Actualidad
¿Qué pasó en Los Kikos TV? Matamoros: No quiero esto

Los Kikos TV con Kiko H. arranca torcido en YouTube: broncas, fallos en Teatro Las Vegas de Madrid, y Matamoros pide perdón y marca límites.
Kiko Matamoros terminó el estreno de Los Kikos TV con un gesto poco habitual en este tipo de lanzamientos: freno, cara larga y disculpa pública. Lo que se presentó como un “programa cero” —una especie de piloto en abierto— acabó convertido en un directo de dos horas desde el Teatro Las Vegas de Madrid que se desbordó por todos los lados: entradas y salidas sin hilo, discusiones a gritos, malos modos y un clima de descontrol que dejó al propio Matamoros visiblemente avergonzado.
El episodio se emitió el jueves 19 de febrero y debía servir para enseñar el producto antes del arranque “de verdad”, previsto para mediados de marzo. En vez de eso, la puesta en escena dejó un titular más grande que el formato: Matamoros asumió la culpa, pidió perdón a quienes habían apostado por el proyecto —incluida la publicidad— y soltó su frase más repetida después: “No quiero esto”, en referencia a un programa que, según su propia lectura, se había ido hacia un tono agrio que no era el que buscaba.
Del “programa cero” al incendio en directo
El plan tenía una lógica sencilla y ambiciosa, casi de televisión clásica pero con el volante en manos propias: Kiko Matamoros y Kiko Hernández se aliaban para levantar un late night digital, con plató, público, invitados y el tipo de conversación que durante años había alimentado tertulias y sobremesas. El nombre, además, llevaba semanas corriendo como un rumor con patas; primero iba a ser más provocador, luego se moderó, y al final quedó fijado en Los Kikos TV, la marca del canal con el que han aterrizado en YouTube.
El lugar elegido para este “programa cero” tampoco fue casual: el Teatro Las Vegas, en la calle Caunedo, un espacio con aire de local de barrio grande —y con esa etiqueta de “bingo” que algunos medios asociaron al recinto— donde, en enero, ya habían hecho movimientos de preproducción. No era solo un estreno: era una presentación con prensa, con gente sentada delante, con el brillo incómodo del directo. Y el directo, cuando se tuerce, no perdona ni el maquillaje.
Lo que se vio en pantalla fue una sucesión de escenas sin continuidad clara, como si el programa estuviera probando a la vez demasiadas cosas: se buscaba el golpe, el ruido, el momento viral… y el conjunto se quedó sin columna vertebral. Hubo insultos, hubo episodios descritos como escupitajos en medio del caos, hubo bronca y más bronca, y la sensación de que el timón no lo llevaba nadie durante tramos enteros. El ruido se impuso al formato. Y la audiencia, en redes, reaccionó con dureza desde muy pronto, con un goteo de mensajes negativos que fue marcando el ritmo de la resaca incluso antes de que el programa terminara.
En paralelo, el estreno también arrastraba una mochila previa: la promesa de “algo grande”, un tono de “vamos a volver con medios”, y esa idea repetida de que querían un producto con apariencia de televisión, pero sin cadena. Cuando esa expectativa se mezcla con un piloto que sale desordenado, la caída se oye más fuerte. Y esta vez, además, se oyó en directo.
Un teatro-bingo, dos horas de emisión y un arranque en falso
El directo duró dos horas y tuvo un detalle que, para el ecosistema digital, es casi simbólico: aunque se anunció un inicio a las 21:00, el arranque real llegó más tarde. Ese tipo de retraso en televisión puede amortiguarse con una escaleta y un control; en internet, con miles de personas mirando el contador y el chat, se convierte en un primer roce que ya predispone a la crítica. No es el gran problema, pero es el primer síntoma de que el engranaje no va fino.
Luego llegó la parte más comentada: una cadena de momentos que parecían competir entre sí por imponerse. En el escenario, el programa se llenó de estímulos —caras, interrupciones, voces cruzadas— sin que se notara una dirección capaz de convertir el caos en espectáculo. El resultado fue más bien lo contrario: un caos que se veía como caos, sin el barniz de “esto está pensado”. Y ahí es donde Matamoros, al terminar, hizo lo que raramente hace alguien en pleno lanzamiento: ponerse delante del error y decirlo en voz alta.
“No quiero esto”: Matamoros se explica y pide perdón
La escena clave no fue una bronca concreta ni un invitado perdiendo los papeles. La escena clave llegó al final, cuando Matamoros atendió a los medios presentes y habló con un tono de decepción poco maquillado. Dijo que no pensaba mirar lo que se dijera del programa porque lo que había pasado en ese escenario no le había gustado, y fue elevando la autocrítica hasta dejarla en una frase muy dura para un estreno: “Posiblemente esta sea una de las grandes decepciones de mi vida”. No era solo una excusa; era la constatación de que él mismo había sentido, desde dentro, que aquello no estaba a la altura.
En su explicación, Matamoros mezcló dos ideas que se repiten en su discurso cuando algo se le escapa: oficio y control. Agradeció a quienes habían apostado por el proyecto —incluida la publicidad en el “contenedor”, como lo llamó— y se colocó como responsable por haber depositado confianza en un equipo y en un planteamiento que no había cristalizado en directo. Reconoció que quería un programa para divertirse, no para salir de allí “de mala hostia”, y esa frase, con su crudeza, retrata bien el tipo de noche que fue: más tensión que entretenimiento, más desgaste que disfrute.
También hubo un elemento muy concreto, casi técnico, que Matamoros subrayó como si lo estuviera repasando en frío: el pinganillo, las indicaciones, el sonido. Dijo estar acostumbrado a trabajar “de otra forma”, a que si pide que le lean algo o le den una orden por el pinganillo, eso llegue cuando debe. En un plató convencional, esa cadena de mando es invisible para el espectador; en un directo digital montado a toda prisa o con un control frágil, se convierte en el talón de Aquiles. Y Matamoros lo verbalizó sin paños calientes.
En medio de esa autopsia pública soltó su frase más gráfica: “Los experimentos, con gaseosa. Hoy hemos activado un artefacto y nos ha explotado en la cara”. La imagen es de taller: una pieza que se calienta más de la cuenta y revienta. Él la usó para explicar que habían intentado algo distinto, que habían querido salirse de lo de siempre y que, en esa búsqueda, el resultado se les fue de las manos.
El pinganillo, el sonido y el oficio en modo supervivencia
Más allá del titular, lo relevante de su discurso fue la precisión del reproche. No habló de “mala suerte” ni de “cosas que pasan” sin más; habló de indicaciones que no llegaron, de un sonido que él esperaba recibir, de información que en un medio como YouTube se puede conocer al momento —datos, pulsos, señales— y que, según dijo, no tuvo como apoyo. En otras palabras: se vio solo en el escenario durante tramos que exigían dirección.
Al asumir la culpa, Matamoros también dejó una frase que, en este tipo de proyectos, suele doler a la gente que está detrás: dijo ser el primer culpable, pero no el único. Esa coletilla no busca señalar a una persona concreta, pero sí dibuja una responsabilidad compartida, un “esto no se arregla con un perdón y ya”. Y ahí enlazó con lo que viene: rehacer, cambiarle la cara, reconstruir el producto. No prometió magia; prometió trabajo.
También marcó distancia con el terreno promocional. Comentó que no se atrevía a mandar un mensaje a David Broncano para ir a promocionar el programa, pese a decir que mantiene buena relación con el equipo de La Revuelta y con la productora. El motivo, en su planteamiento, era casi de control de daños: minimizar la “onda expansiva” de un estreno que, tal y como lo vivió, todavía no era un formato “sólido” en el que pudiera creer. Es un mensaje claro: primero arreglar la casa, luego abrir la puerta.
La bronca como protagonista: Aramís, La Marrash y compañía
Si el análisis de Matamoros se centró en el control, el problema visible para cualquiera que viera el directo estuvo en el contenido mismo. El “programa cero” reunió a una serie de personajes reconocibles del universo del corazón y la televisión, y lo hizo con la intención evidente de agitar conversación. En el escenario aparecieron Aramís Fuster, La Marrash, Sergio Alis, Rubí, Cristini, Paloma González y Josep Ferré, entre otros nombres que orbitan ese territorio híbrido entre el plató y la anécdota.
El foco, sin embargo, se lo llevó una bronca concreta: el enfrentamiento entre Aramís Fuster y La Marrash. Hubo insultos y descalificaciones, y la pelea se comió el espacio como lo hace una tormenta de verano en mitad de una fiesta al aire libre: de pronto ya no importa la música, ni la mesa, ni la intención original; todo el mundo mira al mismo punto. En televisión, con realización y corte, se puede modular; en un directo largo, sin filtro claro, el conflicto se convierte en el programa.
Ese descontrol no fue solo una cuestión de tonos altos. En las crónicas sobre el estreno se habló de malos modales y de momentos desagradables que no se leen como “show”, sino como una escena incómoda. Cuando Matamoros se queja luego de “haber visto cosas que no le gustaron” y de que él tendría que haber parado el tren, está señalando exactamente eso: el instante en que el espectáculo deja de ser un juego pactado y se vuelve un problema.
Hay, además, un elemento que no es menor: el “programa cero” no era un capítulo normal, era una presentación ante prensa y seguidores, una carta de presentación para el arranque de marzo. Si el primer impacto se asocia al desorden y a la bronca, el relato se fija rápido. Y en internet, ese relato se instala con capturas, cortes y frases sueltas que viajan más deprisa que cualquier rectificación.
Aquí el dato que mejor define la noche es la propia autocrítica de Matamoros: dijo que vio descontrol y que, siendo él el de mayor experiencia, tendría que haber dicho “hasta aquí”. Ese tipo de frase es casi un reconocimiento de que el formato todavía no tiene una frontera clara entre lo gamberro y lo inaceptable. Y ese borde, cuando se trabaja con tensión, es lo que separa un espectáculo de una metedura de pata.
Corona de flores, ataúd y el “entierro” como apertura
El estreno arrancó, además, con una idea que buscaba ser performance, un guiño al universo de la tele nocturna: el “entierro de los Kikos”. En el escenario apareció un ataúd y coronas de flores, una estética de broma funeraria para dramatizar, con humor, el cambio de etapa. Incluso hubo una corona enviada desde TVE a través de La Revuelta, siguiendo el tono de chiste del arranque. Sobre el papel, era un gesto que mezclaba autoparodia y “aquí estamos, empezamos”.
El problema es que una apertura así necesita un segundo paso limpio: tras el gag, el programa debe agarrar un hilo y empezar a contar. Si lo que llega después es una concatenación de peleas y escenas desordenadas, la performance inicial pierde sentido y se transforma en un símbolo involuntario. El ataúd deja de ser una broma para convertirse en metáfora —no buscada— de un estreno que “muere” antes de nacer, aunque el proyecto siga vivo y tenga margen para corregir.
Matamoros, de hecho, utilizó el propio arranque para justificar su prudencia con la promoción. Dijo que no se atrevía a pedirle a Broncano un espacio para hablar del programa, precisamente por esa “onda expansiva” que quería contener. El detalle es importante: en el ecosistema mediático español, las alianzas, los guiños y las apariciones cruzadas funcionan como gasolina para un estreno. Renunciar a esa gasolina, aunque sea temporalmente, es admitir que el depósito aún tiene fugas.
También aparece aquí otra pieza del rompecabezas: la idea inicial del programa era más agresiva incluso en el nombre. Durante semanas se habló de que iba a titularse “Gilipollas tú”, pero acabó descartándose. Matamoros llegó a verbalizarlo con su estilo directo: que les habían “jodido” el nombre y que, de momento, se quedaban con la marca del canal. Ese cambio no es solo un detalle estético; marca el tipo de límites con los que se topa un proyecto que quiere ser sin filtros pero que vive en una plataforma con normas. Y en ese choque entre provocación y reglas también se juega parte del tono.
En enero, además, el proyecto se movió como si fuera a arrancar antes. Se llegó a anunciar un late night digital de lunes a jueves a las 22:00, y el propio Teatro Las Vegas fue escenario de un casting presencial para buscar colaboradores. Se difundió un mensaje de reclutamiento amplio, con edades desde 18 hasta 81 años, apelando a gente con personalidad, talento y poca vergüenza ante la cámara, una manera de decir: esto quiere calle, no solo caras conocidas. En la práctica, ese plan inicial se ha reajustado y el estreno oficial se ha desplazado a marzo, dejando el “programa cero” del 19 de febrero como un ensayo público demasiado expuesto.
La resaca del estreno y el reto de marzo
Después del directo, el proyecto entró en una fase delicada: la del día después, cuando ya no vale el impulso del estreno y todo se mide en cómo se responde. Matamoros habló de rehacer el producto, de cambiarle la cara, de empujar “para arriba” con un esfuerzo común entre quienes están delante y detrás de cámaras. Y, a la vez, dejó claro que no piensa desgastarse promocionando algo que todavía no siente sólido. En términos de relato, es casi una enmienda: “esto no era lo que queríamos enseñar”.
En esa misma resaca apareció otra tensión que venía de antes: la relación con el antiguo universo televisivo del que ambos proceden. Tras el “programa cero” y en la posterior conversación con prensa, Matamoros y Kiko Hernández se quejaron de la falta de apoyo de antiguos compañeros de Sálvame. Pusieron el foco en Belén Esteban, de quien dijeron que le habían pedido en dos ocasiones un vídeo deseándoles suerte y que ese gesto no llegó. Matamoros dejó entrever que el enfado era real, con la coletilla irónica de “como ahora está en TVE…”, una forma de señalar que las lealtades cambian cuando cambian los platós.
Frente a esa ausencia, sí mencionaron apoyos puntuales. Kiko Hernández agradeció un mensaje de María Patiño, aunque matizó que a veces pesan más los gestos en privado que un tuit. Matamoros, por su parte, habló bien de Jorge Javier Vázquez: dijo que le había escrito, que habían hablado, que lo considera amigo y que lo ve como “el número uno del entretenimiento”, una frase que en este contexto funciona casi como un puente para no romper del todo con el pasado. También se refirió a Carlota Corredera desde un tono más templado, subrayando que ahora la adora por cómo la ha conocido en otra etapa profesional, lejos de los años de fricción.
Esa conversación sobre apoyos no es cotilleo accesorio: revela una realidad del salto a lo digital. El proyecto no solo compite por audiencia; compite por relato, por complicidades, por quién se sube al barco o se queda mirando desde el muelle. Y cuando el primer gran directo sale mal, el barco parece aún más solo.
En cuanto a números, también se habló de estimaciones de seguimiento del directo. Sin una medición oficial equiparable a la televisión, circularon cálculos de cuentas que rastrean emisiones en plataformas: se habló de una media de 3.795 espectadores durante la emisión, con un pico que superó las 7.000 personas alrededor de las 22:00 y una caída progresiva después. Más allá del dato exacto, la curva describe algo bastante clásico en internet: curiosidad inicial fuerte, mantenimiento frágil cuando el contenido no engancha, y fuga lenta cuando el directo no ofrece un hilo claro.
A esto se suma un detalle relevante para la viabilidad: Matamoros pidió perdón también a los patrocinadores. En un proyecto que se vende como “producción de tele” pero depende de una lógica digital, la publicidad no es un adorno: es el sostén. Y cuando el propio presentador agradece a quienes “han apostado por hacer publicidad” y, en el mismo aliento, admite que no han estado a la altura, está enviando un mensaje directo a ese mundo: sabemos que el estreno fue un problema y lo asumimos.
Queda, además, el debate de la independencia. En informaciones previas al estreno se explicó que el proyecto nacía sin el respaldo de productoras tradicionales y con una separación explícita de La Osa Producciones Audiovisuales, ligada a programas como No somos nadie. Esa independencia puede ser una ventaja creativa, pero también aumenta la exigencia de control técnico y de realización. Si el “programa cero” falló justo en coordinación, sonido y dirección, el reto de marzo no es solo de contenidos; es de estructura.
El gran punto, al final, es que el proyecto todavía no ha empezado “oficialmente”. El estreno fuerte está anunciado para mediados de marzo, y el “programa cero” debía ser un ensayo. Pero la etiqueta de ensayo tiene límites cuando el ensayo se emite, se comenta, se recorta y se convierte en la primera impresión masiva. Matamoros parece haber entendido esto mejor que nadie en esa misma noche: por eso pidió perdón, por eso habló de decepción, por eso prometió rehacer, y por eso soltó esa frase que, sin querer, resume toda la jugada: no quería esto. Si consiguen cambiarlo a tiempo, marzo será un debut; si no, será una repetición con el recuerdo del primer tropiezo todavía pegado a la pantalla, como una huella dactilar en el cristal.

Actualidad¿Qué se sabe hoy de los terremotos de Venezuela y cómo sigue el país?
Salud¿Por qué me duelen las piernas por dentro? Causas, síntomas y alertas
Naturaleza¿Dónde siguen activos los incendios en España este 28 de septiembre?
Economía¿Cómo funciona la nueva cuenta de Revolut al 3,51% TAE en España?
Actualidad¿Qué pasó con el terremoto de Colombia? Balance, víctimas y réplicas
ActualidadSan Miguel 2026: fecha, día de la semana y santoral
Actualidad¿Cuánto cuesta el desfile de la Fiesta Nacional en Madrid en 2026?
Economía¿Cuándo llega Kaufland a España y qué ciudades tendrán compra online?
Ocio¿Cuándo es Halloween 2026 en España y qué día se celebra este año?
ActualidadCalendario laboral 2026: ¿cuántos días festivos tendrás en España?
Salud¿Por qué mi sudor huele mal y antes no? Causas y cuándo preocuparse
Ocio¿Cómo queda la Liga Endesa? Fichajes, bajas y renovaciones 2026-27









