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Cinco películas para ver en el cine a finales de febrero
Una película sin diálogos, la historia de Robbie Williams y varios regresos destacados comparten la cartelera.

La cartelera de finales de febrero reúne cinco propuestas muy distintas: una biografía musical que convierte a Robbie Williams en un simio digital, una aventura animada sin diálogos, un drama sobre la cobertura televisiva de una crisis histórica, el regreso de Paul Atreides a Arrakis y una película familiar protagonizada por una familia de perezosos. El atractivo de la semana está en esa variedad, que permite pasar del espectáculo de ciencia ficción a relatos más íntimos o contemplativos. No todos los títulos responden al mismo tipo de estreno: junto a novedades aparecen también películas que regresan a las salas.
Hay, además, una precisión necesaria sobre las fechas. Febrero no tiene día 30; el intervalo de cuatro jornadas que parece sugerir el titular debe entenderse como el tramo entre el 27 de febrero y el 2 de marzo. La información disponible no fija un país ni detalla los días concretos de lanzamiento en cada territorio, de modo que la presencia de una película en la cartelera puede variar según la ciudad y la sala. La selección describe los títulos destacados de ese periodo, no una garantía de que todos se proyecten en cada cine.
Una semana marcada por contrastes
Las cinco películas se acercan al público desde caminos opuestos. Better Man reconstruye una trayectoria personal y artística mediante una decisión visual poco habitual; Flow confía en el movimiento, los sonidos y los gestos de los animales; y Septiembre 5 sitúa la narración en un estudio de televisión, donde informar también significa tomar decisiones bajo presión. Duna: Parte Dos amplía su escala con paisajes desérticos y una lucha por el poder, mientras Los Pérez-osos busca una conexión más ligera y familiar. La diversidad no es solo de géneros, sino también de formas de contar.
La presencia de una película reestrenada junto a novedades aporta otra diferencia importante. Volver a ver Duna: Parte Dos en una sala no ofrece el descubrimiento de un estreno, pero sí recupera el tamaño y la fuerza sonora para los que fue concebida. En cambio, títulos como Flow o Septiembre 5 dependen en gran medida de la atención a los detalles: una mirada, un gesto o una decisión de montaje pueden tener tanto peso como una escena espectacular. La pantalla grande cambia la experiencia, aunque no convierte cada película en el mismo tipo de acontecimiento.
La selección también reúne obras que ya habían llamado la atención por razones distintas, desde reconocimientos en la temporada de premios hasta una propuesta visual arriesgada. Eso no significa que haya una única recomendación evidente. Quien busque una historia basada en una figura real encontrará un recorrido musical; quien prefiera una narración abierta a la interpretación puede inclinarse por la animación letona. La cartelera funciona, en ese sentido, como un pequeño mapa de sensibilidades, no como una competición con una ganadora universal. El punto de entrada depende del tipo de relato que apetezca ver.
Better Man y la vida pública de Robbie Williams
Better Man: La historia de Robbie Williams recorre la vida del cantante británico desde su infancia y su etapa en Take That hasta el ascenso en solitario y las dificultades personales y profesionales que acompañaron su carrera. En el trayecto aparecen canciones asociadas a su repertorio, como Angels, Feel, Rock DJ y Let Me Entertain You. El relato se apoya en la conocida estructura de las biografías musicales, pero introduce una diferencia visible desde el primer momento: Williams está representado en pantalla como un simio generado mediante CGI, en lugar de aparecer encarnado de manera convencional por un actor.
La decisión no pretende reconstruir literalmente el aspecto del músico. El recurso funciona como una imagen simbólica de la manera en que Williams ha contado su propia experiencia y de la distancia entre la persona privada y la figura expuesta ante el público. También coloca la película en un terreno inestable entre realismo y fantasía: los escenarios, las actuaciones y los conflictos pertenecen a una biografía, pero el protagonista que los atraviesa no tiene una apariencia humana. Ese contraste es el rasgo que distingue la película de otros biopics musicales, más que la mera presencia de canciones conocidas.
La dirige Michael Gracey, responsable de El gran showman, y Robbie Williams participó en el proceso creativo. El reparto incluye a Jonno Davies, Steve Pemberton, Damon Herriman y Raechelle Banno. La película puede recordar por su tema a producciones sobre Freddie Mercury o Elton John, aunque su apuesta visual cambia la manera de representar al artista y de acercarse a su fama. No se limita a encadenar éxitos: plantea una historia sobre la construcción de una identidad pública y el coste de sostenerla. La música convive aquí con una mirada sobre la vulnerabilidad detrás del espectáculo.
La representación como simio también puede desconcertar a quien espere una interpretación biográfica tradicional. Sin embargo, reducirla a una ocurrencia visual dejaría fuera el propósito expresivo del recurso: en vez de imitar al cantante, la película crea una figura que permite tomar cierta distancia respecto de la celebridad y observar cómo vive su propio personaje. Esa elección no obliga a aceptar de antemano la metáfora, pero sí explica por qué la película se aparta del molde habitual. Su propuesta arriesga tanto en el tono como en la imagen central.
Flow, una aventura que prescinde de las palabras
En Flow, un gato solitario debe adaptarse a un mundo cubierto por el agua. Durante el viaje comparte la búsqueda de un lugar seguro con otros animales, entre ellos un carpincho, un pájaro, un perro y un lémur. La premisa de supervivencia es sencilla, pero deja espacio para que el entorno lleve buena parte del peso dramático: el agua transforma los paisajes, modifica las relaciones entre los personajes y obliga a cada uno a responder a una situación que no controla. La aventura se cuenta sin diálogos, una decisión que cambia el papel habitual de la palabra en una película de animación.
Dirigida por el letón Gints Zilbalodis, conocido también por Away, Oasis y Followers, la película transmite información mediante movimientos, sonidos y reacciones. Los animales no explican sus intenciones; el espectador las deduce al observar cómo se acercan, se apartan o colaboran. Esa forma de narrar exige una atención distinta, pero no convierte la historia en un acertijo: la relación entre el peligro, la convivencia y la necesidad de encontrar refugio se entiende a través de acciones concretas. El silencio verbal no equivale a una ausencia de comunicación.
La falta de palabras permite, además, que la historia se desplace con facilidad entre lo íntimo y lo amplio. Un gesto pequeño puede expresar desconfianza o cuidado, mientras el agua y los paisajes dan escala a una amenaza que afecta a todos los seres vivos. La película no necesita explicar cada aspecto del mundo que muestra para que la travesía resulte comprensible. Sus imágenes hacen el trabajo que en otras producciones asumirían largos diálogos expositivos. La animación convierte el paisaje en parte activa del relato.
Su nominación al Oscar en las categorías de película animada y película internacional contribuyó a situarla entre las obras destacadas de su temporada. Pero el reconocimiento no es la única puerta de entrada: Flow también propone una experiencia menos guiada que la animación comercial basada en bromas constantes o explicaciones directas. La paciencia adquiere valor porque los personajes deben aprender a compartir un espacio cambiante, no porque la película formule una moraleja en voz alta. La empatía surge de observar cómo conviven animales muy distintos.
Septiembre 5 y el dilema de informar en directo
Septiembre 5 lleva la acción a la cobertura televisiva de la masacre de Múnich de 1972, durante los Juegos Olímpicos. Un grupo terrorista secuestró y asesinó a 11 atletas, y la película se concentra en la manera en que un equipo periodístico afrontó la transmisión de una crisis en desarrollo. En vez de limitarse a reconstruir los hechos desde una perspectiva distante, coloca el foco en quienes debían decidir qué mostrar y cómo comunicarlo mientras la situación seguía abierta. El centro dramático es también el trabajo de informar bajo presión.
Ese enfoque hace que la historia tenga dos niveles. Por un lado, está el episodio histórico y la violencia que lo atraviesa; por otro, la responsabilidad de los periodistas, que trabajan con información incompleta y con imágenes capaces de llegar a una audiencia enorme. La película permite observar cómo una transmisión puede ser, al mismo tiempo, una herramienta para informar y un espacio en el que cada decisión tiene consecuencias. No convierte ese dilema en una respuesta fácil ni separa con nitidez la urgencia de la ética. La tensión nace de la dificultad de cubrir una crisis sin quedar fuera de ella.
Tim Fehlbaum dirige un reparto encabezado por Peter Sarsgaard y John Magaro, junto a Ben Chaplin, Leonie Benesch y Georgina Rich. Septiembre 5 fue nominada al Oscar al mejor guion original, un reconocimiento vinculado a la construcción de una historia que combina hechos históricos con la mirada puesta en el proceso de cobertura. El interés no depende únicamente de conocer el desenlace de la crisis: también está en ver cómo se organiza una transmisión y qué límites aparecen cuando la información circula en tiempo real. La película observa el periodismo como una práctica sometida a decisiones concretas.
Su tema conserva una resonancia que va más allá del contexto de los Juegos Olímpicos de 1972, aunque la película no debe confundirse con una explicación exhaustiva de todo lo sucedido. El recorte elegido importa: muestra un episodio desde el espacio de trabajo de quienes lo transmiten y no desde cada uno de sus protagonistas. Esa perspectiva puede dejar fuera otros ángulos, pero es precisamente la que permite examinar la relación entre los medios, el público y una situación violenta. El punto de vista periodístico define tanto lo que se cuenta como lo que queda en segundo plano.
Duna: Parte Dos vuelve a Arrakis
El regreso de Duna: Parte Dos a los cines permite reencontrarse con la continuación de la adaptación dirigida por Denis Villeneuve. La historia retoma el recorrido de Paul Atreides, interpretado por Timothée Chalamet, que se ha unido a los Fremen en Arrakis. A partir de ahí debe aprender a moverse en una comunidad con sus propias reglas y a afrontar las consecuencias de convertirse en una figura de liderazgo. El desierto no es un simple telón de fondo: condiciona la supervivencia y da forma a la disputa por el poder. Arrakis determina el ritmo y los riesgos del relato.
Paul comienza su entrenamiento para convertirse en Muad’Dib mientras crece la posibilidad de una Guerra Santa en su nombre. La película sostiene buena parte de su tensión en esa contradicción: el protagonista puede interpretar su ascenso como una oportunidad para ayudar a los Fremen, pero también debe enfrentarse al temor de que su influencia desencadene un conflicto de dimensiones mayores. La lucha no es solo contra adversarios externos. El poder aparece ligado a un futuro que Paul no controla por completo.
Zendaya, Rebecca Ferguson, Florence Pugh y Austin Butler forman parte de un reparto que amplía las relaciones personales y políticas alrededor del protagonista. Sus personajes no son accesorios de la travesía: representan vínculos, intereses y formas distintas de entender el destino de Paul. La escala visual de la película puede atraer a quienes quieran volver a sumergirse en el universo creado por Villeneuve, pero el conflicto funciona también como una historia sobre liderazgo y responsabilidad. La épica se apoya en decisiones personales con consecuencias colectivas.
La película se estrenó originalmente en 2024 y su regreso ofrece otra oportunidad de verla en pantalla grande a quienes no acudieron entonces. Ese tipo de reestreno se diferencia de una novedad porque la historia ya circula entre el público, pero recupera una parte de su diseño: el contraste entre los espacios abiertos del desierto y la escala de las escenas de acción. No hace falta haber olvidado la trama para que la experiencia cambie; el sonido, el tamaño de la imagen y la atención compartida en una sala aportan otra dimensión. En este caso, volver al cine significa recuperar la escala del espectáculo.
Los Pérez-osos, una aventura para compartir en familia
Los Pérez-osos, conocida también por su título original, The Sloth Lane, sigue a Laura y a su familia de perezosos después de que una tormenta les obligue a abandonar su hogar. Al llegar a la ciudad, deben acostumbrarse a un entorno muy diferente del que conocían. La historia encuentra su motor en esa mudanza forzada y en la búsqueda de una forma de empezar de nuevo, sin perder aquello que hace reconocible a la familia. El cambio de hogar pone a prueba sus maneras de vivir y de mantenerse unidos.
La cocina y un viejo camión de comida se convierten en el centro de esa nueva etapa. No son solo elementos pintorescos: ofrecen a los personajes una actividad compartida y una vía para abrirse camino en la ciudad. Frente a la velocidad de un entorno nuevo, la condición de perezosos permite jugar con otra cadencia, aunque la película no presenta la lentitud como un defecto que haya que corregir. El humor y la ternura nacen, en parte, del contraste entre los hábitos de la familia y las exigencias de su nueva vida. La adaptación se cuenta desde lo cotidiano y los vínculos familiares.
Su propuesta se dirige a un público familiar y se aleja del tono contemplativo de Flow, pese a que ambas son películas animadas. En Los Pérez-osos, la cocina, el camión y las peripecias en la ciudad organizan una aventura reconocible, más cercana a una historia de convivencia y superación que a una exploración silenciosa del entorno. Esa diferencia permite apreciar que la animación no responde a una sola edad ni a un único registro. El formato animado puede sostener relatos y ritmos muy distintos.
La tormenta que precipita la salida del hogar funciona como punto de partida, no como el único conflicto. La película desplaza la atención hacia lo que ocurre después: cómo se conserva la identidad familiar cuando cambian el paisaje, las rutinas y las condiciones para salir adelante. El camión de comida ofrece una imagen sencilla de esa continuidad, porque traslada una parte del hogar a un lugar desconocido. La nueva vida empieza cuando la familia transforma sus costumbres en un proyecto común.
Una cartelera para elegir entre espectáculo y mirada íntima
Las películas de esta selección no compiten por ofrecer la misma clase de experiencia. Better Man mezcla biografía y fantasía visual; Flow pide observar con calma; Septiembre 5 encierra la tensión en una redacción durante una crisis; Duna: Parte Dos despliega una saga de poder y supervivencia, y Los Pérez-osos construye una aventura familiar alrededor de una mudanza y un camión de comida. El contraste entre ellas es la principal fortaleza de la cartelera.
También conviene distinguir entre el interés previo de una película y lo que ofrece en pantalla. Las nominaciones de Flow y Septiembre 5 señalan que ambas fueron reconocidas durante la temporada de premios, pero no determinan qué película resultará más cercana a cada espectador. Del mismo modo, el regreso de Duna: Parte Dos puede atraer tanto a quienes ya conocen su historia como a quienes quieren verla por primera vez en una sala. Los reconocimientos y la popularidad orientan, pero no sustituyen la experiencia de cada película.
Como las fechas y la distribución pueden cambiar de un país a otro, el listado sirve para identificar los títulos destacados del periodo, no para confirmar una sesión concreta. La referencia a los últimos días de febrero debe leerse con el calendario en mente: el mes termina el día 28, por lo que cualquier tramo que incluya cuatro días desde el 27 se prolonga hasta marzo. La corrección de la fecha evita confundir una ventana de cartelera con un día que no existe.
De la música de Robbie Williams al agua que cubre el mundo de Flow, estas historias exploran qué ocurre cuando una persona o una comunidad se enfrenta a una transformación. Algunas lo hacen con grandes escenarios y otras con gestos mínimos; unas buscan el espectáculo y otras dejan que el silencio o la incertidumbre ocupen el centro. Esa convivencia de escalas es lo que vuelve interesante la semana: no hay una sola manera de entrar en una sala, ni una única medida para decidir qué película merece la pantalla grande. La cartelera ofrece cinco caminos distintos para mirar el mundo desde el cine.

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