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¿Quién puede parar a los hutíes y hará falta enviar tropas a Yemen?
El avance hutí hacia Mayun y Bab el Mandeb eleva la presión sobre Yemen, mientras 46.000 desplazados huyen de una escalada militar cada vez mayor

Resumen
- Los hutíes avanzan hasta Mayun, en el estratégico estrecho de Bab el Mandeb
- Yemen suma al menos 46.000 desplazados por el recrudecimiento de la guerra
- Una invasión extranjera no parece inevitable, pero crece la presión militar
Los hutíes han dado un salto militar que cambia la temperatura de la guerra en Yemen. Tras avanzar por la costa occidental, hacerse con Moca, Dhubab y posiciones en las islas Hanish, sus fuerzas han alcanzado Mayun —también llamada Perim—, situada en pleno estrecho de Bab el Mandeb. Al mismo tiempo, el recrudecimiento de los combates ha obligado a al menos 46.000 personas a abandonar sus hogares, según la última estimación comunicada por la Organización Internacional para las Migraciones.
Detenerlos, a estas alturas, difícilmente está al alcance de un solo país. Y enviar tropas occidentales a combatir sobre el terreno no es inevitable ni parece la primera opción. La respuesta más plausible pasa por fuerzas yemeníes contrarias a los hutíes sostenidas desde el exterior, defensa naval del tráfico mercante, presión sobre el suministro iraní y, probablemente, ataques aéreos selectivos si la amenaza sobre Bab el Mandeb aumenta. Una invasión terrestre extranjera sería otro asunto: mucho más costoso, políticamente explosivo y con pocas garantías de resolver un conflicto que lleva más de una década demostrando una extraordinaria capacidad para tragarse ejércitos, dinero y certezas.
Lo grave es dónde está ocurriendo el avance. Bab el Mandeb comunica el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico. Es la puerta meridional de la ruta que conduce hacia el canal de Suez y, por extensión, uno de los grandes pasillos marítimos entre Asia y Europa. Una estrecha garganta de agua convertida otra vez en tablero geopolítico.
Yemen vuelve así al centro de una crisis que ya no cabe dentro de sus fronteras. Los hutíes no necesitan conquistar medio Oriente Próximo para causar un problema global. Les basta con que las navieras crean que navegar frente a su costa es demasiado peligroso. En ese punto, la percepción del riesgo vale casi tanto como el control físico del territorio.
El avance hutí hacia Bab el Mandeb cambia la guerra
La ofensiva de los últimos días ha roto el precario equilibrio que se había instalado desde la tregua de 2022. Los hutíes, que controlan Saná y buena parte de las regiones más pobladas del norte y oeste de Yemen, han empujado hacia el sur siguiendo la costa del mar Rojo y obligando a retroceder a fuerzas vinculadas al Gobierno reconocido internacionalmente.
Primero cayó Moca, histórico puerto yemení. Después llegaron los avances hacia Dhubab y las islas del mar Rojo. Este viernes, las informaciones procedentes de Yemen situaban a combatientes hutíes en Mayun, la isla que se levanta dentro del propio Bab el Mandeb.
Hay una precisión importante. Tener presencia en Mayun y dominar parte de la costa yemení no significa poder cerrar con un interruptor todo el estrecho. La geografía no funciona así y las fuerzas navales internacionales tampoco desaparecerían del mapa. Sí proporciona, sin embargo, mejores posiciones desde las que vigilar, amenazar o atacar buques mediante drones, misiles, embarcaciones y otros sistemas que los hutíes han utilizado en los últimos años.
Para una naviera, poco importa a veces la diferencia entre un bloqueo completo y una probabilidad razonable de recibir un misil. Basta el riesgo. Suben las primas de seguro, se modifican las rutas y algunos barcos rodean África por el cabo de Buena Esperanza. El mapa permanece igual; la factura del transporte, no.
La isla de Mayun vale mucho más que su tamaño
Mayun es pequeña, árida y aparentemente poco espectacular. Vista desde lejos parece uno de esos trozos de roca que el mapa podría olvidar. Su valor reside precisamente en lo contrario: está colocada en mitad de una de las puertas marítimas más sensibles del planeta.
Desde posiciones próximas a Bab el Mandeb, cualquier actor armado equipado con misiles antibuque, drones y sistemas de vigilancia obtiene una capacidad de presión considerable. No necesita hundir decenas de mercantes. La sola posibilidad de ataques puede alterar el comportamiento de las compañías y obligar a desplegar destructores, fragatas, aviones y sistemas de defensa para proteger el tráfico marítimo internacional.
La situación se vuelve todavía más delicada porque Arabia Saudí necesita especialmente la salida del mar Rojo en medio de las perturbaciones que afectan al estrecho de Ormuz. Si los dos grandes accesos marítimos de la península arábiga quedan simultáneamente sometidos a una amenaza militar seria, el efecto deja de ser una cuestión yemení y alcanza directamente al mercado energético internacional.
Por qué bombardear a los hutíes no ha bastado
Sobre el papel, detener a los hutíes parece una tarea asumible para potencias con una superioridad aérea abrumadora. La experiencia cuenta otra historia. Arabia Saudí encabezó desde 2015 una coalición militar con el propósito de restaurar al Gobierno yemení expulsado de Saná. Hubo años de bombardeos, armamento avanzado y apoyo internacional. Emiratos Árabes Unidos llegó a desplegar una presencia terrestre considerable en el sur.
Pese a todo, los hutíes sobrevivieron, conservaron su núcleo territorial y ampliaron sus capacidades de drones y misiles. Estados Unidos también ha atacado repetidamente objetivos hutíes durante las crisis del mar Rojo. Esas operaciones pueden destruir radares, lanzadores, depósitos o centros de mando y reducir temporalmente la capacidad ofensiva del grupo. Lo que no han demostrado hasta ahora es que los bombardeos por sí solos puedan eliminarlo como fuerza política y militar.
Ahí está la trampa. Un misil de precisión puede destruir un almacén. No necesariamente destruye una organización asentada durante años en un territorio montañoso, con redes políticas, combatientes experimentados, estructuras locales de poder y una población sometida a su administración.
Los hutíes han aprendido, además, a dispersar medios, esconder sistemas móviles y funcionar bajo presión aérea. Su maquinaria militar es infinitamente inferior a la estadounidense en términos convencionales, pero no necesita ganar una batalla clásica. Le basta con seguir existiendo y conservar capacidad para causar daños. En las guerras asimétricas, sobrevivir puede ser una forma de victoria.
Quién puede frenarlos y si harán falta tropas
La fuerza terrestre capaz de disputar realmente territorio a los hutíes tendría que proceder, en primer término, del propio bando yemení contrario a Ansar Allah, nombre oficial del movimiento hutí. El Gobierno reconocido internacionalmente y las distintas formaciones militares que lo respaldan disponen de combatientes sobre el terreno, aunque arrastran un problema que ha perseguido a sus adversarios durante toda la guerra: divisiones políticas, rivalidades regionales y cadenas de mando poco homogéneas.
Las autoridades yemeníes han anunciado su intención de responder al avance mediante nuevos despliegues. Esa es probablemente la pieza decisiva. Aviones extranjeros pueden atacar una posición, pero alguien tiene después que ocuparla, mantenerla, abastecerla y defenderla.
Arabia Saudí dispone del poder aéreo y financiero necesario para modificar el equilibrio, aunque su historial explica su cautela. Riad pasó años intentando derrotar militarmente a los hutíes y terminó buscando una desescalada. Volver a una campaña abierta significa exponerse otra vez a misiles y drones contra refinerías, aeropuertos, ciudades e instalaciones energéticas saudíes.
Estados Unidos tiene mucha más capacidad militar, pero también más frentes abiertos y ninguna solución sencilla para Yemen. Una cosa es proteger barcos y atacar amenazas concretas. Otra, muy distinta, decidir que soldados estadounidenses deben entrar en Yemen para conquistar territorio.
Todo depende de qué signifique exactamente enviar tropas. Si hablamos de asesores, inteligencia, especialistas, apoyo logístico, defensa aérea o personal naval, varias potencias pueden aumentar su presencia sin lanzar una invasión terrestre. Si hablamos de brigadas extranjeras entrando en Yemen para combatir pueblo por pueblo, el escenario cambia por completo.
A día de hoy, una gran intervención terrestre occidental parece el escenario menos atractivo. Tendría que desenvolverse en un país fracturado, con una geografía extremadamente difícil y una organización insurgente que lleva años preparándose precisamente para sobrevivir frente a enemigos tecnológicamente superiores. Una invasión sería costosa y difícil de sostener.
Tomar una posición costera puede hacerse. Mantener una franja de territorio, impedir infiltraciones, proteger carreteras, neutralizar lanzadores móviles y garantizar que el enemigo no reaparezca cuando las fuerzas extranjeras se marchen es mucho más complicado. Irak y Afganistán dejaron suficientes advertencias en los archivadores de Washington como para que la palabra ocupación provoque bastante menos entusiasmo que hace veinte años.
El escenario militar más verosímil pasa por reforzar a las fuerzas yemeníes contrarias a los hutíes mientras Arabia Saudí y otros aliados proporcionan apoyo aéreo, inteligencia, logística y defensa antimisiles. Estados Unidos puede concentrarse en mantener abiertas las rutas marítimas y degradar los sistemas que amenacen directamente a sus buques o al comercio internacional.
Eso tampoco garantiza el éxito. Recuperar Moca, Dhubab o Mayun supondría una cosa; expulsar a los hutíes de las grandes zonas del norte que gobiernan desde hace años sería una guerra muchísimo mayor.
Por eso conviene separar dos objetivos que a menudo se mezclan. Impedir que los hutíes dominen Bab el Mandeb es posible sin derrotarlos completamente en Yemen. Acabar con el movimiento mediante una victoria militar total es una ambición bastante más difícil y probablemente exigiría una campaña prolongada con consecuencias humanas imprevisibles.
Irán sigue siendo parte esencial de la ecuación
Los hutíes no son simplemente una división del Ejército iraní estacionada en Yemen. Tienen una historia, una agenda yemení y capacidad propia para decidir. Pero negar la importancia del respaldo de Teherán sería igualmente engañoso.
La relación militar entre ambos actores ha sido documentada durante años, incluida la transferencia de tecnología y material. Irán rechaza que controle directamente las decisiones hutíes, pero el apoyo político y militar ha contribuido a que el movimiento disponga de misiles, drones y capacidades que desbordan el ámbito puramente local.
Para Irán, el movimiento proporciona algo extremadamente valioso: capacidad de presión a miles de kilómetros de sus propias costas. Un enemigo puede golpear intereses iraníes y descubrir después que el problema reaparece junto a Arabia Saudí, Israel o una ruta comercial internacional. Es la lógica de la guerra por intermediarios, aunque cada actor conserve sus propios intereses.
Cortar ese apoyo debilitaría a los hutíes, pero tampoco los haría desaparecer de la noche a la mañana. Tras más de una década de guerra, Ansar Allah posee ya una estructura militar propia considerable. La dependencia iraní existe; no equivale a dependencia absoluta.
Por eso también existe una salida que no necesita soldados desembarcando en Yemen: negociación regional. Arabia Saudí e Irán tienen mucho que perder si Bab el Mandeb se convierte en un campo permanente de intercambio de misiles. El problema, claro, es que negociar resulta más difícil cuando cada parte cree que todavía puede mejorar su posición militar.
46.000 desplazados recuerdan qué guerra se está librando
Mientras los mapas militares se llenan de flechas hacia estrechos e islas, la población vuelve a hacer las maletas. La OIM cifra ya en al menos 46.000 los desplazados por esta nueva escalada, con movimientos especialmente intensos en las zonas occidentales afectadas por los combates.
Yemen arrastra una de las crisis humanitarias más persistentes del planeta. Años de guerra dañaron hospitales, carreteras, sistemas de agua y actividad económica. Millones de personas dependen de una asistencia internacional que, además, necesita puertos y carreteras seguros para llegar hasta ellas.
Una gran batalla por el litoral podría cortar rutas de abastecimiento y provocar nuevas oleadas de desplazados. Aquí aparece otra paradoja desagradable: la misma vía marítima que las potencias quieren proteger para mantener el comercio mundial también es vital para introducir alimentos, combustible y ayuda en Yemen.
Cada ofensiva tiene, por tanto, dos mapas. El de los generales muestra puertos, montañas, carreteras y alcances de misiles. El de una familia yemení muestra dónde queda el pozo, qué panadería sigue abierta y por qué carretera puede sacar a sus hijos antes del siguiente ataque. Ambos mapas describen la misma guerra, aunque rara vez ocupen el mismo titular.
Bab el Mandeb, la línea que nadie quiere perder
Los hutíes pueden ser contenidos. Otra cuestión es si pueden ser derrotados completamente mediante la fuerza y a un coste aceptable. La experiencia desde 2015 invita a desconfiar de las soluciones rápidas. Ni años de bombardeos ni una superioridad militar aplastante han conseguido borrar su capacidad para seguir combatiendo.
El desafío inmediato es mucho más concreto: impedir que transformen sus avances alrededor de Dhubab y Mayun en una amenaza permanente sobre Bab el Mandeb. Para eso no resulta imprescindible, por ahora, una invasión extranjera. Sí podrían ser necesarios más medios navales, defensa aérea, presión sobre las rutas de abastecimiento, apoyo a las fuerzas yemeníes y eventualmente ataques contra capacidades militares que amenacen la navegación.
Mandar un gran contingente de tropas estadounidenses o europeas sería cruzar otra frontera. Podría comenzar como una operación para proteger un estrecho y terminar convertida en una guerra terrestre sin fecha de salida. Yemen conoce demasiado bien ese mecanismo.
Mientras tanto, los hutíes han conseguido algo que probablemente buscaban: que unas pocas decenas de kilómetros de costa y una pequeña isla vuelvan a preocupar a medio mundo. Bab el Mandeb significa literalmente la Puerta de las Lágrimas. Esta semana el nombre parece menos una curiosidad geográfica que una descripción bastante precisa.












