Historia
¿Quién fue Joan Roca, el bajista de Antònia Font fallecido a los 54?
Joan Roca, bajista histórico de Antònia Font, muere a los 54 años tras una vida discreta entre el pop, el jazz y los escenarios de Mallorca.

Joan Roca, bajista histórico de Antònia Font y miembro de la formación que convirtió al grupo mallorquín en una referencia del pop cantado en catalán, ha muerto este miércoles 22 de julio de 2026 a los 54 años. El músico padecía desde hacía tiempo una enfermedad que llevó con absoluta discreción y sobre la que no se han difundido más detalles.
Nacido en 1972 en Son Sardina, una barriada de Palma, Roca se incorporó prácticamente al comienzo de la banda y permaneció en ella durante sus grandes etapas: el crecimiento de principios de siglo, la separación de 2013 y el celebrado regreso que culminó con un nuevo disco y conciertos multitudinarios. En el escenario estaba siempre ahí, firme detrás del bajo, lejos del centro de la fotografía. No necesitaba disputárselo a nadie.
Una enfermedad mantenida fuera del foco público
La muerte de Joan Roca ha causado especial sorpresa porque su estado de salud apenas había trascendido más allá de su círculo cercano. Su enfermedad avanzó sin comunicados, entrevistas sentimentales ni esa exposición de la intimidad que tantas veces exige la maquinaria pública. Una rareza, casi un pequeño acto de resistencia en tiempos donde hasta el silencio parece necesitar gabinete de prensa.
Su compañero Joan Miquel Oliver, guitarrista y principal compositor de Antònia Font, se despidió con un mensaje escueto y doloroso. Recordó los años buenos compartidos, la fortaleza de Roca y el «agujero enorme» que deja. También la presidenta de Baleares, Marga Prohens, trasladó sus condolencias a la familia y al grupo, y destacó unas notas que permanecerán en la memoria colectiva.
La banda tenía prevista una actuación el sábado 25 de julio en el Mobofest de Sant Joan, dentro de la décima y última edición del festival mallorquín. Era, de hecho, uno de los conciertos más simbólicos del cartel. En las primeras horas posteriores al fallecimiento todavía no se había comunicado oficialmente qué ocurriría con esa actuación.
El músico que llegó al principio y se quedó en todas las etapas
Antònia Font nació en Mallorca en 1997 con Pau Debon como cantante, Joan Miquel Oliver a la guitarra, Jaume Manresa en los teclados, Pere Debon en la batería y Pere Estarellas al bajo. Joan Roca sustituyó a Estarellas muy pronto, cuando el proyecto apenas comenzaba a levantar el vuelo, y quedó integrado en la formación definitiva que conocería el público. Por eso se le considera, con justicia, uno de sus miembros fundacionales e históricos.
No era el autor de las letras ni la voz principal. Tampoco el músico que acostumbraba a responder en las entrevistas. Oliver y Pau Debon ocupaban habitualmente ese espacio, mientras Roca conservaba una posición menos visible. Pero discreto no significa secundario. El bajo es el suelo de una canción: puede pasar inadvertido hasta que falta y todo empieza a tambalearse como una mesa coja.
En Antònia Font, donde las melodías podían saltar de una verbena mediterránea a una nave espacial sin pedir permiso, Roca aportaba peso, continuidad y respiración rítmica. Su manera de tocar ayudaba a que aquel universo delirante no se escapara flotando. Astronautas, urbanizaciones, electrodomésticos, playas, amores y catástrofes domésticas; por debajo de todo eso discurría el bajo, sereno, poniendo orden sin arruinar la fiesta.
Una formación clásica detrás del pop
Roca había cursado estudios superiores de contrabajo clásico, una preparación que ampliaba mucho su territorio musical. No fue únicamente el bajista de una banda de pop famosa. Colaboró con formaciones clásicas y de jazz, y participó en proyectos como Dinamo, U Jazz, Quartet y Ensemble ACA.
Uno de sus trabajos más personales fue Geometrical Sardine, un trío de jazz contemporáneo y experimental que compartió con Jaume Rosselló y Pep Aspas. Allí podía escucharse otra cara del músico, más abierta a la improvisación, al espacio y a las formas menos inmediatas. El mismo instrumentista, distinto paisaje: del pop luminoso de Antònia Font a una música con esquinas, silencios largos y libertad de movimiento.
Una vida entre instrumentos, jardines y animales
Fuera de los escenarios, Joan Roca dirigía una empresa de jardinería. La ocupación encajaba, curiosamente, con una sensibilidad muy ligada a los animales y al entorno natural. Había crecido en una casa de las afueras de Palma rodeado de gallinas, patos, perros y gatos, una infancia que recordaba con afecto y sin demasiada nostalgia azucarada.
Era esa clase de músico cuya biografía no parece fabricada para adornar una portada. Tocaba, trabajaba, cuidaba su vida privada. Y volvía a tocar. El espectáculo cultural suele premiar al que mejor se ilumina; Roca pertenecía a otra estirpe, la de quienes sostienen el escenario mientras los focos apuntan hacia otra parte.
El sonido que acompañó el ascenso de Antònia Font
La primera maqueta de Antònia Font apareció en 1997 y el debut discográfico llegó dos años después. El gran salto se produjo con A Rússia en 2001 y, sobre todo, con Alegria, publicado en 2002. A partir de ahí, la banda dejó de ser una extravagancia mallorquina para convertirse en uno de los nombres esenciales de la música en catalán.
Después llegaron Taxi, Batiscafo Katiuscas, Coser i cantar, Lamparetes y Vostè és aquí. Canciones como Wa yeah!, Calgary 88, Dins aquest iglú, Viure sense tu o Me sobren paraules ampliaron un repertorio reconocible desde los primeros segundos. Había humor, melancolía y ciencia ficción de andar por casa. Un cosmos entero construido con palabras mallorquinas y objetos aparentemente insignificantes.
Coser i cantar, donde el grupo revisó su repertorio con arreglos orquestales, obtuvo el Premio Nacional de Música de Cataluña. En 2009, Antònia Font recibió además el Premio Ramon Llull del Govern balear por su personalidad artística, su capacidad experimental y su aportación a la cultura de las islas. Roca estaba allí, naturalmente, dando fondo y cuerpo a aquella mezcla improbable que funcionaba como un reloj ligeramente surrealista.
De la separación al regreso de la banda
Antònia Font anunció su separación en 2013 después de 16 años de trayectoria. No hubo una gran tragedia pública ni una guerra de declaraciones. La banda sencillamente dejó de funcionar, y sus integrantes siguieron caminos propios. Durante casi una década, sus canciones continuaron creciendo sin ellos: pasaron de los discos a las fiestas, de los conciertos a la memoria, de una generación a la siguiente.
El regreso comenzó a tomar forma en 2021. Un año más tarde apareció Un minut estroboscòpica, el primer álbum del grupo desde la ruptura, acompañado por una gira que pasó por escenarios como el Primavera Sound, el Palau Sant Jordi, el Gran Teatre del Liceu y el Mallorca Live Festival. Roca volvió al escenario con la misma presencia sobria de siempre, como quien retoma una conversación interrumpida a mitad de frase.
Aquel reencuentro demostró que Antònia Font no era solamente un grupo recordado con cariño. Seguía siendo una banda viva, capaz de reunir a públicos de edades distintas sin convertirse en una caricatura nostálgica de sí misma. Y ahí estaba Joan Roca, sosteniendo las canciones antiguas y las nuevas desde ese lugar que rara vez ocupa los titulares.
Una ausencia que cambia el sonido de Antònia Font
La muerte de Joan Roca deja a Antònia Font sin uno de los músicos que definieron su identidad sonora durante casi tres décadas. Hablar sobre el futuro del grupo resulta prematuro. No hay prisa, ni debería haberla. Algunas decisiones necesitan tiempo, distancia y un silencio que no sea utilizado como combustible para la especulación.
Queda su recorrido completo: el joven que entró en una banda mallorquina cuando casi todo estaba por inventar, el contrabajista formado en la música clásica, el instrumentista de jazz, el jardinero, el hombre reservado que prefería tocar antes que explicarse. Y queda, sobre todo, su bajo en las grabaciones. Sigue sonando donde siempre estuvo: debajo de las voces y las melodías, sin exigir atención, pero haciendo que todo permanezca en pie.

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