Historia
¿Qué son las Malvinas y por qué enfrentan a Argentina y Reino Unido?
Las Malvinas condensan guerra, identidad y soberanía en una disputa histórica que aún divide a Argentina, Reino Unido y a los propios isleños

Resumen
- Las Malvinas son administradas por Reino Unido y reclamadas por Argentina
- La guerra de 1982 dejó más de 900 muertos y marcó a ambos países
- Los isleños prefieren seguir vinculados a Reino Unido, según el referéndum
Argentina acababa de derrotar por 2-1 a Inglaterra en la semifinal del Mundial de 2026 cuando varios futbolistas levantaron sobre el césped una pancarta con seis palabras: «Las Malvinas son argentinas». El mensaje, expresamente político y contrario en apariencia a las normas de la FIFA, convirtió una victoria deportiva en otro episodio del conflicto territorial más persistente de América Latina. Una tela, una frase y, detrás, un océano de historia, muertos, diplomacia y nacionalismos.
Las islas Malvinas, Falkland Islands para los británicos, forman un archipiélago del Atlántico Sur administrado por el Reino Unido y reclamado por Argentina. Se encuentran frente a la Patagonia, a unos 480 kilómetros del territorio continental sudamericano. No son una batalla ni una única isla: reúnen más de 700 islas e islotes, dominados por Soledad —East Falkland— y Gran Malvina —West Falkland—, y ocupan algo más de 12.000 kilómetros cuadrados, una superficie ligeramente superior a la Región de Murcia.
La disputa enfrenta dos argumentos que llevan casi dos siglos chocando como placas tectónicas. Argentina sostiene que heredó de España la soberanía, ejerció actos de gobierno durante la década de 1820 y fue desalojada por una fuerza británica en 1833. Londres afirma que su reclamación es anterior, que recuperó entonces una posesión abandonada temporalmente y que, sobre todo, los habitantes actuales tienen derecho a decidir su futuro.
Naciones Unidas reconoce que existe una controversia de soberanía, pero no ha declarado que las islas pertenezcan a ninguno de los dos Estados. Ese matiz suele desaparecer cuando llegan los cánticos, las banderas y el fútbol. En la grada caben pocas notas a pie de página.
Qué son las Malvinas y dónde están
El archipiélago emerge en una zona fría, ventosa y áspera del Atlántico Sur. Allí el paisaje tiene algo de fin del mundo: turberas, llanuras casi sin árboles, acantilados golpeados por el mar y colonias de pingüinos que parecen observar con cierta perplejidad una disputa humana iniciada mucho antes de que existieran las cámaras de televisión. La capital administrativa es Stanley, denominada Puerto Argentino por el Estado argentino, situada en la isla Soledad.
La posición geográfica explica una parte de su valor. Las islas se encuentran próximas al extremo meridional de Sudamérica, rodeadas por caladeros pesqueros muy productivos y en un área donde se han explorado posibles reservas de petróleo y gas. También proyectan extensos espacios marítimos y ocupan una posición estratégica cerca de las rutas hacia la Antártida.
No se disputa únicamente un puñado de tierra barrida por el viento. Alrededor hay mar, recursos e influencia geopolítica. En un mapa escolar pueden parecer dos manchas diminutas; sobre una carta marítima, el dibujo cambia por completo.
La pesca es uno de los pilares económicos del territorio, junto con la ganadería, el turismo y los servicios. Las licencias pesqueras transformaron desde la década de 1980 una economía remota, antes muy dependiente de la lana, en una comunidad con ingresos elevados y capacidad para financiar buena parte de sus servicios públicos.
El Reino Unido asume la defensa y los asuntos exteriores, mientras el Gobierno isleño gestiona los asuntos internos mediante instituciones propias y una Asamblea Legislativa elegida por los residentes. Esa autonomía práctica es un elemento central del argumento británico y también de la identidad política de los isleños.
Una historia que cambia según quién la cuente
Las islas no tenían una población indígena asentada cuando comenzó la colonización europea. El primer establecimiento permanente fue fundado por Francia en 1764. De los colonos procedentes de Saint-Malo surgió el nombre Îles Malouines, traducido al castellano como islas Malvinas.
Un año después, Gran Bretaña reclamó otra parte del archipiélago y estableció una base en Port Egmont, al oeste. Ninguno de los dos asentamientos sabía inicialmente que el otro existía. Cosas del siglo XVIII: los imperios ocupaban territorios remotos y después comparaban mapas, preferiblemente cuando ya habían clavado una bandera.
España adquirió el asentamiento francés en 1767 y lo administró desde Buenos Aires como Puerto Soledad. En 1770 expulsó temporalmente a los británicos de Port Egmont, aunque estos regresaron tras una crisis diplomática que estuvo cerca de provocar una guerra europea. Gran Bretaña abandonó su puesto en 1774 por razones económicas, pero dejó una placa con la que mantenía formalmente su reclamación.
España permaneció hasta 1811, cuando retiró la guarnición durante las guerras de independencia americanas. Las Provincias Unidas del Río de la Plata realizaron actos de soberanía desde 1820 y, en 1829, nombraron a Luis Vernet comandante político y militar de las islas.
Para Argentina, aquella administración demuestra la continuidad jurídica entre los dominios españoles y el nuevo Estado independiente. Para el Reino Unido, esos actos no extinguieron su reclamación anterior. En enero de 1833, una nave británica obligó a retirarse a las autoridades militares argentinas y Londres restableció su control.
También 1833 se narra de dos maneras. Buenos Aires habla de una ocupación por la fuerza y de la expulsión de la población argentina. Londres sostiene que fue retirada la guarnición, pero que los civiles pudieron permanecer y que parte de ellos lo hizo. La documentación histórica permite discutir la composición y el destino de aquel pequeño asentamiento; no permite fingir que ambas versiones son idénticas.
Desde entonces, salvo los 74 días de la guerra de 1982, el archipiélago ha permanecido bajo administración británica. Ahí comienza la continuidad que invoca Londres y la desposesión que denuncia Buenos Aires. Mismo año, dos memorias nacionales.
La guerra de 1982 no fue una sola batalla
La llamada guerra de las Malvinas comenzó el 2 de abril de 1982, cuando las Fuerzas Armadas argentinas desembarcaron y ocuparon las islas. Argentina estaba gobernada por una dictadura militar responsable de secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones.
La junta encabezada por Leopoldo Galtieri atravesaba una grave crisis política, social y económica. La recuperación militar del archipiélago le permitió obtener durante unas semanas un apoyo popular extraordinario. El reclamo de soberanía era anterior y ampliamente compartido; la decisión de iniciar una guerra, en cambio, fue tomada por una dictadura en declive que necesitaba recuperar legitimidad.
El Gobierno de Margaret Thatcher respondió enviando una fuerza naval a casi 13.000 kilómetros de distancia. Hubo intentos diplomáticos, mediaciones y resoluciones internacionales, pero la negociación naufragó. El conflicto dejó de ser una operación rápida y se convirtió en una guerra abierta en uno de los entornos más hostiles del planeta.
El 2 de mayo, el submarino británico HMS Conqueror hundió el crucero argentino General Belgrano. Murieron 323 tripulantes, casi la mitad de todas las bajas argentinas del conflicto. Dos días después, un misil Exocet lanzado por la aviación argentina alcanzó al destructor HMS Sheffield y causó 20 muertos. Acero ardiendo sobre un mar helado.
Las fuerzas británicas desembarcaron en San Carlos el 21 de mayo. Después llegaron los combates terrestres de Pradera del Ganso, monte Longdon, Dos Hermanas, monte Harriet y Wireless Ridge. Muchos soldados argentinos eran jóvenes reclutas, mal equipados y sometidos, en algunos casos, a abusos de sus propios superiores. Otros combatieron con enorme coraje. Ambas realidades convivieron en las mismas trincheras.
La aviación argentina infligió daños severos a la flota británica, aunque no consiguió impedir el avance terrestre hacia Stanley. Los barcos británicos operaban lejos de sus bases, bajo una amenaza aérea constante; las tropas argentinas soportaban frío, hambre, precariedad logística y una cadena de mando marcada por la improvisación.
Argentina se rindió el 14 de junio. La guerra duró 74 días y dejó 649 militares argentinos muertos, 255 militares británicos y tres civiles isleños. Más de 900 vidas. Ninguna metáfora deportiva debería borrar esa cifra.
La derrota provocó la caída inmediata de Galtieri y aceleró el derrumbe de la dictadura. En 1983, Argentina recuperó la democracia. En el Reino Unido, la victoria reforzó políticamente a Thatcher y resucitó una cierta épica imperial que el país creía guardada en un desván, junto con los viejos mapas coloreados de rosa.
Por qué ganarle a Inglaterra pesa más que un partido
Conviene precisar algo: Argentina disputa partidos contra Inglaterra, pero libró la guerra contra el Reino Unido. Escocia, Gales e Irlanda del Norte forman parte del Estado británico, aunque compiten por separado en el fútbol. La simplificación funciona en la grada porque «el que no salta es británico» carece, admitámoslo, de la misma musicalidad.
La conexión definitiva entre fútbol y Malvinas se produjo en el Mundial de México de 1986. Solo habían pasado cuatro años desde la guerra cuando Argentina eliminó a Inglaterra con dos goles de Diego Maradona. El primero fue la Mano de Dios, una trampa elevada después a mito nacional; el segundo, una carrera prodigiosa desde el centro del campo, recordada como uno de los mejores goles de la historia.
Maradona explicó años después que aquel encuentro se vivió simbólicamente como una revancha por los jóvenes muertos en las islas. La victoria no modificó una frontera, pero ofreció algo parecido a una reparación emocional. El fútbol hizo de tribunal, ceremonia y desahogo. Todo en noventa minutos.
Las sociedades no siempre procesan sus derrotas mediante tratados y archivos. A veces lo hacen con relatos, canciones y camisetas. El 2-1 de 1986 convirtió a Maradona en una especie de justiciero popular, capaz de vencer al antiguo imperio con picardía primero y con belleza después.
Aquella interpretación contiene una contradicción incómoda. Transformar una guerra real en revancha deportiva puede servir para metabolizar el dolor, pero también para trivializarlo. Los goles no resucitan soldados, y un defensa inglés de veintitantos años no es responsable de una decisión tomada por Margaret Thatcher cuatro décadas antes.
Maradona, Messi y la pancarta del Mundial de 2026
La semifinal del Mundial de 2026 reactivó ese mecanismo. Antes del encuentro, la vicepresidenta argentina Victoria Villarruel llamó a los ingleses «piratas usurpadores» y aseguró que no era un partido más. El seleccionador Lionel Scaloni y organizaciones de veteranos pidieron exactamente lo contrario: separar el fútbol de la causa nacional y evitar que la memoria de los muertos se utilizara como combustible para el odio.
Las autoridades estadounidenses consideraron el encuentro de alto riesgo y desplegaron un operativo reforzado, con alrededor de 1.600 agentes. Se prohibió entrar al estadio con mensajes políticos o provocadores, incluidas camisetas y banderas relacionadas con las Malvinas. La ironía llegó después: los aficionados no podían introducir el lema, pero varios jugadores terminaron mostrándolo sobre el césped tras la victoria.
La pancarta planteó una posible vulneración de las reglas de la FIFA sobre mensajes políticos en competiciones deportivas. También condensó una forma muy argentina de recordar las islas: soberanía, duelo, orgullo nacional y fútbol mezclados hasta resultar inseparables.
La escena explica por qué el asunto atraviesa ideologías y generaciones. La soberanía argentina sobre las Malvinas está incorporada desde 1994 a la Constitución como un objetivo permanente e irrenunciable, condicionado al respeto del modo de vida de sus habitantes y del derecho internacional.
Gobiernos peronistas, radicales, conservadores y libertarios han mantenido la reclamación, aunque cambien el volumen, el vocabulario y la escenografía. Puede variar el Gobierno; la cuestión Malvinas permanece. Es una de las escasas políticas de Estado capaces de sobrevivir a casi todas las grietas argentinas.
La voz de quienes viven en las islas
La parte más incómoda para el relato argentino es también la más tangible: la población actual no desea integrarse en Argentina. A menudo se dice que los isleños «se sienten ingleses», pero la realidad es algo más precisa.
Muchos se identifican primero como Falkland Islanders, es decir, isleños de las Falkland, y después como británicos; otros combinan ambas identidades. No son necesariamente ingleses, del mismo modo que un escocés puede ser británico sin considerarse inglés. La identidad, como casi siempre, se resiste a las casillas demasiado estrechas.
El censo de 2021 calculó una población residente habitual de 3.662 personas, incluyendo a residentes temporalmente ausentes y a la comunidad civil vinculada al complejo de Mount Pleasant. La mayoría declaró una identidad isleña, británica o una combinación de ambas.
También viven allí ciudadanos procedentes de Santa Elena, Chile, Filipinas y decenas de países más. La comunidad actual no es una fotografía congelada del Imperio británico del siglo XIX, sino una sociedad pequeña y diversa, con servicios públicos propios, actividad económica y sucesivas generaciones nacidas en el archipiélago.
En el referéndum celebrado en 2013, el 99,8% de los votantes eligió conservar el estatus de territorio británico de ultramar. Participó alrededor del 92% del censo: 1.513 votos favorables y tres contrarios.
Para Londres, el resultado consagra el derecho de autodeterminación. Para Argentina, la consulta carece de valor dentro de la disputa porque considera que la población británica fue establecida después de la ocupación de 1833 y no constituye una tercera parte con capacidad para decidir la soberanía.
Ignorar a los isleños sería política y moralmente absurdo. También sería simplista sostener que el referéndum resolvió por sí solo toda la cuestión jurídica. Naciones Unidas habla de atender los intereses de la población, mientras Argentina y el Reino Unido discrepan precisamente sobre si sus deseos deben determinar el resultado.
Ahí está el nudo. Para Londres, los isleños forman un pueblo que decide. Para Buenos Aires, son habitantes cuyos derechos y modo de vida deben respetarse dentro de una disputa territorial previa. Dos conceptos jurídicos, autodeterminación e integridad territorial, empujando en direcciones opuestas.
La herida que cabe en una pancarta
En junio de 2026, el Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas volvió a aprobar una resolución que pide a Argentina y al Reino Unido reanudar las negociaciones para alcanzar una solución pacífica a la disputa. Buenos Aires respalda ese lenguaje. Londres mantiene que no negociará la soberanía sin el consentimiento y la participación de los isleños.
Las posiciones continúan separadas por algo más ancho que el Atlántico. Argentina posee argumentos históricos, geográficos y anticoloniales que no pueden despacharse con una sonrisa británica y una taza de té. El Reino Unido cuenta con una administración continuada desde 1833 y con una población que ha expresado de manera abrumadora su voluntad de seguir vinculada a Londres.
Naciones Unidas reconoce la disputa, pero carece de mecanismos para obligar a las partes a aceptar una solución. El resultado es un conflicto diplomático congelado, aunque no muerto. Cada declaración oficial, cada aniversario y cada partido contra Inglaterra vuelve a resquebrajar el hielo.
La victoria sobre Inglaterra ofrece a muchos argentinos una satisfacción que mezcla deporte, duelo y orgullo nacional. No equivale a ganar una guerra ni a recuperar las islas; tampoco debería presentarse como una venganza contra los británicos actuales. Los veteranos lo han dicho con más sensatez que ciertos políticos: recordar a los caídos no exige fabricar nuevos enemigos.
La pancarta de Atlanta no movió una frontera. Sí mostró que Malvinas continúa siendo una palabra capaz de reunir identidad, dolor y política en unos pocos centímetros de tela. Para Argentina representa un territorio pendiente y una derrota que nunca terminó de cicatrizar. Para los isleños es su casa y una identidad elegida.
Entre ambas certezas, rotundas y humanas, permanece el conflicto: una historia que el fútbol puede agitar durante noventa minutos, pero que solo la diplomacia será capaz de resolver.

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