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Historia

Bayona, Mauthausen y Puebla: las claves del 5 de mayo

Una fecha que enlaza crisis dinásticas, memoria de los deportados, resistencia mexicana y el primer vuelo espacial estadounidense.

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qué pasó el 5 de mayo

El 5 de mayo concentra episodios que ayudan a entender cómo se disputan el poder, la memoria y la legitimidad. En España, la fecha remite a las renuncias de Bayona de 1808 y al recuerdo de los deportados a los campos nazis, con Mauthausen como escenario central. En otros lugares, recuerda la resistencia mexicana frente a Francia en Puebla, la firma del tratado que creó el Consejo de Europa y el primer vuelo espacial de un estadounidense. No son hechos unidos por una causa común, pero sí por una pregunta persistente: quién decide el destino de una sociedad y qué queda después.

También nacieron un 5 de mayo Karl Marx y otras figuras de la cultura y la política; murieron Napoleón Bonaparte y Bobby Sands, en circunstancias y épocas muy distintas. La fecha no ofrece una historia lineal ni una moraleja sencilla. Su interés está precisamente en el contraste: una abdicación puede abrir una guerra, una derrota puede convertirse en símbolo y un vuelo de minutos puede cambiar la imaginación de una época.

Bayona: una corona sin legitimidad

En Bayona, entre el 5 y el 6 de mayo de 1808, la crisis de la monarquía española se convirtió en una operación dirigida por Napoleón Bonaparte. Fernando VII, que había accedido al trono tras el Motín de Aranjuez, y su padre, Carlos IV, quedaron atrapados en una disputa dinástica que el emperador francés aprovechó para imponer sus condiciones. Fernando renunció a sus derechos y Carlos cedió la corona a Napoleón, quien acabaría colocando a su hermano José en el trono español. La sucesión se decidió lejos de España y bajo presión francesa.

El episodio tuvo consecuencias que excedieron el cambio de monarca. La autoridad podía quedar consignada en documentos, pero una parte importante de la población no reconoció aquel arreglo como legítimo. Madrid ya había vivido el levantamiento del 2 de mayo y la represión francesa; la noticia de las renuncias agravó el malestar y contribuyó a extender la resistencia. La Guerra de la Independencia no surgió de una sola escena, sino de la ocupación, la crisis de la Corona y la fractura de las élites. La disputa por quién podía gobernar se trasladó de los palacios a las calles y los pueblos.

La respuesta tampoco fue uniforme. Hubo resistencia armada, colaboración con los franceses y posiciones intermedias, incluida la de quienes vieron en José I una oportunidad para impulsar reformas. Bajo la etiqueta de afrancesados convivieron trayectorias distintas, que no se explican reduciéndolas a una sola intención. Mientras el poder monárquico se descomponía, juntas locales y después las Cortes buscaron formas de autoridad alternativas. La crisis abrió paso al constitucionalismo de Cádiz y dejó una cuestión que sigue siendo política: la legitimidad no depende únicamente de quién ocupa un trono, sino también de cómo se acepta y se ejerce el poder.

Mauthausen y la memoria de los deportados españoles

El 5 de mayo de 1945, tropas aliadas liberaron el campo de concentración de Mauthausen, en Austria. Entre los prisioneros había miles de españoles, en su mayoría republicanos que habían cruzado a Francia al final de la Guerra Civil y quedaron expuestos a la persecución nazi. Se calcula que unos 7.500 españoles fueron internados en Mauthausen y que alrededor de 10.000 fueron deportados a campos nazis; solo cerca de un tercio sobrevivió. Detrás de esas cifras había exilio, trabajos forzados, hambre y vidas quebradas.

Los deportados españoles fueron tratados como apátridas y marcados en el sistema del campo con un triángulo azul y una S identificativa. Esa clasificación resumía un abandono político además de una persecución: hombres que habían perdido la protección de su país y quedaron a merced de una maquinaria que los reducía a mano de obra y números. El fotógrafo Francisco Boix, también prisionero en Mauthausen, contribuyó a preservar imágenes que documentaban los crímenes. Las fotografías y los testimonios permitieron que parte de la evidencia sobreviviera a quienes intentaron borrar las huellas.

En 2019, el Consejo de Ministros fijó el 5 de mayo como Día de Homenaje a los españoles deportados y fallecidos en Mauthausen y en otros campos, así como a las víctimas españolas del nazismo. La fecha enlaza la liberación del campo con una memoria que durante mucho tiempo tuvo escaso reconocimiento público en España. Recordar no devuelve a las víctimas lo perdido ni resuelve por sí solo las consecuencias del exilio, pero sí impide que la deportación quede relegada a una nota marginal. Nombrar a quienes fueron expulsados de la historia oficial forma parte de comprenderla.

Puebla y Santa Helena: los límites del poder imperial

El 5 de mayo de 1862, el ejército mexicano derrotó en Puebla a las fuerzas francesas enviadas por Napoleón III. Francia pretendía intervenir en México e imponer un gobierno favorable a sus intereses, y la victoria de las tropas mexicanas, dirigidas por Ignacio Zaragoza, frenó ese avance en una batalla de enorme peso simbólico. No puso fin a la intervención ni expulsó de inmediato a los franceses, pero mostró que una potencia europea podía ser detenida por un ejército al que consideraba inferior. La resistencia de Puebla desmintió la idea de que el poder imperial avanzaba sin obstáculos.

El Cinco de Mayo conmemora esa batalla, no la independencia de México, que se celebra en septiembre. La confusión se ha extendido especialmente fuera del país, donde la fecha ha adquirido otros usos culturales y comerciales. En su contexto histórico, sin embargo, Puebla pertenece a una disputa por la soberanía mexicana en una década marcada también por la Guerra Civil estadounidense y por las ambiciones europeas en América. La victoria dio relieve a Zaragoza y a otros militares que participaron en la defensa, entre ellos Porfirio Díaz, entonces joven oficial. Su importancia reside tanto en el resultado militar como en el significado político que adquirió después.

El calendario añade una coincidencia llamativa: Napoleón Bonaparte murió el 5 de mayo de 1821 en Santa Helena, la isla del Atlántico Sur donde vivía bajo vigilancia británica tras su derrota y exilio. El emperador que había dominado buena parte de Europa terminó lejos de los ejércitos y de las capitales que marcaron su trayectoria. Su muerte alimentó relatos y debates sobre su salud, mientras su figura se transformaba en leyenda. La misma fecha que recuerda el tropiezo de Francia en México señala el final de uno de sus gobernantes más poderosos.

Europa se organiza mientras Estados Unidos mira al espacio

Diez países firmaron en Londres, el 5 de mayo de 1949, el tratado que estableció el Consejo de Europa. Bélgica, Dinamarca, Francia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Noruega, Suecia y Reino Unido crearon una organización con el propósito de promover la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho. Europa salía de una guerra devastadora y de la experiencia de los totalitarismos; la cooperación política buscaba construir garantías para que los derechos no dependieran únicamente de la voluntad de cada gobierno. El tratado no creó la Unión Europea, sino una institución distinta, con una misión centrada en principios democráticos.

La diferencia importa porque a menudo se confunden ambas organizaciones. El Consejo de Europa nació antes que la integración económica que desembocaría en la Unión Europea y desarrolló un marco común para proteger derechos y someter el poder a normas. España se incorporó después del final de la dictadura franquista, cuando el país buscaba integrarse en las instituciones democráticas europeas. La firma de 1949 y la memoria de Mauthausen quedan así en lados distintos de una misma experiencia: una recuerda el daño causado por la deshumanización; la otra, el intento de levantar salvaguardas frente a nuevos abusos. La arquitectura democrática es una respuesta histórica, no una garantía automática.

Doce años después, el 5 de mayo de 1961, Alan Shepard realizó el primer vuelo espacial tripulado de Estados Unidos a bordo de la cápsula Mercury Freedom 7. Fue un trayecto suborbital de 15 minutos y 22 segundos: Shepard llegó al espacio y regresó, pero no completó una órbita alrededor de la Tierra. La precisión es relevante porque a veces se describe el viaje como orbital, cuando el primer vuelo orbital estadounidense llegó más tarde. Shepard fue el primer estadounidense en el espacio, no el primero en dar una vuelta completa al planeta.

La Unión Soviética había enviado a Yuri Gagarin al espacio el 12 de abril de ese año, adelantándose a Estados Unidos en una competición que era científica y también política. Tres semanas después del vuelo de Shepard, el presidente John F. Kennedy planteó el objetivo de llevar a un hombre a la Luna antes de que terminara la década. El vuelo de Mercury duró apenas unos minutos, pero formó parte de una cadena de avances, inversiones y decisiones que culminaría en el programa lunar. En plena Guerra Fría, cada lanzamiento servía como demostración tecnológica y como mensaje de poder.

Marx, Sands y otras marcas de un 5 de mayo político

Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Tréveris, entonces parte de Prusia. Filósofo, periodista y economista, analizó las relaciones entre trabajo, propiedad y poder en las sociedades capitalistas. Junto a Friedrich Engels escribió el Manifiesto Comunista y desarrolló en El capital una crítica que influyó profundamente en movimientos obreros, partidos y revoluciones. Su legado también fue invocado por gobiernos autoritarios, una historia que no puede confundirse sin más con el conjunto de su obra. Marx sigue siendo una figura discutida porque sus ideas entraron en la política y en la vida cotidiana de sociedades muy distintas.

Su relevancia no exige tratar sus textos como respuestas definitivas. Sus conceptos ofrecen herramientas para examinar quién controla los recursos, cómo se organiza el trabajo y quién asume los costes de los cambios económicos; su aplicación histórica, en cambio, ha sido desigual y objeto de controversia. Esa distancia entre una teoría y los sistemas que dicen representarla explica parte de las disputas en torno a su figura. Las crisis económicas han devuelto una y otra vez sus preguntas al debate público. Su influencia persiste menos como un catecismo que como un marco de discusión sobre desigualdad y poder.

En 1981 murió Bobby Sands en la prisión de Maze, en Irlanda del Norte, después de 66 días en huelga de hambre. Miembro del IRA, había sido elegido diputado mientras estaba encarcelado. Su muerte convirtió una protesta carcelaria en un foco de atención internacional y reabrió disputas sobre el estatus de los presos republicanos, la violencia política y la respuesta del Estado británico. Su figura continúa siendo controvertida por su pertenencia a una organización armada y por el significado que adquirió su protesta. La huelga de hambre transformó el cuerpo del preso en el centro visible de un conflicto político.

La fecha incluye también un episodio de violencia política en España. El 5 de mayo de 1982, ETA asesinó a Ángel Pascual Múgica, ingeniero y director del proyecto de la central nuclear de Lemóniz. El crimen golpeó a una sociedad atravesada por el terrorismo y por un debate intenso sobre la energía nuclear y el futuro de la central. Recordarlo no convierte una historia compleja en una explicación única: sitúa el asesinato en el clima de miedo y fractura de aquellos años y devuelve a primer plano a la víctima y a su entorno. Las efemérides también señalan violencias que dejaron consecuencias familiares y sociales duraderas.

El 5 de mayo de 1996, José María Aznar juró el cargo de presidente del Gobierno ante el rey Juan Carlos I, después de que el Partido Popular ganara las elecciones generales de marzo. La alternancia puso fin a una larga etapa de gobiernos socialistas y abrió una fase de pactos parlamentarios, reformas económicas y continuidad de la integración europea. Frente a las escenas de guerra y persecución asociadas a otras efemérides, la toma de posesión puede parecer menos dramática. Pero las transiciones de poder también construyen historia: la normalidad institucional es una conquista que se aprecia mejor cuando se recuerda lo que ocurre al quebrarse.

Otros hechos que también deja el calendario

La historia del 5 de mayo no se limita a los grandes episodios políticos del siglo XIX y el XX. En 1494, Cristóbal Colón llegó a Jamaica durante su segundo viaje y llamó Santiago a la isla. En 1545, una cédula de Carlos I dispuso la creación del Archivo de Simancas, institución que acabaría reuniendo documentación fundamental para estudiar la monarquía hispánica. Son hechos de naturaleza muy distinta, pero ambos muestran cómo la expansión, la administración y la producción de memoria también dejaron huella en la fecha. Los archivos y los viajes cambian lo que una sociedad puede conocer de su pasado.

En 1890 se promulgó en España la ley que estableció el sufragio universal masculino, durante el Gobierno de Sagasta. No significaba igualdad electoral plena: las mujeres seguían excluidas y la participación política continuaba condicionada por las estructuras de la época. La fecha recuerda, por tanto, una ampliación de derechos y a la vez sus límites. En 1944, Mahatma Gandhi fue liberado por motivos de salud tras 21 meses de arresto. Ambas efemérides permiten ver que las libertades políticas no avanzan de golpe ni de forma idéntica para todos. Cada cambio institucional deja fuera a grupos cuya inclusión llegará después.

También un 5 de mayo de 1955, la República Federal de Alemania recuperó la plena soberanía, según las efemérides recogidas para la fecha. Ese mismo día de 1949 había quedado firmado el tratado que dio origen al Consejo de Europa, una coincidencia que invita a mirar la reconstrucción europea desde dos planos: la recuperación de la capacidad estatal y la creación de instituciones comunes. No fueron procesos equivalentes, pero compartían el escenario de una Europa que intentaba reorganizarse tras la guerra. La reconstrucción política combinó soberanía nacional y cooperación entre países.

El calendario reúne asimismo nacimientos y muertes que no necesitan convertirse en grandes símbolos para tener interés. Entre quienes nacieron ese día figuran el filósofo danés Søren Kierkegaard, en 1813, y la cantante británica Adele, en 1988; entre las personalidades fallecidas aparece Napoleón, en 1821, junto con otras figuras de épocas diversas. La mezcla recuerda que una efeméride es una puerta de entrada, no un juicio sobre qué vidas o acontecimientos merecen más atención. Un calendario histórico pone hechos distintos en la misma página, pero no los vuelve equivalentes.

Una fecha que conecta memoria, poder y futuro

El 5 de mayo resulta significativo porque reúne episodios que obligan a pensar en escalas diferentes. Bayona muestra cómo una maniobra dinástica puede desencadenar una crisis de legitimidad; Mauthausen revela lo que sucede cuando se despoja a las personas de derechos y protección; Puebla recuerda que la resistencia puede frenar a un imperio sin resolver de inmediato el conflicto. La fecha no contiene una única lección, sino varias historias sobre quién ejerce el poder y quién soporta sus consecuencias.

También enfrenta la memoria con la construcción institucional. La liberación de Mauthausen y la creación del Consejo de Europa pertenecen a momentos distintos, pero ayudan a comprender el esfuerzo por reconocer a las víctimas y establecer límites al poder. Ninguna institución borra por sí sola la violencia ni garantiza que no se repita. Su valor depende de que los principios se apliquen y de que la memoria no se reduzca a una ceremonia sin consecuencias. Recordar es una forma de conocimiento público, no un sustituto de la responsabilidad política.

La carrera espacial añade otro contraste. El viaje de Shepard duró poco, pero el contexto de rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética convirtió aquel vuelo en un acontecimiento de alcance mundial. Al mismo tiempo, la muerte de Napoleón y la derrota francesa en Puebla recuerdan que los poderes que parecen sólidos pueden encontrar límites inesperados. La historia alterna avances técnicos, decisiones institucionales y errores de cálculo, sin ajustarse a una marcha inevitable hacia el progreso. Los símbolos de poder cambian, pero la disputa por su significado permanece.

Por eso, las efemérides sirven más cuando se leen como relaciones entre hechos que cuando se recitan como nombres y fechas. Una firma en Bayona contribuyó a abrir una guerra; una liberación hizo visible una tragedia que había afectado a miles de españoles; una batalla mexicana se convirtió en emblema de resistencia; un tratado propuso reglas comunes y un vuelo suborbital impulsó una competición que acabaría llevando astronautas a la Luna. El pasado importa cuando permite reconocer las consecuencias que siguen vivas en el presente.

Cada año, el 5 de mayo vuelve a un mundo distinto, pero los acontecimientos que reúne no han perdido toda su capacidad de interpelar. La legitimidad de los gobiernos, la protección de los derechos, el recuerdo de las víctimas y el uso político de la tecnología continúan siendo asuntos centrales. No porque la historia se repita de forma idéntica, sino porque deja preguntas que cada época debe responder de nuevo. Mirar esta fecha con atención es observar cómo los cambios de poder dejan marcas mucho más duraderas que el día en que se producen.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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