torcidas de casa. Los establecimientos deben cumplir los horarios, controlar aforos y evitar servir a personas claramente ebrias. La responsabilidad individual completa el resto. Beber una pinta forma parte del ambiente; convertir la noche en una competición paralela de resistencia carece de trofeo y suele acabar con una factura menos divertida.

La convivencia será especialmente visible en los locales que reciban a aficionados ingleses, croatas, españoles y turistas sin una preferencia concreta. El deporte crea identidades intensas pero provisionales. Durante dos horas, alguien puede discutir como si el destino de Europa dependiera de un saque de esquina; después paga, sale a la calle y busca un kebab. La civilización también consiste en eso: permitir el exceso retórico sin trasladarlo a los puños.

Benidorm juega su propio Mundial detrás de la barra

El marcador de Dallas decidirá si Inglaterra empieza el campeonato con autoridad o si Croacia vuelve a introducir una piedra en el zapato inglés. En Benidorm, entretanto, se disputará otro partido menos épico y bastante más tangible: atender a miles de personas, mantener fría la bebida, ordenar las terrazas y transformar una retransmisión deportiva en ingresos para centenares de negocios.

Los 50.000 litros de cerveza resumen esa expectativa, aunque no deben interpretarse como una promesa literal de consumo ni como un elogio de la desmesura. Son el techo previsto por una hostelería que ha aprendido a leer el calendario futbolístico casi con la misma atención que la previsión meteorológica. Cuando juega Inglaterra, suben las reservas, se llenan las pantallas y la zona de Levante adquiere durante unas horas acento de Manchester, Londres, Liverpool o Newcastle.

La ciudad conoce bien este fenómeno. Su relación con el turismo británico no depende de una campaña ocasional, sino de vuelos, hábitos y afectos construidos durante generaciones. Hay visitantes que regresan cada año, familias que repiten hotel y aficionados que conocen mejor algunos pubs de Benidorm que los de su propio barrio. El Mundial simplemente concentra esa fidelidad en torno a un balón.

A las diez de la noche del miércoles, las terrazas estarán llenas, los vasos alineados y las pantallas iluminando rostros todavía tostados por el sol. Sonará el himno inglés, aparecerá Croacia al otro lado y durante unos minutos la playa quedará fuera de plano. Benidorm habrá convertido un partido jugado a 8.000 kilómetros en una noche de temporada alta.

Después llegará el fútbol, que es la parte imposible de almacenar en una cámara frigorífica. Puede haber goles, decepción, euforia o un empate capaz de dejar a todos razonablemente insatisfechos. La cerveza está calculada. El resultado, por fortuna para el espectáculo, todavía no.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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