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¿Qué prepara Trump si Irán responde a los nuevos ataques de EE.UU.?

Estados Unidos golpea objetivos iraníes y Trump avisa de una ofensiva aún mayor si Teherán responde, mientras Irán promete un castigo severo.

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Trump en una reunion

Foto: White House / Wikimedia Commons, dominio público.

Donald Trump ha elevado de nuevo el pulso con Irán. Estados Unidos ha lanzado una nueva oleada de ataques contra objetivos iraníes en el entorno del estrecho de Ormuz y el presidente estadounidense ha advertido de que, si Teherán responde, ordenará una ofensiva de una escala y una intensidad muy superiores. No se ha quedado ahí: Trump asegura que Washington tiene preparado otro golpe, al que se ha referido como el “ataque decisivo”, aunque no ha explicado cuáles serían sus objetivos ni qué dimensión militar tendría.

La respuesta iraní ha llegado casi de inmediato. Apenas unos minutos después de la amenaza de Trump, la Guardia Revolucionaria avisó de que Estados Unidos “se arrepentirá” de los nuevos ataques y prometió un castigo severo. Es decir, las dos partes están haciendo exactamente aquello que convierte una crisis controlable en algo bastante menos controlable: condicionan públicamente su siguiente movimiento a lo que haga el adversario y, al mismo tiempo, anuncian que están preparadas para golpear con más fuerza.

Washington presenta los bombardeos como una operación defensiva destinada a proteger a sus militares y a la navegación comercial. Teherán los considera una agresión. Entre ambas versiones queda el estrecho de Ormuz, un corredor estrecho, cargado de petróleo, buques de guerra, minas y demasiados dedos cerca del gatillo.

Trump amenaza con una ofensiva mucho mayor contra Irán

La declaración del presidente estadounidense es excepcionalmente dura incluso dentro de la retórica que ha acompañado estos seis meses de enfrentamiento. Trump ha confirmado que las fuerzas estadounidenses están atacando objetivos iraníes cerca del estrecho de Ormuz y ha establecido una especie de ultimátum militar: una respuesta de Irán desencadenaría otra ofensiva estadounidense de mayor alcance.

Lo inquietante está en la segunda parte. Según Trump, esa eventual represalia tampoco sería el golpe definitivo que Washington tendría preparado. El presidente sostiene que existe una operación todavía superior lista para ejecutarse y ha insinuado que, después de ella, quedaría “muy poco” de Irán. No hay datos públicos que permitan saber qué significa exactamente esa formulación. Puede ser una amenaza de disuasión, un plan operativo real o, probablemente, una mezcla deliberada de ambas cosas.

Conviene distinguir aquí la retórica presidencial de los hechos militares conocidos. Estados Unidos sí ha reanudado sus ataques dentro de Irán y el Pentágono dispone de una presencia considerable en Oriente Medio, pero Washington no ha publicado información sobre ese supuesto golpe decisivo, sus blancos, el armamento previsto o sus condiciones de ejecución.

Y ese matiz importa. Mucho. Una cosa es anunciar que existe un plan militar de contingencia —los ejércitos los tienen por definición— y otra afirmar que se ha tomado la decisión política de ejecutarlo.

Qué ha atacado Estados Unidos en esta nueva oleada

El Comando Central de Estados Unidos informó de que sus fuerzas comenzaron a atacar objetivos de la Guardia Revolucionaria iraní. Washington justificó la operación por los recientes intentos atribuidos a las fuerzas iraníes de amenazar buques comerciales en Ormuz y a militares estadounidenses desplegados en la región.

Medios iraníes informaron de explosiones en Qeshm, junto al estrecho, y también en Bandar Abbas y Chabahar. El alcance material de esos bombardeos todavía no está completamente establecido y, por el momento, resulta prudente no convertir cada explosión comunicada por una de las partes en un objetivo destruido.

La ofensiva llega después del choque del fin de semana. Estados Unidos había atacado lanzadores iraníes en la isla de Larak, una posición estratégica situada en el estrecho. Washington aseguró que fuerzas de la Guardia Revolucionaria intentaban colocar nuevas minas navales y describió aquella intervención como limitada y precisa. Irán rechazó esa versión y respondió disparando misiles contra instalaciones utilizadas por fuerzas estadounidenses en Jordania. Las defensas jordanas interceptaron ocho misiles; Emiratos Árabes Unidos comunicó también la interceptación de un dron iraní sobre sus aguas.

De Larak a una nueva escalada en apenas dos días

El ataque sobre Larak rompió aproximadamente un mes sin enfrentamientos militares directos de esta intensidad entre Washington y Teherán. La pausa, sin embargo, nunca fue una paz propiamente dicha. El conflicto se había desplazado hacia otro terreno: bloqueo naval, sanciones, presión económica y control de Ormuz.

Irán respondió a Larak y Trump prometió golpear “duramente”. La nueva oleada estadounidense materializa esa advertencia. Ahora la secuencia vuelve a empezar, pero un peldaño más arriba: Washington bombardea, Teherán amenaza con represalias y Trump anuncia que una nueva respuesta iraní provocará una ofensiva todavía mayor.

Es el viejo mecanismo de la escalada militar, solo que aquí las piezas pesan toneladas y vuelan a velocidad supersónica.

Irán responde a Trump y promete un “castigo severo”

Teherán no parece dispuesto a aceptar el ultimátum estadounidense. El portavoz de la Guardia Revolucionaria, Hossein Mohebi, aseguró tras los nuevos ataques que los agresores recibirán un castigo severo y que Estados Unidos lamentará haber vuelto a atacar. Las palabras llegaron después de que se registraran explosiones en diferentes puntos próximos al estrecho de Ormuz.

La posición iraní, sin embargo, tiene dos voces que no son idénticas. Mientras la estructura militar mantiene una retórica de represalia, el presidente Masoud Pezeshkian ha dejado abierta una salida diplomática. Desde la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Biskek, sostuvo que Irán estaría dispuesto a volver inmediatamente a sus compromisos si Estados Unidos hiciera lo mismo con el memorando alcanzado en junio.

Ahí aparece la contradicción que atraviesa esta guerra. Teherán dice que puede negociar, pero también que responderá militarmente. Washington afirma que no busca necesariamente regresar a una guerra a gran escala mientras vuelve a bombardear territorio iraní y anuncia ataques mayores.

La puerta diplomática existe. El problema es que tiene enfrente una pista de despegue.

El estrecho de Ormuz vuelve al centro del conflicto

No es casual que la nueva escalada se concentre alrededor de Ormuz. Este paso marítimo conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y constituye uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta. Cualquier perturbación seria del tráfico repercute rápidamente sobre los mercados de petróleo, gas, transporte marítimo y seguros.

La disputa va bastante más allá de unas cuantas baterías de misiles instaladas en pequeñas islas. Irán considera el control del estrecho una pieza central de su capacidad de presión regional; Estados Unidos pretende garantizar la navegación y reducir la capacidad iraní para amenazar a los buques comerciales.

Teherán ha endurecido incluso esa doctrina. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, ha advertido de que, si Irán no puede exportar petróleo por el golfo Pérsico, otros países tampoco podrán hacerlo, y ha vinculado una intensificación del cerco estadounidense con una respuesta militar.

La presión económica sobre Irán es enorme. Desde que Estados Unidos restableció su bloqueo el 14 de julio, las exportaciones significativas de crudo iraní a través de Ormuz prácticamente se han detenido. Las estimaciones del sector sitúan las cargas iraníes de petróleo y condensado en agosto entre 220.000 y 255.000 barriles diarios, frente a aproximadamente dos millones de barriles diarios en marzo. China, principal comprador del petróleo iraní, depende cada vez más de cargamentos almacenados fuera del golfo.

Ese es uno de los nervios reales de la crisis. Para Irán, el petróleo significa divisas, salarios y supervivencia económica. Para Washington, cortar esa arteria supone disponer de una poderosa herramienta de presión sin necesidad de destruir cada instalación iraní. Claro que cuando el bloqueo económico empieza a mezclarse con misiles, minas y ataques aéreos, la frontera entre presión y guerra se vuelve bastante académica.

Una guerra de seis meses que nunca terminó del todo

Estados Unidos e Irán llevan más de seis meses inmersos en un conflicto intermitente que comenzó tras los ataques estadounidenses e israelíes del 28 de febrero. Desde entonces se han sucedido bombardeos, ataques contra bases estadounidenses, operaciones navales, sanciones y períodos de relativa calma.

El memorando firmado en junio debía detener los combates y abrir un periodo de negociación más amplio de 60 días. Ese plazo transcurrió sin un acuerdo definitivo. Las cuestiones más difíciles quedaron pendientes y el enfrentamiento fue mutando desde la guerra abierta hacia el desgaste económico. Hasta que reaparecieron los misiles.

Trump había dedicado buena parte de agosto a intensificar las amenazas financieras contra Teherán, presentando las sanciones como una forma de empujar al régimen hacia una situación económica límite. Pero el regreso de los ataques muestra que la opción militar nunca desapareció.

También existen límites estadounidenses. Una guerra prolongada consume interceptores, misiles de precisión, horas de vuelo y enormes recursos logísticos. El propio esfuerzo militar en Oriente Medio ha generado preocupación por las existencias de determinados sistemas defensivos estadounidenses. La guerra, dicho de manera menos marcial, también tiene almacén y factura.

La amenaza de Trump deja a Teherán ante una decisión peligrosa

La cuestión inmediata no es tanto qué frase utilizará Trump después, sino qué hará Irán tras los bombardeos del 1 de septiembre. La Guardia Revolucionaria ha prometido represalias, mientras el presidente Pezeshkian mantiene abierta la posibilidad de regresar al entendimiento firmado en junio. Responder militarmente implica asumir que Estados Unidos puede volver a escalar; no hacerlo supondría para Teherán aceptar ataques que públicamente ha prometido castigar.

Washington afronta su propia paradoja. Trump pretende que la amenaza de una fuerza abrumadora disuada a Irán de responder. Pero cuanto más explícito sea el ultimátum, más difícil puede resultar para las autoridades iraníes quedarse quietas sin proyectar debilidad ante su propia estructura política y militar.

Por eso la frase sobre el supuesto “ataque decisivo” importa, aunque todavía no sepamos qué hay detrás de ella. Funciona como advertencia, como arma psicológica y como mensaje destinado a convencer a Teherán de que el siguiente intercambio puede ser mucho más costoso que el anterior.

El problema de estas amenazas es conocido desde bastante antes de que existieran los misiles balísticos: la disuasión funciona mientras nadie decida comprobarla. En Ormuz, Estados Unidos e Irán vuelven a acercarse precisamente a ese punto.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.