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¿Quién compite con Ibarrola por liderar UPN en Navarra?
UPN elige el 13 de febrero cabeza de lista: Ibarrola compite con dos militantes y la Ribera de Toquero presiona por puestos clave en Navarra.

Foto: unp.org
UPN elige el 13 de febrero cabeza de lista: Ibarrola compite con dos militantes y la Ribera de Toquero presiona por puestos clave en Navarra.
Cristina Ibarrola ya no está sola en la carrera por encabezar la lista de UPN a la Presidencia del Gobierno de Navarra: al cierre del plazo interno han registrado candidatura también Juan Ángel García Roig y Diego Calderón Fernández, dos militantes de base sin cargo político. La elección no será por aclamación automática, al menos sobre el papel: el partido ha activado un procedimiento exprés y el nombre definitivo saldrá de una votación del Consejo Político.
La fecha que manda, con horas y todo, es el viernes 13 de febrero, por la tarde, cuando el Consejo Político —máximo órgano entre congresos— se reúne para decidir quién pone la cara en la papeleta regionalista en las próximas forales. Hasta aquí, el titular frío. El calor está en lo que se mueve por debajo: la disputa no es solo por el número uno, sino por el control de la lista al Parlamento, por los puestos “de salida”, por el Senado, por quién manda en la cocina del partido… y por el pulso soterrado entre Pamplona y la Ribera, con Alejandro Toquero como figura inevitable.
Un calendario rápido, un partido con prisa y un viernes marcado en rojo
UPN ha querido que esto no se eternice. Se nota en el ritmo: el proceso se abrió el 3 de febrero y se cerró el 10 de febrero a las 18.00. Diez días, un suspiro en política interna, donde lo habitual es que cada conversación tenga eco en tres cafés y cuatro corrillos. Aquí no: plazos cortos, decisiones concentradas, y un órgano concreto con la llave. Eso, en un partido que ha vivido meses de tensión interna, es también un mensaje. No hay tiempo para una guerra larga.
El Consejo Político del 13 de febrero llega, además, con el partido mirando más allá del nombre: lo que se juega es el ciclo electoral que viene, la foto de unidad —o de grieta— y el reparto de poder en la maquinaria. Porque una cosa es el candidato y otra, igual de decisiva, es el equipo que le acompaña: quién ocupa los primeros puestos, quién representa territorios, qué sensibilidades entran y cuáles se quedan en el pasillo. En Navarra, donde la aritmética parlamentaria siempre acaba siendo un sudoku, cada puesto tiene peso real y cada nombre es una señal.
En ese tablero, Ibarrola parte como favorita por una razón simple: hoy concentra doble legitimidad, la orgánica (es presidenta del partido) y la política (es una figura conocida, con recorrido en la capital). Pero el hecho de que existan dos candidaturas alternativas, aunque sean de militancia de base, deja una huella. Puede ser testimonial, sí, pero también es una manera de decir: “aquí se compite”, “aquí se vota”, “aquí no todo está cerrado”. Y en un partido con nervio interno, ese gesto cuenta.
Ibarrola: de la presidencia de UPN al salto foral con foco en Pamplona
Ibarrola lleva meses en el centro del escenario navarro. Presidenta de UPN y concejala en Pamplona, su perfil se ha construido en torno a la capital, con su política municipal como escaparate y su estilo como marca: directo, combativo, de frase corta cuando interesa y de argumentario largo cuando toca fijar posición. En clave interna, su paso para optar a la candidatura foral refuerza una idea clásica en los partidos: si lideras la organización, lo coherente es que lideres también la carrera electoral principal. La presidencia del partido y el cartel electoral, alineados.
Pero el movimiento tiene una lectura adicional, casi doméstica: despeja dudas, cierra rumores, reduce la incertidumbre. En UPN llevaba tiempo flotando la pregunta de si Ibarrola se quedaría como jefa orgánica mientras otro asumía el papel de candidato, o si daría el salto completo. Al registrar su candidatura, la respuesta deja de ser debate y pasa a ser hecho. Y eso, en política interna, es como echar el cerrojo a una puerta que estaba entornada.
También hay un matiz que no se esconde: Ibarrola llega a esta decisión después de haber dicho en su momento que su foco estaba en Pamplona. Que ahora se presente al liderazgo foral tiene algo de rectificación, de adaptación al terreno. No es raro: los partidos se mueven por necesidad, por oportunidad, por cálculo y por intuición, todo a la vez. En Navarra, además, la capital tira como un imán, pero el Gobierno foral es el verdadero centro de gravedad. Y UPN necesita disputar ese centro si quiere volver a ser algo más que oposición ruidosa.
Los dos nombres inesperados: militancia de base y candidatura sin cargo
Los otros dos aspirantes, Juan Ángel García Roig y Diego Calderón Fernández, aparecen en la historia como una nota que, precisamente por pequeña, resulta llamativa. No tienen cargo político, no vienen de una alcaldía, no llegan con un escaño bajo el brazo. Son militantes de base, y eso en un proceso interno tan corto sugiere varias cosas a la vez: que han querido formalizar una alternativa, que el partido tiene mecanismos para permitirla, y que el debate sobre el liderazgo, aunque se intente encauzar, no está completamente anestesiado.
¿Qué puede significar una candidatura así? En la práctica, puede ser un gesto de participación interna, una manera de que el Consejo Político no vote con una sola papeleta sobre la mesa. Y también puede funcionar como termómetro: cuánta contestación real existe, cuánta gente se atreve a marcar distancia, cuánta disidencia se expresa en público y cuánta se queda en privado. La política interna es así: a veces el resultado importa menos que el mapa de apoyos que deja la votación.
Aun con todo, la propia dinámica del partido apunta a que la batalla principal no está en esos nombres alternativos, sino en el pulso entre sectores, en la negociación de puestos y en el control del engranaje que confecciona candidaturas. Los aspirantes sin cargo pueden representar malestar o ganas de abrir el juego, pero el choque de poder está en otra parte: en la Ribera, en la dirección, en el comité de listas, en la foto de Navarra Arena, en las reuniones discretas que no salen en agenda.
Toquero y la Ribera: el avispero que vuelve cuando parecía dormido
Para entender este momento de UPN hay que mirar hacia Tudela. Alejandro Toquero no es un actor secundario: es alcalde, es vicepresidente del partido y es referencia de un sector crítico que se concentra sobre todo en la Ribera. Ese sector no ha presentado una batalla frontal por el liderazgo del cartel —al menos no en forma de candidatura potente al número uno—, pero sí está dispuesto a dar la pelea donde duele de verdad: en la composición de la lista.
Las reuniones de cargos y cuadros riberos han ido marcando el pulso de estos días. No se trata solo de “queremos estar”; el mensaje que se desliza es más serio: “no queremos quedar fuera de las decisiones”, “no queremos ser decorado”. Entre los nombres que se han movido alrededor de ese sector se citan perfiles con trayectoria municipal y orgánica como José Antonio Rapún (exparlamentario y exalcalde de Arguedas), y concejales como Jesús Nieva (Cadreita) o Daniel Francés (Buñuel), además del apoyo de alcaldes y cabezas de lista de distintos municipios de la zona. Eso ya no es un enfado de sobremesa: es estructura, es red, es músculo local.
El avispero tiene incluso una frase de las que pesan: se ha hablado de un posible órdago si la dirección no atiende ciertas peticiones. En lenguaje claro, la amenaza sería romper, marcharse, montar algo nuevo o acercarse al Partido Popular. En Navarra, donde el espacio de la derecha y el centro-derecha se ha reordenado varias veces en pocos años, ese tipo de advertencias no se pueden leer como simple pataleta. Son señales. Y UPN las conoce bien, porque su historia reciente está llena de tensiones entre territorio y dirección, entre capital y Ribera, entre el “aquí mandamos nosotros” y el “sin nosotros no se gana”.
El comité de listas: quién reparte cartas antes de jugar la partida
En UPN, como en casi todos los partidos, el poder no vive solo en los discursos; vive en los órganos que deciden candidatos, en las manos que redactan borradores, en los comités que filtran y proponen. Aquí el foco se ha colocado sobre el comité de listas, el órgano encargado de proponer al Consejo Político los candidatos a las elecciones al Parlamento, a ayuntamientos de más de 10.000 habitantes, y también las listas al Congreso y al Senado. Traducido: es la sala de máquinas. Y el control de esa sala es un seguro de vida.
Ibarrola ha conseguido asegurarse una posición fuerte en ese comité. En la designación de miembros se han consolidado nombres considerados de su confianza, como la parlamentaria Leticia San Martín, y también Miguel Aguirre, alcalde de Fitero. En el contexto interno, esto no es un detalle menor: significa que, a la hora de proponer quién va en puestos con opciones reales, la dirección tendrá una capacidad de maniobra amplia. Y ahí es donde se entiende el enfado del sector ribero: si sienten que la lista se cocina sin ellos, el conflicto no es ideológico, es de representación y poder.
El comité de listas no está compuesto solo por esos designados. También lo forman los cuatro cargos unipersonales del partido: la propia Ibarrola como presidenta, Toquero como vicepresidente, Cristina Sota como secretaria general y Mario Fabo como secretario de Organización. La imagen que sale de ahí es curiosa: un órgano donde conviven la dirección y el sector crítico en la misma mesa, obligados a mirarse, a pactar o a bloquear. A veces, esa convivencia produce acuerdos; otras, produce una guerra fría interminable, de “sí, pero no”.
En ese contexto se entiende otro dato con carga simbólica: en la celebración del Día de UPN, el 24 de enero en el Navarra Arena, se comentó la ausencia de gran parte del sector ribero crítico, a excepción de Toquero. En los partidos, estas ausencias no son casualidad: son mensajes silenciosos, de los que se lanzan sin micrófono, como quien deja una silla vacía para que se note el hueco.
El relevo de Javier Esparza y el peso de una etapa que se cierra
Esta elección también tiene algo de cambio de ciclo. UPN viene de una etapa larga con Javier Esparza como cabeza visible en la carrera foral: fue candidato en 2015, repitió en 2019 dentro de la coalición Navarra Suma y volvió a ser referencia en la oposición tras la reelección de María Chivite. Esparza anunció que no repetiría como candidato, y eso abre un hueco que no es solo personal: es estratégico. Cambiar de candidato no es cambiar de cartel; es cambiar el tono, la agenda, la forma de competir, incluso el tipo de votante al que se intenta seducir.
Ibarrola representa una apuesta distinta, por estilo y por origen político. Con un perfil más asociado a Pamplona, la pregunta interna es cómo se equilibra ese foco con el territorio donde UPN se juega parte de su fortaleza histórica: la Navarra rural, la Ribera, las localidades medianas que sostienen estructura y voto. Si el partido no logra ese equilibrio, la candidatura puede salir fuerte en la capital y débil donde necesita apoyo orgánico. Y UPN, pese a todo, sigue siendo un partido donde el municipio cuenta, donde el alcalde pesa, donde la red local mueve campañas y marca el pulso.
Este relevo, además, llega en un momento en el que el bloque de gobierno navarro y la oposición se miran con la vista puesta en 2027 (aunque la política navarra nunca espera a que llegue el año electoral para empezar a pelear). El PSN ya ha dejado claro en distintas ocasiones su rechazo a facilitar un gobierno encabezado por UPN, y la geometría parlamentaria hace que cada partido vaya midiendo con quién podría sumar y con quién no. UPN, por su parte, necesita una candidatura que no solo movilice a los suyos, sino que sea capaz de crecer en un escenario fragmentado.
Lo que está realmente en juego: unidad interna, territorios y puestos “con garantías”
El debate sobre el número uno es importante, claro. Pero lo que electrifica a los partidos son los puestos siguientes. En UPN, el sector crítico ribero ha puesto la mirada en lograr representación en los lugares de la lista “con garantías de escaño” y también en el número uno al Senado. Esa demanda tiene un fondo político: quieren visibilidad y peso institucional; y tiene un fondo de supervivencia interna: si están dentro de los puestos relevantes, mantienen palanca, mantienen voz, mantienen capacidad de condicionar decisiones. Si quedan fuera, se convierten en periferia… y la periferia, cuando se enfada, se va.
Por eso el viernes 13 de febrero, aunque formalmente se vote el liderazgo de la lista, funcionará también como una fotografía de fuerzas. No hará falta que nadie se levante a gritar: bastará con ver qué apoyos se mueven, qué mensajes se filtran, qué pactos se intuyen por el reparto posterior. Porque tras elegir al candidato, se abre otra fase, más larga y más delicada: construir la lista completa, repartir puestos, coser heridas. Ahí es donde los partidos se rompen o se recomponen. En la política navarra, de pasillos cortos y memoria larga, esas heridas tardan poco en salir a la superficie.
La existencia de dos candidatos de base puede quedar como una anécdota o como una nota de color, pero también revela algo: hay gente que ha querido que el proceso sea competitivo, aunque sea simbólicamente. Y el sector ribero, aunque no haya plantado un aspirante fuerte al número uno, está demostrando que su batalla será en la estructura: comité de listas, puestos cabeceros, representación territorial. En términos crudos, se juega quién manda en el aparato regionalista cuando toque hacer campaña, repartir recursos, decidir estrategia y, llegado el momento, gestionar un grupo parlamentario.
Navarra en el fondo del cuadro: Chivite, la oposición y la carrera por 2027
En paralelo, la política navarra no se detiene. El Gobierno de María Chivite sigue marcando agenda, y la oposición busca huecos para erosionar. UPN compite en un espacio donde EH Bildu tiene una presencia fuerte, donde Geroa Bai mantiene influencia y donde el PSN aspira a sostener liderazgo. En ese contexto, la candidatura de UPN necesita ser algo más que un nombre: debe ser una propuesta con cohesión interna, porque de lo contrario el rival no es solo el adversario ideológico; el rival es el ruido interno.
UPN llega a este proceso con una mochila reciente: la crisis interna de marzo de 2024, cuando el sector de Ibarrola y el de Toquero chocaron hasta alcanzar un acuerdo de consenso en el congreso del partido. De aquel choque salió Ibarrola como presidenta, sustituyendo a Esparza, y Toquero como número dos. Ese pacto, que parecía cerrar la grieta, vuelve ahora a ponerse a prueba. El partido vuelve a un punto parecido: una dirección que busca control y un sector territorial que exige peso. La diferencia es que ahora hay un proceso electoral a la vista y el margen para improvisar es menor.
No es solo cuestión de egos, aunque también haya egos. Es cuestión de estrategia: qué UPN quiere presentarse ante Navarra, con qué discurso, con qué alianzas y con qué imagen. Si el partido aparece dividido, el mensaje se deshilacha. Si aparece unido pero con territorios enfadados, la campaña se complica. Y si logra una integración real, con listas equilibradas y un liderazgo claro, entonces puede competir con más fuerza. Ese es el dilema. Y ese es el motivo por el que un procedimiento interno de diez días puede tener consecuencias que duren años.
La foto que busca UPN: una candidata fuerte y un partido sin grietas a la vista
Lo más probable es que el Consejo Político termine coronando a Ibarrola como cabeza de lista. Pero incluso si el desenlace parece previsible, la historia no se agota ahí. La clave está en lo que ocurra después, en cómo se gestione el sector crítico, en cómo se repartan los puestos, en si Toquero y los suyos se sienten dentro o fuera, en si el comité de listas actúa como instrumento de integración o como herramienta de cierre. En política interna, la victoria fácil a veces sale cara: si ganas sin integrar, gobiernas un partido con ruido; si ganas integrando, gobiernas un partido con menos sobresaltos.
En las próximas semanas, UPN tendrá que decidir si su futuro pasa por blindar el control desde Pamplona o por abrir un reparto que calme a la Ribera. Tendrá que medir también el coste de dejar a gente importante fuera de los puestos con opciones. Y tendrá que hacerlo con un ojo puesto en el Parlamento, otro en la capital y otro —sí, tres ojos— en las relaciones con el resto de la derecha, porque en Navarra ese espacio se reconfigura con facilidad: coaliciones que nacen, coaliciones que mueren, pactos municipales que condicionan el discurso autonómico.
Lo que está pasando ahora, en apariencia un trámite interno, es en realidad el arranque de una carrera larga. Una carrera que empieza con una papeleta en un Consejo Político y continúa con meses de negociaciones, de llamadas, de equilibrios, de nombres que entran y salen. La pregunta que flota no es solo quién encabezará la lista, sino si UPN conseguirá que, cuando llegue el momento de pedir el voto, el partido parezca un bloque compacto y no una suma de piezas pegadas con cinta.
Un liderazgo que se decide en febrero y una lista que marcará el resto del año
El viernes 13 de febrero será un punto de inflexión, pero no un final. Saldrá un nombre, sí, y casi seguro será Cristina Ibarrola. También quedará registrado que hubo alternativas, aunque minoritarias, con Juan Ángel García Roig y Diego Calderón Fernández. Y, sobre todo, quedará lanzada la fase decisiva: la confección de una lista donde cada puesto será un mensaje y cada ausencia una herida potencial.
Si UPN quiere llegar fuerte a las próximas forales, la operación no se limita a escoger candidata; pasa por ordenar el partido por dentro. La Ribera pedirá sitio, Toquero querrá garantías, la dirección querrá control, y la política navarra —que no perdona las debilidades— aprovechará cualquier grieta. De esa tensión saldrá la verdadera noticia de fondo: no solo quién pone la cara, sino qué UPN aparece en el escaparate, qué equilibrios acepta y cuáles rechaza, qué guerra interna se desactiva y cuál se aplaza. En febrero se decide el mando; en los meses siguientes se decidirá si ese mando sirve para construir una candidatura sólida o para abrir otra ronda de terremotos internos, más silenciosos… pero igual de reales.

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