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¿Quién es Jesse Van Rootselaar, autora del tiroteo en Canadá?
La RCMP identifica a Jesse Van Rootselaar, 18 años, como autora del tiroteo en Tumbler Ridge: cronología, víctimas, armas y claves del caso.

La RCMP identifica a Jesse Van Rootselaar, 18 años, como autora del tiroteo en Tumbler Ridge: cronología, víctimas, armas y claves del caso.
La Real Policía Montada de Canadá, RCMP, identificó a Jesse Van Rootselaar, de 18 años, como autora del tiroteo en el Tumbler Ridge Secondary School, en Tumbler Ridge, provincia de Columbia Británica. La policía afirma que actuó sola y que, en este momento, no hay más sospechosos.
El balance oficial, tras una corrección difundida por la propia RCMP, es de nueve fallecidos —incluida la atacante— y dos víctimas en estado serio, evacuadas en ambulancia aérea. El aviso por “tirador activo” entró a las 1:20 p. m. del 10 de febrero de 2026 (en la España peninsular eran aproximadamente las 22:20), y, según el parte oficial, la primera patrulla llegó al centro en dos minutos.
El día que Tumbler Ridge dejó de ser un punto en el mapa
Hasta ese martes, Tumbler Ridge era para muchos un nombre de mapa: montaña, distancias largas, un invierno que manda. En la práctica, es una comunidad pequeña donde las rutinas se repiten con la comodidad de lo conocido: el instituto como centro de gravedad, el centro médico como referencia y el centro comunitario como lugar de encuentro. El 10 de febrero, esa normalidad se quebró de golpe: la RCMP emitió una alerta pública, pidió evitar la zona y movilizó agentes de la zona y de destacamentos cercanos mientras el pueblo intentaba descifrar, casi a ciegas, qué estaba ocurriendo.
La policía describe un escenario todavía activo cuando llegaron. Al aproximarse, los agentes se encontraron con disparos en curso y, según el comunicado, se efectuaron tiros en su dirección. Entraron en el edificio para localizar la amenaza; en pocos minutos hallaron a una persona muerta con lo que parecía una lesión autoinfligida, y más tarde confirmaron que era la autora. La secuencia, contada así, suena quirúrgica; dentro de un centro educativo, sin embargo, cada minuto se estira y lo que queda después no es la rapidez, sino el eco: aulas cerradas, pasillos que ya no se recorren igual, una tarde que se parte en dos. (
La evacuación fue amplia, y ese dato —más de 100 estudiantes y miembros del personal sacados del edificio— ayuda a medir la dimensión del operativo. La RCMP añadió que unas 25 personas fueron catalogadas inicialmente con posibles lesiones y pasaron por triaje en la clínica local. Tras la evaluación, la policía informó de que no se apreciaban lesiones físicas discernibles en ese grupo; aun así, dos víctimas sí presentaban heridas significativas y fueron trasladadas por aire a un hospital. La aritmética de la emergencia es así: mucha gente atendida, mucha gente asustada, y un número menor que concentra la gravedad clínica de verdad.
La primera tarde también tuvo un elemento clásico de las crisis: la información cambia, se corrige, se reordena. El 10 de febrero, la RCMP comunicó que una víctima había muerto durante el traslado y que el recuento total ascendía a 10 fallecidos. Al día siguiente rectificó: esa persona no había fallecido y seguía con vida, por lo que el balance definitivo quedaba en nueve. En sucesos de esta magnitud, una cifra errónea no es un detalle: es una familia viviendo un duelo anticipado o una esperanza aplazada, y una comunidad agarrándose a números porque no hay otra cosa a la que agarrarse.
La segunda escena: una vivienda bajo investigación
El caso no se limita al instituto. La RCMP confirmó que localizó una segunda ubicación conectada con el incidente: una vivienda donde se halló a dos personas fallecidas. La policía no ha hecho públicos sus nombres ni ha detallado oficialmente su relación con la autora, pero sí describió el perfil básico: una mujer de 39 años y un niño de 11. Ese dato ensancha el perímetro de lo ocurrido: ya no es solo un ataque concentrado en una escuela, es un suceso con dos escenarios y una cronología que los une, pieza a pieza, en una investigación que todavía está tomando forma.
La propia RCMP añadió que, en las primeras horas, sus agentes realizaron búsquedas adicionales en otras propiedades para descartar más heridos o posibles vínculos con los hechos. Es un movimiento táctico y también un termómetro de incertidumbre: cuando no se sabe si hay más víctimas, más armas o más riesgos, el trabajo es cerrar puertas al miedo con comprobaciones concretas. En un lugar pequeño, además, esas comprobaciones no se viven en abstracto: se viven como coches patrulla parados ante casas conocidas, con persianas a medio bajar y teléfonos echando humo.
Jesse Van Rootselaar y la identificación oficial
La identificación fue pública y directa. El subcomisario Dwayne McDonald confirmó el nombre y la edad de la autora, y subrayó dos ideas que las autoridades repiten con cautela: actuó sola y no hay otros sospechosos pendientes. En paralelo, la investigación pasó a manos de BC RCMP Major Crime, con refuerzos desplegados en la zona para sostener tanto la investigación como el servicio policial cotidiano.
De la autora, por ahora, hay un retrato oficial mínimo, casi austero. La RCMP la sitúa como residente de Tumbler Ridge, un dato que descarta el relato fácil del “forastero” y deja a la comunidad frente a algo más incómodo: el nombre pertenece al lugar. En pueblos así, ese detalle pesa porque convierte una noticia lejana en una herida doméstica: alguien la vio alguna vez, alguien coincidió, alguien compartió un pasillo o un saludo breve, y ahora todo ese pasado cotidiano se reinterpreta con una luz que nadie pidió.
El móvil, de momento, no está definido públicamente. La policía reconoce que circulan especulaciones sobre la relación entre la autora y algunas víctimas, pero insiste en que esa información forma parte de la investigación y que no puede confirmarse. En un caso con menores, este punto es central: un detalle mal fijado puede contaminar testimonios, presionar a familias y convertir el duelo en un combate de versiones. La RCMP, en ese sentido, está intentando mantener el caso en el terreno de lo comprobable, aunque eso deje silencios que, socialmente, incomodan.
También es significativo lo que no se ha presentado: no hay, por ahora, una explicación “cerrada” que convierta el horror en una historia de una sola causa. No se ha descrito si fue un ataque dirigido, si hubo un detonante concreto o si hubo planificación extensa. Lo que manda es la evidencia: tiempos, trayectorias, comunicaciones, peritajes. Y esa evidencia, por definición, tarda: primero se asegura el terreno; luego se reconstruye. En un episodio así, el “por qué” siempre llega después del “qué”, y a veces llega roto, incompleto, lleno de matices incómodos.
Las víctimas y los heridos, con cifras ya corregidas
La RCMP ha sido precisa al describir edades y perfiles, incluso sin publicar aún nombres. En la escuela, entre las víctimas mortales figuran una educadora de 39 años, tres alumnas de 12 años y dos alumnos de 12 y 13. En la vivienda conectada al caso, la policía sitúa a la mujer de 39 y al niño de 11. Aun sin apellidos, el dibujo es devastador: una parte muy concreta de la vida, la adolescencia temprana, golpeada de lleno, y una comunidad lo bastante pequeña como para que cualquier cifra se sienta demasiado cercana.
El dato más delicado llegó con la corrección del recuento. La RCMP explicó que, inicialmente, se creyó que una víctima con lesiones graves había fallecido durante el traslado desde la escena, pero después se confirmó que seguía viva y era una de las dos evacuadas por aire. A partir de ahí, la cifra final quedó fijada: nueve fallecidos, incluida la autora. En sucesos de este tipo, la rectificación no es un matiz administrativo; es el punto exacto en el que la realidad cambia de categoría, y los protocolos —sanitarios, policiales, familiares— cambian con ella.
Sobre las dos heridas graves, la información oficial es concreta: ambas son mujeres, una de 12 años y otra de 19, y permanecen en estado serio tras el traslado en ambulancia aérea. La policía no ha detallado a qué hospitales fueron derivadas ni ha ampliado su evolución, más allá de esa gravedad. En el resto de personas evaluadas, alrededor de 25, la RCMP sostiene que no se identificaron lesiones físicas discernibles tras la revisión en la clínica local. El contraste es duro, pero real: mucha gente pasa por un triaje, pocos quedan en el filo clínico, y el miedo se reparte sin respetar proporciones.
La publicación de nombres y fotos de víctimas sigue en pausa. La RCMP ha explicado que las familias participan de forma directa en esa decisión: si se publicará, cuándo y cómo. Es un punto sensible por dos razones obvias: la presencia de menores y la exposición inmediata que genera un suceso global. En entornos hiperconectados, una foto difundida sin control no se “retira”; se multiplica, se recorta, se usa fuera de contexto. La prudencia aquí no es estética: es protección.
Armas recuperadas y el debate sobre el control
En el lugar se recuperaron dos armas de fuego, según la RCMP: un arma larga y una pistola modificada. La policía insiste en que sigue trabajando para determinar el origen de esas armas y el papel que tuvo cada una en los disparos. El término “modificada” aparece en el comunicado sin más detalle, y no es casual: en un procedimiento penal, el adjetivo abre una puerta técnica y legal que debe sostenerse con pruebas, no con intuiciones ni con titulares apresurados. (
En el debate público, “modificada” suele encender la imaginación de golpe. Para unos, sugiere alteraciones destinadas a aumentar la capacidad de daño; para otros, puede ser un cambio menor que, aun así, cambia la clasificación legal del arma. Sin una explicación oficial, lo único honesto es quedarse con lo que se sabe: había dos armas, una larga y una corta, y ambas están bajo custodia policial. El resto llegará con informes periciales, porque ahí se decide si hay delitos asociados a posesión, alteración o custodia, más allá del crimen principal que ya investiga la policía.
Canadá tiene una relación compleja con las armas: no es el país de la normalización absoluta del arma en la vida cotidiana, pero tampoco es un territorio sin armas, especialmente en regiones rurales. Por eso, cada vez que ocurre un tiroteo masivo —y más si es en una escuela— la conversación se desplaza hacia el equilibrio entre propiedad legal, control efectivo y prevención real. El episodio de Tumbler Ridge reaviva, además, una memoria histórica inevitable, la masacre de École Polytechnique en 1989, que marcó durante décadas el debate canadiense sobre violencia y armas.
La RCMP, en cualquier caso, mantiene el foco en lo inmediato: reconstruir la trazabilidad del armamento y encajarla con la cronología. ¿De dónde salieron esas armas? ¿Quién las custodiaba? ¿Cómo se almacenaban? ¿Hubo alguna brecha evidente o algún punto ciego? Estas preguntas suelen resultar incómodas porque apuntan a la parte menos espectacular del problema: la custodia, la rutina, las llaves, los armarios que deberían estar cerrados. En un ataque escolar, esa “parte doméstica” se convierte, de repente, en una cuestión nacional. Y pesa. (
La respuesta institucional y el apoyo en el terreno
La RCMP ha destacado el despliegue conjunto de servicios locales: emergencias sanitarias, bomberos, el centro médico, el distrito escolar y el centro comunitario. Entre los organismos citados por la policía figuran BC Emergency Health Services y el Tumbler Ridge Fire Department, además de estructuras educativas y de atención comunitaria. También se anunció el refuerzo policial con recursos adicionales en la zona para sostener tanto la investigación como el día a día del municipio.
El centro de apoyo inmediato fue el Tumbler Ridge Community Centre, señalado por la RCMP como lugar al que acudir en busca de asistencia. Allí se concentró parte del esfuerzo de reunificación y atención inicial, mientras la policía seguía trabajando en el instituto y en la vivienda conectada al caso. Estos lugares, diseñados para actividades normales, se transforman en minutos: de sala de reuniones a sala de espera, de punto de encuentro a punto de contención. La tragedia, en ese sentido, se organiza con lo que hay a mano: luces fluorescentes, mesas plegables, teléfonos, gente que pregunta en voz baja. (
En lo operativo, el 10 de febrero la RCMP canceló oficialmente la alerta a las 5:45 p. m., afirmando que no veía una amenaza pública en curso. Cancelar una alerta no significa calma; significa que termina la emergencia aguda y empieza otra fase, más larga, donde lo que pesa no es el ruido inmediato, sino el peso de lo ocurrido. Ese mismo día, el superintendente Ken Floyd habló de una situación “dinámica” y subrayó la cooperación de escuela y servicios de emergencia como parte clave de la respuesta. En paralelo, la sargento Vanessa Munn figuró como contacto de comunicación en la actualización inicial, un detalle menor que, en realidad, indica que el flujo de información se profesionalizó rápido para evitar más confusión.
El impacto cruzó pronto lo local y se convirtió en asunto nacional. El primer ministro Mark Carney expresó públicamente su conmoción y se anunciaron gestos de duelo estatal, con banderas a media asta durante varios días y cambios de agenda que reflejan el peso político del episodio, incluida la suspensión de un viaje a Alemania. Desde el gobierno provincial, David Eby se sumó a los mensajes de apoyo, mientras las autoridades y el distrito escolar mantenían el foco inmediato en asistencia y seguridad.
La investigación, a partir de ahora
Lo confirmado por las autoridades es sólido en el núcleo: identidad de la autora, edad, residencia, número de fallecidos, distribución de víctimas entre escuela y vivienda, existencia de dos heridas graves y recuperación de dos armas. También es claro el marco policial: la RCMP cree que la autora actuó sola y mantiene que no hay más sospechosos en este momento. Con ese suelo, la investigación se despliega hacia lo más difícil: el móvil, la cronología completa y los puntos de fallo —si los hubo— que permitieron que ocurriera.
La policía ya ha señalado, sin entrar en detalles, el tipo de líneas que está siguiendo: vínculos entre autora y víctimas, reconstrucción de movimientos, origen y trazabilidad del armamento, y cronología exacta entre los dos escenarios. En esa cronología, cada elemento cuenta: la hora de la primera llamada, la llegada en dos minutos, la entrada al edificio, la evacuación de más de cien personas, la asistencia a unas 25, la cancelación de la alerta a las 5:45 p. m. y la posterior corrección del recuento. Son datos que parecen fríos, pero son la estructura sobre la que se sostiene todo lo demás: responsabilidades, decisiones, explicaciones y, eventualmente, el relato oficial que quedará. Y esa estructura se construye despacio. (
Y está lo que todavía no tiene forma pública: la evolución médica de las dos heridas graves, la decisión sobre nombres de víctimas, los resultados de peritajes balísticos y cualquier evidencia digital o testimonial que ayude a entender si hubo señales previas. La RCMP insiste en que sus investigadores siguen sobre el terreno reuniendo información para determinar “las circunstancias completas” del suceso. Detrás de esa fórmula hay trabajo de semanas: entrevistas, análisis forenses, reconstrucciones, cotejo de tiempos y una presión social enorme para obtener respuestas sin fabricar atajos. En Tumbler Ridge, mientras tanto, la noticia ya dejó de ser noticia y pasó a ser calendario: un antes y un después con nueve nombres aún por proteger y un instituto que, incluso cuando vuelva a abrir, no volverá a ser el mismo.

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